El astillero, de Juan Carlos Onetti

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El 30 de mayo de 1994 murió Onetti (nació el 1 de julio de 1909), fue uno de los pocos existencialistas en la literatura de América Latina. En su recuerdo, volvemos a El astillero.

El astillero es la ruina, la desolación, el hastío, la sordidez. Danza de personajes que ejecutan mezquinos embustes. Vidas decadentes en un entorno herrumbroso. Novela ácida que emana óxido, ollín, salitre, moho y todo lo que acompaña la degradación de los objetos, los inmuebles y los individuos. Sus luidos protagonistas se aferran a lo que alguna vez fue su vida, en la creencia de que esa voluntad bastará para que renazca el esplendor perdido.

Larsen regresa a Santa María, tras cinco años de destierro, con actitud de resucitado, según unos; apático y procaz, dicen otros. Trae su olfato y su intuición puestos al servicio de su destino, en un intento por darle sentido a los años que le quedan de vida, y dirige sus afanes hacia un astillero que se resiste a ser declarado en quiebra.

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Algunos pasajes:

“La vejez o el exceso de confianza le hicieron creer que la experiencia puede llegar a ser, por extensión y riqueza, infalible”.
“Estamos escorados y a la deriva, pero todavía no es naufragio”.
“Era como estarse espiando, como verse lejos y desde muchos años antes, gordo, obsesionado, metido en horas de la mañana en una oficina arruinada e inverosímil (…) Pudo verse, por segundos, en un lugar único del tiempo; a una edad, en un sitio, con un pasado. Era como si acabara de morir, como si el resto no pudiera ser ya más que memoria, experiencia, astucia, pálida curiosidad”.
“No le preocupaba que la vida pasara, arrastrando, alejándole las cosas que le importaban; sufría, boquiabierto, con una enfriada burbuja de saliva en los labios, sintiendo la grasa en que se le hundía el mentón, porque ya no le interesaban de verdad esas cosas, porque no las deseaba instintivamente y nunca lo bastante como para mantenerlas”.
“Esta es la desgracia –pensó-, no la mala suerte que llega, insiste, infiel, y se va, sino la desgracia, vieja, fría, verdosa. No es que venga y se quede, es una cosa distinta, nada tiene que ver con los sucesos, aunque los use para mostrarse; la desgracia está, a veces. Y esta vez está, no sé desde cuándo; anduve dando vueltas para no enterarme, la ayudé a engordar con el sueño (…) Y ahora, cualquier cosa que haga serviría para que se me pegue con más fuerza. Lo único que queda para hacer es precisamente eso: cualquier cosa, hacer una cosa detrás de otra, sin interés, sin sentido (…) sin que importe que salga bien o mal, sin que nos importe qué quiere decir. Siempre fue así; es mejor que tocar madera o hacerse bendecir; cuando la desgracia se entera de que es inútil, empieza a secarse, se desprende y cae”.

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“Fuera de la farsa que había aceptado literalmente como un empleo, no había más que el invierno, la vejez, el no tener dónde ir, la misma posibilidad de la muerte”.
“Así que todo, desde el primer baile en un salón de barrio y hasta el fin, se me hizo dulce, cuesta abajo, y yo no tuve que gastar otra cosa que tiempo y paciencia”.
“Estaba de pronto alegre, estremecido por un sentimiento desacostumbrado y cálido, humilde, feliz y reconocido porque la vida de los hombres continuaba siendo absurda e inútil y de alguna manera u otra continuaba también enviándole emisarios, gratuitamente, para confirmar su absurdo y su inutilidad”.
“Usted y ellos. Todos sabiendo que nuestra manera de vivir es una farsa, capaces de admitirlo, pero no haciéndolo porque cada uno necesita, además, proteger una farsa personal”.
“Sospechó, de golpe, lo que todos llegan a comprender, más tarde o más temprano: que era el único hombre vivo en un mundo ocupado por fantasmas, que la comunicación era imposible y ni siquiera deseable, que tanto daba la lástima como el odio, que un tolerante hastío, una participación dividida entre el respeto y la sensualidad eran lo único que podía ser exigido y convenía dar”.
“Este no era el tiempo de la esperanza sino el de la simple espera”.
“Llega el momento en que algo sin importancia, sin sentido, nos obliga a despertar, y mirar las cosas tal como son”.
“Mientras fumaba un cigarrillo al sol pensó distraídamente que en todas las ciudades, en todas las casas, en él mismo, existía una zona de sosiego y penumbra, un sumidero, donde se refugiaban para tratar de sobrevivir los sucesos que la vida iba imponiendo. Una zona de exclusión y ceguera, de insectos tardos y chatos, de emplazamientos a largo plazo, de desquites sorprendentes y nunca bien comprendidos, nunca oportunos”.
“Estaba solo, definitivamente y sin drama (…) Tenía el problema –no él: sus huesos, sus hilos, su sombra- de llegar a tiempo al lugar y al instante ignorados y exactos; tenía –de nadie- la promesa de que la cita sería cumplida”.

Juan Carlos Onetti nació en Uruguay el 1 de julio de 1909 y fue una de las figuras que renovaron la literatura de América Latina en la segunda mitad del siglo XX. Aunque la publicación de El astillero en 1961 coincidió con el fenómeno internacional del boom que vivió la novela latinoamericana, la producción de Onetti fue precursora de este movimiento en múltiples sentidos (estructura, estilo, temática).

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Otras voces
Julio Cortázar afirmó:
“Onetti es el más grande novelista latinoamericano”.

Carlos Fuentes escribió en 1969 en La nueva novela latinoamericana:
“Las obras de Onetti son las piedras de fundación de nuestra modernidad enajenada”.
Treinta años después dijo, en La gran novela latinoamericana:
“Onetti es uno de los padres de la nueva novela en Latinoamérica, con Borges, Carpentier y Rulfo”.

Emir Rodríguez Monegal escribió en 1972, en su ensayo La nueva novela latinoamericana:
“Juan Carlos Onetti es un adelantado de los novelistas de la experimentación narrativa que concentran la mirada sobre todo en la alienación del hombre”.
“Ha creado, en una serie de novelas que podrían recogerse con el título general de “La Saga de Santa María”, un universo rioplatense onírico y real a la vez, de una trama y una textura muy personales, a pesar de las reconocidas deudas con Faulkner. En algunas novelas de esa “Saga”, sobre todo en El astillero y Juntacadáveres, Onetti ha llevado la construcción narrativa hasta los más sutiles refinamientos, interpolando en la realidad del Río de la Plata un facsímil literario de aterradora ironía”.

Enrique Anderson Imbert, en su Historia de la literatura hispanoamericana (reimpresión de 1977), escribió acerca de Onetti:
“Uno de los más recios novelistas de los últimos años. Él novela vidas encerradas: el encierro en la ciudad, en recintos clausurados, en la noche; las circunstancias encierran a los personajes en sus manchas de suciedad. Estos personajes son solitarios fracasados. Han sido arrojados a un mundo hostil y de desgaste en desgaste se precipitan hacia la muerte. Sólo les queda chocar con la realidad, torturarse o tratar de escapar hacia dentro. Cuanto más se escapan con ensueños y recuerdos de juventud perdida, más se hunden en la soledad. Ambiente de pesimismo, de fatalidad, de desmoralización. Los ideales se apolillan, la amistad es un malentendido (…) El malhumorado Onetti es el novelista de las sinrazones de la vida en una ciudad del sur: Los adioses, El astillero, Juntacadáveres son parte de una saga ¿faulkneriana? de clima neurótico, pesadillesco, denso y casi infernal”.

Mario Vargas Llosa escribió en El viaje a la ficción (2008) que antes de Onetti no era posible imaginarse la novela moderna de América Latina. “Sus personajes nunca pueden materializar sus sueños ni sus anhelos en ninguno de los campos de la experiencia vital”.

En mayo de 2009, Vargas Llosa dijo durante una conferencia en homenaje a Onetti:
“Fue un gran escritor de nuestro tiempo. Es el primero es escribir en nuestra lengua novelas que expresan la modernidad, explorando en lo más profundo de sus personajes, no sólo lo generoso que hay en ellos sino también lo mezquino y lo duro y lo terrible. En la historia de la literatura, a esos escritores se les llama malditos. Son los que muestran el lado oscuro de la condición humana, esa secreta personalidad reprimida, esos fondos traumáticos, irracionales, de los que salen a veces explosiones de violencia individual o colectiva. Son autores que escriben inmolándose. En América Latina no hay quien resulte tan absolutamente representativo del escritor que se inmola como Onetti. En sus historias se repite de manera casi maniática la frustración. Sus personajes no tienen la vida que quisieran tener, son generalmente derrotados en la darwiniana lucha por la vida”.

El escritor Rodrigo Fresán sugirió en abril de 2012:
“A Onetti se le puede leer de dos maneras: como la cosa más siniestra, sórdida y lóbrega, y al mismo tiempo como la más divertida de tan oscura, desalmada y desesperada. Eso le da una corriente subterránea de gran humor. Onetti se adelanta al existencialismo y al nouveau roman, pero prefiero pensar que es un escritor singular (más que adelantado) y produce libros que se resisten a ser etiquetados”.

Gerardo Moncada ]

 

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