El almuerzo desnudo, de William S. Burroughs

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William Burroughs (5 feb 1914-2 ago 1997) es uno de esos escritores que sacuden a la sociedad y la dejan vibrando. Para recordarlo, hojeamos una de sus obras cumbre.

El almuerzo desnudo es un delirante escrito, estrujante como un grito desgarrador que corre a lo largo de la noche, incómodo como un calzón de púas, repugnante como examinar las heces de un enemigo, pero también –todo a un mismo tiempo- posee una enorme fuerza y una carga poética admirable.

Burroughs perteneció al movimiento beat, que a mediados del siglo XX criticaba la enajenación social y el conformismo de la posguerra en Estados Unidos. Aunque estaba integrado por una minoría, este movimiento impulsaría una ruptura cultural. El almuerzo desnudo fue publicado en 1959 en París y en 1962 en Estados Unidos.

A pesar de ser un relato sin orden ni coherencia ni unidad temática ni argumento, Burroughs logra atraparnos en sus delirios. El almuerzo desnudo es una larga sucesión de imágenes producidas por estados alterados, es la deconstrucción de su infierno personal. Para el lector, es como enfrentar un espejo atroz que refleja lo más oscuro de la naturaleza humana, bajo un aguacero de inmundicias.

Algunas frases saltan del papel como saetas disparadas contra el lector (“hedor de infancia atrofiada”; “carne acobardada y sin gracia”).

Sus fugaces personajes son perturbadores,
porque mendigan sueños,
porque viven atrapados por el tedio (“miraba hacia fuera por la ventana, con expresión del que piensa en lo que hará cuando se jubile”),
porque dicen las cosas más atroces sin miramientos ni pudor (“por favor, jefe, le limpiaré el culo, lavaré sus condones usados, sacaré brillo a sus zapatos untándolos con la nariz…”),
porque poseen atributos espeluznantes (“mujeres recogen gimiendo el esperma de un ahorcado en sus vaginas dentadas”),
porque son descritos con lucidez implacable (“el nacionalista cae muerto, envenenado de odio”),
porque están dispuestos a exprimir el sentimiento de culpa de los demás y su larga lista de miserias.

Burroughs no tiene consideración de nadie, empezando con su propia persona: “Los días se deslizaban, amarrados a una jeringuilla con un largo hilo de sangre… Estoy olvidando el sexo y todos los placeres corporales precisos, soy un fantasma drogado, gris (…) El adicto considera su cuerpo impersonalmente, como un instrumento para absorber el medio en el que vive, valora su tejido con las manos frías de un tratante de caballos: ‘es inútil tratar de pinchar aquí’. Ojos de pez muerto que revolotean sobre una vena destrozada”.

Bien dice Burroughs hacia el final: “Amable lector, La Palabra saltará sobre ti con garras de acero de hombre-leopardo, cortará dedos de manos y pies como un cangrejo terrestre oportunista, te colgará y atrapará tu semen como un perro escrutable, se enroscará en tus muslos como una serpiente grande y venenosa y te inyectará una dosis de ectoplasma rancio…” A fin de cuentas, “Sólo hay una cosa de la que puede escribir un escritor: lo que está ante sus sentidos en el momento de escribir… Soy un aparato para grabar… No pretendo imponer ‘relato’, ‘argumento’, ‘continuidad’ (…) No pretendo entretener”.

El autor tampoco pretende aleccionar. Lo deja claro en la introducción: “Los drogadictos son enfermos que no pueden actuar más que como actúan. Un perro rabioso no puede sino morder (…) La droga produce el álgebra de la necesidad (…) El drogadicto es un hombre con una necesidad absoluta de droga. A partir de cierta frecuencia, la necesidad no conoce límite ni control alguno. Estás dispuesto a mentir, engañar, denunciar a tus amigos, robar, hacer lo que sea para satisfacer esa necesidad total, de posesión total, imposibilitado para hacer cualquier otra cosa”.

Por eso sorprende que, en ese abismo, Burroughs haya tenido el impulso de escribir, y que además lo hiciera con maestría.

La crítica literaria considera a William S. Burroughs como un renovador del lenguaje narrativo, especialmente por su experimentación con las normas sintácticas y semánticas. Burroughs sostenía que el lenguaje y sus reglas son un “parásito” que habita en la mente y es necesario erradicarlo, trastocando el lenguaje y la sintaxis. Para ello aplicó la técnica cut-up (que su amigo Brion Gysin retomó de Tristan Tzara) consistente en cortar aleatoriamente un texto y reconstruirlo, alterando el discurso aunque no necesariamente el sentido. Su meta, decía, era “curarnos de nuestra adhesión a imágenes y sintaxis preformuladas, y ampliar nuestra gama de conciencia lingüística”.

A esto habrá que añadir que El almuerzo desnudo se basa, según Burroughs, en una serie de manuscritos que elaboró durante varios años de adicción a diversas drogas. Tras internarse en una clínica y desintoxicarse descubrió este material (que no recordaba haber escrito), el cual editó y publicó en 1959.

Considerada en extremo controversial y obscena, en Estados Unidos esta obra fue objeto de censura, secuestro editorial y un juicio. En 1962 la editorial Grove Press (que defendía la libertad de expresión artística con obras como El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence, Trópico de Cáncer, de Henry Miller, y Lolita, de Vladimir Nabokov) compró los derechos de El almuerzo desnudo a Olympia Press, la imprimió y vendió 15 mil ejemplares en sólo cuatro meses hasta que un librero de Boston fue arrestado y los libros fueron confiscados por contrariar “las buenas costumbres” estadounidenses. El juicio contra la obra concluyó en 1965, con la prohibición de su venta en Massachussets por “obscena”. La sentencia fue anulada en 1966 por la Suprema Corte de Justicia del estado.

Actualmente, El almuerzo desnudo es considerado piedra angular de la literatura estadounidense.

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Otras voces

Norman Mailer dijo en 1962:
“Burroughs es el único novelista estadounidense actualmente vivo que podríamos concebir poseído por la genialidad”.

El poeta Allen Gingsberg dijo acerca de la obra, durante el juicio:
“Es un enorme avance en la expresión veraz, sin tabúes, de lo que realmente estaba pasando dentro de la cabeza de Burroughs (…) Contiene una gran cantidad de lenguaje muy puro y poesía pura, tan grande como toda la poesía que se escribe hoy en Estados Unidos”. Añadió que el estilo de mosaico surrealista de la novela, su falta de trama en el sentido tradicional, sus personajes “oscuros”, su capacidad para “ser cortada” casi en cualquier lugar, no significaban la ausencia de un plan coherente.

J.G. Ballard comentó:
“Descubrí El almuerzo desnudo antes de escribir mi primera novela y, de inmediato, supe que me enfrentaba al mejor escritor en lengua inglesa desde la Segunda Guerra Mundial”.

Robert F. Kiernan, colaborador de la Encyclopedia of World Literature in the 20th Century, dijo:
“William Burroughs y Henry Miller fueron más allá que los beats en su rebelión en contra del conformismo estadounidense. Su ética fue la falta de moderación; el nihilismo y el hedonismo, respectivamente, sus estados anímicos; el riesgo, su modus operandi. Junto con los beats dieron nuevo vigor al modo confesional y escribieron sobre sí mismos con una ingenuidad e intensidad que escandalizó a sus contemporáneos. Toxicómano durante muchos años, William Burroughs usa lo que fue su adhesión como una clave para la experiencia humana”.

Sobre El almuerzo desnudo, Kiernan señaló:
“Cincelada en cierto modo arbitrario, a partir de un gran manuscrito, esta novela no tiene una narrativa ni un punto de vista congruente, sino más bien son bloques de imágenes unidos por el tema. Parajes de experiencia alucinante interrumpen su corriente como un temblor persistente, y la sintaxis queda en segundo lugar frente a la intensidad”.

Juan Villoro escribió en Efectos personales:
“¿Quién es William Seward Burroughs; vale decir: quién es además del hiperatacado capaz de matar moscas con su aliento? El profeta del beat nació en 1914, en Saint Louis Missouri, en el seno de una familia acomodada (…) Se graduó en Harvard en literatura inglesa (…) No pensaba escribir (…) Su tipo de escritura lo transformó en instantánea leyenda de una generación (…) Ajeno a la psicología de los personajes, Burroughs vio en los procesos mixtos de la narrativa una forma de refinar sus teorías de la percepción (…) Fue una de las figuras menos edificantes del siglo XX (…) Sus libros son un viaje turbulento, descuidado, veloz, movido por el heroísmo elemental de la superviviencia (…) Fue un acelerado aparato psíquico, una mente en combustión, destinada a imaginar las posibilidades que la vida tiene de convertirse en una explosión de fulgor, y caos, y sangre”.

José Agustín escribió en el ensayo Tres efemérides de los beats:
“Como los alquimistas, Burroughs buscó lo oscuro a través de lo oscuro. Claro que algo así no es fácil de leer y representa un desafío, pero con el tiempo Naked Lunch anticipó el sida, la liposucción, el crack y las llamadas “muertes autoeróticas”, con las cuales cada vez más locos se suicidan al masturbarse asfixiándose, envenenándose, con sobredosis de drogas u otros truculentos medios. También mostró el espíritu de los tiempos que vendrían, la aparentemente irreversible enfermedad que conduce a la destrucción, tan anunciada por la ciencia ficción, de la naturaleza, del planeta y del ser humano. En todo caso, nos enseñó el primer silabario de un nuevo lenguaje apocalíptico y por eso ha interesado tanto a las generaciones recientes”.

[Gerardo Moncada]

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