Confieso que he vivido, de Pablo Neruda

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Pablo Neruda, nació el 12 de julio de 1904 en Parral, Chile, y murió el 23 de septiembre de 1973 en Santiago de Chile.

En realidad, Pablo Neruda nació en octubre de 1920, cuando Neftalí Ricardo Reyes Basoalto adoptó ese seudónimo para evitar conflictos con su padre, que reprobaba la creciente afición de Neftalí por la poesía. Este es uno de los múltiples recuerdos de juventud que Neruda incluye en Confieso que he vivido, compendio de memorias que redactó entre 1972 y 1973.

“No era posible cerrar la puerta a la calle en mis poemas, así como no era posible tampoco cerrar la puerta al amor, a la vida, a las alegría o a la tristeza en mi corazón de joven poeta. Desde aquella época y con intermitencias se mezcló la política en mi poesía y en mi vida”.

Confieso que he vivido es el recuento de una vida apasionante, tanto por las decisiones asumidas como por las aventuras inesperadas; por el gozo de existir. A lo largo de su vida, Neruda optó por involucrarse en acontecimientos críticos y ser solidario con amistades, colegas y sectores sociales desfavorecidos, así como ser fiel a sus ideas.

“Creo haberme definido ante mí mismo como un comunista durante la guerra de España. […] Sencillamente: había que elegir un camino. Eso fue lo que yo hice en aquellos días y nunca he tenido que arrepentirme de una decisión tomada entre las tinieblas y la esperanza de aquella época trágica”.

Su arma siempre fueron las palabras. Vivió las batallas culturales como continuación de los conflictos armados.

“Fui director de la revista Aurora de Chile. Toda la artillería literaria (no teníamos otra) se disparaba contra los nazis que se iban tragando país tras país. El embajador hitleriano en Chile regaló libros de la llamada cultura neoalemana a la Biblioteca Nacional. Respondimos pidiendo a todos nuestros lectores que nos mandaran los verdaderos libros alemanes de la verdadera Alemania, prohibidos por Hitler. Fue una gran experiencia. Recibí amenazas de muerte. […] Con timidez comenzaron a llegar las ediciones en idioma alemán de Heinrich Heine, de Thomas Mann, de Anna Seghers, de Einstein, de Arnold Zweig. Cuando tuvimos cerca de quinientos volúmenes fuimos a dejarlos a la Biblioteca Nacional.
Oh sorpresa! La Biblioteca Nacional nos había cerrado las puertas con candado.
Organizamos entonces un desfile y penetramos al salón de honor de la universidad [donde se llevaba a cabo una ceremonia con autoridades y ministros]. Colocamos con cuidado los libros en el estrado de la presidencia. Se ganó la batalla. Los libros fueron aceptados”.

Con una prosa palpitante, entrañable, vibrante, Neruda relata sus experiencias como embajador chileno en el lejano Oriente, su presencia en España durante la Guerra Civil Española, su asignación diplomática de ofrecer asilo a republicanos que huían de España tras la imposición del fascismo, su participación en movimientos de resistencia cultural en Europa y América, su vida en la clandestinidad al ser perseguido por la policía chilena, el destierro, sus matrimonios y romances…

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Y aprovecha para esbozar las motivaciones que dieron origen a sus diversas obras.

“El subjetivismo melancólico de mis Veinte poemas de amor o el patetismo doloroso de Residencia en la tierra tocaban a su fin. […] Ya había caminado bastante por el terreno de lo irracional y de lo negativo. Debía detenerme y buscar el camino del humanismo, desterrado de la literatura contemporánea, pero enraizado profundamente a las aspiraciones del ser humano.

Comencé a trabajar en mi Canto general.

La idea de un poema central que agrupara las incidencias históricas, las condiciones geográficas, la vida y las luchas de nuestros pueblos, se me presentaba como una tarea urgente.”

Y años después: “Sigo trabajando con los materiales que tengo y que soy. Soy omnívoro de sentimientos, de seres, de libros, de acontecimientos y batallas. Me comería toda la tierra. Me bebería todo el mar”.

Una parte medular de Confieso que he vivido son sus encuentros (de complicidad y camaradería en varios casos; de desencuentro, en otros) con escritores, artistas y poetas, en distintas épocas y circunstancias.

“Me es difícil hablar mal de Vicente Huidobro, que me honró durante toda su vida con una espectacular guerra de tinta. Él se confirió a sí mismo el título de ‘Dios de la Poesía’ y no encontraba justo que yo, mucho más joven que él, formara parte de su Olimpo. […] Huidobro es un poeta de cristal. Su obra brilla por todas partes y tiene una alegría fascinadora. […] Poco antes de morir visitó mi casa. Hablamos como poetas, como chilenos, como amigos”.

“Los nombres de García Márquez, Juan Rulfo, Vargas Llosa, Sábato, Cortázar, Carlos Fuentes, Donoso, se oyen y se leen en todas partes. […] Yo los he conocido a casi todos y los hallo notablemente sanos y generosos. Comprendo -cada día con mayor claridad- que algunos hayan tenido que emigrar de sus países en busca de mayor sosiego para el trabajo, lejos de la inquina política y la pululante envidia”.

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Confieso que he vivido reúne episodios emotivos, anécdotas hilarantes, aventuras, recuerdos conmovedores o estrujantes, relatos de villanías y heroísmos. El libro hace referencia a más de 400 personajes, la mayoría del siglo 20, y con buena parte de ellos Neruda llegó a tener contacto directo.

“Federico García Lorca iba adelante y no dejaba de reír y de hablar. Estaba feliz. Ésa era su costumbre. La felicidad era su piel. Nunca he visto reunidos como en él la gracia y el ingenio, el corazón alado y la cascada cristalina. Era el duende derrochador, la alegría centrífuga que recogía en su seno e irradiaba como un planeta la felicidad de vivir”.

“De la casa de Paul Éluard siempre salí sonriendo sin saber de qué. Disfruté el placer poético de perder muchas veces el tiempo con Éluard […] Su fraternidad activa era uno de los preciados lujos de mi vida”.

“De algunas horas con Louis Aragon salgo agotado […] es una máquina electrónica de la inteligencia, del conocimiento, de la virulencia, de la velocidad elocuente”.

“Miguel Hernández había sido pastor de cabras. Vivía y escribía en mi casa. Era ese escritor salido de la naturaleza como una piedra intacta, con virginidad selvática y arrolladora fuerza vital. Me narraba cuán impresionante era poner los oídos sobre el vientre de las cabras dormidas. Así se escuchaba el ruido de la leche que llegaba a las ubres”.

“Nunca puedo olvidar la voz estentórea de Ramón Gómez de la Serna, dirigiendo, desde su sitio en el café, la conversación y la risa, los pensamientos y el humo”.

“Su tono de persuasión extraordinario y su calmosa manera de dar los detalles más ínfimos e inesperados de sus mentiras, hacían de Diego Rivera un charlatán maravilloso, cuyo encanto nadie que lo conoció puede olvidar jamás”.

“César Vallejo era sombrío sólo externamente, solemne por naturaleza, pero yo lo vi dar saltos escolares de alegría (especialmente cuando lográbamos arrancarlo de la dominación de su mujer)”.

“Alejo Carpentier es uno de los hombres más neutrales que he conocido. No se atrevía a opinar sobre nada, ni siquiera sobre los nazis que ya se echaban encima de París como lobos hambrientos”.

“Entre sus salidas clandestinas de la cárcel y conversaciones sobre cuanto existe, tramamos David Alfaro Siqueiros y yo su liberación definitiva. Provisto de una visa que yo mismo estampé en su pasaporte, se dirigió a Chile con su mujer, Angélica Arenales”. (Ya antes, en París, Neruda había escondido en la embajada de Chile a Louis Aragon y su esposa, Elsa Triolet.)

“Cuando quiero recordar a Tina Modotti debo hacer un esfuerzo, como si tratara de recoger un puñado de niebla. Frágil, casi invisible. Un óvalo pálido enmarcado por dos alas negras de pelo recogido, unos grandes ojos de terciopelo que siguen mirando a través de los años”.

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Pablo Neruda no rehuyó el compromiso político, a pesar de los riesgos y padecimientos que eso implicara. A fines de 1969 el Partido Comunista lo proclamó candidato a la presidencia de Chile. En ese carácter recorrió todo el país y participó en las conversaciones para crear, con otros partidos, la Unión Popular. Declinó su candidatura y apoyó activamente al doctor Salvador Allende, quien ganó las elecciones de 1970. Al año siguiente le otorgaron a Neruda el Premio Nobel de Literatura y pocos meses después dio el discurso inaugural de la reunión del Pen Club Internacional, en Nueva York, donde denunció el bloqueo estadounidenses contra Chile en represalia por la nacionalización de las minas de cobre. Salvador Allende fue asesinado en el golpe militar del 11 de septiembre de 1973; Neruda murió doce días después, pero se dio tiempo para incluir en sus memorias una indignada protesta por la infamia cometida por las fuerzas armadas, “que otra vez habían traicionado a Chile”.

Neruda advierte al lector: “Estas memorias o recuerdos son intermitentes y a ratos olvidadizos porque así precisamente es la vida. De cuanto he dejado escrito en estas páginas se desprenderán siempre -como en las arboledas de otoño y como en el tiempo de las viñas- las hojas amarillas que van a morir y las uvas que revivirán en el vino sagrado. Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta”.

Haber sido parte de al menos un momento crucial en el convulsionado siglo 20 podría dar sentido a la existencia de alguna persona. Vivir de lleno varios de esos momentos convierte en extraordinaria la historia de unos pocos personajes. A este grupo pertenece Pablo Neruda. Confieso que he vivido es el relato de una vida plena, un compendio de experiencias de un ciudadano universal.

Otros ángulos

Carlos Fuentes afirmó que Neruda asumió los riesgos de la impureza, la imperfección y la vanalidad para nombrar a nuestro mundo y conducirlo a las zonas salvajes de nuestro idioma olvidado. Su poesía nos permitió recuperar cinco siglos de historia perdida, enmascarada (Personas).

Mario Vargas Llosa recuerda que de niño le prohibieron leer a Neruda, un autor que le resultó fundamental. “El primer Neruda que leí, lo leí cuando era un niño de pantalón corto, que no entendía muy bien lo que leía. Pero, prácticamente, en todas las etapas de mi vida ha habido un Neruda que me seducía. De niño, el Neruda romántico, lírico, de los primeros libros. Luego, cuando era un estudiante universitario, el poeta épico y revolucionario del Canto General, de España en el corazón. Más tarde, cuando era yo más bien crítico de la poesía de propaganda y ataque, el Neruda que era mi poeta de cabecera era el Neruda de Residencia en la tierra, que yo creo que es uno de los libros más importantes que se hayan escrito en la poesía de lengua española en el siglo XX. En fin, siempre fui un lector muy entusiasta, devoto, de Neruda, a quien tengo por uno de los más grandes poetas de nuestra lengua, sin ninguna duda” (BBC, 2 julio 2004).

Jorge Edwards, que trabajó con Neruda en la embajada de Chile en París, conoció de primera mano la génesis y el objetivo de Confieso que he vivido: “En esos días, la conversación del poeta, que sabía que estaba enfermo, era intensamente evocativa, nostálgica, de balance de una larga vida, de recuerdo emocionado. Pablo Neruda consiguió que su amigo de juventud, Homero Arce, funcionario jubilado del servicio de correos de Chile y poeta a sus horas, viajara a París y recibiera el dictado de sus memorias de vejez. Pablo dictó las memorias de Confieso que he vivido en la embajada de la avenida de la Motte-Picquet y más tarde, poco antes de su muerte, en su casa de Isla Negra. Murió en septiembre del año 1973 cuando todavía estaba lejos de terminar el dictado. Matilde, su viuda, viajó entonces con las páginas ya dictadas a Venezuela y ‘editó’ el libro con ayuda de Miguel Otero Silva, novelista, gran amigo del poeta. La edición consistió en añadir páginas autobiográficas escritas por Neruda en años anteriores e insertarlas en las memorias de acuerdo con un criterio cronológico. El resultado fue un libro de dos personas diferentes: el Neruda estalinista confeso y el posterior”. Conocedor de todo el proceso, Edwards concluye con escepticismo: “Fue un libro contradictorio, válido en su vertiente narrativa, pero de coherencia interna, mental e intelectual, discutible” (Confesiones añadidas).

El ensayista y crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal entendió Confieso que he vivido como “un libro deliberadamente fragmentario, un collage literario no sólo de recuerdos sino de escritos autobiográficos”.

Más allá de cualquier polémica, Gabriel García Márquez calificó categóricamente a Pablo Neruda como “el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma”.

[ Gerardo Moncada ]

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