Fahrenheit 451, de Ray Bradbury

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Uno de los más celebrados escritores estadounidenses del siglo XX: Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 22 agosto 1920 – Los Angeles, California, 5 junio 2012).

Fahrenheit 451 es un relato amargo, desencantado ante el derrotero adoptado por las sociedades occidentales, excesivamente frívolas, indiferentes, atomizadas. Es la búsqueda desesperada de algún vestigio de humanismo en una época de barbarie tecnologizada.

Escrito en 1953, resulta sorprendentemente contemporáneo al mostrar masas de individuos obsesionados en procurarse la “felicidad” a través de objetos, empecinados en permanecer en una burbuja de confort y evasión aunque el mundo esté a punto de estallar por decisiones que toma una intangible élite gobernante.

Ray Bradbury es seguidor de esa línea de la ciencia ficción que identifica tendencias sociales y proyecta a futuro sus posibles consecuencias, tanto para los individuos como para la sociedad.

Con ese enfoque, Bradbury imaginó una sociedad en la que está prohibido leer, porque se ha llegado a la conclusión de que leer propicia que la gente piense, y pensar es el origen de todos los problemas y la premisa de la infelicidad.

“Dale unos cuantos versos a un hombre y se creerá que es el Señor de la Creación. Cree que, con los libros, incluso podrá andar por encima del agua. Bueno, el mundo puede arreglárselas muy bien sin ellos. Fíjate a dónde te han conducido, hundido en el barro hasta los labios. Si agito el barro con mi dedo meñique, te ahogas”.

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En esa sociedad, de un futuro muy parecido a este presente, se han creado múltiples “facilidades” para eludir cualquier tipo de conflicto interpersonal, de reflexión existencial o de dilema moral. Esas facilidades que vislumbró Bradbury hoy dominan la escena cotidiana: muros cubiertos de pantallas planas donde se escenifican conversaciones banales, publicidad comercial omnipresente, auriculares diminutos que acompañan por doquier a las personas con música o recitando fruslerías, pastillas para dormir apasiblemente… Todo lo necesario para que la gente no se sienta sola y, sobre todo, que no tenga que confrontarse consigo misma.

Es una sociedad desconectada de la naturaleza humana y planetaria, y desprovista de empatía hacia otros miembros de la sociedad, incluso hacia sus familias.

“Tengo a los niños en la escuela nueve días de cada diez. Me entiendo con ellos cuando vienen a casa, tres días al mes. No es completamente insoportable. Los pongo en el salón y conecto el televisor. Es como lavar ropa; meto la carga en la máquina y cierro la tapadera”.

Y aunque en esa sociedad “el público ha dejado de leer por propia iniciativa” y ya muy pocos desean rebelarse, existe un cuerpo de vigilantes que garantiza la estabilidad de ese “mundo feliz”, cuya armonía es perturbada de cuando en cuando por inquietantes, desestabilizantes elementos: los libros, así como los esporádicos chispazos de conciencia.

“Siempre lo he dicho, poesía y lágrimas, poesía y suicidio y llanto y sentimientos terribles, poesía y enfermedad. ¡Cuánta basura! […] Tontas palabras, tontas y horribles palabras que acaban por herir -dijo Mrs. Bowles-. ¿Por qué querrá la gente herir al prójimo? Como si no hubiese suficiente maldad en el mundo, hay que preocupar a la gente con material de este estilo”.

El joven Ray Bradbury afinó su estilo literario escribiendo relatos fantásticos que con frecuencia desembocaban en el horror. Esa línea creativa no resultó ajena a su posterior y brillante incursión en la literatura de ciencia ficción.

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Algunos pasajes:

“…está usted viendo a un cobarde. Hace muchísimo tiempo, vi cómo iban las cosas. No dije nada. Soy uno de los inocentes que hubiese podido levantar la voz cuando nadie estaba dispuesto a escuchar a los ‘culpables’, pero no hablé y, de este modo, me convertí, a mi vez, en culpable […] Ahora, es demasiado tarde”.

“El televisor […] te dice lo que debes pensar y te lo dice a gritos. Ha de tener razón. Parece tenerla. Te hostiga tan apremiantemente para que aceptes tus propias conclusiones, que tu mente no tiene tiempo para protestar, para gritar: ¡Qué tontería!”.

“No necesitamos que nos dejen tranquilos. De cuando en cuando, precisamos estar seriamente preocupados”.

“No quiero cambiar de bando y que sólo se me diga lo que debo hacer. En tal caso, no habría razón para el cambio”.

“¿Se da cuenta de por qué los libros son odiados y temidos? Muestran los poros del rostro de la vida. La gente comodona sólo desea caras de luna llena, sin poros, sin pelo, inexpresivas. Vivimos en una época en que las flores tratan de vivir de flores, en lugar de crecer gracias a la lluvia y al negro estiércol”.

“Los libros están para recordarnos lo tontos y estúpidos que somos. Son la guardia pretoriana de César, susurrando mientras tiene lugar el desfile por la avenida: ‘Recuerda, César, que eres mortal’.”

“Pero esto es lo maravilloso del hombre: nunca se desalienta o disgusta lo suficiente para abandonar algo que debe hacer , porque sabe que es importante y que merece la pena serlo”.

“Llena tus ojos de ilusión -decía mi abuelo-. Vive como si fueras a morir dentro de diez segundos. Ve al mundo. Es más fantástico que cualquier sueño real o imaginario. No pidas garantías, no pidas seguridad. Nunca ha existido algo así”.

“No importa lo que hagas -decía mi abuelo-, en tanto que cambies algo respecto a como era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ello tus manos”.

“Y cuando nos pregunten lo que hacemos, podemos decir: ‘Estamos recordando’. Ahí es donde venceremos a la larga. Y, algún día, recordaremos tanto, que construiremos la mayor pala mecánica de la Historia, con la que excavaremos la sepultura mayor de todos los tiempos, donde meteremos la guerra y la enterraremos”.

[Gerardo Moncada]

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