Moby Dick, de Herman Melville

 

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El 1 de agosto de 1819 nació Herman Melville, autor de la espléndida novela Moby Dick. Murió el 28 de septiembre de 1891, en Nueva York.

Moby Dick es la crónica de una obsesión; es un azaroso viaje hacia la oscuridad; es el relato trágico de un grupo de hombres en busca de riqueza; es un compendio de debilidades y virtudes humanas; es la admiración desnuda ante el mundo marino; es un intento por entender, codificar, clasificar lo inconmensurable; es la gesta del ser humano que con mínimos recursos desafía las fuerzas de la naturaleza, como aún lo hacía en el siglo XIX. Es el eterno anhelo de rondar la última frontera en busca de la gloria, la fortuna o la muerte.

“Hace unos años, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación”, dice al inicio Ismael, el narrador de esta novela que emprende un largo viaje geográfico e interior.

Ya se encuentre envuelto por “la sublime ausencia de acontecimientos” o atormentado por peligros fatales, su perspectiva mística, existencial y social se expande y profundiza en el microcosmos del barco Pequod.

Publicada en 1851, Moby Dick no fue bien recibida por el público y prácticamente marcó el declive de Herman Melville como novelista, género en el que había logrado notable éxito con sus primeros libros Typee (1846) y Omoo (1847), donde relataba sus viajes por los mares del sur. Debieron pasar siete décadas para que Moby Dick fuera revalorada como una obra fundamental en la historia de la literatura estadounidense.

Incluso, en su edición de 1911, la Gran Enciclopedia Británica cita a Melville como “un simple cronista de la vida marinera”. Años después, la misma enciclopedia le reconoció como “uno de los grandes escritores norteamericanos de todos los tiempos”.

Si bien es cierto que la voraz y tecnificada cacería de ballenas colocó al borde de la extinción a los grandes cetáceos a mediados del siglo XX, por lo cual esta práctica fue prohibida y estigmatizada en casi todo el mundo, Moby Dick es una novela que debe ser leída incluso por quienes defendemos la vida silvestre. Van algunos fragmentos de mi preferencia:

Natura
“Por mucho que ese niñito que es el hombre presuma de su ciencia y habilidad, y por mucho que, en un futuro lisonjero, puedan aumentar esa ciencia y habilidad (…) el mar seguirá insultándole y asesinándole, y pulverizando la fragata más solemne y rígida que él pueda hacer” (cap LVIII).

“El punto a discutir es si Leviatán podrá aguantar mucho tiempo semejante persecución, y semejante agitación inexorable; y si no acabará por ser exterminado de las aguas, y la última ballena, como el último hombre (…) se evaporará en la bocanada final” (cap CV).

“Hay, no se sabe qué, un dulce misterio en este mar, cuyos movimientos suaves y aterradores parecen hablar de alguna oculta alma de debajo (…) pues aquí yacen, soñando y soñando en silencio, millones de sombras y siluetas mezcladas, sueños ahogados, sonambulismos, ensueños, todo lo que llamamos vidas y almas…” (cap CXI).

“Este misterioso y divino Pacífico (…) parece el corazón de la tierra, latiendo en mareas” (cap CXI).

La vida simple
“Soy de los que nunca se ocupan de fortunas principescas, y estoy bien contento si el mundo está dispuesto a alojarme” (cap XVI).

La falsa sociedad
“En este mundo, el Pecado, si paga el viaje, puede ir libremente y sin pasaporte, mientras que la Virtud, si es pobre, es detenida en todas las fronteras” (cap IX).

“Ahí están ahora los frutos del ascenso; ahí está la vanidad de la gloria; ahí está la locura de la vida” (cap XXXIV).

“No es raro el caso, en este nuestro mundo de convenciones, en que, cuando una persona puesta al mando de sus semejantes encuentra que uno de ellos es notablemente superior a él, en su orgullo general de virilidad inmediatamente conciba contra ese hombre un invencible odio y antipatía, y, si tiene ocasión, derribe y pulverice esa torre de su subalterno” (cap LIV).

“Si se considera la inagotable riqueza de especias, de sedas, joyas, oro y marfil con que se enriquecen esas mil islas del mar oriental, parece una previsión significativa de la naturaleza que tales tesoros tengan al menos el aspecto, aunque sin eficacia, de estar guardados del rapaz mundo occidental” (cap LXXXVII).

Del misticismo
“La fe, como un chacal, se alimenta entre las tumbas, e incluso de esas dudas mortales extrae su esperanza más vital” (cap VII).

“Todas las cosas que Dios quiere que hagamos nos resultan duras de hacer y, por tanto, más a menudo nos manda que intenta persuadirnos. Y si obedecemos a Dios, debemos desobedecernos a nosotros mismos, y en esto consiste la dureza de obedecer a Dios” (cap IX).

“No tengo objeciones contra la religión de nadie, sea cual sea, mientras esa persona no mate ni insulte a ninguna otra persona porque ésta no cree también lo mismo. Pero cuando la religión de un hombre se pone realmente frenética, cuando es un tormento decidido para él y, dicho francamente, cuando convierte esta tierra nuestra en una incómoda posada en que alojarnos, entonces, creo que es hora de tomar aparte a ese individuo y discutir la cuestión con él” (cap XVII).

“La augusta dignidad de que trato no es la dignidad de los reyes y los mantos, sino esa dignidad sobreabundante que no se reviste de ningún ropaje. La veréis resplandecer en el brazo que blande una pica o que clava un clavo; es esa dignidad democrática que, en todas la manos, irradia sin fin desde Dios, desde Él mismo, el gran Dios absoluto, el centro y circunferencia de toda democracia; ¡Su onmipresencia, nuestra divina igualdad!” (cap XXVI).

El ser
“Allí estaba un hombre, a unas veinte mil millas de su patria, lanzado entre gente tan extraña para él como si estuviera en el planeta Júpiter; y sin embargo parecía enteramente a gusto, conservando la mayor serenidad, contento con su propia compañía, y siempre a la altura de sí mismo” (cap X).

“En el ciclónico Atlántico de mi ser, yo también me complazco en mi centro en muda calma, y mientras giran a mi alrededor pesados planetas de dolor inextinguible, allá en lo hondo  y tierra adentro, sigo bañándome en eterna suavidad de gozo” (cap LXXXVII).

Libertad de pensamiento
“Todo profundo y grave pensar no es sino el esfuerzo intrépido del alma para mantener la abierta independencia de su mar, mientras que los demás desatados vientos de cielo y tierra conspiran para lanzarla a la traidora y esclavizadora orilla” (cap XXIII).

“A través de todas las densas nieblas de las penumbrosas dudas de mi mente, de vez en cuando surgen divinas intuiciones, encendiendo mi niebla con un rayo celeste. Y doy gracias a Dios por ello, pues todos tienen dudas; muchos lo niegan; pero, con dudas o negaciones, pocos tienen también intuiciones con ellas.  Dudas de todas las cosas terrenales e intuiciones de algunas cosas celestiales: esta combinación no produce ni un creyente ni un incrédulo, sino que produce un hombre que las considera a ambas con iguales ojos” (cap LXXXV).

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Conciencia
“Supongo que tiene lo que la gente de tierra llama conciencia; es una especie de tic doloroso, peor que un dolor de muelas” (cap XXIX).

La inapresable existencia
El agua en movimiento “es la imagen del inaferrable fantasma que es la vida” (cap I).

“Terminado un peligrosísimo y largo viaje, sólo empieza otro, y terminado éste, sólo empieza un tercero, y así sucesivamente, para siempre amén. Eso es, en efecto, lo intolerable de todo esfuerzo terrenal” (cap XIII).

“Hay ciertas extrañas ocasiones y coyunturas en este raro asunto entremezclado que llamamos vida, en que uno toma el entero universo por una enorme broma pesada, aunque no llega a discernirle su gracia sino vagamente, y tiene algo más que sospechas de que la broma no es a expensas sino de él mismo. Con todo (…) uno se traga todos los acontecimientos, todos los credos y convicciones, todos los objetos duros, visibles e invisibles, por nudosos que sean (…) En cuanto a las pequeñas dificultades y preocupaciones, perspectivas de desastre súbito, pérdida de vida o de algún miembro, todas estas cosas, y la muerte misma, sólo le parecen a uno golpes bromistas y de buen carácter (…) Esta extraña especie de humor caprichoso de que hablo, le sobreviene a uno solamente en algún momento de tribulación extrema; le llega en el mismísimo centro de su seriedad … (Es la) filosofía genial del desesperado; y con ella yo considero ahora todo este viaje” (cap XLIX).

“Todos nacen con la cuerda al cuello, pero sólo al ser arrebatados en el rápido y súbito remolino de la muerte es cuando los mortales se dan cuenta de los peligros de la vida, callados, sutiles y omnipresentes. Y si uno es un filósofo, aunque esté sentado en una lancha ballenera no sentirá un ápice más de terror que sentado ante el fuego del anochecer, con un atizador” (cap LX).

Temor y valor
“Parecía querer decir no solamente que el valor más útil y digno de confianza es el que surge de la estimación realista del peligro encontrado, sino que un hombre totalmente sin miedo es un compañero mucho más peligroso que un cobarde (…) El valor era una de las grandes provisiones necesarias para el barco, como la carne y la galleta, que no se podían derrochar locamente” (cap XXVI).

“Pocos hombres tienen un valor a prueba de una prolongada meditación no aliviada por la acción” (cap XLVI).

“En periodos tempestuosos como esos, después que se ha amarrado todo, en cubierta y en la arboladura, no se puede hacer más que esperar pasivamente la conclusión de la galerna. Entonces el capitán y la tripulación se vuelven fatalistas prácticos” (cap LI).

“Cuando el rápido monstruo os arrastra cada vez más profundamente dentro de la frenética manada, decís adiós a la vida circunspecta y sólo existís en un latir delirante” (cap LXXXVII).

La locura
“El Cielo tenga misericordia de todos nosotros, de un modo o de otro, estamos terriblemente tocados de la cabeza, y necesitamos un buen arreglo” (cap XVII).

“Por donde navego dejo una estela turbia y blanca; aguas pálidas y mejillas aún más pálidas” (cap XXXVII).

“Todo lo que más enloquece y atormenta; todo lo que remueve la hez de las cosas, toda verdad que contiene malicia, todo lo que resquebraja los nervios y endurece el cerebro, todos los sutiles demonismos de vida y pensamiento, todos los males, para el demente Ahab, estaban personificados visiblemente y se podían alcanzar prácticamente en Moby Dick” … “Todos mis medios son cuerdos; mi motivo y mi objetivo es demente” … “De ese minero subterráneo que trabaja en todos nosotros, ¿cómo puede uno decir adónde lleva su pozo, por el sonido desplazado y ensordecido de su piqueta? ¿Quién no siente que le arrastra el brazo invisible?” (cap XLI).

“No hay locura de los animales de este mundo que no quede infinitamente superada por la locura de los hombres” (cap LXXXVII).

“Veía el pie de Dios en la cárcola del telar, y lo decía; y por eso sus compañeros le llamaban loco. Así, la locura del hombre es la cordura del cielo; y, alejándose de toda razón mortal, el hombre llega al fin a ese pensamiento celeste que para la razón es absurdo y frenético; y, para bien o para mal, se siente entonces libre de compromiso e indiferente como su Dios” (cap XCIII).

“Hay una sabiduría que es dolor; pero hay un dolor que es locura” (cap XCVI).

“En cuanto se refiere a la parte más profunda de Ahab, cualquier revelación tenía más de tiniebla significativa que de luz explanatoria” (cap CVI).

Metaliteratura
“Este libro entero no es más que un borrador; mejor dicho, el borrador de un borrador. ¡Ah, Tiempo, Energía, Dinero y Paciencia!” (cap XXXII).

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Otras voces:
Nathaniel Hawthorne escribió burlonamente en su diario que el hecho más notorio de Herman Melville era su vivencia con caníbales en la Polinesia.

William Faulkner: “El libro que me gustaría haber escrito es Moby-Dick”.

D. H. Lawrence: Moby Dick es “el libro de mar más grande que jamás se ha escrito”.

Albert Camus: “El lirismo de Melville combina las Escrituras y el mar, la música de las olas y los cuerpos celestes, la poesía de lo cotidiano y una grandeza de proporciones Atlánticas”.

Jorge Luis Borges: “Novela infinita. Página por página, el relato se agranda hasta usurpar el tamaño del cosmos: al principio el lector puede suponer que su tema es la vida miserable de los arponeros de ballenas; luego, que el tema es la locura del capitán Ahab, ávido de acosar y destruir la Ballena Blanca; luego, que la Ballena y Ahab y la persecución que fatiga los océanos del planeta son símbolos y espejos del Universo… Tal es el universo de Moby Dick: un cosmos (un caos) no sólo perceptiblemente maligno sino también irracional…”

Carlos Fuentes: “Este Prometeo de las letras estadounidenses había desafiado al mundo con su genio, y el mundo lo venció dejándolo en la miseria. En 1885 un crítico inglés, Robert Buchanan, escribió a Londres: ‘He buscado en todas partes a ese Tritón que vive todavía en alguna parte de Nueva York. Nadie parecía saber nada del único gran escritor que merece ser comparado con Whitman en este continente’ (…) La profundidad de sus escritos y el alto contenido metafísico y filosófico de sus símbolos lo sitúa como uno de los más grandes autores norteamericanos y su influencia se puede descubrir con facilidad en las generaciones posteriores. Innovador, rebelde para su época, Melville se constituye en el visionario que requerían las letras estadounidenses…”

[ Gerardo Moncada ]

 

Notas relacionadas
Voy como simple marinero… Relatos cortos de Herman Melville.

 

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2 Responses to Moby Dick, de Herman Melville

  1. Aquiles Cantarell 2 agosto, 2015 at 4:29 am #

    Excelente texto, me emocionó profundamente. Un abrazo enorme para el autor.

    • EditorialOtroAnguloINFO 2 agosto, 2015 at 4:55 pm #

      Abrazo de vuelta, Aquiles.

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