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Bartleby, el escribiente, de Herman Melville

Relato desconcertante, inquietante, publicado en 1853, que abriría un derrotero relevante a la literatura del siglo XX.

«Respondiendo a un anuncio que publiqué se presentó en mi oficina un joven que se quedó en el umbral. Me parece estar viendo todavía aquella figura pálidamente circunspecta, respetable aunque digna de lástima, perdida y abandonada irremediablemente… Era Bartleby. Después de algunas palabras sobre sus méritos, lo tomé a mi servicio, feliz de tener entre mis copistas a un hombre de tan morigerada apariencia…»

Bartleby, el escribiente es un relato existencialista, profundamente emocional, que se desarrolla en circunstancias extrañas y desesperantes. En el bullente y agitado Nueva York del siglo XIX aparece un personaje antisocial, introvertido, de pocas palabras, cuya conducta trastocará el orden existente. El lector contemporáneo puede ver en Bartleby más que un personaje: la encarnación de una actitud ante el mundo, de una lucidez contagiosa o de un destino sin esperanza.

Imaginen mi sorpresa, mi consternación, cuando, sin moverse de su lugar, Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, replicó:
-Preferiría no hacerlo…

Melville aborda la pérdida del sentido de la vida que -sin llegar al extremo del suicidio- se expresa simplemente en permanecer inmóvil en medio del ajetreo cotidiano.

Preferiría no hacerlo –repetí como un eco, poniéndome de pie, excitadísimo y cruzando la habitación a grandes pasos-. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Está usted loco? Necesito que me ayude a confrontar esta página; tómela –y se la alcancé.
-Preferiría no hacerlo –dijo…

REBELDÍA O DESALIENTO

El carácter disruptivo de Bartleby no solo perturba las pautas de trabajo y el ánimo laboral, cimbra el razonamiento e incluso el habla.

«Bartleby inventó una nueva lógica, la lógica de la preferencia, que basta para minar los presupuestos del lenguaje», escribió el filósofo francés Gilles Deleuze al señalar que la fórmula Preferiría no hacerlo abrió un vacío en el lenguaje.

Se ha planteado que el desencanto de Bartleby podría expresar el estado anímico y mental del propio Melville tras el fracaso de su obra magna Moby Dick. Y no parece descabellado. La crítica literaria, que ya afirmaba que el escritor había caído en la demencia, arremetió con acritud contra el relato Bartleby por considerarlo “un escupitajo lanzado contra la sociedad norteamericana”, pero los críticos fallaron al verlo como una traición local y no como la desilusión ante la modernidad salvaje; si el autor ubicó a su personaje en Wall Street fue solamente por ser el voraz corazón de las finanzas y los negocios.

Hasta cierto punto, es comprensible la reacción de los críticos estadounidenses del siglo XIX, pues aún ahora hay lectores y académicos que se exasperan con Bartleby y reaccionan con malestar.

Temblé pensando que mi relación con el amanuense ya hubiera afectado seriamente mi estado mental…

Lo que Melville nos ofrece es un enfoque crudo de una individualidad extrema y la confronta con el entorno social, donde los demás deben lidiar con una situación insólita e inesperada. Algunos individuos tendrán la voluntad de entender a ese ser extraño, aunque no existan vínculos de amistad o parentesco, aunque sea un perfecto desconocido; en otros incluso puede aflorar la compasión a partir de sus creencias éticas; otros más preferirán recurrir a las autoridades para que les libren de esa molestia.

Tengo que librarme de él; se irá, pero ¿cómo? ¿Echarás a ese pobre, pálido, pasivo mortal, arrojarás a esa criatura indefensa? ¿Te deshonrarás con semejante crueldad? No, no quiero, no puedo hacerlo…

Melville abunda en la agria reacción de la sociedad ante los excéntricos, esos que no acatan las reglas ni se dedican a vigilar que los demás las obedezcan, esos cuya conducta no es la usual y para colmo han perdido la fe en las creencias colectivas. La reacción ante estos personajes oscila entre la conmiseración, la inquietud, el desprecio y el repudio.

A medida que la desolación de Bartleby se agrandaba en mi imaginación, esa melancolía se convirtió en miedo, esa lástima en repulsión…

Y es que los rebeldes entrañan el alto riesgo de poner en duda lo establecido o, peor aún, convertirse en un ejemplo a seguir.

Nada exaspera más a una persona seria que una resistencia pasiva. Si el individuo resistido no es inhumano, en sus mejores momentos, caritativamente procurará que su imaginación interprete lo que su entendimiento no puede resolver…

No es raro que el hombre al que contradicen de una manera insólita e irrazonable descrea bruscamente de su convicción más elemental. Empieza a vislumbrar vagamente que, por extraordinario que parezca, toda la justicia y toda la razón están del otro lado…

EL ABANDONO

Bartelby, “el más triste de los hombres”, renuncia a los afanes mundanos (quizá por cansancio físico, quizá por una revelación de conciencia) y transita hacia la quietud, la reflexión y el abandono de sí mismo.

Conciban un hombre por naturaleza y por desdicha propenso a una pálida desesperanza. ¿Qué ejercicio puede aumentar esa desesperanza como [trabajar en la Oficina de cartas no reclamadas,] el de manejar continuamente esas cartas y clasificarlas para las llamas?… A veces, el pálido funcionario saca de los dobleces del papel un anillo –el dedo al que iba destinado tal vez ya se corrompe en la tumba-; un billete de banco remitido en urgente caridad a quien ya no come, ni puede ya sentir hambre; perdón para quienes murieron desesperados; esperanza para los que murieron sin esperanza, buenas noticias para quienes murieron sofocados por insoportables calamidades. Con mensajes de vida, estas cartas se apresuran hacia la muerte.
¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!…

UN MISTERIO IMPERECEDERO

Los historiadores de la literatura norteamericana refieren que en la segunda mitad del siglo XIX dominó el movimiento costumbrista que destacaba (o revelaba) perfiles etnográficos y características regionales que en conjunto iban construyendo el mapa literario de esa nación.

Sería hasta finales de ese siglo cuando la narrativa se convertiría en una reacción a realidades y sistemas poco comunes que se ocultaban detrás de la vida moderna y clamaban ser reveladas. Poco a poco se abrió el acceso a nuevas nociones del individuo y de la conciencia, a nuevas estructuras de la expresión artística que habrían de transformar la narrativa del siglo XX. Esa transformación revaloraría la obra de Herman Melville.

A partir de entonces surgieron múltiples interpretaciones acerca de Bartleby, el escribiente, ese enigma literario que nos legó Melville.

El académico Athur Voss refiere: “Esta historia ha sido considerada como un retrato, basado quizá en Thoreau o en alguno de los amigos de Melville que se alejó de la sociedad; como un estudio del desorden mental llamado ahora esquizofrenia; como acusación satírica de la árida y monótona actividad asociada con el mundo de los negocios de Wall Street; como una alegoría de la propia situación desafortunada de Melville como escritor y, por extensión, el conflicto entre el artista norteamericano del siglo XIX y su ambiente” (La novela corta americana, Editores Asociados, 1976).

Cuando le pregunté por qué no escribía, me dijo que había resuelto no escribir más.
-¿Por qué no? ¿Qué se propone? –exclamé-, ¿no escribir más?
-Nunca más…

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ADELANTADO A SU TIEMPO

Herman Melville murió casi en el anonimato. Ya no era leído y su obra había caído en el olvido, incluso por quienes vivían por y para la literatura. No fue mencionado por Edith Wharton en los notables ensayos literarios que publicó ni en las conferencias que ofreció. Lo mismo ocurrió con Robert Louis Stevenson. Destacados críticos e historiadores lo excluyeron de los compendios de literatura inglesa; si acaso lo mencionaban como un “cronista de viajes marítimos”. Al elogiar Omoo y Typee, “los libros donde el marinero Melville describe su vida entre los tahitianos”, Arthur Conan Doyle dijo: “Hay libros muy buenos que han quedado olvidados por publicarse en el momento inoportuno”. Esto quedaría plenamente demostrado con otras obras de Melville, porque, como también señaló Doyle, “la literatura, al igual que el agua, siempre se abre camino. La opinión tarda en formarse, pero al final termina por establecerse”.

Y eso sucedió con Bartleby, un relato menospreciado en su momento con el que Melville, pese a escribirlo en el ocaso de su carrera literaria, en plena “decadencia”, marcó la pauta para obras fundamentales del siglo XX.

…y entonces, raro es decirlo, me arranqué dolorosamente de quien tanto había deseado librarme…

Jorge Luis Borges vio en Bartleby el anticipo de los relatos de Kafka, en lo que se refiere al absurdo y a la alienación moderna, destacando su “cándido nihilismo” que contagia la irracionalidad y la inutilidad esencial del universo a quienes lo rodean, una historia triste y verdadera sobre la resistencia pasiva y la profunda individualidad que, a través de la frase «Preferiría no hacerlo», revela la ironía existencial y el caos que un solo hombre puede generar. “Es como si Melville hubiera escrito: ‘Basta que sea irracional un solo hombre para que otros lo sean y para que lo sea el universo’. La historia universal abunda en confirmaciones de ese temor… La obra de Kafka proyecta sobre Bartleby una curiosa luz ulterior. Bartleby define ya un género que hacia 1919 reinventaría y profundizaría Franz Kafka: el de las fantasías de la conducta y del sentimiento o, como ahora malamente se dice, el de las obras psicológicas”.

Asimismo, críticos y académicos terminarían viendo en Bartleby un antecedente directo de los personajes de Albert Camus, como el célebre Meursault de El extranjero.

Para Harold Bloom, Melville es uno de los grandes precursores de la literatura estadounidense del siglo XX. En opinión de este especialista, la influencia es clara en las obras de William Faulkner, que mezcló el estilo y el tono de Melville y de Joseph Conrad.

Wallace y Mary Stegner, en su Antología de la novela corta norteamericana, afirmaron: “Bartleby, el escribiente muestra, como cualquiera de las novelas más extensas de este autor, el peso moral e intelectual, el sondeo pertinaz de una situación (¿qué hay que hacer con ese hombre hermético, tozudo, desesperado y aislado?), la introspección psicológica y simbólica, cualidades que permiten situar a Melville como un puente sólido entre Nathaniel Hawthorne y Henry James”.

Ya en el siglo 21, los académicos califican el estilo innovador de Bartleby como precursor de la literatura moderna, la existencialista y hasta la posmoderna.

MELVILLE, EL ESCRIBIENTE

Herman Melville nació el 1 de agosto de 1819 en Nueva York. Tenía 14 años cuando su padre, un comerciante arruinado, se suicidó. La viuda y sus ocho hijos quedaron en el desamparo.

A partir de los 16 años comenzó a trabajar, primero como empleado bancario y luego como profesor rural.

Entre los 20 y los 25 años, Melville viajó como marinero en un barco mercante, en un buque ballenero y en un barco de guerra norteamericano. Estas experiencias le proporcionaron el material y la inspiración para escribir.

En 1846, a los 27 años, publicó su primera novela, Typee; al siguiente año la segunda, Omoo. Estas obras le dieron popularidad y buenas ganancias, además de permitirle el ingreso al círculo literario de Nueva York. Entusiasmado con su nueva vida, se casó con la hija de un prominente juez y adquirió una granja en los Berkshires, decidido a vivir de sus escritos.

Esa ilusión rápidamente comenzó a desvanecerse con el fracaso comercial de varios de sus siguientes libros. El golpe más duro llegó en 1851 con el rechazo de los lectores y de la crítica a su obra más ambiciosa, Moby Dick.

Decepcionado por la pérdida de su público lector, entre 1852 y 1856 publicó relatos cortos en revistas especializadas.

Ante los apremios económicos, se vio obligado a vender partes de su granja hasta que finalmente tuvo que volver a Nueva York.

Por primera vez en mi vida una impresión de abrumadora y punzante melancolía se apoderó de mí. Antes, nunca había experimentado más que ligeras tristezas, no desagradables. Ahora el lazo de una común humanidad me arrastraba al abatimiento. ¡Una melancolía fraternal! Los dos, yo y Bartleby, éramos hijos de Adán…

Comenzó a realizar giras ofreciendo conferencias, pero debió suspenderlas pues entraba en agrias polémicas con el público.

Se volcó hacia la poesía, lo cual perturbó a su esposa que en una carta escribió: “A Herman le ha dado por escribir poemas. No tienes que decírselo a nadie”.

Iba perdiendo la vista, se volvió hosco, se le describía como “sombríamente taciturno”.

A partir de 1866, tomó un empleo como inspector de aduanas, cargo que desempeñó hasta 1885. Murió el 28 de septiembre de 1891.

Su vida pública como escritor se redujo prácticamente a una década y tendría que transcurrir más de medio siglo antes de que su obra fuera revalorada. Al avanzar el siglo XX ya no hubo compilación, antología o ensayo sobre la historia de la literatura inglesa que no mencionara a Melville como un autor fundamental.

Su relato Bartleby, el escribiente quedó como constatación de que, entre los escritores estadounidenses del siglo XIX, muy pocos como Melville crearon “historias notables de temas profundamente significativos”.

[ Gerardo Moncada ]

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