La caída, de Albert Camus

Novela que ha generado debates literarios, filosóficos, políticos y hasta psicoanalíticos. Es una pequeña obra maestra.

Vivía sin otra continuidad que la del día a día del yo-yo-yo… Avanzaba por la superficie de la vida, de alguna manera en las palabras, jamás en la realidad. ¡Todos esos libros apenas leídos, esos amigos apenas amados, esas ciudades apenas visitadas, esas mujeres apenas poseídas!…

La caída es una novela áspera y demoledora. Es el implacable retrato del individuo contemporáneo, ensimismado, atento a su propio código de vida y conducta, que en lo público cumple con éxito las pautas sociales al tiempo que en su vida privada permanece distanciado emocionalmente de todos los que le rodean.

A partir de un encuentro fortuito en el bar “México City” de Amsterdam, dos franceses inician un diálogo lúcido y perturbador, agudo y mordaz. En realidad, es un monólogo en el que Jean-Baptiste Clamence confiesa –sin el menor rubor- toda la falsedad que ocultaba detrás de su buena reputación social.

En apenas un centenar de páginas, Albert Camus desarrolla un relato vertiginoso que sorprende por su inquietante sinceridad y por lo actual que resulta en pleno siglo 21.

La pesadilla que no termina

La caída fue publicada en 1956. Aún estaban abiertas las heridas provocadas por la Segunda Guerra Mundial, episodio que demostró que ya no existían límites para la barbarie entre los países que presuntamente representaban la cima de la civilización. Esta novela se insertaba en las ideas de Camus acerca del absurdo de la vida.

Vivir por encima de todos sigue siendo la única manera de ser visto y reconocido por la gran mayoría… Algunos criminales, como muchos hombres, ya estaban hartos del anonimato y esta impaciencia pudo, en parte, llevarlos a extremos lamentables…

La filosofía del absurdo considera que el mundo carece de sentido, o de un propósito superior. Una de sus acepciones plantea la colisión entre el hombre racional y el universo irracional (o al menos incomprensible para una mente racional). Se han identificado planteamientos de este conflicto en escritos de Immanuel Kant y de Soren Kierkegaard. Albert Camus amplió esa reflexión a la luz del desastre civilizatorio del siglo XX. En su opinión, nada puede evitar el absurdo de la vida; sin embargo, a pesar de provocar la ansiedad, el vértigo, no es un absoluto aplastante sino el principio de todo. Al individuo corresponde asumir ese absurdo para, a partir de ahí, construir y -con plena libertad y lucidez- fijar límites. Para ello requiere cobrar conciencia y adoptar una actitud de rebeldía ante el vacío.

En este sentido, en 1951 Camus publicó El hombre rebelde, donde planteaba el riesgo de estancarse en ese vacío: “El sentimiento del absurdo, cuando se pretende ante todo obtener de él una regla de acción, hace al crimen cuando menos indiferente y, por consiguiente, posible. Si no se cree en nada, si nada tiene sentido y si no podemos afirmar ningún valor, todo es posible y nada tiene importancia. Sin pros ni contras, el asesino no tiene culpa ni razón. Se pueden atizar los hornos crematorios del mismo modo que cabe dedicarse a cuidar leprosos. Maldad y virtud son azar o capricho”.

La esclavitud, ¡estamos en contra! Que nos veamos obligados a tenerla en nuestra casa o en las fábricas, bueno, así son las cosas… Sé bien que no podemos prescindir de dominar o de que nos sirvan. Cada hombre necesita esclavos como necesita el aire puro. Mandar es respirar. Incluso el último en la escala social tiene a su cónyuge o a su hijo; si es soltero, a un perro. Lo esencial, en suma, es poder enojarse sin que el otro tenga derecho a responder… Descubría en mí, dulces sueños de opresión…

La historia reciente lo había demostrado: “Careciendo de un valor superior que oriente la acción, habrá que dirigirse en el sentido de la eficacia inmediata. No siendo nada ni verdadero ni falso, bueno o malo, la regla consistirá en mostrarse el más eficaz, o sea, el más fuerte. El mundo ya no se dividirá entonces en justos e injustos, sino en amos y esclavos. Así, hágase lo que se haga, en el corazón de la negación y del nihilismo, el crimen tiene su lugar privilegiado. Si pretendemos instalarnos en la actitud absurda, hemos de prepararnos para matar, dando así paso a la lógica por encima de los escrúpulos que juzgaremos ilusorios”.

Ante el avance del individualismo amoral, como el que encarna su personaje Jean-Baptiste Clamence, Camus proponía la figura del “solitario solidario”.

Yo, el sociópata

En el fondo nada me importaba. Guerra, suicidio, amor, miseria, no les prestaba atención a menos, por supuesto, que las circunstancias me forzaran, pero de manera cortés y superficial…

En La caída, Camus se plantea en forma estrujante el perfil del individuo nihilista que vive insertado en la sociedad y cumpliendo con los roles plausibles. Este personaje no cree que su situación sea excepcional, pues afirma que, sin importar cuál sea la profesión o el oficio que cada quien desempeñe, todos somos actores en la magna representación que es la vida en sociedad.

¿Sabe por qué siempre somos más justos y más generosos con los muertos? ¡La razón es sencilla! Con ellos no tenemos ninguna obligación. Nos dejan en libertad, podemos rendirles homenaje a ratos perdidos…

El personaje de La caída representa ante los demás el rol del humanista bienpensante, aunque en el fondo rehúye los vínculos con otros y en especial cualquier tipo de compromiso, ya sea razonado o fortuito:

Yo aprendí a contentarme con la simpatía. La podemos encontrar con mayor facilidad y, además, no compromete a nada… La amistad es menos simple. Es lenta y difícil de obtener, pero cuando se tiene ya no hay forma de deshacerse de ella, hay que hacerle frente…

Filántropo en público – egoísta en privado

Imagine a un hombre en la flor de la edad, en perfecta salud, generosamente dotado, hábil tanto en los ejercicios del cuerpo como en los de la inteligencia, ni pobre ni rico, que duerme bien, y profundamente satisfecho de sí mismo sin mostrarlo de otra manera que por medio de una sociabilidad feliz. Admitirá que puedo hablar, con toda modestia, de que mi vida era exitosa…

En la segunda posguerra resurgió el debate en torno a la subjetividad humana y las ideas existencialistas. En esa discusión participó activamente Albert Camus por la vía del ensayo filosófico y la creación literaria.

En 1946, Jean-Paul Sartre explicó: “Queremos la libertad… Y al querer la libertad descubrimos que depende enteramente de la libertad de los otros, y que la libertad de los otros depende de la nuestra. No puedo tomar mi libertad como fin si no tomo igualmente la de los otros como fin”. Y añadía: “En lo que llamamos humanismo existencialista le recordamos al hombre que no hay otro legislador que él mismo; y mostramos que no es volviendo hacia sí mismo, sino siempre buscando fuera de sí un fin que es tal o cual liberación, tal o cual realización personal, como el hombre se realizará precisamente en cuanto a humano” (conferencia El existencialismo es un humanismo).

Gozaba de mi propia naturaleza, y todos sabíamos que eso era la felicidad, aunque para tranquilizarnos mutuamente a veces fingimos condenar esos placeres en nombre del egoísmo…

En La caída Camus aborda varios temas que debatía el existencialismo. Está, por un lado, la tentativa de “divinización del hombre”, en vez de colocarlo como integrante de la naturaleza; por otro lado, la falsa idea de que la libertad puede ser una aspiración estrictamente individual como pretende su personaje Clamence.

Me rehusaba a atribuir mi éxito exclusivamente a mis méritos, no podía creer que el hecho de que una sola persona reuniera cualidades tan distintas y extremas fuera sólo resultado del azar. Es por eso que, viviendo feliz, me sentía en cierto modo autorizado a gozar esta felicidad en virtud de algún decreto superior… Es cierto que me sentía contento con todo, pero al mismo tiempo satisfecho con nada. Cada alegría me hacía desear otra…

Si bien La caída fue parte de la ebullición filosófico-literaria de mediados del siglo XX, su crítica –sin imaginarlo el autor- se profundizaría y alcanzaría pleno sentido en la conducta y visión del mundo de las generaciones de finales de ese siglo y principios del siglo 21.

El gran amante, de sí mismo

Lo que amamos en nuestros amigos es nuestra emoción, ¡nosotros mismos!… El hombre es así, tiene dos caras: no puede amar sin amarse…

En 1945 había agitación social y deseos de cambio; el debate era cómo y hacia dónde dirigirse. Con optimismo, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir declararon ese año, al iniciar la publicación de la revista Los Tiempos Modernos: “Nos colocamos al lado de quienes quieren cambiar a la vez la condición del hombre y la concepción que el hombre tiene de sí mismo”.

No soy de corazón duro… Es solamente que mis impulsos se dirigen siempre hacia mí, que mi ternura me concierne. Después de todo, es falso que no haya amado jamás. En mi vida tuve por lo menos un gran amor del cual siempre fui objeto… Sí, me moría de ganas de ser inmortal. Me amaba demasiado y deseaba que el precioso objeto de mi amor no desapareciera jamás…

Con pesimismo, Camus había publicado en 1942 El mito de Sisifo, donde describía el absurdo como la ‘extrañeidad’ (étrangeté) del mundo. “El ser humano siente un ansia inextinguible de unidad con el mundo. Quiere que sus deseos se realicen, que su conocimiento abarque la totalidad, que sus ansias de empatía se conviertan en solidaridad universal y el bien sea ley. En vez de eso, el mundo le presenta un muro contra el que chocan deseos, saber y justicia”, explica el filósofo David Montero Bosch (Daimon Revista Internacional de Filosofía, 2016).

Para no tener que chocar con ese muro, con esa dura realidad, Jean-Baptiste Clamence se estaciona en el absurdo y juega a ser el centro del universo.

No podía vivir, lo confieso, más que a condición de que todos los seres, o el mayor número posible, se orientaran hacia mí, prestos a responder a mi llamado en cualquier momento, consagrados a la esterilidad hasta el día en que me dignara a favorecerlos con mi luz… No sé cómo llamar a ese curioso sentimiento que me invade. ¿Será vergüenza?…

En esas condiciones, todo trato social se convierte en coartada existencial, incluso el amor.

Cuando decidí apartarme de la compañía de los hombres, me refugié en las mujeres… Puesto que tenía necesidad de amar y ser amado, creí estar enamorado. Dicho de otro modo, representé el papel de tonto…

Aburrido, del sinsentido

Mire usted, yo no soporto el tedio y, en la vida, no aprecio más que las diversiones. Toda compañía, por brillante que sea, me agobia rápidamente…

A mediados del siglo XX, las discusiones filosóficas se volvieron de interés público. El mundo anhelaba respuestas para entender el pasado inmediato y, sobre todo, ideas que alimentaran una esperanza de futuro. Este interés era global.

Carlos Fuentes recordaba: “Los hombres y mujeres de mi generación leímos ávidamente a dos autores franceses: Albert Camus y Jean Paul Sartre, hermanos en la posguerra, enemigos en la guerra fría”.

Y Octavio Paz apuntaba en Los hijos del limo: “La generación de poetas que se desarrolló en la segunda postguerra se reconocían en una frase de Camus de aquellos años: ‘solitario solidario’. Fue una generación que aceptó la marginalidad y que hizo de ella su verdadera patria”.

En alto contraste, el retrato que nos ofrece Camus en La caída no es el de un solitario ni mucho menos un solidario, es su opuesto: un egoísta que anhela ser amado y complacido por todos, que vive en el sinsentido y eso lo lleva al aburrimiento crónico.

Conocí a un hombre que dedicó veinte años de su vida a una mujer alocada, por quien sacrificó todo: sus amistades, su trabajo, incluso la decencia en su vida, y que una noche reconoció nunca haber amado. Se aburría, eso es todo, se aburría como la mayoría de la gente. Así, se creó de cabo a rabo una vida de complicaciones y dramas. Algo tiene que suceder, esa es la explicación de la mayor parte de los compromisos humanos. Algo tiene que suceder, incluso la servidumbre sin amor, incluso la muerte…

El verdadero amor es excepcional, se presenta aproximadamente cada dos o tres siglos. El resto del tiempo hay vanidad o aburrimiento…

Una y otra vez, Clamence justifica su forma de vida aduciendo que no es exclusivamente suya sino que, en esencia, es la conducta de todos.

Observe a sus vecinos cuando por casualidad se produce un deceso en su edificio. Los inquilinos, que dormían en sus vidas insignificantes… en seguida se despiertan, se agitan, se informan, se compadecen. Necesitan la tragedia, esa es su pequeña trascendencia…

La vida, ese ‘mal confort’

Para David Montero Bosch, La caída es una secuela del ácido enfrentamiento que Camus mantuvo con Jean-Paul Sartre en 1952 a propósito del libro El hombre rebelde. “Sartre le había acusado entonces, entre otras cosas, de incapacidad para la conceptualización filosófica de sus teorías. Camus estuvo dudando durante mucho tiempo si debía responder a las críticas en términos teóricos y no lo hizo. Esperó hasta 1956 para dar una réplica en su propio terreno, el literario. El resultado es el retrato del cínico nihilista que, en este caso, es la figura del principal representante de los que él llama “nuestros existencialistas”, a los que acusa de erigirse en profetas de un futuro de sumisión a los poderes totalitarios”.

Usted no conoce esa mazmorra que en la Edad Media llamaban ‘el mal confort’. En general, ahí lo dejaban olvidado para el resto de su vida. Esta celda se distinguía de otras por sus ingeniosas dimensiones. No era lo suficientemente alta como para que se pudiera estar de pie ni lo suficientemente larga para poder acostarse. Había que permanecer incómodo, vivir en diagonal; el sueño era una caída, la vigilia estaba en cuclillas. Todos los días, debido a este inalterable sometimiento, el condenado se daba cuenta que era culpable… Dios no es necesario para crear culpabilidad ni para castigar. Nuestros semejantes, ayudados por nosotros mismos, bastan… Los hombres no tuvieron necesidad de Dios para crear esa pequeña obra maestra del ‘mal confort’… No espere el juicio final, sucede todos los días…

La vida es ese mal confort. Y como nadie es inocente, todos nos castigamos.

No perdono nada… Puesto que todos somos jueces, todos somos culpables los unos frente a los otros, todos cristos a nuestra mala manera, crucificados uno a uno, y siempre sin saber… Después de todo, soy un profeta refugiado en un desierto de piedras, de brumas y de aguas podridas; profeta vacío en tiempos mediocres…

Con medio siglo de anticipación, Clamence es el prototipo del individuo que en el siglo 21 utiliza las redes digitales con ansiedad, en busca de popularidad masiva, y cuya felicidad depende de seguidores, ‘amistades’, compañías virtuales. Pero Camus sigue estando varios pasos más adelante al revelar el perfil inconfesable del individualista contemporáneo: en su personaje, detrás de las buenas maneras y el lenguaje “políticamente correcto”, subyace una profunda hostilidad y se acendra el sociópata.

Llegó un día en el que ya no pude más… iba a arrojar mi duplicidad a la cara de todos aquellos imbéciles antes de que lo descubriesen… Pensaba, por ejemplo, en empujar a los ciegos en la calle, y en la dicha imprevista que experimentaba descubría hasta qué punto una parte de mi alma los detestaba; pensaba ponchar los neumáticos de los carritos de los enfermos, ir a gritar ‘sucio pobre’ bajo los andamios en donde trabajaban los obreros, abofetear a los niños de pecho en el metro. Soñaba con todo esto y no hice nada…

En cuanto a su formato, Camus se refirió a La caída como una representación escénica. “Utilicé una técnica teatral (el monólogo dramático y el diálogo implícito) para describir un comediante trágico”.

El teatro, a su vez, se nutrió del absurdo y proliferó como un género que planteaba la inutilidad de la vida, así como la pérdida de la sorpresa ante las situaciones sin sentido. Esto último terminó resultando atractivo para la comedia teatral y popularizó la creencia de que el absurdismo era una suerte de broma o juego de ingenio, lo cual ayudó a los individuos a eludir la confrontación existencial al catalogar los planteamientos de esta filosofía como una humorada y no verse orillados a reconocerse en la crítica.

Este discurso desconcertó un poco a mis jóvenes colegas. Al cabo de un momento decidieron reírse…

La imagen de nuestras miserias

El asombro que generalmente manifestaban mis oyentes, su incomodidad un poco reticente, muy parecida a la que muestra usted ahora, no pudieron apaciguarme…

Montero Bosch señala que La caída es “una dramática interpelación al espectador/lector. Voyeur cobijado tras el efecto de ‘cuarta pared’, el lector se siente seguro, pero al pasar el discurso del ‘yo’ al ‘nosotros’, la mampara virtual desaparece de una manera súbita y se encuentra con la mirada del narrador que, por encima de los hombros del Interlocutor, exige de él un acto de introspección a la altura del que estaba observando despreocupadamente hasta ahora. Y no puede seguir juzgando. Es juzgado por su propia conciencia”.

Cuando mi retrato está terminado lo muestro lleno de desolación.: ‘Esto es lo que soy’. Pero, al mismo tiempo, el retrato que tiendo a mis contemporáneos se convierte en un espejo… ¡Ah!, querido amigo, somos extrañas, miserables criaturas y, por poco que examinemos nuestras vidas, no faltan las ocasiones para asombrarnos y escandalizarnos nosotros mismos. Inténtelo…

En 1957 la Academia Sueca otorgó a Albert Camus el Premio Nobel de Literatura “por su honestidad perspicaz, que ilumina los problemas de la conciencia humana”, dictaminó el jurado.

Contrario a su personaje Clamence, Albert Camus defendía el respeto al otro y la libertad asociada a la responsabilidad. Llamaba a mantener activa la conciencia: “Puesto que hoy día toda acción desemboca en el crimen, directo o indirecto, no podemos actuar antes de saber si -y por qué- hemos de dar muerte”. Sus ideas lo convirtieron en el referente ético de una generación.

Desde 1952, Camus y Sartre habían dejado de hablarse por diferencias filosóficas y políticas. No obstante, Sartre afirmó que La caída era “quizá la mejor novela de Camus y la menos comprendida”. En 1960, al morir Camus, Sartre recordó y elogió “su humanismo testarudo, estricto y puro, austero y sensual”.

A fines del siglo XX, Harold Bloom incluyó en su “profecía canónica” varias obras de Albert Camus como La caída, El extranjero y El hombre rebelde, por considerar que no tienen fecha de caducidad. Y acertó. La caída es una obra abrumadoramente actual.

[ Gerardo Moncada ]

Otra obra de Albert Camus:
El extranjero.

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