El pozo, Los adioses y otras novelas cortas, de Juan Carlos Onetti

Precursor de la nueva narrativa latinoamericana del siglo XX, exploró con audacia las opciones creativas que ofrecían las vanguardias literarias internacionales.

EL POZO (1939)

El pozo es una ráfaga atropellada de recuerdos, ideas, deseos, ocurrencias y sensaciones; es un intenso monólogo convertido en confesión literaria; es un viaje solitario y errático por el mundo emocional, a través de la noche; es la escritura como gatillo que libera el sórdido torrente celosamente almacenado. “Ahora quiero hacer algo distinto. Algo mejor que la historia de las cosas que me sucedieron. Me gustaría escribir la historia de un alma”, dice el personaje.

Entonces recordé que mañana cumplo cuarenta años. Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre la mugre, encerrado en la pieza. Pero esto no me dejó melancólico. Nada más que una sensación de curiosidad por la vida y un poco de admiración por su habilidad para desconcertar siempre…

Publicada en el agitado periodo entre las dos guerras mundiales, esta fue la primera novela con la que se dio a conocer Juan Carlos Onetti. El escritor uruguayo abrevaba de los vanguardistas europeos para aventurarse en un relato existencialista, desencantado, sin orden específico, calificado de “fluctuante, indeciso, desconcertante” por su propio personaje, quien experimenta la imperiosa necesidad de plasmarlo en un manuscrito.

Releo lo que acabo de escribir sin prestar mucha atención, porque tengo miedo de romperlo todo. Hace horas que escribo y estoy contento porque no me canso ni me aburro. No sé si esto es interesante, tampoco me importa…

La escritura desdobla la realidad y hace parecer que la vida ensoñada es más intensa que la vida real, aunque a fin de cuentas ninguna de las dos produzca la felicidad.

¿Nunca te da por pensar cosas, antes de dormirte o en cualquier sitio, cosas raras que te gustaría que te pasaran? […] Hace un rato estaba pensando que era en Holanda […] Todo va bien, pero yo no soy feliz. Me doy cuenta de golpe que estoy en un país que no conozco, donde siempre está lloviendo y no puedo hablar con nadie. De repente me puedo morir aquí en la pieza del hotel…
Era una pobre mujer y fue una imbecilidad hablarle de esto…

Desde esta, su primera novela, Onetti revela maestría para el relato, para aventurarse en los experimentos narrativos, para construir con eficacia atmósferas envolventes y usar en forma impecable los adjetivos (“Era una noche de lluvia y las mesas del fondo estaban llenas y silenciosas, hoscas”). De manera peculiar y en contrasentido, el desencanto de los relatos de Onetti suele provocar una agitación vigorosa e inquieta en el lector.

Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene…

“El atrevimiento narrativo de Onetti sorprende aún más al contrastarlo con el costumbrismo y el realismo en curso. Apenas una década antes de El pozo, las novelas emblemáticas de América Latina eran Don Segundo Sombra, Doña Bárbara, La vorágine… A diferencia de los narradores latinoamericanos que lo preceden, Onetti no aspira a crear un artificio civilizatorio en la jungla de los signos ni a someter a la razón un territorio convulso; postula la posibilidad de una ruta alterna, donde el conocimiento nunca es un dato previo a la escritura y donde la novela reflexiona sobre sí misma al ser escrita… Onetti lanzó en 1939 una temprana y definitiva apuesta: había que leerlo como nada se había leído antes”, escribe Juan Villoro (De eso se trata, Anagrama, 2008).

Conocí mucha gente aporreada por la vida, perseguida por la desgracia de manera implacable, elevándose sobre la propia miseria de sus vidas para pensar y actuar en relación a todos los pobres del mundo. Habría algunos movidos por la ambición, el rencor o la envidia. Pongamos que muchos, que la mayoría. Pero en la gente del pueblo, la que es pueblo de manera legítima, los pobres, hijos de pobres, nietos de pobres, tienen siempre algo esencial incontaminado, algo hecho de pureza, infantil, candoroso, recio, leal, con lo que siempre es posible contar en las circunstancias graves de la vida…

En tiempos de gran agitación social, se llegó a criticar a Onetti de individualista. El crítico Sergio Nudelstejer aclara: “En su narrativa existen dos líneas de fuerza que operan simultáneamente: por un lado el mundo, por otro la interioridad, aunque con una acentuada fuerza centrífuga de una interioridad dominante… No es que se ignore lo que ocurre a los demás, es que eso no le importa a su personaje” (Las voces perdurables. Narradores latinoamericanos del medio siglo, UNAM/Aldus, 1996). Advierte que en Onetti encontramos “el desilusionado individualismo de su época”, lo cual es cierto, pero cabe añadir que el aislamiento de ese individuo tiene razones humanas y sociales, lo cual se explica en su crítica implacable, en particular hacia la clase media:

Todos los vicios de que pueden despojarse las demás clases son recogidas por ella. No hay nada más despreciable, más inútil. Y cuando a su condición de pequeños burgueses agregan la de “intelectuales”, merecen ser barridos sin juicio previo. Desde cualquier punto de vista, búsquese el fin que se busque, acabar con ellos sería una obra de desinfección…

A veces pienso que esta bestia es mejor que yo. Que, a fin de cuentas, es él el poeta y el soñador. Yo soy un pobre hombre que se vuelve por las noches hacia la sombra de la pared para pensar cosas disparatadas y fantásticas. Lázaro es un cretino pero tiene fe, cree en algo. Sin embargo, ama la vida y sólo así es posible ser un poeta…

Desde El pozo ya aparece una de las principales características de toda la obra de Onetti: un profundo desencanto:

Hubo un mensaje que lanzara mi juventud a la vida; estaba hecho con palabras de desafío y confianza. Se lo debe haber tragado el agua como a las botellas de los náufragos…

En la Historia de la literatura Hispanoamericana, Enrique Anderson Imbert afirma que Onetti es “uno de los más recios novelistas” de Latinoamérica. “Él novela vidas encerradas: en la ciudad, en recintos clausurados, en la noche; las circunstancias encierran a los personajes en sus manchas de suciedad… Estos personajes son solitarios fracasados. Han sido arrojados a un mundo hostil y sólo les queda chocar con la realidad, torturarse o tratar de escaparse hacia adentro. Cuanto más se escapan con ensueños y recuerdos de la juventud perdida más se hunden en la soledad… Los ideales se apolillan, la amistad es un malentendido…”

LOS ADIOSES (1954)

Historia áspera en la que los sentimientos no tienen cabida o son contenidos con extremo disimulo. Es el relato de un secreto en torno al cual es construido en denso entramado de hipótesis. Es el cerco de prejuicios y envidias con que una colectividad pone bajo sitio a la vida privada. Y es el atisbo a esa privacidad -nunca revelada del todo-, inmersa en su propia dinámica de amor-desamor, resentimiento-perdón, abandono-reencuentro, culpa-absolución… y el ineludible sacrificio de sus integrantes.

En una villa serrana atractiva para paseantes y para enfermos que requieren un clima y una atención especiales, la población se compone principalmente de los prestadores de servicios, los enfermos y los turistas en días feriados. Es, en realidad, un pueblo sin vida propia. De ahí que los prestadores de servicios se entretienen armando el rompecabezas de la vida de los enfermos que se instalan por una temporada.

Esta novela se refiere a uno de estos visitantes, que destaca por su hermetismo, a tal grado que quien lleva la voz del relato no es él sino el dueño de un almacén-bar, que cumplirá de manera destacada los roles de narrador, novelista y personaje secundario en esta trama, observando sin juzgar, comprendiendo sin dictaminar y eventualmente involucrándose casi sin intervenir.

Los miro, nada más, a veces los escucho; el enfermero no lo entendería, quizá yo tampoco lo entienda del todo: adivino qué importancia tiene lo que dejaron, qué importancia tiene lo que vinieron a buscar, y comparo una con otra…

Incrédulo –me estuve repitiendo aquella noche, a solas. Esto es; exactamente incrédulo de una incredulidad que ha ido segando él mismo, por la atroz resolución de no mentirse. Y dentro de la incredulidad, una desesperación contenida sin esfuerzo, una desesperación a la que está ya acostumbrado, que conoce de memoria. No es que crea imposible curarse, sino que no cree en el valor, en la trascendencia de curarse…

“El malhumorado Onetti es el novelista de las sinrazones de la vida en una ciudad del sur: Los adioses, El astillero, Juntacadáveres son parte de una saga. De clima neurótico, pesadillesco, denso y casi infernal”, señala Anderson Imbert (Historia de la literatura Hispanoamericana).

Lo veía llenar el vaso y vaciarlo en silencio, dándome el perfil, acodado en el mostrador, combatiendo la idea de que ni siquiera los pasados pueden conservarse inmutables, que las orejas más torpes tienen que escuchar el rumor de la arenilla que los pasados escarban para descender, alejarse, cambiar, seguir vivos…

Aquel amansado rencor que llevaba en los ojos y que había nacido, no solo de la pérdida de la salud, de un tipo de vida, de una mujer, sino, sobre todo, de la pérdida de una convicción, del derecho a un orgullo…

“Onetti utiliza la leve y profunda impresión de lo externo, sin extenderse en grandilocuencias innecesarias; el testimonio objetivo e íntimo de un vivir humilde pero ineludible; la amplia ambigüedad de una conciencia situada en los límites del ensueño; la absoluta presencia de un sujeto que se sabe solo y desea explicarse mediante un texto suficientemente distanciado y convincentemente relacionado; y el propósito de llevar a cabo una larga confesión, que habrá de resolverse en una serie de personajes y actos conflictivos, en su más mínima descripción. Esta mezcla se traduce en una continua búsqueda”, apunta Nudelstejer (Las voces perdurables).

Empezaba la noche cuando pensé que no bastaba que ellos estuvieran fuera de todo, porque ese todo continuaba existiendo y esperando el momento en que dejaran de mirarse y de callar…

Continué viéndola y aún la recuerdo así soberbia y mendicante […] con los ojos bajos, generando con su sonrisa el apetito suficiente para seguir viviendo, para contar a cualquiera, con un parpadeo, con un movimiento de la cabeza, que esta desgracia no importaba, que las desgracias sólo servían para marcar fechas, para separar y hacer inteligibles los principios y los finales de las numerosas vidas que atravesamos y existimos. Todo esto frente a mí, al otro lado del mostrador, todo este conjunto de invenciones gratuitas metido en la penumbra y el olor tibio, húmedo, confuso, del almacén…

Aun cuando uno de los personajes toma la determinación final y provoca que cada quien, a su manera, se despida, en la atmósfera prevalece la sensación de que los adioses nunca son definitivos, porque los momentos imprimen una huella persistente, porque “la existencia del pasado depende de la cantidad del presente que le demos”.

“Obra maestra de la ambigüedad y la maledicencia, Los adioses depende de falsas atribuciones. La trama es narrada por el prejuicio antes de suceder en el mundo de los hechos”, escribe Villoro. Y añade: “El trayecto que va de El pozo a Los adioses representa la conformación del estilo onettiano. En su primera novela breve, El pozo, adelanta uno de sus mayores logros, la búsqueda de la historia a medida que se escribe, y en Los adioses culmina con mano maestra el recurso, narrando la sospecha de una historia: la trama hecha de suposiciones oculta la trama verdadera, atisbada y nunca contada” (De eso se trata).

LA CARA DE LA DESGRACIA (1960)

El desaliento, la culpa y la fatalidad convergen en forma lenta pero ineludible. Y nada garantiza el escape, aunque surja por un instante la liberación, la expiación, la sanación del alma, el volver a sentir el cuerpo inflamado de felicidad. A pesar de todo, un oscuro destino parece aguardar pacientemente.

Abrí la valija… Era un rito imbécil, era un rito; pero acaso resultara mejor para todos que yo me atuviera fielmente a esta forma de la locura hasta gastarla o ser gastado… Este, el mío, era un mundo particular, estrecho, insustituible. No cabían allí otra amistad, presencia o diálogo…

En esta novela, Onetti confirma su estilo escrupuloso, con diálogos sólidos, elaborados pero convincentes, naturales, y la recurrente necesidad de sus personajes de buscar alivio en la escritura:

Sin embargo, debo escribir sin embargo…

Las palabras son hermosas o intentan serlo cuando tienden a explicar algo. Todas estas palabras son, por nacimiento, disformes e inútiles…

Sólo quedó de la muchacha algo del pelo retinto, metálico en la cresta que recibía la luz. Yo recordaba la magia de los labios y la mirada; magia es una palabra que no puedo explicar pero que escribo ahora sin remedio, sin posibilidad de sustituirla…

El crudo realismo, característico de las historias de Onetti, se condensa hacia el plano subjetivo. El personaje de esta historia repta en el fondo del abatimiento, sintiéndose culpable de un suicidio. De manera fortuita, sin convicción, encontrará motivos para recuperar el ánimo, en lo que parece una perversa jugarreta de la vida.

Con una desesperación inexplicable estuve soportando los ojos de la muchacha, revolviendo los míos contra la cabeza juvenil, larga y noble; escapando del inaprehensible secreto para escarbar en la tormenta nocturna, para conquistar la intensidad del cielo y derramarla, imponerla en aquel rostro de niña que me observaba inmóvil e inexpresivo. El rostro que dejaba fluir, sin propósito, sin saberlo, contra mi cara seria y gastada de hombre, la dulzura y la humildad adolescente de las mejillas violáceas y pecosas…

Onetti nos dice que nada importa, ni siquiera saberse inocente de las desgracias ajenas. Hay un precio que nos toca pagar… y el recaudador ya toca a la puerta.

“Los hispanoamericanos de los años treinta y tantos escribieron novelas cuando el consenso general era que la novela se había deshecho. Se había roto su arquitectura. Los planos se derrumbaban. No había orden en los episodios. No había identidad en los personajes. No había a veces nada que contar… De las literaturas de vanguardia de la entreguerra (1918-1939) surgió una generación de narradores experimentadores con las formas y el lenguaje: Otero Silva, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, Ernesto Sábato, José Lezama Lima”, señala Anderson Imbert (Historia de la literatura Hispanoamericana).

En el caso de Onetti, Nudelstejer precisa: “Onetti siembra dudas, profundiza ambigüedades, ensambla los sueños con la vigilia, fluctúa ante la idea de la muerte, recela de los sentimientos (propios y ajenos), y todo ello hace que sea encasillado, y hasta admirado, como un hacedor de simulacros” (Las voces perdurables).

TAN TRISTE COMO ELLA (1963)

Historia intimista, introspectiva, desgarrada, rencorosa, donde predomina el desaliento y lo que le sigue.

A escondidas ella le miraba los ojos. Si puede darse el nombre de mirada a la cautela, al relámpago frío, a su cálculo…

Es probable que ni ella ni él creyeran ya del todo en la realidad de las noches, en sus felicidades cortas y previsibles. No tenían nada que esperar de las horas en que estaban juntos pero tampoco aceptaban esa pobreza… Durante aquellas mañanas él no trataba, en realidad, de mirarla; se limitaba a mostrarle los ojos, como un mendigo casi desinteresado, sin fe, que exhibiera una llaga, un muñón…

Un matrimonio se hunde lentamente en el fango del tedio, el desinterés, el silencio, la indiferencia. Desde un principio, ella, que “estaba condenada a la desesperanza”, buscaba un asidero; él creyó que el matrimonio lo rescataría del sinsentido de la vida. Ambos fallaron y ahora observan el descenso progresivo, ineludible.

Él esperaba el milagro, la resurrección de la chica encinta que había conocido, la suya propia, la del amor que se creyeron, o fueron construyendo durante meses, con resolución, sin engaño deliberado, abandonados tan cerca de la dicha…

La mujer reconocía no haber sido engañada nunca, aceptaba haber acertado en los desconciertos, los miedos, las dudas de la infancia: la vida era una mezcla de imprecisiones, cobardías, mentiras difusas, no por fuerza siempre intencionadas…

La historia hace un recorrido circular para terminar donde inició, luego de transitar por el desengaño, la tristeza, la amargura.

El hombre sólo creía en la desgracia y en la fortuna, en la buena o en la mala suerte, en todo lo triste y alegre que puede caernos encima, lo merezcamos o no. Ella creía saber algo más; pensaba en el destino, en errores y misterios, aceptaba la culpa y –al final- terminó admitiendo que vivir es culpa suficiente para que aceptemos el pago, recompensa o castigo…

“Onetti, un hombre que no transigió nunca, pudo decir con perfecta modestia en 1961: Yo quiero expresar nada más que la aventura del hombre. Y añadiría: Está claro que todos mis personajes tienen mal destino, y será que lo siento mucho más de esa manera que no el final feliz. Noto más insistentemente la lucha del individuo contra el destino que siempre actúa en él, y la indudable, irreversible pérdida del individuo en esa lucha”, refiere Nudelstejer (Las voces perdurables).

No podía renunciar a la desconfianza: no lograba convencerse de que era ella quien estaba eligiendo, pensaba que alguien, otros o algo había decidido por ella…

PARA UNA TUMBA SIN NOMBRE (1959)

Novela de contrarios: con la piedad y la impiedad habitando en una misma persona; con seres herméticos, introspectivos, que sin embargo necesitan la vida social; con la tradición resistiendo ante el embate de los cambios. Con una trama que avanza y retrocede, que se modifica constantemente y de cada ajuste surgen nuevas interrogantes.

Éramos sólo cuatro personas y bastábamos, a pesar del calor y del terreno desparejo, del fantástico itinerario ondulante entre tumbas rasas y monumentos. Era casi como llevar una caja vacía […] como transportar en un sueño dichoso, en una tarde de principios de verano, entre ángeles, columnas truncas y abatidas mujeres el fantasma liviano de un muerto antiguo…

La historia la construyen varios personajes, en forma fragmentaria y desde su respectivo punto de vista; corresponderá al lector llenar los vacíos resultantes.

Jorge quería conocer aquellas cosas que habían elegido a Rita para mostrarse: el absurdo, la miseria, la empecinada vorágine…

Un mozo de corta estatura, robusto, lacónico, peludo. Puede ser imaginado más que lacónico; casi mudo, permanentemente arrinconado, con la expresión pensativa de quien persigue sin éxito algo en qué pensar. Y, otra vez, silencioso, como si todavía no hubiera aprendido a hablar, como si persistiera en la añosa tentativa de crear un idioma, el único en que le sería posible expresar las ideas que aún no se le habían ocurrido…

En varios aspectos, esta obra se distingue de las referidas anteriormente. En este caso, la historia no se sustenta tanto en los pensamientos como en los diálogos (por momentos parece una obra teatral). Aunque sus personajes conservan algo de la misantropía característica en los relatos de Onetti, consideran inevitable la socialización y usan los rituales colectivos como máscara. Más aún: estos personajes tienen la imperiosa necesidad de encontrar alguien en quien confiar para confesarle los sentimientos más profundos con la esperanza de que los entienda; es la incierta búsqueda de un cómplice.

Me puse a adivinar cosas y las escribí…

Esto era todo lo que yo tenía después de las vacaciones. Es decir, nada; una confusión sin esperanza, un relato sin final posible, de sentidos dudosos, desmentido por los mismos elementos de que yo disponía para formarlo…

Lo que aparece nuevamente en esta historia son los personajes que escriben, que cuentan historias, a quienes corresponde develar lo bajo, lo impúdico, lo que los personajes esconden por vergüenza. Esos personajes son relatores que, a su vez, son marcados por lo que cuentan.

-No vale la pena. La dejamos así, como una historia que inventamos entre todos nosotros, incluyéndolo a usted. No da para más.
-Sí. Quiero decir que da para mucho más, la historia; que podría ser contada de manera distinta otras mil veces. Pero tal vez sea cierto que no valga la pena…

“Cultivador de sombras y semiverdades, Onetti fue muchas veces incomprendido… Poco a poco preparó a varias generaciones para los efectos de una prosa donde las omisiones operan con fuerza, los secretos aguardan su hora y se confía en la capacidad del lector para entender, y sobre todo sentir, el significado no siempre evidente de la trama”, reconoce Villoro. Y agrega: “Pocos autores merecen la extraña palabra que designa lo que apenas comienza. Onetti fue el primero. El tamaño de su herencia es todavía futuro” (De eso se trata).

DE PERFIL

Escritor, ensayista y periodista, Juan Carlos Onetti nació el 1 de julio de 1909 en Montevideo, Uruguay.

En esencia, fue un apasionador lector que se reconocía rehén de la escritura y asumía su sino: “El escritor escribirá porque sí, porque no tendrá más remedio que hacerlo, porque es su vicio, su pasión y su desgracia”.

Hoy se le considera el creador de la novela latinoamericana moderna. En su tiempo, su obra no logró pleno reconocimiento. Éste llegó cuando su narrativa fue revalorada por los escritores que le sucedieron. Juan Villoro afirma que Onetti -con Macedonio Fernández y Borges- “inaugura en América Latina una literatura autorreflexiva, que se construye a medida que es leída”. José Emilio Pacheco invitaba a leer la obra del escritor uruguayo, “el menos conocido de los grandes narradores latinoamericanos contemporáneos”. Mario Vargas Llosa declaraba: “Onetti es uno de los grandes escritores modernos, y no sólo de Latinoamérica”.

Carlos Fuentes explicaba: “Onetti re-orienta la literatura urbana de Hispanoamérica lejos de la agri-cultura campesina y de la temática tradicional… En Onetti, la realidad es algo más que sí misma. No es sólo la realidad visible, sino la in-visible. Y no sólo la invisibilidad de lo subjetivo inexpresado, sino la visión ‘otra’ del mundo onírico” (La gran novela latinoamericana, Alfaguara, 2011).

En 1962 y 1985, Onetti obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Uruguay y en 1980 el Premio Cervantes, el más importante que se concede a un escritor de habla española.

“Para mi generación Onetti fue el perfecto héroe de la renuncia. Su imagen célebre es la de alguien ajeno a toda actividad mundana, siempre acostado, muchas veces sin camisa, los gruesos anteojos dirigidos a un libro o al interlocutor al que miraba como si ya se hubiera ido, el vaso de whisky en el buró, orbitado por el humo del tabaco: un tumbado que se entrega a la épica de soñar”, dice Villoro (De eso se trata).

En 1975 Onetti se exilió en Madrid, donde al poco tiempo una enfermedad en las piernas le obligó a permanecer la mayor parte del tiempo en cama, por el resto de su vida. En esos años escribió Dejemos hablar al viento (1979), Cuando entonces (1987) y Cuando ya no importe (1993).

Murió el 30 de mayo de 1994, en Madrid.

Onetti, el hombre solitario y huraño, creador de desoladoras novelas, mantuvo un refugio anímico: la lectura. “Para mí ha sido siempre una fuente de felicidad. Y hay muchos escritores que me buscan siempre: Faulkner, Cervantes, Céline, Dostoievski, Proust… No conozco ninguna novela que sea totalmente perfecta, pero hay muchas aproximaciones, más bien en las formas pequeñas: La muerte en Venecia, de Thomas Mann; Otra vuelta de tuerca, de Henry James; El adolescente, de Dostoievski”.

[ Gerardo Moncada ]

Otra obra de Onetti:
El astillero.

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