Moderato cantabile, de Marguerite Duras

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Marguerite Duras (4 abril 1914 – 3 marzo 1996) es una figura literaria con una vida apasionante. Para recordarla, volvemos a su breve novela Moderato Cantabile, la obra que perfiló su carrera literaria.

Moderato cantabile relata la imposibilidad de soportar una vida plana, contenida, sin sobresaltos ni pasiones arrebatadoras. Sueños que no se alcanzan, emociones que nunca despiertan. Una vida donde todo discurre a un compás “moderado y cantante”.

El relato inicia cuando una profesora de música intenta disciplinar a un niño que interpreta una sonatina de Diabelli sin respetar el compás moderato cantabile. La insistencia de la profesora describe el modelo pedagógico imperante a mediados del siglo XX:

“Cree que le está permitido no querer tocar el piano”… “Él no tiene por qué elegir tocar el piano o no. Esto es lo que se llama educación”.

Su madre entiende la desesperación de la profesora pero al mismo tiempo aprecia la reticencia, la libertad del alma infantil, con un dejo de nostalgia por la propia rebeldía perdida.

“Cuando obedece de este modo, me da un poco de asco –dijo Anne Desbaresdes-”.

Tras presenciar el desenlace trágico de un romance, Anne y un hombre –que no conoce- se ven impelidos a volver una y otra vez al sitio del crimen en busca de una explicación que, extrañamente, les resulta indispensable. Para ella, el incidente desgarra el pesado telón de la rutina y el confort que ha decorado su vida adulta, para dejar entrever pulsiones adormecidas y un vacío existencial.

La trama sigue una espiral descendente, con diálogos tensos que expresan más por lo que omiten y que parecen anticipar un estallido.

Algunos pasajes:
“La aridez de su destino se le hizo de pronto evidente.”

“Se dejó hacer. Aparentemente, toda dignidad le había abandonado para siempre.”

“¿Usted cree que es posible llegar… a eso… de no ser… por desesperación?”

“Estudia el piano –dijo ella-. Tiene buena disposición, pero muy poca voluntad, tengo que reconocerlo (…) Quisiera para este niño tantas cosas a la vez que no sé por dónde empezar, cómo hacerlo. Y lo hago mal (…) Si supiera cuánta felicidad se les desea, ¡como si eso fuera posible! Quizá sea a veces mejor separarse de ellos. No consigo hacerme a la idea de este niño.”

“Los días son rutinarios. No puedo seguir.”

“El salmón pasa de uno a otro según un ritual que nada enturbia, de no ser el miedo oculto de cada uno de que tanta perfección no se quebrante de pronto o no se mancille de un absurdo demasiado evidente (…) Y se llega poco a poco a una conversación generalmente cortesana y particularmente neutra. La cena será un éxito (…) Las mujeres… sus hombros desnudos tiene el lustre y la firmeza de una sociedad fundada sobre la certeza de su derecho, y ellas fueron escogidas a su conveniencia. El rigor de su educación exige que sus excesos queden templados por la preocupación prioritaria de su mantenimiento. De ésta ya les inculcaron, antaño, la conciencia.”

“Mirará el Boulevard por el ventanal del gran pasillo de su vida.”

“Sangre en la boca –dijo-, y él la besaba, la besaba (…) Tras haber visto eso, uno no puede evitarlo, es casi inevitable, ¿no es cierto?”

“Aun muerta -dijo-, sonreía de felicidad.”

“¿Estás seguro de no saber qué quiere decir moderato cantábile? –insistió la profesora.”

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Laure Adler escribió en la apasionante biografía Marguerite Duras: A life (1998) que Moderato cantabile marcó un nuevo derrotero en el estilo literario de Marguerite Duras, con mayor madurez y ambición:
“Marguerite quiso describir lo indescriptible”.

A diferencia de novelas anteriores, Duras abandonó el estilo tradicional y se aproximó a las vanguardias literarias.

Adler refiere: “Marguerite publicó en la revista Les Lettres nouvelles el antecedente de Moderato cantabile en la forma de un relato breve. Golpeado por su intensidad, Alain Robbe-Grillet vio en estas pocas páginas ‘una fuerza subversiva maravillosa que golpeaba en pleno corazón de la narrativa’.”

Robbe-Grillet la convenció de concluir el relato y publicarlo, lo cual hizo Duras ese mismo año de 1958, a pesar de estar inmersa en crisis emocionales, un tormentoso y violento romance, el cuidado de un hijo pequeño y episodios de alcoholismo. Con Moderato cantabile, despuntó la fama de Duras como escritora.

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Otros ángulos

Unos años antes de la publicación de Moderato cantabile, Jean Paul Sartre le dijo a Marguerite Duras:
“No puedo publicarte. Eres una mala escritora. Y no soy yo el que lo dice. Si no mejoras, no lograrás que te publiquen en Les Tempes Modernes [revista que dirigían Sartre y Simone de Beauvoir]” (Marguerite Duras: A life, de Laure Adler, 1998).

Juan Goytisolo afirmó:
“Entre las obras que hoy todavía me siguen entusiasmando de Duras se encuentran Moderato cantabile, El square y Una tarde de M. Andesmas. [Duras] poseía una personalidad arrolladora, una voz maravillosa; destacaba su brillantez como escritora, su talento como cineasta, y su radicalismo político, entre otras cosas, por su posición favorable a la independencia de Argelia” (El País, 30 marzo 2006).

Patricia de Souza escribió:
“Un día Alain Robbe-Grillet me lo confirmaba: ella había integrado el silencio a la escritura. Un silencio prolongado, imposible de imaginar en plena época de fascinación por la velocidad (…) No es describiendo que ella logra moldear un mundo, es hurgando en el interior, raspando esa materia viva de su lenguaje cargado de memoria, incluso en Moderato cantabile y El vicecónsul esa temeridad para enfrentar a la memoria no decaerá” (Marguerite Duras: la incorrecta, El País, 5 abril 2014).

El cineasta español Adolfo Arrieta comentó acerca de Marguerite Duras:
“Era encantadora, ingeniosa, valiente, divertida, brillante, fascinante y, aunque dicen que le gustaban los excesos, no necesitaba tomar nada para colocarse. Marguerite estaba siempre colocada de forma natural y era imposible aburrirse con ella, seguramente es la persona más libre que he conocido nunca” (Marguerite Duras, año 100, de Miguel Mora, El País, 5 abril 2014).

Rafael Conte escribió:
“Sus primeras novelas –Los impúdicos es un intento existencial y Un dique contra el Pacífico, testimonial- revelaban su tendencia autobiográfica y su base existencialista, aunque poco después derivó hacia las vanguardias de la época, esto es, la moda del nouveau roman, en libros de gran fuerza y sencillez, El square y Moderato cantabile o Destruir, dice” (“Duras o el don de Dios”, El País, 13 marzo 2006).

Javier Coria escribió en 2012:
“En la novela de Duras, más que decir, se sugiere, y es en lo que no se dice donde está, según creo, el valor literario de esta novela. Siempre he pensado que la belleza de una novela no está, o no debería estar exclusivamente, en su lenguaje, en sus metáforas ocurrentes, en una sucesión de palabras brillantes, en la llamada “pluma galana”, sino en la composición y en la forma en que se narra.”

Eduardo Haro Tecglen escribió:
“Las voces de Marguerite Duras cuchichean, evocan, confunden los tiempos, las relaciones; devanan pequeños sucesos que trascienden a maravillosos. Las voces: los personajes, enteros, no suelen ser casi nunca más que estas voces que se alejan de ellos, que hablan de ellos como si fueran otros, y se enfrentan con los demás como si éstos no estuvieran presentes. La escritora no quiso nunca diferenciar los géneros: novela, cine o teatro son sólo fragmentos literarios intercambiables. Produjo, en su gran época, desconcierto; aunque estaba rodeada de otros escritores -Alain Robbe-Grilliet, Nathalie Sarraute- que señalan la tendencia francesa de los años cincuenta; y precedida, en el teatro, de Eugene Ionesco y Samuel Beckett” (El País, 18 noviembre 1989).

[Gerardo Moncada]

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