Dublineses, de James Joyce

James Joyce nació el 2 de febrero de 1882 en Dublín, Irlanda, y murió el 13 de enero de 1941 en Zurich, Suiza.

A pesar de que Joyce vivió huyendo de su natal Dublín, por considerar asfixiante el nacionalismo político y literario de Irlanda, sus escritos hacen constante referencia a esa ciudad. En especial, Dublineses (Dubliners), conjunto de narraciones breves publicado en 1914 como preámbulo de su obra cumbre, Ulises.

En Dublineses, Joyce ofrece un retrato descarnado de sus personajes: rumiando frustraciones y rencores, mostrando sus miserias, exhibiendo su pequeñez, engañándose a sí mismos, ahogándose en trivialidades que sólo sirven como coartadas para justificar las propias debilidades.

“No sabía si le hablaría alguna vez o no o, si le hablaba, cómo podría confesarle mi confusa adoración. Pero mi cuerpo era como un arpa y sus palabras y gestos eran como los dedos que recorrían las cuerdas” (‘Arabia’).

“Lo invadió una dulce melancolía. Sintió lo inútil que era rebelarse contra la fortuna; ésta era la carga de sabiduría que las eras le habían legado […] Sentía de forma acusada el contraste entre su propia vida y la de su amigo, y le parecía injusto. Gallaher era inferior a él en nacimiento y educación. Le parecía que podía hacer algo mejor de lo que su amigo jamás hubiera hecho o podía hacer. ¿Qué se interponía en su camino? ¡Su desafortunada timidez!” (‘Una nubecilla’).

Destaca el último relato: ‘Los muertos’. Es el más extenso e intenso, por las diversas líneas argumentales que tejen la trama y por la densidad sicológica de los personajes. Es una historia de altos contrastes que van de las atropelladas conversaciones en una reunión familiar a los ínfimos diálogos conyugales y a largos monólogos interiores; de las altas expectativas a los magros resultados; de la ilusión al desengaño.

“Pero, sin embargo -prosiguió Gabriel, suavizando su voz en una inflexión más dulce-, ocurre siempre, en reuniones como ésta, que pensamientos muy tristes tornan a apoderarse de nuestros espíritus: pensamientos sobre el pasado, la juventud, las transformaciones, las caras cuya ausencia sentimos en estos momentos. Nuestra ruta a través de la vida se halla sembrada de innumerables recuerdos, y si debiéramos acariciarlos siempre no tendríamos valor para realizar valerosamente nuestra tarea entre los vivos. Todos tenemos en la vida deberes, afectos que reclaman, y con mucho derecho, nuestro redoblado esfuerzo. Por eso no insistiré acerca del pasado”…

“A él le habría agradado recordarle aquellos momentos, hacerle olvidar los años de monótona existencia conyugal, y sólo acordarse de los instantes de éxtasis. Porque, él se daba muy bien cuenta de ello, los años no habían marchitado las almas de él ni de ella. Sus hijos, sus obras, los cuidados del hogar, no habían logrado extinguir completamente el tierno fuego de sus almas […] Más vale pasar al otro mundo en pleno apogeo de alguna pasión que borrarse y marchitarse tristemente con la edad…”

“Al levantar la cabeza para mirar en medio de la oscuridad, me pareció verme a mí mismo, pequeño y pobre ser al que la vanidad hería poniéndolo en ridículo; y los ojos me brillaron de angustia y de rabia”.

En Dublineses, Joyce es implacable con su gente. Se decía que “el irlandés rebelde y fugitivo no hacía sino pensar en Irlanda”. Pero él fue más demoledor: Dublineses, dijo, es “un capítulo de la historia moral de mi país, elegí Dublín como escenario porque la considero el centro de la parálisis”.

Otros ángulos

En crítico Harold Bloom ha considerado el relato ‘Los muertos’ una obra maestra, ambigua y exquisita. Además, coincide con los críticos que desde 1939 calificaron esta narración como un puente crucial en la transición de Joyce hacia historias progresivamente más complejas. En este relato ya se aprecia la estructura simbólica y el patrón de correspondencias que ampliaría en su monumental Ulises (James Joyce, Bloom’s Major Short Stories Writers, 1999 / James Joyce New Edition, Bloom’s Modern Critical Views, 2009).

Mario Vargas Llosa escribe:

La abrumadora importancia de Ulises y de Finnegans Wake, experimentos literarios que revolucionaron la narrativa moderna, hace olvidar a veces que aquel libro de cuentos, de hechura más tradicional y tributario, en apariencia al menos, de un realismo naturalista que ya para la fecha en que fue publicado (1914) era algo arcaico, no es un libro menor, de aprendizaje, sino la primera obra maestra que Joyce escribió. Se trata de un libro orgánico, no de una recopilación. Leído de corrido, cada historia se complementa y enriquece con las otras y, al final, el lector tiene la visión de una sociedad compacta a la que ha explorado en sus recovecos sociales, en la psicología de sus gentes, en sus ritos, prejuicios, entusiasmos y discordias y hasta en sus fondos impúdicos. […] En una carta a su hermano Stanislaus del 24 de septiembre de 1905 le dice que la estructura del libro corresponderá al desarrollo de una vida: historias de niñez, de adolescencia, de madurez y, finalmente, historias de la vida pública o colectiva. […] La destreza narrativa de ‘Los muertos’ prefigura ya el Ulises. Otros relatos, como ‘La casa de huéspedes’ y ‘Un triste caso’, condensan en pocas páginas unas historias que revelan toda la complejidad psicológica de un mundo, y, principalmente, las frustraciones sentimentales y sexuales de una sociedad que ha metabolizado en instituciones y costumbres las restricciones de índole religiosa y múltiples prejuicios. […] Como Flaubert, Joyce realiza una dificilísima hazaña: la dignificación artística de la vida mediocre” (La verdad de las mentiras, ensayos sobre literatura, 2002).

René Avilés Fabila escribe que Dublineses es un hermoso ajuste de cuentas de Joyce con su pasado, sus días de formación en su ciudad natal. Y cita al biógrafo Richard Ellman: “Joyce deseaba que sus contemporáneos, en particular los irlandeses, se echasen un buen vistazo en su bruñido espejo, pero no para aniquilarlos. Tenían que conocerse a sí mismos para ser más libres y estar más vivos”. Las ironías de Joyce, en este libro -añade Avilés Fabila-, son derivadas de sus conflictos religiosos y políticos. La impresión es que en Dublineses la necesidad de liberarse de sus fantasmas es más evidente que en otras de sus obras. Para él su ciudad era víctima de una parálisis cultural, mental y social, doblegada por el Imperio Británico y la Iglesia Católica. El conjunto de cuentos reunidos en Dublineses tiene armonía, orden, afinidades estilísticas y temáticas. Todas las historias son de una hermosura sin par. Quizá en esta obra delicada y bella sean más evidentes las influencias de Chejov y Dickens (Prólogo a Dublineses, Editorial Mirlo, 2016).

[ Gerardo Moncada ]

 

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