Los papeles de Aspern, de Henry James

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Su obra ha recobrado vigencia en las últimas décadas. Henry James nació en Nueva York el 15 de abril de 1843 y murió en Londres el 28 de febrero de 1916.

La novela corta Los papeles de Aspern es una hermosa joya, elaborada con el cuidado de un maestro artesano que atiende con esmero cada detalle: personajes, tensiones, flujos emocionales, ritmo narrativo; enmarcados en una fina descripción de sitios y atmósferas.

La historia surge de la curiosidad que despertó en el siglo XIX la correspondencia de los poetas Lord Byron y Percy B. Shelley.

Durante una conversación sostenida en Florencia a principios de 1887, Henry James se enteró de cartas de Byron que eran celosamente custodiadas por algunas familias italianas de abolengo. A propósito de esto, le relataron el caso de un crítico de arte de apellido Silsbee, admirador de Shelley, que se las ingenió para ser huésped de Miss Claremont, una antigua amante de Byron que poseía cartas de ambos poetas ingleses, de las que rara vez se desprendía. La mujer, ya muy anciana y frágil de salud, vivía con una sobrina cincuentenaria a la que el crítico esperaba convencer de que le permitiera “echar mano de los documentos” en cuanto muriera la tía. Llegado el momento, hubo una condición: “¡Le daré todas las cartas si se casa conmigo!”

En sus célebres Cuadernos de notas, James refiere la conversación y muestra lo que hace el talento y el oficio de un escritor con una anécdota coloquial: “La pintura de las dos viejas damas inglesas, mustias, raras, pobres y desacreditadas, sobreviviendo en medio de una generación extraña, en un mohoso rincón de una ciudad extranjera –con estas cartas ilustres como su más preciada posesión-. Luego la conspiración del fanático de Shelley […] La situación general constituye en sí misma un tema y una pintura. Me impresiona mucho. El interés radicaría en cierto precio que la anciana –o la sobreviviente- pone a los papeles y que el hombre debe pagar. Sus vacilaciones, su lucha interior –pues realmente sería capaz de darlo casi todo-” (16 de enero de 1887).

La novela Los papeles de Aspern fue publicada en Atlantic Monthly entre marzo y mayo de 1888.

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Algunos pasajes
Destaca en esta admirable pieza, el retrato de la vida veneciana.

“…uno de esos caserones venecianos que hasta en el más absoluto abandono conservan su arrogancia soberana (…) su aspecto no resultaba decadente, pero emanaba de él como un manso desaliento, una cierta sensación de fracaso…”

“Bueno –insinuó-. Creo que en Venecia los forestieri suelen pagar grandes cantidades por cosas que, después de todo, no valen mucho”.

“Ella no era inválida como Juliana, pero sin embargo se me apareció como más profundamente incapacitada, porque su limitación era interior, lo cual no ocurría con la anciana”.

“…me sorprendió que nuestra cotidiana proximidad no favoreciera un encuentro. Resultaba evidente que ella estaba en guardia contra la casualidad…”

“…La ciudad resplandece con la potente luz del estío; mira el cielo y el mar, el aire, el mármol sonrosado de los palacios, ¡todo brilla y se confunde en el mismo resplandor! (…) dorada luz veneciana”.

“Comprendí que se sentía defraudada: ella hubiera querido al mismo tiempo retenerme y quitarme ilusiones”.

“Como en todas las personas en quienes se obra el milagro de mudar de opinión en la vejez, su conversación había sido profunda”.

“Mis preocupaciones y remordimientos eran el merecido castigo por la peor de las locuras humanas: empeñarse en ignorar el momento justo en que es preciso detenerse”.

“-¿No vende los libros que escribe?
-¿Quiere decir si la gente los compra? Algo… Muy poco. Mucho menos de los que yo quisiera. Escribir libros, a menos que se sea un genio (¡y ni aun en ese caso!) es el último camino para llegar a la fortuna. Creo, además, que ya no es posible ganar dinero con la buena literatura”.

Sociedad en transición
James fue un agudo observador de la conducta humana. Tejía apretadas urdimbres con pulsiones y debilidades, ambiciones y deseos; todo dentro de un delicado retrato de época: la transición del siglo XIX al XX. La fuerza de sus relatos trascendió a la época, de ahí que a partir de la década de 1990 muy variados artistas llevaron sus piezas al cine, por encontrarlas vigentes.

Henry James fue un escritor cosmopolita y viajero, en una época en que los traslados eran sumamente lentos. Desde adolescente, aunque su familia radicaba en Nueva York, él realizó estudios en Ginebra, París y Bonn. Ya de adulto, lo mismo vivió en Estados Unidos que en Inglaterra e Italia. Le fascinó el contraste entre lo decadente y la irrupción de la modernidad.

Entre las recientes adaptaciones al cine, resulta exquisita y vibrante la versión de Iain Softley para Las alas de la paloma:

El punto de vista
Fanático del teatro, por años James se dedicó a acumular experiencias vitales mediante múltiples viajes y lecturas, así como a cosechar y analizar muy diversas anécdotas con potencial dramático o literario.

De hecho, fue uno de los primeros escritores que reflexionó sistemáticamente (por más de treinta años) acerca de la escritura literaria.

“Cuestiones como el punto de vista, el foco de conciencia, los tipos de ambigüedad y sus significados, la economía dramática, la alternancia entre diálogo y descripción, las condiciones de verosimilitud de lo fantástico, el peso y el valor del tema…” (Matthiessen y Murdock, editores, Henry James, Cuadernos de notas 1878-1911).

Desarrolló una obsesión por la planeación, de manera que trabajaba sobre apuntes y bocetos, elaboraba un guión y lo pulía hasta dejarlo “ceñido, claro y completo”, aplicando una serie de categorías y conceptos como “economía descriptiva”, “exposición fundamental”, “presentación escénica”. No obstante, era capaz de ceder si en el último momento la escritura tomaba su propio camino. En defensa de algunos de sus relatos, James habló de la “novela de inteligencia” y el uso del “observador intenso”, personaje reflexivo cuya conciencia es el foco de la historia.

Aunque ha pasado un siglo desde su muerte, regresar a los relatos y reflexiones de Henry James es como conversar con un contemporáneo.

[Gerardo Moncada]

 

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