Carta al padre, de Franz Kafka

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El 3 de junio de 1924 murió Franz Kafka. Regresamos a su alegato crudo -y vigente- que puede leerse como la confrontación entre el poder y el anhelo de libertad.

Carta al padre es una queja que surge desde las entrañas, en protesta contra un sistema despótico. Es el rechazo a un poder que se considera incuestionable, que busca aniquilar a sus críticos, que finge ser congruente pero enarbola principios que no lleva a la práctica. Es una historia personal que, un siglo después, parece haberse convertido en un esquema de dominación política. Es el ciclo del autoritarismo que no ha terminado.

En noviembre de 1919, a los 36 años, Kafka escribe Carta al padre, una extensa querella que si bien es personal hoy podemos aplicar a una gran cantidad de gobiernos e instituciones.

“Me resultaba deprimente que tú mismo… no observases las mandamientos que me imponías […] La confianza que tenías en ti mismo era tan grande, que no necesitabas ser consecuente para seguir teniendo siempre la razón […] En ti observé lo que tienen de enigmáticos los tiranos, cuya razón se basa en su persona, no en su pensamiento”.

Kafka desnuda su vida personal, pero la rabia de entonces parece retratar la relación contemporánea entre la sociedad y el poder:

“Decías: ‘¡No te atrevas a replicarme!’ y así querías reducir al silencio las fuerzas contrarias que te eran desagradables”.

Y es que si algo saca de sus casillas al poder autoritario es la búsqueda de autonomía:

“…Tiene que buscar ella misma su camino, como yo, y el mayor grado de decisión, de confianza en sí misma, de salud, de despreocupación que posee comparada conmigo, la hace a tus ojos más perversa y traidora que yo […] Te damos la sensación de unos conspiradores insolentes”.

De ahí que el poder suele ejercer toda su fuerza y utilizar todos sus recursos para mantener el control a cualquier costo. Los resultados pueden ser aniquiladores:

“Frente a ti yo había perdido la confianza en mí mismo, que fue sustituida por un infinito sentimiento de culpa […] Dondequiera que vivía, me sentía rechazado, sentenciado, vencido”.

Y como parte del callar y obedecer, el poder impone formas de vida convencionales, manejables. Un esquema social que fue abiertamente rechazado por Kafka:

“Casarse, fundar una familia, aceptar todos los hijos que vengan, mantenerlos en este mundo tan inseguro e incluso guiarlos un poco, es lo máximo que, según mi convicción, puede conseguir un hombre. El hecho de que, en apariencia, haya tantos que lo consiguen fácilmente no demuestra lo contrario, porque, en primer lugar, no son tantos los que lo consiguen de verdad, y, en segundo lugar, esos pocos, por lo general, no lo hacen sino que simplemente les ocurre”.

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Ante las escasas opciones que identificaba, Kafka eligió romper con las convenciones y perseguir su vocación, asumiendo los riesgos:

“La comparación del pájaro en mano y los ciento volando sólo es aplicable remotamente en mi caso. En la mano no tengo nada, todos los pájaros están volando, y sin embargo -así lo determinan las condiciones de la lucha y la miseria de la vida- debo elegir esa nada. También en la elección de un oficio tuve que escoger de un modo semejante”.

Escribir se convirtió en su expresión de libertad:

“En cierto modo me sentía a salvo escribiendo, podía respirar”.

Carta al padre es uno de los muchos escritos que no fueron publicados durante la corta vida de Kafka, que había nacido el 3 de julio de 1883 en la ciudad de Praga. A los 40 años, el 3 de junio de 1924, murió de tuberculosis. Poco antes había encargado la destrucción de todos sus escritos a su amigo Max Brod que, por fortuna, no atendió la solicitud y se dedicó a publicar en forma póstuma la asombrosa obra kafkiana.

[ Gerardo Moncada ]

 

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  1. Matías Candeira: “Fiebre podría ser la expresión literal de una idea perversa llevada a sus últimas consecuencias” | PliegoSuelto - 14 noviembre, 2015

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