El testigo, de Juan Villoro

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Juan Villoro nació en la Ciudad de México el 24 de septiembre de 1956.

El testigo es el contundente relato, es una búsqueda personal en el contexto de la transición política y cultural que ocurrió en México con la caída del PRI al inicio del nuevo milenio; asimismo, es la promesa de cambio convertida en un delirante espectáculo multimedia.

Un intelectual mexicano vuelve a su país, después de una larga estancia en Europa, para enfrentar sus propios demonios que parecen aguardarlo. También lo esperan los demonios de una nación que no termina de oscilar entre las aspiraciones cosmopolitas y el rancio pasado, entre el fervor religioso y el reality-show, entre el aplastante capitalismo y la economía rural de superviviencia, y especialmente, entre la paz pueblerina y la explosiva violencia de los cuerpos policiacos y del crimen organizado. Ese México donde el pasado es presente, donde los recuerdos y las anécdotas familiares son semilla para el porvenir.

“Desde su regreso a México, el pasado fluía hacia adelante y la vida fluía hacia atrás. Demasiadas cuentas pendientes. El cambio, del que tanto habló en París con Jean-Pierre, parecía una cripta mal cerrada”.

Con una prosa pulcra, Villoro crea un espléndido mosaico conformado por puntuales descripciones de diversos sectores de la sociedad mexicana: sus conductas, sus prejuicios, sus fantasías. Con labor de orfebre, incorpora detalles significativos, objetos que relatan historias o cuya simple presencia crea atmósferas.

“Quizá la amó en secreto, como se amaba en esas casas viejas, con miedo y vocación de martirio, con ganas de ser uno de los santos torturados que decoraban las paredes”.

“Estuvieron rodeados de demasiadas cosas viejas desde entonces, atesoradas por una familia convencida de que lo gastado otorga señorío”.

“Se convencían de la magnificencia de un pasado que, Julio lo sabía, no tuvo otra realidad que la de sus vencidos anhelos”.

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Algunas estampas destacan por su toque agudo, mordaz. Por ejemplo, las referencias al tío Chacho, ese hombre que ve su parasitaria e indolente vida como expresión de dignidad y abolengo. Ciertos personajes son retrato generacional:

“Era algo más que un rebelde: un derrotado por la sociedad literaria que despreciaba, pero cuyas infinitas regulaciones terminó por aceptar; luchó hasta el final por tener un mínimo espacio; pensaba que el repudio que sentía era injusto, pero no se hizo a un lado ni desapareció hacia una catacumba. Reconoció, como nadie, la validez del sistema que lo rechazaba; con cada golpe que se daba en la frente, ratificaba la supremacía del muro. Tal vez, a fin de cuentas, no fuera sino un pésimo poeta, un vanguardista por falta de otros méritos, un asesino de la tipografía, un beat sin más gasolina que el rencor social […] Julio prefería recordar a Centollo por su monomanía escritural y su obsesión fanática consigo mismo. Ese egoísmo incadescente lo aproximaba a cualquier genio literario”.

Villoro incorpora apuntes para lo que podría ser la ética de los medios masivos en el siglo XXI:

“Ser fieles a la realidad significaba comunicar un horror. ¿Tenía caso? ¿No había una transgresión moral en el solo hecho de mostrar esa carnicería? ¿Suscitarían el deseo de regodearse en ella o incluso de imitarla a través del ultraje o el martirio? El país, siempre al borde la violencia, ¿podía banalizar de esa forma las heridas?”

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Villoro se ha convertido en un artesano de la palabra. Con minuciosidad construye frases redondas, las pule sin que pierdan frescura y logra con frecuencia una amplitud sugestiva que trasciende lo explícito.

“Su manera de estar ahí, con la naturalidad de quien ignora que su presencia es un milagro repetido”.

“Algo de fantasmal había en la vida de Julio, la mujer que no quiso estar ahí y le dejó su sombra. A veces Julio la recordaba en presencia de Paola, se abstraía en forma extraña, como si su mente tuviera un escalón flojo y cayera al vacío de un pozo sin agua”.

“Hay cosas que se detestan y otras que es posible aprender a odiar”.

“Odiaba el oportunismo de su memoria, esa verdulera sin escrúpulos. Regresaba al pasado como a un dolor elegido, como si lo peor de esa tristeza fuera la posibilidad de perder su recuerdo”.

“La entrevista tuvo un tono de despedida profética, pero sólo lo pensó al enterarse del accidente con la lógica artificial de todo destino que se piensa hacia atrás”.

“… y estaba bastante probado que los hispanistas copulaban poquísimo, pero Julio nunca sería tan erudito como para estropearse el destino de ese modo”.

“Una vida cumplida, monótona como todas las dichas”.

“-Me buscaron por imparcial. Los que aman lo mismo se odian entre sí.

-¡Has dicho un apotegma! -se rió el tío-. También se odian los que no quieren lo mismo. Todos nos odiamos, sobre todo en este páramo donde las espinas se pasan al alma”.

“Su mejor amigo lo vio con un afecto enorme, como un Cristo algo miope, demostrando que la misericordia puede ser una virtud laica”.

“No estaba ante un pasado inerte sino ante un pasado actual, en tensión”.

“Hablaba en español como un cojo que insiste en correr. Le faltaban palabras pero no hacía pausas […] Si algo tenía de la impronta norteamericana era la voluntad de expresarse a toda costa, sin miramientos ni enmiendas […] Hablaba al margen del reposo o el acierto, con indestructible autoestima”.

“Julio comprobó que ciertos defectos se vuelven interesantes a medida que empeoran”.

“Los accidentes del terreno, los brotes de las plantas, el reclamo distante de un pájaro eran el mundo que sabía leer. En ese entorno no podía mirar algo sin nombrarlo. Ciertos nombres de plantas o animales sólo existían en ese sitio, como un lenguaje en extinción”.

“Un árbol se llenó de pájaros. Al cabo de un rato resultaba imposible distinguir una hoja. El follaje era un vibrar de alas”.

“Alguna vez me dijo, con una de esas frases que le venían de pronto, que él era un accidente tratando de ocurrir”.

“En México la población es mucha pero la sociedad es poca”.

“Se despidieron de beso y fue como oler una sombra”.

“Lo único que ennoblecía ese tiempo ingenuo era que transcurrió sin suceder del todo. El futuro no trajo otra aventura que la reiteración, llegó como un confuso desgaste”.

“Se sintió ruin de un modo espléndido, poderoso, capaz de hacer de su dicha una afrenta”.

“Ignacia era débil y de una fuerza irresistible. Julio la sostenía en vilo con la turbadora sensación de quien sostiene nada”.

México, el país de la ilegalidad:

“La diferencia de ingresos entre Estados Unidos y México es la mayor que existe entre dos países vecinos en el mundo. ¿Te das cuenta qué pinche fatalidad?”

“Mira, si rascas y rascas, cualquier dinero tiene que ver con el narco. Así funciona este pinche país. La droga mueve tanta lana como el petróleo en un buen año. Algunos de esos billetes están en tu cartera, otros en la mía…”

“No lo interrogaron para saber algo; las preguntas fueron burdas, monótonas. En realidad fueron respuestas; todas implicaban que el muerto era narco. El hijo de puta del que estuvo cerca. Tener otra versión era un suicidio. Esa era la enseñanza. Si desafiaba la verdad que le imponían, como mínimo le meterían coca en su cartera para detenerlo. ¿Había un máximo en esa franja de vejámenes? El secuestro de sus hijas, como mínimo”.

“No me veas así, pendejo, este país sólo tiene una división geográfica importante: los cárteles”.

“Es jodido aceptarlo, pero los narcos han ayudado a un chingo de gente, gente que no tenía el menor chance de hacer algo […] Después de tantos sobornos, torturas, putas, asesinatos, traiciones y mierda y media, cualquier narco es capaz de sentirse como un Robin Hood místico porque ha ayudado a más gente de la que ha jodido y supone que Dios lo quiso así. Antes de matar bendicen sus AK-47, como los cristeros bendecían sus carabinas. Llevan crucifijos de oro por todas partes…”

Apuntes para otra historia nacional:

Durante la guerra cristera “la gente andaba muy corajuda. Las mujeres cantaban ‘Jesús aplaca tu ira’, pero Jesús no la aplacó […] Todo mundo quería ser santo en esos confines […] Sólo una vez asesinados, los cristeros se incorporaron a la larga lista de agravios que los parientes de Julio mencionaban mientras hundían sus galletas en café con leche”.

“Leemos muy mal lo que pasa en provincia, es un país secreto”.

“La tierra pródiga de López Velarde se había jodido a fondo. En las zonas desérticas no se compartía otra cosa que el polvo”.

El intelectual que vuelve a México después de una larga estancia en Europa, ignora que ya le asignaron una función en el ajedrez de la vida mexicana: el de un peón sacrificable. Será un personaje estratégico pero secundario, el testigo necesario, el testigo perfecto en el reality nacional.

“Los perros surgen como incómodos testigos en la noche; no representan la compañía solidaria que por lo general se les atribuye; sus ojos fijan los hechos y así los transtornan: si la escena no fuera vista, los protagonistas serían menos culpables. Ocultos, ubicuos, intrusos, los perros impiden secretos de nocturnidad […] Nada tan incómodo como los testigos que no deben estar ahí”.

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Otros ángulos

Al recibir el premio Herralde de novela en 2004 por El Testigo, Juan Villoro explicó:

“En México pensamos que cuando cayera el PRI tendríamos un periodo de transición, que gozaríamos de una apertura hacia un horizonte de futuro. Pero de alguna manera ocurrió todo lo contrario. El cambio fue hacia atrás y volvimos a los tiempos anteriores a la Revolución, con nuevos autoritarismos, el dominio de una burguesía conservadora y una gran preponderancia de la Iglesia católica”. En la novela, dijo, “no se editorializa” sobre estas cuestiones, sino que van apareciendo en el curso de una narración que, en los diversos planos de lectura -la historia del país y la historia personal-, reflexiona sobre el tiempo (El País, 8 y 9 nov 2004).

Ignacio Trejo Fuentes escribió:
“Es una novela que se lee con entusiasmo, sin parpadeos pese a sus casi quinientas páginas. Novela de inocultable trasfondo político y social, se sirve del thriller para no caer en el lloriqueo, en el panfleto y ser, ante todo, literatura de alto calibre. Por eso tanta acción, tantas historias bien entreveradas, con la ventaja de que sabe introducir valiosos, necesarios y oportunos tiempos de reflexión” (Revista de la Universidad de México, No. 14, 2005).

Roberto Bolaño comentó:

“La literatura de Juan Villoro está abriendo el camino de la nueva novela en lengua española del próximo siglo”.

[ Gerardo Moncada ]

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