El arte de la fuga, de Sergio Pitol

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El escritor Sergio Pitol Demeneghi nació el 18 de marzo de 1933, en Puebla, y murió el 12 de abril de 2018. Mereció los premios Cervantes, Juan Rulfo, Herralde, Xavier Villaurrutia, Alfonso Reyes y dos nacionales de Literatura, entre otros.

El arte de la fuga es un bello monstruo literario, una hidra en cuyo cuerpo convergen la crónica, el ensayo, la novela, las memorias y la invención, con una prosa de espléndido plumaje.

Mediante un lúcido juego de recuerdos, Sergio Pitol comparte múltiples experiencias vitales que van de lo más íntimo a los espacios sociales de la cultura y la política, recalando constantemente en la reflexión acerca de la creación literaria. Por momentos aflora un fino humorismo, ese que es propio de una aguda inteligencia.

Leer El arte de la fuga es como recorrer un florido sendero que se ramifica hacia distintos jardines. En unos son cultivadas las amistades, con emoción profunda y cálida; ahí florecen fraternales complicidades. En otros anidan los entusiasmos por el encuentro de almas gemelas, ya sea un escritor en Italia o un taxista en Londres. Hay vergeles que conservan los momentos familiares, donde anidan por igual el encanto y la crueldad. Y florestas que albergan las experiencias culturales, o la evocación de placeres sencillos pero profundos. A pesar de los muy diversos estados de ánimo que recrea Pitol, aunque él mismo afirma que “este libro es en cierta manera una recopilación de desagravios y lamentaciones, un intento de apaciguar desasosiegos y cauterizar heridas”, lo que se percibe como hilo conductor de sus recuerdos es un exuberante regocijo por la vida.

No por ello Pitol cae en la autocomplacencia. El relato por momentos toma forma de ajuste de cuentas con la vida y llega a ser una autocrítica implacable.

“Me quedé varios meses sin moverme de Caracas […] Allí cumplí mis veinte años. Escribí […] unos poemas que confiaba en publicar tan pronto como llegara a México. Poemas de amor, por supuesto. El ángel de la guarda me protegió y me salvó para la literatura. Perdí los poemas, y cuando volví a leerlos, treinta años más tarde, quedé petrificado; decir que eran deleznables sería elogiarlos. De haberlos publicado, lo más probable es que mi trato con las letras se hubiera resentido de manera mortal. De cualquier modo, viví por primera vez la experiencia intransferible inserta en la creación literaria”.

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El arte de la fuga consta de tres apartados: Memoria, Escritura y Lecturas. Con una prosa pulcra, exquisita, amena, erudita pero sin pedantería, Pitol evoca y reflexiona acerca de la cultura, los escritores, la creación literaria y los entusiasmos. Cierra con un Final que sabe a búsqueda de la raíz por ser la crónica de un viaje a Chiapas en los conmocionados inicios de 1994, cuando se dio el alzamiento zapatista.

En la visión de Pitol no hay ingenuidad; tampoco evade las crudezas sociales ni los debates políticos. Aunque padezca las circunstancias, siempre prevalece un aliento de fuerza, de entusiasmo: “Hay que pensar que si bien es cierto que vivimos tiempos crueles, también es cierto que estamos en tiempos prodigiosos”.

Algunos pasajes:

“De algún modo mi viaje por el mundo, mi vida entera han tenido ese mismo carácter. Con o sin lentes nunca he alcanzado sino vislumbres, aproximaciones, balbuceos en busca de sentido en la delgada zona que se extiende entre la luz y las tinieblas. Me he soñado viajero en esa fantástica nave de los locos pintada por Memling, que una vez contemplé con estupor en el museo naval de Gdansk. ¿Qué es uno y qué es el universo? ¿Qué es uno en el universo? Son preguntas que lo dejan a uno atónito, y a las que se está acostumbrado a responder con bromas para no hacer el ridículo.”

“Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas. Uno está conformado por tiempos, aficiones y credos diferentes. En el momento en que escribo estas páginas puedo dividir mi vida en una fase larga, gustosa y gregaria, y otra, la más reciente, en que la soledad me parece un regalo de los dioses. Ir a fiestas, comidas, tertulias, cafés, bares, restaurantes fue durante largos años un goce cotidiano. El paso al otro extremo se produjo de modo tan gradual que no logro aclarar los distintos movimientos del proceso…”

“Aquello que de importancia nos ocurre en la vida es obra del instinto, afirma Julien Green. ‘Todas las sexualidades forman parte de la misma familia: el instinto. Pero en él hay algo que siempre se nos escapa, y de eso somos conscientes. Es lo que hace apasionante nuestra vida. Todo ser humano lleva un misterio que ignora.’”

“Uno aprende y desaprende a cada paso. El novelista deberá entender que la única realidad que le corresponde es su novela, y que su responsabilidad fundamental se finca en ella. Todo lo vivido, los conflictos personales, las preocupaciones sociales, los buenos y los malos amores, las lecturas, y, desde luego, los sueños, habrán de confluir en ella, puesto que la novela es una esponja que deseará absorberlo todo. El narrador cuidará de alimentarla y fortalecerla, impidiéndole cualquier propensión a la obesidad. ‘La novela en su definición más amplia -sostenía Henry James- no es sino la impresión personal y directa de la vida.’”

“…Aun antes de leer a James, mis relatos se caracterizaron por registrar una visión oblicua de la realidad”.

[Y cuando se refiere a la técnica de James, la explicación podría aplicarse al propio Pitol cuando escribía El arte de la fuga:] “…El personaje se construye a sí mismo en el intento de descifrar el universo que lo rodea: el mundo real sufre un proceso de deformación al ser filtrado por una conciencia. Nunca sabremos hasta qué grado aquel narrador (aquel “punto de vista”) se atrevió a confesarse en el relato, ni qué porciones decidió omitir, así como tampoco las razones que determinaron una u otra decisión”.

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El arte de la fuga también puede ser leída como una amenísima novela acerca de un tal Sergio Pitol, hombre de letras y aventurero, lector profesional, traductor, escritor en espera, culto observador del mundo. Una obra en la que este personaje relata fragmentos de una vida fantástica e inverosímil, aderezando sus recuerdos con ejercicios de imaginación literaria, para mayor regocijo del lector.

“Escribir ha sido para mí, si se me permite emplear la expresión de Bajtín, dejar un testimonio personal de la constante mutación del mundo”.

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Otros ángulos
Carlos Monsiváis: “El más celebrado al instante de los libros de Pitol […] Viaje a través de lecturas -de Antonio Tabucchi a La familia Burrón a Faulkner a Thomas Mann-, de ciudades, de películas, de cuadros y grabados, de recuerdos dolorosos, de hipnosis y de sueños, El arte de la fuga alía densidad cultural y vigor autobiográfico (‘Mi relación con la literatura que ha sido visceral, excesiva y aun salvaje’), integrados en un paisaje, clásico, melancólico, irónico, animadísimo” (Sergio Pitol: Los terriotrios del viajero, 2000).

Juan Villoro se refirió a Pitol como un viajero que enfrenta un material tan exuberante como insólito, pero renuncia a la búsqueda de lo exótico, a las narraciones misteriosas, truculentas, “raras”, “abandona lo que podrían ser las historias de un turista”. “Al renunciar a escribir en bitácora del extranjero, se ha vuelto nativo de su propio mundo, tan intenso y rico en cambios y matices como el más vigoroso de los elementos, el fuego” (prólogo de Asimetría, 2007).

Jorge Carrión: “El estilo y las estructuras de Pitol son camaleónicos y viajeros. Ensaya la divagación y la digresión, el cambio de ritmo y el cruce de límites. De sus lecturas supo destilar una poética de la libertad que se expresó en una prosa personal y absolutamente contemporánea, transfronteriza. En sus libros más importantes el viaje, el diario, la memoria, la narración, la crónica y el ensayo se van entrecruzando hasta configurar un laberinto de senderos que se multiplican. Pero aunque fuera un gran lector de literatura centroeuropea, no hay en su voz una seriedad demasiado sostenida, sino lo contrario: una ironía cervantina, un gusto juguetón por la parodia y el humor. Hizo del carnaval una poética” (Adiós al viaje literario de Sergio Pitol, The New York Times, 12 abril 2018).

Enrique Vila-Matas: “A quien ahora se pregunte por su estilo, le diré que consiste en huir de esas personas tan terribles que están llenas de certezas. Su estilo es contarlo todo, pero no resolver el misterio. Su estilo es distorsionar lo que mira. Su estilo consiste en viajar y perder países y en ellos perder siempre uno o dos anteojos, perderlos todos, perder los anteojos y perder los países y los días lluviosos, perderlo todo: no tener nada y ser mexicano y al mismo tiempo ser extranjero siempre” (Sergio Pitol, mi maestro, Instituto Cervantes).

Sergio Pitol: “Cuando al fin llegué a mi casa [procedente de San Cristóbal de las Casas, en 1994] estaba colmado de dolor y de ira. Leí unas líneas de Octavio Paz que siempre me iluminan: ‘Pero en nuestra historia aparece un elemento desconocido en España: el mundo indio. Es la dimensión a un tiempo íntima e insondable, familiar e incógnita de mi país. Sin ella no seríamos lo que somos. El mundo indio fue desde el principio el mundo otro, en la acepción más fuerte del término. Otredad que, para nosotros los mexicanos, se resuelve en identidad, lejanía que es proximidad’. Lo dice en su discurso al recibir en 1982 el Premio Cervantes. Leía esas palabras y pensaba en los grupos de chamulas, tzeltales, tzotziles, choles, tojolabales que veía arracimados y humillados al lado de los retenes militares en los caminos que acababa de recorrer. Los mexicanos habíamos vivido esos últimos años un delirio monumental. Se nos decía y repetía sin cesar que teníamos puesto un pie en el umbral del primer mundo y lo que mis ojos capturaron fueron vertederos lamentables del decimotercer mundo. En eso se habían convertido quienes comparten nuestro yo. Hubo, sin embargo, algo de alentador en el proceso. Se empezó a intuir la continuidad hasta entonces intermitente de la sociedad civil. Y comencé a escribir El arte de la fuga, libro que apenas roza la cuestión de Chiapas, pero que nace de todo lo que se movió en mí durante esos días, transformado por la literatura en un peregrinaje hacia el centro de mí mismo, a mi infancia, a mis raíces. En cuatro días había rejuvenecido cuarenta años. Es posible que ese aliento haya tocado alguna fibra del lector. Había escrito aquellas páginas como un registro personal, casi secreto, y de inmediato se convirtió en el libro más popular de todos los que he escrito” (Sergio Pitol: Los terriotrios del viajero, 2000).

[Gerardo Moncada]

 

Notas relacionadas:
El tañido de una flauta, de Sergio Pitol.
>>Otras obras.

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