Los ilimitados alcances del dibujo en William Kentridge

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El sudafricano William Kentridge, uno de los artistas más completos e innovadores del panorama internacional, fue declarado ganador del Premio Princesa de Asturias de las Artes 2017.

En la obra de William Kentridge, el dibujo puede ser el primer trazo, la primera aproximación, la idea inicial del mundo, o un universo en sí mismo. Es el punto de partida para múltiples asociaciones y la condensación de la complejidad. Porque como él ha señalado, “un árbol nunca es solamente un árbol”.

En 2015, el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) de la UNAM y el Museo Amparo de Puebla presentaron la exposición Fortuna, con un buen repertorio de la trayectoria artística de William Kentridge (Johannesburgo, 1955), que desde hace cuarenta años ha creado una visión del mundo con una vasta producción de dibujos, impresos, collages, linografías, esculturas, escenografías y filmes animados, todo con una base dominante de grafito y tinta.

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La obra de Kentridge muestra un proceso en constante construcción. En ella convergen conceptos antagónicos: el proyecto y la intuición, el estudio y la improvisación, la documentación y el misterio. De ahí derivan conceptos como “casualidad dirigida” o “ingeniería de la suerte”, aunque siempre domina la idea de la incertidumbre (política, filosófica).

“El acto de dibujar es una conversación entre el impulso y las marcas en el papel, es pensar en voz alta en el material empleado, dialogar con el material”.

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Sus litografías del Archivo Universal son exquisitas. Con páginas de viejos diccionarios construye un discurso de fondo, a la manera de un lienzo con textura verbal sobre el que traza deliciosos dibujos a tinta con un grueso pincel caligráfico chino. El resultado es a la vez vigoroso y delicado. “Son piezas para leer y mirar”, ha dicho Kentridge.

Una variante es la impresión de una sola frase que transforma el cuerpo gráfico en un reto intelectual: “The pleasure of selfdeception” / “Anti-entropy” / “Vertical thinking” / “A safe space for stupidity”…

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El mundo de Kentridge es sumamente abierto. En él tiene cabida la historia universal y la historia del arte, la política y la sociedad, la naturaleza y la cultura, en un amasijo de fragmentos caóticos. Por eso busca crear un sentido. Recurre a otros creadores, como los escritores, para observar “cómo construyen el sentido del mundo”. De ellos retoma frases que convierte en provocaciones detonantes. Sus preferencias pasan por Joaquim Machado de Assis, Vladimir Mayakovsky, James Joyce y Virginia Woolf, entre otros. Pero también queda clara su capacidad para investigar a profundidad, y en sus múltiples aspectos, los temas que aborda.

El manejo gráfico va del preciosismo (Juncos, Paisaje colonial) a la crudeza realista (Otros rostros), incluso a la estridencia.

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Como escultor, construye máquinas imposibles empleando materiales encontrados, reciclados. También ha dado cuerpo a sus dibujos, generando pequeñas piezas en bronce, como salidas de una mitología moderna; son figuras que invariablemente parecen ir hacia algún sitio, a cumplir un destino incierto.

El artista también recupera arcaísmos artísticos, como si con ello cuestionara las certezas que nos hemos construido acerca de lo que nos rodea y nuestra manera de verlo. Ha creado panópticos al carboncillo (esas imágenes distorsionadas que requerían de un espejo cóncavo para adoptar dimensiones “correctas”), o dibujos para visores estereoscópicos (los que daban tres dimensiones a una imagen plana).

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Kentridge ha dedicado años a la producción de filmes animados en los que denuncia-cuestiona la realidad de Sudáfrica o explora estados de ánimo. En varios casos no ha contado con guión ni story-board, de manera que la película se ha convertido en el relato de una idea y en la crónica del desarrollo de esa idea, trabajada de cerca con músicos.

En Siete fragmentos para Georges Méliès la imaginación y el juego se desbordan, la invención creativa se transforma en un divertimento visual dentro del universo del taller del artista.

Acerca del título Fortuna para esta exposición, Kentridge ha explicado que no se refiere al azar sino a la intuición, a esa manera como reconocemos el mundo y confirmamos nuestros impulsos.

La formación interdisciplinaria de Kentridge no fue planeada. Con cierto humor recuerda que sus sucesivos estudios de pintura, teatro y cine solamente se convirtieron en una acumulación de fracasos profesionales. Así llegó, “de manera provisional”, al dibujo, eje de su carrera artística.

En la conferencia inaugural de la exposición Fortuna en Colombia, Kentridge efectuó una lúcida reflexión en torno al taller del artista como el lugar donde ocurre el pensamiento; donde concurren las circunstancias que rodean al proceso artístico; el espacio de revelación progresiva que muestra el camino creativo y el papel del artista en ese descubrimiento; el entorno donde se manejan las incertidumbres (o se cuestionan las falsas certezas), enlazando fragmentos en busca de significados, sentidos y coherencia, siempre con apertura para reconocer lo que aparece en el lienzo… Y el rol del artista como canal, como observador y como crítico de lo creado.

Kentridge es la evidencia de que el cruce de medios y soportes es cada vez más dinámico y que las categorías en las artes plásticas son cada vez menos precisas. El dibujo, por lo menos, ha trascendido sus fronteras.

[ Gerardo Moncada ]

 

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