Pedro Páramo, de Juan Rulfo

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A Juan Rulfo le bastó con escribir una novela genial para alcanzar una fama planetaria y perecedera. Hoy regresamos a Pedro Páramo.

Pedro Páramo es una y varias historias a la vez: es el relato -con admirable carga poética- de la barbarie en el campo mexicano; es un canto bucólico con tratamiento vanguardista; es la visión desencantada de la Revolución Mexicana; es un réquiem para la Suave Patria.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera”… “No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”.

Novela precursora del realismo mágico, poblada por sombras, murmullos, ecos, rumores, voces:

“Aquí esas horas están llenas de espantos. Si usted viera el gentío de ánimas que andan sueltas por la calle. En cuanto oscurece empiezan a salir” […] “Las palabras que había oído hasta entonces, hasta entonces lo supe, no tenían ningún sonido, no sonaban; se sentían; pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños”.

La fiera vida rural, dominada por caciques déspotas y curas retrógradas, donde los surcos son regados con sangre, donde el pasado se mantiene enraizado, omnipresente; donde ni siquiera los muertos son pasado, mucho menos las ánimas que habitan los espacios:

-¿No oyó lo que estaba pasando? Como que estaban asesinando a alguien […]
-Tal vez sea algún eco que está aquí encerrado. En este cuarto ahorcaron a Toribio Aldrete hace mucho tiempo […] No sé cómo has podido entrar, cuando no existe llave para abrir esta puerta.
-Fue doña Eduviges quien abrió. Me dijo que era el único cuarto que tenía disponible.
-¿Eduviges Dyada?
-Ella.
-Pobre Eduviges. Debe andar penando todavía.

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Los diálogos entre vivos y muertos son algo natural:

-Ve diciéndole entretanto a la difuntita que yo siempre la aprecié y que me tome en cuenta cuando llegue a la gloria.
-Sí, madre Villa.
-Díselo antes de que se acabe de enfriar.

“Y oyó que se alejaban los pasos que siempre le dejaban una sensación de frío, de temblor y miedo.
-¿Para qué vienes a verme, si estás muerto?”

Personajes de pocas palabras, una vez muertos hablan hasta por los codos, conversan, recuerdan, sienten, reflexionan:

-Oí a alguien que hablaba. Una voz de mujer. Creí que eras tú.
-Ha de ser la que habla sola. La de la sepultura grande. Doña Susanita. Está aquí enterrada a nuestro lado. Le ha de haber llegado la humedad y estará removiéndose entre el sueño (…)
-¿Oyes? Parece que va a decir algo. Se oye un murmullo.
-No, no es ella. Eso viene de más lejos, de por este otro rumbo. Y es voz de hombre. Lo que pasa con estos muertos viejos es que en cuanto les llega la humedad comienzan a removerse. Y despiertan.

-¿Y tu alma? ¿Dónde crees que haya ido?
-Debe andar vagando por la tierra como tantas otras (…) Cuando me senté a morir, ella rogó que me levantara y que siguiera arrastrando la vida, como si esperara todavía algún milagro que me limpiara de culpas. Ni siquiera hice el intento: ‘Aquí se acaba el camino –le dije-. Ya no me quedan fuerzas para más.’ Y abrí la boca para que se fuera. Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos el hilito de sangre con que estaba amarrada a mi corazón…

“Soy algo que no le estorba a nadie. Ya ves, ni siquiera le robé el espacio a la tierra. Me enterraron en tu misma sepultura y cupe muy bien en el hueco de tus brazos. Aquí en este rincón donde me tienes ahora. Sólo se me ocurre que debería ser yo la que te tuviera abrazado a ti. ¿Oyes? Allá afuera está lloviendo. ¿No sientes el golpear de la lluvia?

-Siento como si alguien caminara sobre nosotros.
-Ya déjate de miedos. Nadie te puede dar ya miedo. Haz por pensar en cosas agradables porque vamos a estar mucho tiempo enterrados.”

Ese intenso recordar incluye momentos de sensualidad:

“El mar moja mis tobillos y se va; moja mis rodillas, mis muslos; rodea mi cintura con su brazo suave, da vuelta sobre mis senos; se abraza de mi cuello; aprieta mis hombros. Entonces me hundo en él, entera. Me entrego a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo.
-Me gusta bañarme en el mar –le dije.
Pero él no lo comprende.”

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Con oído fino, Rulfo cosechó expresiones del campo y las sembró de manera selectiva, sin recargar el lenguaje, cuidando no caer en un costumbrismo verbal pero dándole sazón a las páginas con díceres, derrepentes, trasijaderas, sicuas, turicatas, retemuchas… aluzar, engarruñar, trastumbar, trafaguear, rebullir, zangolotear….

Antecedente inmediato del boom que experimentó la novela latinoamericana en la década de 1960, tras su publicación, Pedro Páramo se convirtió en uno de los libros más reseñados, estudiados y discutidos. Con ediciones en 28 idiomas, es considerada una de las obras literarias más importantes del siglo XX.

En una entrevista, Juan Rulfo comentó a Joseph Sommers:

“El personaje central es el pueblo, un pueblo muerto donde no viven más que ánimas, donde todos los personajes están muertos, y aún quien narra está muerto. Entonces no hay un límite entre el espacio y el tiempo. Los muertos no tienen tiempo ni espacio. No se mueven en el tiempo ni en el espacio. Así como aparecen, se desvanecen. Y dentro de este confuso mundo, se supone que los únicos que regresan a la tierra (es una creencia muy popular) son las ánimas” (Siempre!, La Cultura en México, 15 agosto 1973).

Una década después, Rulfo abundó:

“Lo que yo no quería era hablar como se escribe, sino escribir como se habla […] Pedro Páramo es un lenguaje hablado. Tuve que echar fuera más de 150 páginas antes de dejarla como quedó. No sé si ese ajuste fue necesario. A veces pienso que no se debe creer que el lector razona igual que uno y que se le ponen muchas trabas para su comprensión […]

Pedro Páramo venía desde antes. Estaba ya, casi se puede decir, planeada, como unos diez años antes. No había escrito una sola página, pero me estaba dando vueltas en la cabeza. Y hubo una cosa que me dio la clave para sacarlo, es decir, para desenhebrar ese hilo aún enlanado. Comprendí esa soledad de Comala. El nombre no existe. La derivación de comal y el calor que hay en ese pueblo es lo que me dio la idea del nombre. Comala: lugar sobre las brasas” (Modernizadores de la narrativa mexicana, Arturo Melgoza Paralizábal, 1984).

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Otros ángulos:

Juan Rulfo nació el 16 de mayo de 1917 en Sayula, Jalisco, y murió el 7 de enero de 1986 en la Ciudad de México.

Gabriel García Márquez escribió:
“El descubrimiento de Juan Rulfo como el de Franz Kafka será sin duda un capítulo esencial de mis memorias […] Mi problema grande de novelista era que después de cinco libros clandestinos me sentía metido en un callejón sin salida, y estaba buscando por todos lados una brecha para escapar. Conocía bien a los autores buenos y malos que hubieran podido enseñarme el camino, y sin embargo me sentía girando en círculos concéntricos. No me consideraba agotado. Al contrario: sentía que aún me quedaban muchos libros pendientes, pero no concebía un mundo convincente y poético de escribir. En esas estaba, cuando Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa:
“¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda!
“Era Pedro Páramo
“Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leía la Metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá casi diez años atrás había sufrido una conmoción semejante. Al día siguiente leí El Llano en Llamas, y el asombro permaneció intacto […] El escrutinio a fondo de la obra de Juan Rulfo me dio por fin el camino que buscaba para continuar mis libros, y que por eso me era imposible escribir sobre él sin que todo esto pareciera sobre mí mismo” (Breves nostalgias sobre Juan Rulfo, Revista Proceso, 29 septiembre 1980).

Jorge Luis Borges escribió en 1985:
Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de la literatura […] Desde el momento en que el narrador, que busca a Pedro Páramo, su padre, se cruza con un desconocido que le declara que son hermanos y que toda la gente del pueblo se llama Páramo, el lector ya sabe que ha entrado en un texto fantástico, cuyas indefinidas ramificaciones no le es dado prever, pero cuya gravitación ya lo atrapa” (La ficción de la memoria: Juan Rulfo ante la crítica, 2003)

Rosario Castellanos escribió:
“No es que haya sido el escenario de los asesinatos que comete o que manda cometer el cacique Pedro Páramo; ni las violaciones de las mujeres, ni los robos de las propiedades, ni los incestos, ni el celestinaje ni la atormentada lujuria que permea la atmósfera. Lo terrible de Comala es que no transcurre el tiempo y que esta parálisis convierte a los personajes y a las situaciones en cosas inertes, en objetos sobre los que llueve el polvo y el olvido y en los que se produce una destrucción tan lenta que parece como una burla de la eternidad. Esa burla de la eternidad que es el infierno” (Modernizadores de la narrativa mexicana, Arturo Melgoza Paralizábal, 1984).

Carlos Monsiváis escribió:
Pedro Páramo puede ser consignada como una novela que no reproduce una visión coherente del mundo, sino la fragmentación y ruina de un orden social y moral, la supervivencia de códigos previos dentro de un nuevo orden social, y los conflictos y confusiones que surgen de la mezcla de lo nuevo y lo viejo […] En lugar de la visión universal del catolicismo, hay pequeños cielos e infiernos privados habitados por gente que ya no puede hacerse oír […] Al centro de ese derrumbamiento está, por supuesto, el propio Pedro Páramo […] La estructura social del feudalismo está aparentemente conservada en Pedro Páramo pero ha sido destruida desde dentro por el dinero que impone un nuevo tipo de relaciones basadas en el valor utilitario […] He aquí la tragedia que representa la novela: un pasado que invade el presente, que persiste fantasmalmente, que seca la actualidad” (La ficción de la memoria. Juan Rulfo ante la crítica, 2003).

Carlos Fuentes escribió:
“Juan Rulfo es un novelista final no sólo en el sentido de que, en Pedro Páramo, concluye, consagrándolos y asimilándolos, varios géneros tradicionales de la literatura mexicana: la novela del campo, la novela de la revolución, abriendo una modernidad narrativa de la cual Rulfo es, a la vez, agonista y protagonista [….]

“Para Juan Rulfo la cronotopía americana, el encuentro de tiempo y espacio, no es río ni selva ni ciudad ni espejo: es una tumba. Y allí, desde la muerte, Juan Rulfo activa, regenera y hace contemporáneas las categorías de nuestra fundación americana: la epopeya y el mito […]

“Novela misteriosa, mística, musitante, murmurante, mugiente y muda, Pedro Páramo concentra así todas las sonoridades muertas del mito. Mito y Muerte: ésas son las dos emes que coronan todas las demás antes de que las corone el nombre mismo de México: novela mexicana esencial, insuperada e insuperable, Pedro Páramo se resume en el espectro de nuestro país: un murmullo de polvo desde el otro lado del río de la muerte […]

“Esta novela es la historia de la entrada de Juan Preciado al reino de la muerte, no porque encontró la suya, sino porque la muerte lo encontró a él, lo hizo parte de su educación, le enseñó a hablar e identificó muerte y voces o, más bien, la muerte como un ansia de palabra […]

“…Ha habido una pugna necia en torno a la novela de Rulfo, una dicotomía que insiste en juzgarla sólo bajo la especie poética o sólo bajo la especie política, sin entender que la tensión de la novela está entre ambos polos, el mito y la épica, y entre dos duraciones: la duración de la pasión y la duración del interés […]

“Leer a Juan Rulfo es recordar nuestra propia muerte […] Estamos entonces mejor preparados para entender que no existe la dualidad vida y muerte, o la opción vida o muerte, sino que la muerte es parte de la vida: todo es vida. Al situar a la muerte en la vida, en el presente y, simultáneamente, en el origen, Rulfo contribuye poderosamente a crear una novela hispanoamericana moderna, es decir, abierta, inconclusa, que rehúsa un acabamiento” (La gran novela latinoamericana, 2011).

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Emir Rodríguez Monegal escribió:
Pedro Páramo es el paradigma de la nueva novela latinoamericana: una obra que aprovecha la gran tradición mexicana de la tierra pero que la metamorfosea, la destruye y la recrea por medio de una hondísima asimilación de las técnicas de Faulkner. Onírica como la obra de Onetti, oscilando peligrosamente entre el realismo más escueto y la desenfrenada pesadilla, esta novela de Rulfo marca una fecha capital” (La nueva novela latinoamericana, 1968).

John S. Brushwood escribió:
Pedro Páramo es breve, técnicamente intrigante y temáticamente profunda […] La novela es el relato de su rencor [de Pedro Páramo] y de las personas tiranizadas por ese rencor, sin exceptuar a él mismo. El rencor es tanto la causa como el resultado de su poder y de su amor obsesivo por una mujer. Él es el epítome de todo egocentrismo. El tiempo no existe en ninguna acepción común del término y no tiene noción de la diferencia entre los dos estados a los que llamamos vida y muerte […]

“Rulfo emplea diversos puntos de vista narrativos que a veces tienden a fusionarse y a veces están muy separados. Uno de ellos es el narrador en tercera persona, pero ni siquiera él es omnisciente. Los fragmentos narrativos no sólo emanan de diferentes voces, sino que también ocupan puntos en el tiempo que se ordenan conforme a una serie diferente de la cronología ortodoxa […]

“El lenguaje es fuerte, sensible, aun burdo […] captura y utiliza la esencia del habla rural de manera que aceptamos como auténtico su lenguaje, pero permitimos que nos desplace de un plano folklórico hasta un plano mítico en el que no observamos costumbres sino símbolos de costumbres […]

“En ninguna otra parte de la literatura mexicana ha sido tratado tan bien el tema del caciquismo y de las ánimas en pena. No cabe la menor duda de que Rulfo sabe de qué está hablando, que comprende su tema y es capaz de mostrar la realidad del mismo como nunca antes se había mostrado […]

“No le es fácil a un novelista alcanzar la amplia y profunda realidad de Pedro Páramo” (México en su novela, 1966).

Enrique Anderson Imbert escribió:
[En Juan Rulfo] “la descripción de la realidad exterior está estremecida por la vida interior de los hombres de campo. Esta manera de interiorizar la realidad –hombres plegados a sus circunstancias, circunstancias replegadas en sus hombres, en figuras de pesadilla- se intensificó en Pedro Páramo, donde trabajó en el tema campesino con una complicada técnica de novela que debe algo a William Faulkner. La complicación se debe a que se cuenta a saltos, hacia adelante, hacia atrás, hacia los costados y desde varios puntos de vista. El ojo que todo lo sabe y lo ve es, naturalmente, el del autor; pero ese ojo entra en la novela siguiendo a Juan Preciado […] Sólo que Juan Preciado se encuentra con que Comala es un pueblo muerto, vacío: en el aire enrarecido sólo se oyen voces, ecos y murmullos de fantasmas. El mismo Juan Preciado muere y su sombra sigue dialogando con otras almas en pena. El autor, que ha bajado a Comala como quien baja al Hades, va completando, en tercera persona, el relato de Juan Preciado. O sea, que gracias a las escenas conjuradas por el autor, se explican las voces, ecos y murmullos que oye Juan Preciado. La atmósfera es sobrenatural pero no subjetiva. El tiempo no fluye: está eternizado. Por los agujeros abiertos en esa eternidad vemos y oímos a los muertos, sorprendidos en instantes que no se suceden como los puntos de una línea sino que están diseminados desordenadamente: sólo el lector va dándoles sentido. El núcleo narrativo es la vida de Pedro Páramo desde su infancia hasta su muerte, en la vejez, en los años que van de Porfirio Díaz a Obregón. Es una vida violenta, despótica, brutal, codiciosa, vengativa, traicionera, sensual pero dignificada por un gran amor […] El lector siente escalofríos, como se estuviera soñando una pesadilla absurda; las imágenes, a veces de gran fuerza poética, evocan tristemente el anonadamiento de todo un pueblo mexicano” (Historia de la literatura hispanoamericana, reimpresión de 1977).

Joseph Sommers escribió:
“Rulfo se aproxima al lado opaco de la psique humana, en donde residen los oscuros imponderables […] Paradójica combinación de lenguaje popular altamente estilizado y una estructura atrevidamente compleja que en forma deliberada confunde al lector dentro de su laberíntica oscuridad. Por momentos, difícilmente es prosa […] El resultado es una sensible variación mexicana sobre la trágica inmutabilidad de la angustia del hombre.

“Rulfo fragmenta su narración en pequeñas divisiones inconexas […] El lector tiene que esforzarse para establecer las conexiones, aparte de que se le obliga a construir los hechos y las identidades para extraer un significado del aparente desarreglo […]

“En la discusión de la técnica radican las claves de la originalidad de Pedro Páramo. Punto de vista, estructura, estilo, desarrollo del personaje y su estructura mística, todo se combina para proyectar dimensiones especiales de una implícita cosmovisión […] La muerte, como punto de vista narrativo, eleva el sentido de la inexorabilidad… el clímax y la solución están eliminados desde un comienzo […] El proceso de enfoques múltiples redondea la aprehensión del lector de los acontecimientos y de su impacto en los diversos personajes […] Con la declaración de ingravidez sicológica, que indica la ausencia de bases normales para relacionarse con el tiempo y la realidad, se hace sentir toda la fuerza de la innovación estructural […] Es clara la premisa pesimista: la muerte prevalece sobre la vida. En la primera mitad, la presencia de la muerte contamina la existencia; la vida es un infierno viviente. En la segunda mitad, la vida contamina la muerte, haciendo de esa condición también un infierno […] La esencia de la técnica de Rulfo es negar su propia omnisciencia, forzándonos a compartir su propia imperfecta visión de la realidad y a complementarla si podemos […] El acento de Rulfo destaca aspectos de la cultura popular dotados de una referencia simbólica tan amplia como para entroncar con las vetas principales de la cultura universal […]

“Rulfo proyecta dudas tan profundas como para cuestionar cualquier fundación de la creencia en la sociedad moderna. En un cosmos en que la vida tiene las características del infierno y la belleza sirve en realidad como medida del sufrimiento, el destino del hombre es abyecto y definitivo (La narrativa de Juan Rulfo. Interpretaciones críticas, 1974).

[ Gerardo Moncada ]

 

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