El cronista del caos: Carlos Monsiváis

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Eterno enamorado de la poesía, identificó procesos sociales, políticos y culturales que reclamaban a un cronista, y aceptó el llamado.

El 4 de mayo de 1938 nació uno de los principales cronistas del México de la segunda mitad del siglo 20 y el inicio del siglo 21: Carlos Monsiváis. Tenía inquietudes literarias y poéticas -relata su amigo Sergio Pitol-, pero la vida en México entre los años de 1950 y 1960 terminó atrapándolo en el periodismo cultural, el ensayo y la crónica.

Con un estilo prolijo, apretado, podía reunir en un párrafo elementos de crítica económica, teoría política, historia, sociología, cultura popular y un fino toque de sarcasmo.

No había fenómeno socio-cultural que le fuera indiferente y su don de la ubicuidad se volvió legendario.

En 1987, la presentación de su libro Entrada libre, crónicas de la sociedad que se organiza, causó un tumulto en la librería El Sótano, al sur de la Ciudad de México. El salón resultó insuficiente y Monsiváis aceptó la petición de la multitud, que cargó el estrado hasta el amplio estacionamiento para transformar éste en improvisado auditorio al aire libre.

Hacia finales del siglo 20 publicó Los rituales del caos, ensayo-crónica que analiza la Ciudad de México como punto de convergencia demencial del México urbano posmoderno: “El reposo de los citadinos se llama tumulto”.

“De golpe parece que todos los automóviles de la tierra se concentrasen en un punto para avanzar sin avanzar, mientras el embotellamiento es ya segunda naturaleza del ser humano, es el afán de llegar tarde y a buen paso al Juicio Final, es la prisión en crujías móviles, es el cubículo donde se estudia la radio, universidad del aquietamiento”…

“La élite se resigna, da por concluido su libre disfrute de las ciudades y se adentra en los ghettos del privilegio”…

Adiós al cronista

También pasa revista a diversos fenómenos culturales generados por artistas comerciales: “En el estudio de televisión, gracias a la magia de las pistas, las estrellas juveniles fingen cantar mientras, debido a los placeres de la autohipnosis, los asistentes fingen delirar, y merced al hechizo de la automatización, el conductor (animador) (comunicador) finge recibir con júbilo a la voz privilegiada que, a su vez, finge haber recibido clases de vocalización. Y en la transmisión remota el sortilegio se acrecienta”…

El espectáculo boxístico, cuando el campeón mexicano enfrenta a un extranjero y el país vuelve a ser -por un instante- la Nación: “Si hay locura, valió la pena venir y uno desquita la entrada legalizando el motín de los sentidos. Se grita para tener la garganta en forma y ser el sparring del alboroto propio”…

Monsiváis desmenuza el imaginario colectivo que mantiene viva la veneración del Niño Fidencio, la Semana Santa en Iztapalapa, las peregrinaciones para pedir ayuda a los brujos de Catemaco o para cumplirle a La Guadalupana, con la omnipresencia del gran tótem, la TV. “Dos potencias de fin de siglo se encuentran y se unen en el lapso breve que antes llamaban, a falta de siglas y abreviaturas, eternidad. En la tele, la multitud pertenece al espectáculo de un modo que jamás prohijarán los templos”…

También está el furor masivo por el Mundial de Futbol, los sonideros y los salones de baile. Y es que incluso la marginalidad pronto se vuelve multitudinaria (Tianguis del Chopo). Sin embargo, en los espectáculos no caben todos y sólo algunos tendrán el privilegio de estar en el concierto del cantante del momento. Es la sociedad segregada en la que todos pueden abrazar el nacionalismo kitch de los calendarios con cromos de Jesús Helguera, pero pocos tendrán el goce de recibir los elogios pagados en la revista Hola.

Es el México que transita hacia un nuevo siglo y hacia un terreno confuso, atiborrado, siempre al borde del colapso o el estallido.

Monsiváis explica:

“El caos al que aluden estas crónicas se vincula, básicamente, a una de las caracterizaciones más constantes de la vida mexicana, la que señala su ‘feroz desorden’. [Pero] la descripción más justa de lo que ocurre equilibra la falta aparente de sentido con la imposición altanera de límites. Y en el caos se inicia el perfeccionamiento del orden.

“En el centro, el consumo. En el mundo de las grandes supersticiones contemporáneas, la compra y el anhelo de compra se han convertido en el don para reflejarse en el espejo del prestigio íntimo, y, en el juego donde las imágenes son lo esencial, lo que se alaba es la creencia en el consumo (de fe, de atmósferas privilegiadas, de sensaciones únicas, de productos básicos y superfluos, de shows)”… La adquisición es “olvido instantáneo de lo adquirido”…

Y como complemento inevitable: el espectáculo.

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Releer a Carlos Monsiváis ayuda a descorrer el velo y desnudar el andamiaje detrás del espectáculo montado por artistas, televisoras, partidos políticos, gobiernos, élites sociales; refresca la mirada, el entendimiento de lo aparentemente confuso e impenetrable, favorece la identificación de las correas de transmisión impuestas por el poder y asimiladas por los demás.

“Hoy se extingue la utopía de los pocos-pero-representativos […] Ahora la legitimidad es asunto de números, en la estadística suelen hallar los enterados la validez de una creencia y lo que no se multiplica traiciona la razón de ser del mundo contemporáneo”…

A pesar del sarcasmo ácido, Monsiváis daba espacio a la esperanza colectiva:

La diversión genuina escapa de los controles, descree de las bendiciones del consumo, no imagina detrás de cada show los altares consagrados del orden. La diversión genuina (ironía, humor, relajo) es la demostración más tangible de que, pese a todo, algunos de los rituales del caos pueden ser también una fuerza liberadora”.

Hoy, seguramente Monsiváis estaría documentando dicha fuerza en las calles y en las redes sociales.

[Gerardo Moncada]

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