Los ejércitos de la noche, de Norman Mailer

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Norman Mailer (31 enero 1923 – 10 noviembre 2007) fue un genial escritor estadounidense. Revisamos una de sus obras cumbre.

Los ejércitos de la noche es una obra tan intensa, vibrante y audaz, como los hechos que relata: la marcha multitudinaria al Pentágono y el plantón en protesta contra la participación del ejército estadounidense en la guerra de Vietnam, el cual fue disuelto con lujo de violencia. Los hechos ocurrieron en octubre de 1967 (aunque hay una variedad de elementos en las dinámicas de protesta y control que siguen operando hasta nuestros días).

Aquí, el autor hace gala de maestría narrativa al ser a un tiempo testigo y partícipe, observador y protagonista. Más aún, se desdobla para ser descrito como si él mismo fuera observado desde fuera por alguien más. Con su experiencia periodística, narra todo lo que observa, escucha y lo enriquece con la investigación en diversas fuentes; con su vena literaria va más lejos, explora las personalidades, motivaciones y fragilidades de los personajes que le rodean y de toda una generación que llegó a un punto crítico y no pudo permanecer callada ante la locura bélica de su gobierno.

En Los ejércitos de la noche, Mailer enlaza al periodismo y a la literatura de manera magistral. Es suficientemente cuidadoso para no inducir a engaño al lector, y su relato llega a un punto en el que advierte: “La novela debe reemplazar a la historia en ese punto en que la experiencia es lo bastante emocional, espiritual, psíquica, moral, existencial o sobrenatural como para que el historiador, al perseguir tal experiencia, se vea obligado a abandonar los límites precisos de la investigación histórica. Abandonamos, pues, tales límites. La novela coral que ofrecemos a continuación, si bien conserva el ropaje histórico y trata por tanto de respetar la maraña de hechos confusos y antagónicos, entrará sin complejos en ese reino de extrañas luces e intuiciones especulativas que pertenece a la novela”.

No es casual que esta obra haya obtenido tanto el Premio Pulitzer como el premio Nacional de Novela en los Estados Unidos.

“No hay que olvidar que buena parte del quehacer de la escritura reside en la capacidad de percibir el preciso instante en que ha de lograrse la promesa siguiente, por lo general oculta en alguna palabra o frase un poco al margen del propósito consciente”.

Y más aún, Mailer introduce profundiza en el ensayo. Ya instalado en las entrañas del pacifismo y la llamada “izquierda estadounidense”, examina a los diversos grupos (y a sí mismo), explora sus debilidades, su eclecticismo, su inocencia. Es una aproximación que oscila entre el análisis sobrio y el humor cáustico.

“Al no haber leído su obra [la de Carlos Marx], sino meros compendios de segunda mano, no habían pasado por la experiencia de tropezar con una mente que enseñaba a pensar, a razonar alejándose incluso de su pensamiento original”.

Su rudeza y encono afloran donde percibe el sello del conformismo, sin importar en qué sector se encuentre.

“’¡Cariño, este año pienso ganar un millón de dólares!’ La vida de la clase media, sin esa dosis de fantasía, resultaría insufrible. Y lo mismo puede decirse de la vida de la Vieja Izquierda. Sin esa capacidad para creer en un mágico instante asambleario, que logrará congregar a un millón de personas, sin ese íntimo barrunto de gloria (fundada en la retórica, no en los hechos), la vida de la izquierda no sería sino un gris desfile de máquinas multicopistas, mítines, sacrificios económicos, tensiones organizativas y embotamientos sensoriales de sus clientelas a causa de su retórica. La Vieja Izquierda vivía para su imaginación, una imaginación fundada en el venidero instante apocalíptico”.

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Sin embargo, no pierde de vista que el mayor problema está en otro sitio, en un Estado que actúa en forma autoritaria. Y lo refiere hablando de sí mismo:

“Mailer llevaba años escribiendo acerca de la naturaleza del totalitarismo, de su necesidad de hacer de la población una masa apática, de su instrumento: la destrucción del ánimo. El talante de la gente era constantemente cortado en rebanadas. Pisoteado, molido, extirpado, arrasado; el talante humano era un aroma que emanaba de los actos y ocios de la naturaleza, y el totalitarismo no era sino un desodorante de tal naturaleza”.

Por eso le parece despreciable el uso de la fuerza represiva contra aquella manifestación pacífica: “A juzgar por los relatos de los testigos oculares, la brutalidad represora no fue en absoluto baladí […] Una operación silenciosa y absorta salpicada de sordas maldiciones, una efusión en la noche de las más tórridas bilis de los más enardecidos corazones patrióticos; marshals y soldados tenían al enemigo al fin ante sus ojos: todo aquel caldo de corrupciones que ensuciaba el nombre de la nación y ultrajaba las tumbas de sus compañeros de armas muertos en Vietnam… Sí, proseguían los apaleamientos de manifestantes, de uno en uno, en especial de mujeres, de más hembras que varones.”

Una violencia tan ruin como la justificación oficial que le siguió. “El portavoz habla en totalitarianés, es decir en tenologués, es decir en cualquier lengua que acierte a vaciarse de todo contenido moral”.

Mailer destaca el hecho de que a pesar de todo, pese a sus diferencias, debilidades y fallas estratégicas y organizativas, una masa conformada por hippies, yuppies, cuáqueros, cristianos, feministas, estudiantes, intelectuales y escritores decidió desafiar al Estado lanzando un ‘ya basta’. Esa valiente masa exhibió la faceta más oscura de las fuerzas armadas y policiacas en su propio país, actuando contra su sociedad, reprimiendo la crítica, encarcelando a pacifistas.

La prensa estadounidense transitó rápidamente de una reacción indignada al respaldo a la represión, justificándola ante “las feas y vulgares provocaciones de muchos de los militantes” (como publicó el Times).

Mailer termina preguntándose cuál será el destino de su país, “antaño una belleza de excelsitud sin par y hogaño una belleza de piel leprosa. Lleva un hijo en las entrañas y languidece en una mazmorra cuyos muros nadie ve […] parirá, pero ¿qué criatura? ¿El más pavoroso totalitarismo que el mundo ha conocido?”

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Novelista, periodista, dramaturgo, ensayista, cineasta, actor y activista político, Norman Mailer no rehuyó las crisis de su tiempo, se involucró en ellas como un fajador y nos dejó testimonio, con una vibrante e indiscutible genialidad narrativa.

Se le considera, con Truman Capote, el gran renovador del periodismo al incorporarle una fuerte carga literaria en la escritura y en la estructura narrativa. A los 25 años escribió su primera novela, Los desnudos y los muertos (1948), que lo catapultó a la fama; la obra fue considerada una de las mejores novelas estadounidenses. Se afirma que Jim Morrison fue un ávido lector de Los ejércitos de la noche, obra que lo inspiró para componer varias de las canciones que dio a conocer con The Doors.

[Gerardo Moncada]

 

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