La región más transparente, de Carlos Fuentes

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Carlos Fuentes nació el 11 de noviembre de 1928 y murió el 15 de mayo de 2012. Autor de esta novela que en su momento conmocionó al ofrecer un retrato agudo y vibrante del México “moderno”. Con los años, algunos aspectos referidos en la obra han desaparecido, pero siguen intactos los mecanismos de poder y la codicia, envueltos en el celofán de la retórica. 

La región más transparente es un intenso relato multitudinario donde dialogan los vivos y los muertos, creando y recreando la vida de México desde su capital, a mediados del siglo XX. Presente, pasado y un difuso anhelo de futuro forcejean, se empalman, se amalgaman. Los antecedentes más remotos dialogan con las vanguardias; la tradición contempla incierta el empuje arrollador de nuevos intereses y modas; el capital impone reglas cambiantes y marca el ritmo en la danza de las ambiciones.

Es esta novela, publicada en 1958, Carlos Fuentes aborda el contexto de una Revolución Mexicana triunfante e institucional y lo presenta como un ambiente de fiesta, revelación y permanencia, donde convergen e interactúan miembros de las distintas clases y subclases sociales: rancios aristócratas que ven con desprecio los cambios en la estructura de poder, ex revolucionarios que gracias a “contactos” acceden a los núcleos del poder económico (la banca, la industria), profesionistas e intelectuales que adquieren prestigio en una sociedad en transición, sectores populares enfrentando su desventura cotidiana pero alimentando nuevas aspiraciones. Todos en primer plano y a la vez como fondo escénico, conformando el mosaico de la vida nacional. En esta búsqueda, el escritor manifiesta un propósito de altos vuelos y un notable esfuerzo literario.

Con prosa vibrante, Fuentes retrata la polarización social y la crispante interacción entre clases. A través de profusos diálogos abunda en el debate de medio siglo que intentaba clarificar el significado de la “mexicanidad” y su lugar en la modernidad. Resalta la aceptación que van ganando, como monedas de cambio, el arribismo, la corrupción y la demagogia.

La Ciudad de México es un actor más: con zonas miserables (que en los siguientes años serán expulsadas hacia una periferia cada vez más distante), con los más diversos oficios presentes en cada barrio (otro aspecto que será progresivamente erosionado) y escenas que pronto se desvanecerán, como el cielo azul, las avenidas palaciegas, los tranvías, el verde valle, la imagen de rebaños arreados por indígenas, el tránsito escaso en ciertas vialidades, las rutas de autobuses que enlistaban barrios, los llanos de los alrededores…

Una sociedad y una ciudad en un punto de quiebre, entre una continuidad de cinco siglos y una ruptura demoledora que favorecerá a una clase política corrupta. Una sociedad en proceso de cortar sus raíces más profundas en un afán de ser “cosmopolita”. Una urbe que nunca volvería a ser “la ciudad de los palacios” ni, por supuesto, “la región más transparente del aire”.

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Algunos pasajes:
“Ven, déjate caer conmigo en la cicatriz lunar de nuestra ciudad, ciudad puñado de alcantarillas, […] ciudad presencia de todos nuestros olvidos, […] ciudad dolor inmóvil, ciudad de la brevedad inmensa, […] ciudad a fuego lento, ciudad con el agua al cuello, […] ciudad del fracaso ansiado, […] ciudad tejida en la amnesia, […] ciudad perra, ciudad famélica, suntuosa villa, ciudad lepra y cólera hundida […] Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire” (Cienfuegos).

“…en la gran ciudad chata y asfixiada, en la ciudad extendiéndose cada vez más como una tiña irrespetuosa […] Amarrada al cemento y al humo, a la acumulación de brillantes desperdicios”.

“Todas las mexicanitas rubias, elegantes, vestidas de negro, convencidas de que dan el tono internacional en el triste país pulguiento y roído. Sus maridos, los abogados de éxito, los incipientes industriales, creen estar penetrando la zona de la recompensa definitiva, de los grandes placeres, del loco éxito. Y los arrimados a la grandeza: los jóvenes oscuros, hijos de pequeños burócratas y profesores de primaria, súbitamente transformados, en virtud de su anexión a la figura social del momento, luciendo su sello común de finura pegada con saliva” (Cienfuegos).

“Las señoritas de gafas asentían urgentemente al nervioso hablar de Estévez: -El mexicano es este ente, anónimo y desarticulado, que se asoma a su circunstancia con, a lo sumo, miedo o curiosidad”.

“Más que nacer originales, llegamos a ser originales: el origen es una creación. México debe alcanzar su originalidad viendo hacia adelante; no la encontrará atrás” (Zamacona).

“México, tan cargado de experiencias confusas, de vida contradictoria. ¿Le será posible escoger su propio camino, o se dejará arrastrar por la ceguera criminal de los escogidos?” (Zamacona).

“Aquí no se respeta a los hombres, sino a las categorías de membrete: Señor Presidente, Señor Director, Señor Etiqueta”.

“Los que aún tenían dinero empezaban a regresar a México y a traicionar –doña Lorenza gemía- a su clase: a asociarse con los bandidos, a jugar bridge con las esposas de los políticos […] ¡Hasta hubo quien emparentara con un comecuras!”

“Doña Lorenza sintió con dolor una sustitución definitiva cuando entró Norma, radiante, envuelta en mink y jugueteando descuidadamente con su collar, afirmando a los ojos de la anciana un sentimiento de seguridad en el nuevo mundo, de pertenencia y voluntad, que había sido el de ellos. El pedestal que durante cerca de cuatro décadas doña Lorenza había creído vacío, esperándoles, ya estaba ocupado, con vulgaridad –en ello insistía la abuela-, con atropello, sin el dulce fluir de la gracia”.

“Hay que olvidar todo aquello. Subimos muy de prisa como para pensar que somos los mismos que hace apenas medio siglo trabajábamos bajo las órdenes de hacendados. Tenemos ahora tanto por hacer. Abrir fuentes de trabajo. Hacer la grandeza del país. Aquello se murió para siempre […] Queremos construir una economía capitalista y al mismo tiempo aplicar una legislación protectora de la clase obrera. La pura verdad es que para tener capital hay que pagarlo con vidas […] A nosotros nos tocaba, al mismo tiempo, defender los postulados de la Revolución y hacerlos trabajar en beneficio del progreso y el orden del país. Aquello fue el momento de crisis de la Revolución. El momento de decidirse a construir, incluso manchándonos las conciencias” (Robles).

“Hemos creado, por primera vez en la historia de México, una clase media estable, con pequeños intereses económicos y personales, que son la mejor garantía contra las revueltas y el bochinche. Gentes que no quieren perder la chamba, el cochecito, el ajuar en abonos, por nada del mundo. Esas gentes son la única obra concreta de la Revolución, y ésa fue nuestra obra. Sentamos las bases del capitalismo mexicano” (Robles).

“La Revolución Mexicana ha sido sabia: entendió temprano que, para que una revolución sea efectiva, la militancia ha de ser breve y la fortuna larga” (Robles).

“-Y me enteré de algo peor. De mi capacidad para conocer todos mis defectos, y de mi incapacidad para superarlos.
-Te pareces al país –dijo Ixca al tomar de un codo a Rodrigo para cruzar la avenida.
-No, Ixca, no. ¿Por qué mi padre supo lanzarse a luchar, a superar esos defectos, y yo no? ¿Por qué para él y para sus hombres hubo una vía de acción honrada, abierta, y para nosotros no hay sino la conformidad, el quemarse por dentro, el sigilo y eso, eso, el chingar quedito?”

“No hay remedio: Mexiquito siempre será Mexiquito. Y mientras tanto, hay que subsistir. Cuando veo a mi tía Lorenza atada a su nostalgia, creyendo todavía que Don Porfirio va a resucitar y a correr con látigo a los bandidos y al peladaje… Cuando todos podrían aprovechar, como yo, esta necesidad de prestigio, de barniz aristocrático, de los nuevos peces gordos. Hay que tener un poco de sentido práctico en el mundo moderno” (Pimpinela).

“¡Y los intelectuales! Chére, chére, son a la inteligencia lo que la saliva al correo, una manera, tu sais, de pegar la estampilla. Quieren prestigio y consideración, querido, et ça suffit; no quieren a las ideas ni a la obra ni a la pasión que lleva crearlas; nada más quieren estar en la vitrina” (Natasha).

“La clase media está más amolada que el pueblo, mi estimado, porque tiene ilusiones, y más que ilusiones, tiene que mantener las apariencias […] Y no le alcanza, de plano” (Ibarra).

“Olvida lo que has sido, los signos que ni siquiera has sabido vivir de una fe que sólo ha aumentado la compasión hacia ti mismo. ¡Escupe sobre lo sagrado si lo sagrado es esa misericordia ramplona que sólo acentuará tu mediocridad! ¡Escupe sobre esa otra mejilla del Dios cobarde!” (Ixca).

“No crea usted; hace falta hacer tanto, y éste es un país de holgazanes. Aquí un puñado de hombres tiene que hacer el trabajo de treinta millones de zánganos” (Robles).

“No, no se trata de añorar nuestro pasado y regodearnos en él, sino de penetrar en el pasado, entenderlo, reducirlo a razón, cancelar lo muerto –que es lo estúpido, lo rencoroso-, rescatar lo vivo y saber, por fin, qué es México y qué se puede hacer con él” (Zamacona).

“Sólo la burguesía se mueve y remueve, avanza, se apropia del país. Dentro de diez años éste será un país dominado por los plutócratas, ya verás. Y los intelectuales, que podrían representar un contrapunto moral a esa fuerza que nos avasalla, pues ya ves, más muertos de miedo que una virgen raptada” (Zamacona).

Carlos Fuentes, foto de Lola Álvarez Bravo

Carlos Fuentes ha dicho: “La novela es la épica de una sociedad en lucha consigo misma” (Cervantes o la crítica de la lectura, 1976). Y: “La del escritor es una pulsión crítica. La misión del escritor no es aplaudir, es oponer reservas, oponer críticas, trazar alternativas, esto es lo único que yo pretendo hacer” (El Cultural, octubre 2008).

Otras voces:
Edmundo Paz Soldán escribió sobre Fuentes en El poder de la palabra:
“El periodo que va de 1944 hasta 1950 será clave para su carrera literaria: descubrirá la obra de Agustín Yáñez, que lo llevará a una visión crítica de la revolución mexicana, y la de John dos Passos, cuya estructura narrativa de continuos saltos temporales […] le servirá como modelo para narrar la ciudad de México en La región más transparente”.

“[Entre 1955 y 1957, en la Revista Mexicana de Literatura] apuesta por una literatura moderna, capaz de adaptar a la narrativa mexicana la gran revolución formal que significaron, para la primera mitad del siglo XX, las obras de Faulkner, Joyce, Woolf, Proust y Kafka”.

“El hombre que quiere introducir autores, movimientos y técnicas extranjeras a la literatura mexicana es, después de todo, un obsesionado por encontrar las características centrales de la mexicanidad […] Su primera gran novela, La región más transparente, da cuenta de esas preocupaciones. A mediados de los cincuenta, Fuentes ya había escrito en un ensayo que el principal acontecimiento de los últimos 30 años había sido la aparición de una clase media urbana, de una burguesía rica y hedonista. Fuentes se sorprendía de que ninguna novela mexicana hubiera sido capaz de explorar ese fenómeno. La región más transparente es, entonces, una respuesta concreta a esa ausencia. A 50 años de distancia, todavía sorprende la ambición balzaciana de esa novela, la intención de representar todas las facetas de ese caótico espacio que es la Ciudad de México. Aquí entran todas las clases sociales –los intelectuales, los proletarios, los hijos de la revolución-, y todos los lenguajes: el español de Fuentes es híbrido, proteico, multiforme, y puede chirriar cuando baja a la calle y tornarse elegante cuando ingresa a los salones de la alta burguesía” (Revista Poder y negocios, noviembre 2008).

José Emilio Pacheco recordó en 2008: “Ninguna novela ha sido esperada como lo fue La región más transparente. Aquel lunes 7 de abril de 1958 se iniciaba otra literatura y asistíamos sin saberlo al surgimiento de lo que en los (años) 60 el mismo Carlos Fuentes iba a llamar la ‘Nueva Novela Hispanoamericana’, también conocida como “boom”. La conmoción radicaba en expresar una nueva realidad que los mexicanos vivíamos sin entenderla. El tema de La región más transparente era y es el fracaso de la Revolución Mexicana. En vísperas de su cincuentenario Fuentes la juzgó ya una revolución traicionada. Varias generaciones descubrieron a México en este libro, que es una novela realista, novela histórica, novela de ideas, novela poemática, novela biográfica, novela esotérica, novela satírica, elogio de la hibridez y de lo inconcluso, epopeya triunfal de la derrota y la humillación […] Ideas que hasta entonces sólo se habían manifestado en publicaciones académicas irrumpieron en el foro proporcionado por una narración apasionada. La región más transparente fue la primera y la última novela sobre la ciudad de México. Su mitificación literaria y su elegía anticipada, poco antes de que la capital se disolviera en la catástrofe urbana llamada DF […] Así como la capital se precipitaba sobre sus alrededores para engullirlos y anularlos, la novela del joven Fuentes desbordaba los géneros y los incluía todos en un fluir narrativo sin descanso. El cuento, el ensayo, la crónica, el reportaje, el poema en prosa, los diálogos de los vivos y los muertos, la biografía, el drama, el guión de cine, el elogio de lo mixto y de lo impuro, todo era necesario para abarcar y para inventar una realidad a la que nadie se había enfrentado en toda su magnitud. A los adolescentes que habitamos en 1958 aquella Ciudad de México, Fuentes nos descubrió sus avenidas, sus calles, sus palacios y sus tugurios al revelarnos todo eso mediante un proceso de ‘des-familiarización’. Fuentes nombró lo que no tenía nombre, convirtió en personajes a los seres anónimos que recorrían esas calles transfiguradas por la perenne injusticia, la violencia de siempre, la victoria de la miseria, la especulación inmobiliaria y la tempestad del progreso. Realismo crítico y literatura fantástica, prosa poética y subversión del lenguaje, novela popular y experimentación vanguardista. Cuanto se ha hecho en la narrativa mexicana posterior a Fuentes se encuentra en acto o en potencia en esta novela, tan venturosa y tumultuosamente imperfecta como tan magistral y germinal de un gran escritor” (FIL-Guadalajara, diciembre 2008).

Julio Cortázar escribió en una carta a Fuentes:
“No cualquiera puede concentrar en unas páginas la tremenda fuerza que son los destinos de Zamacona, de Rodrigo Pola y de Robles, tan profundamente americanos como presencia de ciertos valores morales y materiales que son la raíz trágica de nuestros pobres países”.

José Lezama Lima también le escribió en una carta a Fuentes:
“Los agrupamientos y dilataciones de los momentáneos coros de personajes tienen fuerza, acto naciente y todo lo demás. Las páginas de La región más transparente me han dado un alegrón. Usted pertenece al México que puede ser abundante. No al México “pulido y discreto”.

C. Wright Mills escribió en The New York Times:
“Aquí está todo el caos turbulento, glorioso, sordo e impuro del México contemporáneo. Es la historia de una gran revolución y de su muerte: la novela sobre México para nuestro tiempo”.

Emir Rodríguez Monegal escribió en 1968 en su ensayo La nueva novela latinoamericana:
“Carlos Fuentes utiliza toda la experimentación de la novela contemporánea para componer obras complejas y duras que son a la vez denuncias de una realidad que le duele salvajemente y alegorías expresionistas de un país suyo, un México mitopoético de máscaras superpuestas, que tiene que ver muy poco con la superficie del México actual”.

Emmanuel Carballo escribió en Protagonistas de la literatura mexicana (1965):
La región más transparente abre nuevos caminos a nuestra novela: aquí se mezclan e identifican el ensayo y la prosa narrativa, la lírica y la épica bastarda de nuestros días, la novedad y la tradición, los influjos apenas asimilados y las aportaciones rabiosamente juveniles. Después de Al filo del agua (1947), de Agustín Yáñez, y Pedro Páramo (1955), de Rulfo, La región es la novela más provechosa que se ha escrito en México […] Con La región, la prosa mexicana le toca las golondrinas al campo y se instala en la gran ciudad; asimismo pone una corona luctuosa en la tumba de la novela nacionalista (conmemorando los servicios que ha prestado a nuestras letras) y se lanza a que la reconozcan como uno de los signos del México pobre y subdesarrollado que se esfuerza por proteger sus derechos. Novela caótica, refleja el universo que describe: arribista, simulador y poderosamente joven”.

En Protagonistas de la literatura mexicana (1965), Carballo refiere varias conversiones con Carlos Fuentes en las cuales logró esta explicación del autor:

La región más transparente tiene un propósito concreto: introducir en las letras mexicanas técnicas que antes no se habían empleado. Técnicas que son válidas universalmente y que, al mismo tiempo, son capaces de expresar la realidad mexicana […] Fundamentalmente son las de Faulkner, Dos Passos, Lawrence y Huxley: las cuatro grandes influencias que admití conscientemente en la creación de esta novela […] Faulkner es el gran escritor del siglo XX que convierte la novela en una búsqueda de la novela, lejos de existir categorías a priori, argumentos e intrigas a la usanza de la novela del siglo XIX. En el transcurso de la novela, los personajes se están buscando continuamente se están construyendo: no buscan su vida, su pasado, buscan su novela […] Dos Passos es la influencia fundamental, la más obvia. La lectura de Manhattan transfer me apasionó a los quince años. Dos Passos fue mi biblia literaria […] Vi a Lawrence como el escritor capaz de llegar al fondo de ciertas mitades oscuras, de ciertas noches del alma, de ciertos sedimentos lodosos del hombre […] Huxley es una influencia intelectualizante, snobista, que, sin embargo, me pareció interesante en relación con el ser y el habla de esa costra flotante de la ciudad de México que se llama el set internacional, al que yo conocí minuciosamente. Esas personas usan un argot ‘intelectual’ de referencias vagas, un tanto criminales, aplicado a las letras y a las artes […] El influjo de Octavio Paz, lo confieso, se localiza en la intención y en la intensidad de ciertas expresiones. Nunca va más allá […] Si en la novela existen tesis, no son mis tesis: son las tesis que sobre el México de los años cincuenta circulaban en boca de los grupos intelectuales. Un escrito no tiene tesis: posee una visión del mundo […] Alguien afirmó que la novela carece de estructura. No estoy de acuerdo. Existe una estructura y se parece a la sociedad que describo: es chiclosa, a medio cocinar, deforme. Caótica como la ciudad de México […] El estilo está ligado a los personajes: a su procedencia social, a sus preocupaciones en la vida. Las reuniones del set internacional están descritas en un estilo; las escenas en que aparece la gente del pueblo están narradas en otro estilo; los ‘noticieros’ están escritos en forma diferente. Esos distintos estilos son totalmente intencionales. La materia prima es la que impone estilo a cada novela. Gran ejemplo en este punto es el Ulises de Joyce”.

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[Gerardo Moncada]

 Notas relacionadas:
Aura, de Carlos Fuentes.

 

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