Caracol Beach, de Eliseo Alberto

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Eliseo Alberto de Diego García Marruz nació en Cuba el 10 de septiembre de 1951 y murió en la Ciudad de México el 31 de julio de 2011.

Eliseo Alberto relató a propósito de Caracol Beach:

“Hace dos años volví a leer un cuento de Gabriel García Márquez que empieza con esta frase que es, en sí misma, una joya narrativa: ‘Como es domingo y ha dejado de llover, voy a llevar un ramo de flores a mi tumba’. Entonces me senté a escribir esta novela sobre el miedo, la locura, la inocencia, el perdón y la muerte”.

En Caracol Beach destaca la prosa fluida, juguetona y exuberante como el trópico. El autor, de lengua saltarina, humorosa por momentos, no niega su origen cubano:

“Fernandito López lo jodió cuando dijo que parecía un moscardón porque Panetela lo bautizó con un nombrete que le ronca el merequetén: La Mosca”.

“Como decía Enrique Arredondo, el gran Cheo Malanga: pensar que hay gente que se levanta a las cinco de la mañana a hornear el pan que se desayuna un canalla como yo”.

“En Cuba, cuando la vejiga del cielo está muy llena, comienza a llover de madrugada. A chorros. Se oye bonito. Los olores de las cosas se animan. La madera huele a monte. El monte a pared. La pared a sábana. La sábana a mamá. Y mamá a leche. ¡A vaca! Los gallos entonces dejan de cantar. El sol se demora por sus cojones. Sale tarde si sale. A media mañana y a medio camino. Tranquilo. Aquí estoy, dice: ya llegué”.

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El tropical juego lingüístico no excluye varias frases cuidadosamente pulidas, de logradas imágenes literarias:

“En la selva de los humanos hay caminos intransitables”,

“El miedo es una camisa de fuerza”,

“Un poco de mal no hace mal sino más bien un poco de bien”,

“Cuba era un piano que alguien tocaba detrás del horizonte”,

“La guadaña de la tristeza le rajó el alma”,

“En la candela uno descubre que el ser humano es un animal que vale la pena”,

“Un travestí esbelto, pintado de rubio, revoloteaba por el lugar como una mariposa perdida en un cráter de la luna”,

“Lo que yo sé es que no sé qué estoy haciendo aquí”,

“Dos puertas se cerraron al unísono. El viento aguantó la respiración”,

“¡Con qué paciencia teje la muerte nuestra mortaja!”

En Caracol Beach convergen fatalidad y azar, destino y circunstancia.

“Las muertes gratuitas de los muchachos, casi a la misma hora en que ellos se despedían a la entrada del edificio de Agnes, les enseñaron que la única forma de enfrentar con relativa fortuna esta vida rodeada de tigres y de moscardones es inventándonos un amor a cualquier precio, ¿ven?, una cabrona compañía, un cómplice imperfecto, una alianza, un amarre, una brujería, lo que sea, no lo piensen mucho, nada garantiza la felicidad o la justicia, nada ni nadie, no lo olviden, todo parece insuficiente ante la mala suerte, y lo que queda es defender ese amor con las uñas, a patadas, aunque resulte una mentira del tamaño de la luna. Total”.

Por conciencia o arrebato, los personajes se aproximan a un desenlace crucial -fatal para algunos-, porque lo buscan o porque la simple casualidad a veces parece una broma del diablo.

“Andar en la cuerda floja entre la vida y la muerte, en obligado equilibrio, resulta una experiencia reveladora. El peligro nos desnuda. Uno se queda con lo mínimo, lo imprescindible. Estoy hablando fino. Pico de oro. Equilibrista. Yo no sabía un chorro de cosas de mí. Es la pura verdad. Tenía la sospecha de ser un perfecto inútil y aquí, en el culo del mundo, he confirmado mis temores…”

Todos los personajes se encaminan hacia una experiencia crítica que les hará sentir el zarpazo de la muerte, y aunque “esta perra vida no hay dios que la entienda”, algunos tendrán una oportunidad: en un instante su certidumbre pesimista de que “este mundo es una mierda” se convertirá en anhelo: “sí, este mundo es una mierda, pero no hay otro y aquí abajo, ¿saben qué?, sólo el amor no salva, sólo el amor nos salva”.

Las grandes preocupaciones previas de pronto se tornan irrelevantes.

“Agnes MacLarty dejó de ser una guapa instructora de gimnasia rítimica y se sintió una anciana de treinta y tres años por obra y gracia de los vinos blancos de California. El alcohol es una lupa. Ello lo sabía. Los poros de la piel se ven enormes. Claro que no son de ese tamaño pero el lente de la embriaguez amplía las formas, a veces las distorsiona, las dilata. La luna se confunde con una manzana. La exageración de la realidad sirve para entender en detalle la propia realidad. […]
-Vieja de… -se dijo en el espejo. El hipo cortó la frase pero iba a decir ‘mierda’-: Total. […]
Borracha y maltratada por el ataque de hipo se resignó a concluir aquel sábado haciendo ejercicios aeróbicos hasta sudar gota a gota sus frustraciones, total…”

Eliseo Alberto incluye algunos juegos narrativos de ruptura y distanciamiento con la novela, guiños en los que el narrador observa la obra del escritor:

“En la consola de la comisaría se encendió un foco que daba intermitentes gritos de luz roja. Tom y Martin ya tenían arpones para cazar al soldado. Y en esta novela, apenas les quedaban cien minutos para intentarlo” […] “la señora Dickinson siguió rumiando lindezas hasta la última página de esta novela”.

Premio Alfaguara 1998

El jurado conformado por Carlos Fuentes, Tomás Eloy Martínez y Marcela Serrano, entre otros, elogió Caracol Beach en los siguientes términos:

“Crea, con un lenguaje audaz, siempre sorprendente, un destino en el que el azar rompe a cada momento la lisura de lo cotidiano. Un conjunto de personajes absolutamente inocentes o absolutamente culpables enloquece ante el gris de la realidad y desemboca en una historia de violencia, injusticias y locuras que reinventa y actualiza las formas de la gran tragedia clásica, en una perfecta metáfora de este fin de siglo”.

[ Gerardo Moncada ]

 

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