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Mientras agonizo, de William Faulkner

El poderoso narrador William Faulkner, uno de los renovadores de la literatura del siglo XX, nació el 25 de septiembre de 1897 y murió el 6 de julio de 1962.

Mientras agonizo es un fresco de la miseria rural, una sofocante historia cuyos ejes principales son el engaño, el orgullo, el egoísmo y la locura.

Ya de entrada, uno de los personajes se lamenta de un cambio inesperado y desfavorable: “Estas señoronas ricas de la ciudad pueden cambiar de parecer. Los pobres, no”.

Como un mosaico de visiones fragmentarias, Faulkner construye este intenso relato con más pensamientos que diálogos, donde los flujos de conciencia de los personajes tejen la densa trama, cada uno aportando datos y percepciones que van de lo precario a lo poético, del animismo al delirio.

Cada personaje es de gran solidez y complejidad. Bajo su dura piel, cada uno cobija secretos inconfesables y misterios apenas insinuados.

Dewey Dell:

“Y así ocurrió que yo no pude remediarlo. Ocurrió entonces, y entonces yo vi a Darl y vi que se había dado cuenta. Dijo que lo sabía sin decir palabra, igual que si dijera que madre se estaba muriendo: sin decir palabra; y supe que él lo sabía, porque si él lo hubiera dicho con palabras, yo no me hubiera creído que él había estado allí ni que nos viera. Pero él dijo que lo sabía, y yo dije: ‘¿Es que vas a contárselo a padre, es que quieres matarle?’ Sin decir palabras lo dije, y él dijo: ‘¿Por qué?’, sin decir palabra. Y por eso puedo hablarle, pues le conozco y le odio, porque él lo sabe”.

Peabody:

“He aquí el inconveniente de esta tierra: todas las cosas, el clima, absolutamente todo, persisten demasiado. Nuestro campo es lo mismo que nuestros ríos: opaco, lento, violento; modela y crea la vida del hombre a su imagen y semejanza: implacable, taciturno”.

Tull:

“Por cierto que es dura la vida para las mujeres. Para algunas. Me acuerdo que mi madre llegó a los setenta y pico. Siempre atareada, lloviera o hiciera sol. Sin un día en cama desde que le nació el último crío. Hasta que, un buen día, hizo como si mirase a su alrededor, y entonces va y coge aquel camisón suyo, adornado con puntillas, que había tenido guardado cuarenta y cinco años y que nunca había sacado del armario, y fue y se lo puso y se echó en la cama y se tapó con el cobertor y cerró los ojos.
-Ahora, a cuidar de vuestro padre lo mejor que podáis -dijo-. Ya no puedo más.”

Darl:

“Empieza a llover. Las primeras gotas caen broncas, espaciadas, veloces; golpean impetuosamente las hojas y caen al suelo con un largo suspiro, como aliviadas de una insoportable incertidumbre. Son grandes como postas; calientes, como si hubiesen sido disparadas con una escopeta; golpean impetuosamente el farol con un siseo agorero…”

Con una prosa severa y deslumbrante, Faulkner crea un relato despiadado donde la insensata última voluntad de una difunta se convierte en el soporte de mezquinos anhelos individuales que lentamente van aflorando. La ferocidad de la naturaleza y los descalabros humanos son asumidos por los personajes con naturalidad, como todos los miserables que están acostumbrados a vivir al filo de la desgracia, de la catástrofe.

Dewey Dell:

“Aire de muerte envuelve a la muerta tierra con una oscuridad de muerte. Aire que pesa sobre mí, aire muerto y caliente, que, pese al vestido, llega hasta mí, hasta la desnudez de mi cuerpo […] No sé si puedo o no llorar. No sé si he llegado alguna vez a sentirla [la pena]. Solamente me imagino que soy una semilla silvestre y mojada, caída en la tierra ciega y ardorosa”.

Otros ángulos
Mientras agonizo es una de las obras clave de este genial escritor estadounidense. Fue escrita en «seis frenéticas semanas», mientras Faulkner se desempeñaba como bombero y vigilante nocturno en la central eléctrica de la universidad de Mississippi.

Harold Bloom la considera una obra maestra y afirma que su inicio es el mejor de todas las novelas estadounidenses escritas en el siglo XX. «Mientras agonizo hace un retrato catastrófico de la condición humana, con la familia nuclear como la catástrofe más terrible», señala.

William Faulkner nació en Mississippi, Estados Unidos, el 25 de septiembre de 1897 y murió en el mismo estado el 6 de julio de 1962.

En 1949 recibió el Premio Nobel de Literatura, «por su poderosa, y artísticamente única, contribución a la novela contemporánea estadounidense».

Las innovaciones literarias y la capacidad de experimentación de Faulkner tendrían una profunda influencia en varias generaciones de escritores latinoamericanos.

Mario Vargas Llosa, por ejemplo, ha escrito: Faulkner “fue el primer escritor que estudié con papel y lápiz a la mano, tomando notas para no extraviarme en sus laberintos genealógicos y mudas de tiempo y de punto de vista, y, también, tratando de desentrañar los secretos de la barroca construcción que era cada una de sus historias, el serpentino lenguaje, la dislocación de la cronología, el misterio y la profundidad y las inquietantes ambigüedades y sutilezas psicológicas que esa forma daba a sus historias”. Y respecto a Mientras agonizo y otras obras de Faulkner, Vargas Llosa dice: “descubrí lo dúctil de la forma narrativa y las maravillas que podía conseguir en una ficción cuando se la usaba con la destreza del novelista norteamericano” (El pez en el agua).

Por su parte, Ana María Matute destaca: Faulkner «describe como nadie el lado oscuro del ser humano, lo turbio e inquietante que puede haber en él. [Con un lenguaje] inconfundible por su fuerza y con un torrente que parece que no se acaba nunca».

Javier Marías pondera en el estilo de Faulkner los párrafos largos, «como si surgieran a borbotones. Esa exuberancia borbotónica da a su estilo una fuerza que atrapa y convierte cada página en una suerte de oleada que atrapa al lector y que nadie jamás, ni antes ni después de él, se aproxima a esa prosa».

[ Gerardo Moncada ]

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