Los días y los años, de Luis González de Alba

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Luis González de Alba (6 marzo 1944 – 2 octubre 2016) fue uno de los líderes del movimiento estudiantil de 1968, movilización que transformó la vida política y social de México.

“Estos son los días que después se recuerdan como una cicatriz”.

Los días y los años es una emotiva y vibrante crónica, un agudo ensayo acerca del movimiento estudiantil de 1968. Escrito en la prisión de Lecumberri, al calor de los acontecimientos, recrea con detalle algunos de los momentos clave del 68, reconstruye con meticulosidad la movilización (su crecimiento, su consolidación, sus conflictos internos) y pone énfasis en los pequeños pero fundamentales actos de solidaridad que brotaron en forma espontánea entre la ciudadanía. En una época en que el gobierno empleaba toda su fuerza ante la menor expresión de disidencia, resultan conmovedores esos gestos de apoyo ciudadano.

“Pero no había empezado ahí el odio que los insultos ponían al descubierto: en los últimos años la tropa había entrado en las universidades de Michoacán, Puebla, Sonora, Tabasco; habíamos visto aplastar con el ejército demandas estudiantiles y populares, muchas de ellas mínimas, en Sinaloa, Durango, Nuevo León. Ningún estado de la República se había salvado: donde no eran estudiantes los agredidos, eran campesinos desalojados de tierras, obreros, líderes sindicales. Y más atrás, la huelga de los médicos, contra la que se usaron los más sucios recursos […]; la huelga de los maestros, a los que también se les pedía abnegación y menos preocupaciones terrenales, y que finalmente se tuvo que reprimir con violencia; la de los ferrocarrileros, que hizo necesario el uso de todo el ejército nacional y la detención de cerca de diez mil personas; la ocupación del Politécnico; el asesinato de líderes campesinos, como el de Rubén Jaramillo, su esposa y sus hijos; el apuntalamiento de los eternos ‘charros’ sindicales…”

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Ante esa vida política esclerotizada, conmueve la valentía de los estudiantes que decidieron desafiar a un Estado profundamente autoritario.

“Y hay algo más -agregó Escudero-. El Estado actual necesita, para su supervivencia, mantener firmes cada uno de los puntales. Estamos pidiendo libertades democráticas, bien poca cosa en apariencia; pues, si la conmoción que hemos producido trae como consecuencia libertad en los sindicatos, con ese solo triunfo se acabó el sistema político mexicano que ahora conocemos, le quitamos de un golpe su principal puntal…”

“Es difícil -respondió Osorio-, porque el gobierno sabe bien cuáles son sus puntos débiles y no va a ceder. Reprimirá el Movimiento con toda saña antes de perder posiciones importantes. Por lo pronto, el Movimiento ha causado una gran agitación en organizaciones tradicionalmente sometidas. Y no porque tengamos una gran capacidad para la agitación, sino porque es natural que la inquietud se propague…”

“Tampoco entendían que no hubiera personajes de la política nacional patrocinando y dando directrices tras bambalinas. Simplemente no se habían enfrentado nunca a algo parecido. ¿Era que realmente se pedía la solución del pliego petitorio y no había trasfondo alguno? No lo podían creer y seguían buscando conjuras y fantasmas. Un régimen envejecido, acostumbrado al doble juego de las insinuaciones, nunca a las exigencias rotundas y claras, no tenía la capacidad de comprender los hechos que sorpresivamente le estallaban en la cara, ni tenía los instrumentos adecuados y la flexibilidad política necesaria para responder de sus actos honestamente, ante toda la población…”

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Ante las demandas estudiantiles, la clase gobernante demostraba una y otra vez una rotunda incapacidad para abandonar la demagogia y el control mediático. En su informe de gobierno de 1968, el presidente Gustavo Díaz Ordaz afirmó: “Tendré que enfrentarme a quienes tienen una gran capacidad de propaganda, de difusión, de falsía, de injuria, de perversidad”. En respuesta, la representante de Prepa 5 cuestionó: “¿Cómo es posible que en un país donde ciento ochenta periodistas tuvieron que repartir en hojas mimeografiadas su protesta por la invasión a la Universidad y las injurias al rector porque sus propios diarios no la aceptaron -ni como inserción pagada-, el gobierno se atreva a hablar de la capacidad de propaganda y difusión ajenas?”

Mientras Salvador Novo consideraba “muy grato” que el ejército invadiera la Universidad, la gente que hacía la ciencia, la literatura y el arte de México “protestaba públicamente por la anticonstitucional medida adoptada por el gobierno que utilizaba al ejército en funciones de policía y violaba con lujo de aparato militar la autonomía universitaria. Se vivía un ilegal estado de sitio no declarado”.

La escalada represiva culmina el 2 de octubre con la matanza estudiantil en la noche de Tlatelolco.

“Todos aguantábamos la respiración. Alguien empezó a llorar con el rostro hundido entre los brazos, apenas se oía. Calma, no llores, dijo en voz baja un compañero, este momento no es para llorar; es para grabártelo a fuego y recordarlo cuando tenga que pagarlo quien deba pagarlo”.

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Tras la excesiva y cruenta represión, los jóvenes encarcelados en Lecumberri organizaron grupos de estudio en la prisión que derivaron en una serie de debates políticos muy propios de la época: las vías hacia el socialismo, las contradicciones en las burocracias de izquierda, el centralismo, la representación real de la voluntad del pueblo…

“Siempre que hablábamos de lo mismo el resultado era similar: una vaga inquietud, malestar y descontento…”

Mientras tanto, los medios se regodeaban en el servilismo y el escarnio:

“-Para todos los estudiantes -dijo la voz en el radio-, esta nueva melodía que Radio Éxitos lanza a la popularidad: ¡el tema de Nacidos para perder!

-¡Ah, qué hijo de la chingada! -dijeron a coro los que esperaban en el patio que saliera el frío sol de noviembre.”

El libro de González de Alba es una profunda lección cívica, un ejemplo de cómo actuar en forma consecuente cuando las circunstancias lo exigen (esos momentos en que las ideas largamente pregonadas deben convertirse en acciones), no solamente por parte de estudiantes sino también de maestros, funcionarios académicos de diverso rango e intelectuales.

Luis González de Alba, integrante del Consejo Nacional de Huelga en representación de la Facultad de Psicología de la UNAM, fue arrestado la noche del 2 de octubre de 1968 y permaneció como preso político hasta 1971, año en que publicó su primer libro: Los días y los años.

En 1978, Jaime Moreno Villarreal escribió: “Los días y los años tiene la virtud de no ser por designación propia otra cosa que un testimonio personal que, sin embargo, alcanza la representatividad que otros se adjudican y traicionan. El ensayo, la novela y el testimonio se entremezclan en esta obra que irrumpe en la vida misma del Movimiento y convive con él hasta la cárcel. La derrota no se interpreta aunque se discute, pero, sobre todo, se evoca” (Revista de la Universidad).

“Estos son los días que después se recuerdan como una cicatriz”, escribió el autor. Y como si la herida jamás hubiera cerrado, Luis González de Alba decidió quitarse la vida el 2 de octubre de 2016, en el aniversario 48 de la noche de Tlatelolco.

[ Gerardo Moncada ]

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