Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez

Santa-Evita

Tomás Eloy Martínez escribió una vibrante novela en torno a la vida, la muerte y -especialmente- la vida pública después de la muerte de María Eva Duarte de Perón, la mítica “Evita”.

7 mayo 2015.- Santa Evita es un extraordinario relato que avanza a caballo entre la novela y el reportaje, con rupturas de tiempo y espacio, avances y retrocesos, con pasajes de metaficción que no pretenden ser recurso estilístico sino medio para apuntalar la historia. Es la novela que narra una investigación periodística.

La obra inicia con la muerte de Eva Perón, la mujer que salió de arrabales, pasó por escenarios y, en ascenso fulgurante, se convirtió en la mujer de Juan Domingo Perón, uno de los políticos y militares más poderoso de mediados del siglo XX argentino. A su lado, Eva adquirió un protagonismo político a favor de los “descamisados” que desató el fervor popular y volcó en su contra a conservadores, militares y diplomáticos extranjeros. Al morir y ser embalsamada, su imagen adquirió proporciones míticas, su cuerpo fue objeto de intrigas, secuestros y atentados mientras la veneración colectiva se robustecía y ramificaba.

Tomás Eloy Martínez realiza una escrupulosa reconstrucción literaria de esta historia. Para ello recurre a una gran diversidad de personajes, explorándolos a fondo, llenándolos de matices y vistiéndolos con excelentes diálogos. Sorprende la profusa documentación y que, cuando los datos son insuficientes, el autor se aleje del relato para reflexionar en torno a esos vacíos que estimulan el misterio y la imaginación.

Como artesano de las palabras, no sólo cuida el relato sino también se esmera en la elaboración de frases espléndidas:

“la nariz se le derrumbó como un animal cansado”;
“la voz se le quebró y tuvo que callarse un momento para que los pedazos volvieran a juntarse”;
“el pasado le oprimía el alma (…) Todo lo que una dejaba atrás dolía, pero la felicidad dolía mucho más”;
“los nombres nada comunican: sólo son un son ido, un agua del lenguaje”;
“la luz del día se extinguió como un fósforo”;
“había sentido frío, un frío indeleble del que jamás iba a olvidarse”;
“¿es posible que una misma persona sea tan distinta cuando habla y cuando calla?”;
“tenía la mirada llena de cicatrices”;
“se les iba endureciendo la virginidad”;

“era un hombre lleno de recuerdos y de sentimientos viejos, y yo no quería que se me pegara ninguno”;
“la voz fluía en mayúsculas”;
“nadie escuchaba. Nada se movía ya entre los pliegues de tanto silencio”;
“el mapa del erotismo es el mapa del poder”;
“mintieron porque habían dejado de discernir entre mentira y verdad”;
“un hombre nunca es igual a sí mismo: se mezcla con los tiempos, con los espacios, con los humores del día, y esos azares lo dibujan de nuevo. Un hombre es lo que es, y también lo que está por ser”;
“tenía la expresión aturdida de alguien que se ha perdido a sí mismo y no sabe por dónde empezar a buscarse”;
“un racimo de candelas que exhalaban luces apenas visibles, como deseos”;
“no era miedo a la muerte sino a la suerte: miedo a no saber desde qué orilla de la oscuridad le caería el relámpago de la desgracia”;

“no se oían los ruidos de la calle: sólo el jadeo del tiempo, yendo hacia adelante”;
“sintió que el aire cambiaba de color y caía desmayado por el peso de los malos presagios”;
“a la gente se le desvanecía el pasado más rápido de lo que tardaba en llegar el presente”;
“la sobreviviente de una realidad donde lo único verdadero son los deseos”;
“pero el pasado vuelve siempre, las pasiones vuelven. Uno jamás puede desprenderse de lo que ha perdido”;
“ni entonces ni ahora he podido entender a una mujer. No sé lo que piensan, ni sé lo que quieren, sólo sé que quieren lo contrario de lo que piensan”;
“el viento levantaba las astillas de voces que habían quedado en la calle, a la deriva”;
“sobre la ciudad se posó un aire tieso, glacial, que crujía cuando lo atravesaban”;
“el sol silbaba sobre la copa de los castaños”;
“oía respiraciones apagadas (…) sentía el sobresalto de unos pasos que se evaporaban”;
“el viento soplaba seco, por ráfagas, como un acceso de tos”;
“a veces nos callábamos durante ratos largos, hasta que el silencio se acomodaba por completo dentro de nosotros”;
“al oír ese nombre, todas las hienas del pasado me hundieron los colmillos”;
“me pareció que el pasado en persona venía a buscarme, arbitrario, implacable”.

Sobre la marcha, el autor reflexiona en torno a la escritura misma:

“Sólo un historiador convencional toma al pie de la letra lo que dicen sus fuentes”;
“historia significa búsqueda, indagación: el texto es una búsqueda de lo invisible, o la quietud de lo que vuela”;
“tardé meses y meses en amasar el caos. Algunos personajes se resistieron. Entraban en escena durante pocas páginas y luego se retiraban del libro para siempre: sucedía en el texto lo mismo que en la vida. Pero cuando se iban, Evita no era ya la misma: le había llovido el polen de los deseos y recuerdos ajenos”;
“escribir tiene que ver con la salud, con el azar, con la felicidad y con el sufrimiento, pero sobre todo tiene que ver con el deseo”;
“es la desgracia del lenguaje escrito. Puede resucitar los sentimientos, el tiempo perdido, los azares que enlazan un hecho con otro, pero no puede resucitar la realidad. Yo no sabía aún –y aún faltaba mucho para que lo sintiera- que la realidad no resucita: nace de otro modo, se transfigura, se reinventa a sí misma en las novelas. No sabía que la sintaxis o los tonos de los personajes regresan con otro aire y que, al pasar por los tamices del lenguaje escrito, se vuelven otra cosa”;

“todo relato es, por definición, infiel. La realidad, como ya dije, no se puede contar ni repetir. Lo único que se puede hacer con la realidad es inventarla de nuevo” [El único deber que tenemos con la historia es reescribirla: Oscar Wilde];
“si la historia es –como parece- otro de los géneros literarios, ¿por qué privarla de la imaginación, el desatino, la indelicadeza, la exageración y la derrota que son la materia prima sin la cual no se concibe la literatura?”;
“la realidad no es una línea recta sino un sistema de bifurcaciones. El mundo es un tejido de ignorancias”;
“no siempre la literatura es voluntaria”;
“en las novelas, lo que es verdad es también mentira”;
“acumulé ríos de fichas y relatos que podrían llenar todos los espacios inexplicados de lo que, después, iba a ser mi novela. Pero ahí los dejé, saliéndose de la historia, porque yo amo los espacios inexplicados”.

Tomás Eloy Martínez (1934-2010) fue escritor y periodista argentino.

Carlos Fuentes dijo:
“Su obra es terrible y hermosa, puntual e imaginativa, recreación literaria de esa interrogante humana y política que llamamos La Argentina”. Acerca de Santa Evita, añadió: “Es la historia de un país latinoamericano autoengañado, que se imagina europeo, racional, civilizado, y amanece un día sin ilusiones, tan latinoamericano como El Salvador o Venezuela, más enloquecido porque jamás se creyó tan vulnerable, dolido de su amnesia porque debió recordar que también era el país de Facundo, de Rosas y de Arlt, tan brutalmente salvaje como sus militares torturadores, asesinos, destructores de familias, generaciones, profesiones enteras de argentinos” (La Nación, febrero 1996).

Juan Villoro escribió:
“En el ensayo Ficción, historia, periodismo: límites y márgenes, Tomás Eloy Martínez definió así su método de trabajo: ‘Invertí deliberadamente la estrategia del llamado nuevo periodismo de los años 60. En obras como A sangre fría de Truman Capote, El combate de Norman Mailer o Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez, se contaba un hecho real con técnica de las novelas. En Santa Evita, el procedimiento narrativo es exactamente el inverso: se cuentan hechos ficticios como si fueran reales, empleando algunas técnicas del nuevo periodismo’. El narrador se llama Tomás Eloy Martínez e investiga la trama del libro en archivos, hemerotecas y entrevistas con testigos presenciales. El novelista se somete a un reportaje imaginario” (Fucatel, 28 de febrero de 2010).

 

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