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Ulysses de James Joyce

Pocos libros como el Ulises de los que tanto se ha dicho, tanto se ha escrito y tan poco se ha leído.

Si pudiéramos clasificar la obra de Joyce en algún lugar, probablemente iría junto a la de nombres como el de Marcel Proust o Samuel Beckett: en una vitrina constantemente visitada en la que la gente se detiene a observar por curiosidad, pero pocas veces abre; enunciando los títulos de sus obras sin acercarse a experimentarlas por ellos mismos.

Ulises no es sólo un libro largo, difícil, complejo, intrigante o atemorizante, es el retrato vivo de una ciudad, de una nación, de una cultura y de un momento clave en la definición de una identidad nacional. El libro de James Joyce es parte inherente de los irlandeses y es, al mismo tiempo, una descripción viva y cambiante de la mente humana que no tiene límites políticos o geográficos. Joyce escribió, a costa de su vista y su salud, la más grande obra de la literatura moderna y una de las más grandes novelas de toda la historia.

James Joyce nació un 2 de febrero de 1882, día de la Candelaria, festividad que enmarca la purificación de María y la presentación de Jesús en el templo. Comúnmente se festeja con el encender de velas, razón del nombre festivo de las candelas, y enmarca un momento importante del año litúrgico para los católicos. Alegóricamente, Joyce fue y es una luz que iluminó todo un siglo de literatura y su luz literaria continúa extendiéndose hasta nuestros días.

Durante su infancia, asistió a un colegio jesuita, tal como lo hará también su personaje y alter-ego, Stephen Dedalus, protagonista de Retrato de un artista adolescente y posterior coprotagonista del Ulises. Joyce continuaría una formación con tintes religiosos al dedicarse a estudiar literatura en el University College Dublin, en un edificio que ahora es habitado por el Museum of Literature de Dublín (MoLi), lleno, en su mayoría, de objetos y referencias al Ulises mismo. Se conserva una fotografía de un joven James Joyce parado junto a un árbol que aún se mantiene en pie en el ahora edificio del MoLi y es difícil imaginarse si, en ese momento, le habrá pasado por la cabeza que el edificio que recorría como alumno se convertiría en un lugar consagrado a él y a su obra que resguarda primeras ediciones, frases escritas en las paredes y grabaciones de lecturas de sus libros más importantes y, en especial, del Ulises. Enfrente del edificio, se encuentra uno de los parques más conocidos de Irlanda, Stephen’s Green, y la vista de las ventanas de los salones de la universidad dan justamente al lugar donde ahora también se encuentra un busto de James Joyce.

Dublín está en Ulises y Ulises es, como dijo su autor, un mapa con el cual podría reconstruirse Dublín por completo si la ciudad llegara a desaparecer. Por esta razón, es difícil entender cómo uno de los más conocidos escritores de Irlanda pasó muy poco tiempo en su ciudad y en su nación. Desde 1904, año en el que, además, conoció a su futura esposa Nora Barnacle, James Joyce emigró de Irlanda para nunca más volver. Durante distintas etapas vivió en París, Zurich y Trieste, pasando la mayor parte de su vida en Suiza y llevando consigo una parte de su país y su ciudad en una ambivalente relación con la que muchos migrantes pueden sentirse rápidamente identificados. El día en el que Joyce tuvo su primera cita con su futura esposa, el 16 de junio de 1904, se convirtió en una fecha tan importante que decidió situar en ella todos los eventos que se llevan a cabo en Ulises.

Y es que ¿de qué trata un libro del que se habla tanto sin decir mucho? Primero, debemos ver lo que la crítica de su tiempo dijo de él. Llegar a su publicación fue un triunfo que tuvo que superar la fuerte censura de su tiempo, la imposibilidad de publicarla en distintos países hasta encontrar un refugio en la editora Sylvia Beach que le brindó confianza absoluta en París para que fuera publicada sin cambios; luego vino la crítica acérrima de sus colegas contemporáneos, como Virginia Woolf que consideró esta obra un ejercicio pedante, aspiracional y de muy poco valor literario.

En resumen, Ulises es simplemente la narración del día de un hombre irlandés común, Leopold Bloom, pasando hora tras hora, recorriendo distintos puntos importantes de Dublín en una jornada que no tiene nada de extraordinario. Esta descripción no parecería complicada ni mucho menos controversial, sin embargo, como muchos pensadores lo han dicho desde la antigüedad: contar la historia de una vida en forma magistral, incluso del hombre más común, hace de esa narración una obra maestra.

Primero, Ulises transcurre en sus tres primeros capítulos enfocada, no en el protagonista, Leopold Bloom, sino en Stephen Dedalus, que, como ya dijimos, había hecho su aparición en una novela anterior de Joyce. Dedalus fue construido con muchas pinceladas de la propia vida del autor: su formación en una educación jesuita, sus inquietudes artísticas, sus perspectivas sobre la vida. Incluso, la estructura y datos que dieron forma a Retrato de un artista adolescente provinieron de la ahora fragmentaria obra de Joyce, Stephen héroe, una narración de más de 800 páginas donde el escritor volcó sus memorias y experiencias para tener un germen del cual pudiera tomar elementos para reutilizar en posteriores textos.

Los dos primeros capítulos transcurren con un vocabulario comprensible y una narración y estilo que no parecen, para nada, atemorizantes. El primero comienza con una narración que, de inmediato, nos ubica en el tono y la sátira que será una constante a lo largo de la novela:

Majestuoso, el orondo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, sosteniendo un tazón de espuma sobre el cual reposaban cruzados un espejo y una navaja. Una bata amarilla, sin ceñir, ondeaba suavemente detrás de él en la brisa matinal. Alzó el tazón y entonó: Introibo ad altare Dei.

Joyce, conocedor de la tradición épica y de las convenciones del género, sabe que normalmente se introduce con la invocación o enunciación de la divinidad para que dicte, ayude a cantar o recordar o simplemente esté ahí presente mientras el poeta comienza a construir y tejer su canto. Aquí, aparece en lo alto el amigo de Stephen Dedalus, Buck Mulligan, compañero formado en la educación jesuita que de forma paródica imita lo que un sacerdote hace al comenzar una misa religiosa: entrar con el vino, el cáliz y la carne de Cristo mientras dice en latín que se introduce en el altar de Dios. Aquí Joyce hace aparecer el elemento divino como una burla, Mulligan lleva consigo un cuenco con espuma para afeitar y su navaja mientras imita el acto en forma de burla.

La acción de Mulligan es un juego, pero la de Joyce no. La aparición de lo religioso en su novela se da en un contexto de ironía que da al lector, que entiende esta burla a la tradición épica, una idea de cómo se construirá Ulises.

En el segundo capítulo, Néstor, la narración continúa en una forma bastante tradicional que sólo se enfoca en ubicarnos en el lugar donde se encuentra Stephen, la torre Martello, un lugar que aún existe y es un museo más de literatura joyceana en Dublín que se ha convertido en lugar de peregrinaje para los seguidores de la novela:

El sol matinal brillaba sobre la torre y el mar, y Stephen Dedalus, sombrío y ensimismado, contemplaba el horizonte con una mezcla de distancia y pertenencia, como si aquel paisaje fuera a la vez suyo y completamente ajeno.

En el día que se ubican los eventos de Ulises, los fanáticos de la obra establecieron el Bloomsday, un día feriado literario donde lectores entusiastas de Irlanda y todo el mundo se dan cita en la torre para seguir los pasos de los protagonistas de la obra en tiempo real partiendo, justamente, de la torre en la que inicia la narración.

En el tercer capítulo, el estilo cambia y se convierte en el ahora famoso monólogo interior. En 1887, 5 años después del nacimiento de James Joyce, el escritor Édouard Dujardin escribió una novela con ese nombre, Monólogo interior, e intentó hacer un ejercicio que se alineaba con las vanguardias francesas de su tiempo, especialmente con el surrealismo.

Joyce no fue el creador del estilo narrativo que aparece en el capítulo 3, pero este cambio marca lo que la novela presentará constante e inesperadamente conforme vamos avanzando en su lectura. La transformación en el estilo narrativo es, también, un aviso del cambio que habrá en el foco de la novela al trasladarse de Dedalus hacia Bloom en el capítulo 4. Aquí aparece un elemento de análisis controversial que Joyce no incluyó en la confección de su obra pero que ahora se ha convertido en una herramienta de interpretación esencial para saber hacia dónde se dirige la novela desde el comienzo.

En 1921, en una de las presentaciones de Ulises antes de su publicación, James Joyce hizo un esquema para su amiga Valery Larbaud, de modo que le fuera mucho más fácil seguir una lectura pública en los elementos que iba presentando en ella. Nueve años después, basándose en estos datos, Stuart Gilbert presentó un esquema completo que seguía estas indicaciones y que ahora es conocido simplemente como esquema Gilbert. El andamiaje de éste muestra una correlación entre los capítulos del Ulises y la Odisea de Homero, y marca un nombre no descrito en la obra que relaciona cada capítulo de la novela de Joyce con cada canto del poema épico homérico.

De este modo, el capítulo 3, según el esquema Gilbert, llevaría el nombre de Proteo, el monstruo mitológico que vivía debajo del mar y cambiaba constantemente de forma, y se denominaría así tanto por la presencia de los elementos marítimos en este episodio como por la metamorfosis abrupta de estilo y posteriormente de protagonista presentado en la novela.

Basado también en notas que hizo el propio Joyce un año después, Carlo Linati publicó un esquema que ahora lleva su nombre y agregó en él una hora a cada capítulo del libro, partiendo de las 9 am. Así transcurre cada uno hasta llegar al penúltimo que concluye a las 2 am del día siguiente; el último capítulo se ubica en un tiempo ajeno al conteo de los demás, en la infinitud del pensamiento humano, punto del que hablaremos más adelante.

La pregunta que nos debemos hacer es si los esquemas son necesarios para entender mejor Ulises o si estos nos condicionan a ver la obra de una manera distinta. Sería como tener una obra de arte expresionista abstracta frente a nosotros y alguien nos trazara la manera de visualizar de mejor forma los elementos figurativos presentes en ella. Sería útil, pero de cierta forma nos alejaría de la intención e impresión inicial que nos causaba la descolocación ante lo desconocido, acercarnos únicamente con nuestra intuición a un mar de elementos que no nos darían aviso.

La aproximación al Ulises como una versión modernista de la Odisea, incluso tomando los esquemas de Gilbert, Linati y muchos otros surgidos después, debe hacerse con cuidado. En 1923, T.S. Eliot escribió un pequeño artículo llamado Ulises, orden y mito en el que presentó una forma de lectura diferente del texto. Eliot reconocía que la constante comparación con episodios homéricos era inevitable, y no era necesariamente una práctica que condicionaba nuestra comprensión de la obra; sin embargo, consideró que lo caótico del texto joyceano puede establecerse mejor si entendemos que la estructura y andamiaje de su novela tiene subyacente la construcción mítica de lo sagrado que aparece en los poemas homéricos. Para Eliot, estas estructuras míticas pueden trasladarse a lo mundano y convertirse en elementos que dan unión al texto en la fuerza de lo paródico e irónico que ya aparecía en la Odisea. Es decir, las principales críticas de Woolf a la obra de Joyce (y no sobra decir que la escritora fue una de las personas más cercanas a la vida de Eliot aunque tuvieran visiones tan polares como en sus opiniones sobre Ulises) sería el punto más fuerte de esta novela: convierte lo mundano en sagrado, el estilo no va en contra de lo que describe, el humor y lo serio van de la mano mientras tejen una narración que se convierte en un elemento arquetípico y atemporal de la mente humana expresada en lo literario.

El punto central del análisis de Eliot y que condiciona, también, el cambio de lo moderno a lo postmoderno en los estudios literarios es la constante participación del lector para definir un nuevo significado o buscar el oculto significado que el autor asignó en cada punto de su texto. Ambos caminos llevan a diferentes resultados igualmente fecundos.

En la interpretación moderna, el conocimiento de la estructura de la novela nos ayuda a entender mejor al autor. Tenemos tres capítulos iniciales centrados en Stephen Dedalus y nombrados Telémaco, Néstor y Proteo y que se conectan con un personaje ya conocido para los que están familiarizados con la obra de Joyce. En orden cronológico, James Joyce escribió, primero, la serie de relatos sobre acontecimientos de la vida cotidiana en Dublín que nombró Dublineses. Los cuentos son un crisol que nos muestra de forma estática a distintos habitantes de la ciudad irlandesa para mostrar el contexto histórico en el que el autor creció y vivió. Posteriormente, publicó el ya nombrado Retrato de un artista adolescente, una obra protagonizada por Dedalus, apellido que alude al famoso personaje mitológico que, como ingeniero del rey Minos, creó el laberinto del que nadie podía escapar. Preso de su propia creación, emprende vuelo con su hijo Ícaro con alas unidas con cera y plumas de aves caídas en el laberinto, y así escapar de su paradójica prisión con una conclusión funesta para su vástago, pero exitosa a medias para el inteligente Dédalo.

Stephen Dedalus es James Joyce. Al final de la novela, el joven aspirante a escritor decide abandonar la isla irlandesa, literalmente volar lejos de ella, para liberarse de las opresiones y expectativas de sus amigos y familia. Expresada la intensa y difícil relación con su padre en el personaje de Dedalus, Joyce impone una nueva figura paterna para Dedalus en Ulises al relacionarlo con el confundido Telémaco de la Odisea y planteando a un Odiseo que hace su aparición justamente en la segunda sección del libro.

En el capítulo 4, volvemos al tiempo de inicio de la novela (las 9:00 horas según Linati o las 8:00 según Gilbert) y observamos las acciones del protagonista, Leopold Bloom.

El señor Leopold Bloom comía con deleite los órganos internos de las bestias y de las aves. Le gustaban las sopas espesas, las mollejas, los corazones rellenos, el hígado asado con su sabor ligeramente amargo que se disolvía en la lengua. Sobre todo, le gustaba el riñón de carnero a la parrilla, que le dejaba en el paladar ese leve gusto a orina fina. (…)

Mientras esperaba que el riñón chisporroteara en la sartén, el señor Bloom se inclinó hacia el fuego, atento al pequeño ritual doméstico que le proporcionaba un íntimo consuelo, como si en ese acto sencillo se condensara todo el orden posible del mundo.

Nuestra apreciación inmediata al observar al protagonista es su rusticidad alimenticia. La tradición de lo campestre, descrito en la poesía y prosa irlandesa, es constante y la distingue de la muchas veces idealizada y bucólica perspectiva del campo que aparece en la literatura inglesa. Joyce nos muestra el nuevo héroe homérico, Odiseo contemporáneo, como un hombre de gustos sencillos, que se complace en consumir vísceras y su tosco sabor.

Lo que Eliot planteó sobre el método mítico se sigue al pie de la letra al ver lo sagrado en la antigüedad del sacrificio de las bestias en honor a la divinidad convertido en un hombre de 38 años cocinando riñones en el sartén de su casa. La visión de Bloom como un Odiseo risible no debe llevarnos a sólo considerar la Odisea como andamiaje de Ulises. El capítulo 6 es clave para entender que la presencia homérica no es excluyente de otras posteriores.

El coche fúnebre avanzaba lentamente, y Bloom observaba los rostros de los presentes, preguntándose qué pensamientos cruzarían sus mentes, si la muerte sería para ellos un final absoluto o tan solo una forma de tránsito, un paso más en la vasta maquinaria de la existencia.

El famoso canto XI de la Odisea describe la invocación a los muertos que lleva a cabo Odiseo. No obstante, el libro VI de la Eneida de Virgilio retoma este tópico para describir el descenso, la famosa catábasis, de Eneas al inframundo para encontrarse con personajes de su vida como la reina de Cartago, Dido, o su padre Anquises recientemente fallecido. Asimismo, el libro VI sirvió como el andamiaje de Dante para construir la primera parte de su Comedia, donde el propio Virgilio es quien lo conduce en su descenso hacia los infiernos.

Joyce retoma la tradición virgiliana para establecer, también, en el capítulo 6 de su libro una relación con la muerte que hace explícita al nombrar a este episodio Hades. El funeral de Paddy Dignam sirve como un pretexto para establecer una conexión con la Eneida y la Odisea. Joyce, sin importar lo irónico y burlón que pueda ser, está inscribiendo su obra dentro de la tradición épica que es, al mismo tiempo, el género literario más antiguo de la humanidad.

La sección de Stephen Dedalus – Telémaco (capítulo 1-3) cambia a una explícita Odisea de Leopold Bloom – Odiseo (capítulos 4-15) con secciones intercaladas de cambios de voz narrativa y una exploración de técnica literaria que no tiene precedentes en la historia de la narrativa occidental. El capítulo 7, Eolo, está marcado por fragmentos periodísticos como si nuestros ojos pasaran en desorden por el flujo de una hemeroteca, el capítulo 8, Lestrigones, enmarca de nuevo la relación de Bloom con la comida y es expuesto su pensamiento a través de una relación sensitiva. La idea más clara de esto puede verse con el origen etimológico de la palabra saborear que comparte raíz con la palabra saber. El latín sapio, conocer o tener sabor, ambas enlazadas por un mismo hilo de ideas que es aprender a través de probar. Joyce intenta introducirnos en la mente del protagonista saboreando sus ideas que, a su vez, constantemente se establecen en el fuerte sabor de las vísceras.

El capítulo 9 expone en un diálogo completo, que regresa su foco a Stephen Dedalus, la teoría del coprotagonista acerca de Shakespeare.

Un hombre de genio no comete errores, dijo Stephen con frialdad. Sus errores son voluntarios y son los portales del descubrimiento. Así como el poeta crea a su padre, así también el artista crea el mundo en que ha de vivir, y en ese acto de creación se engendra a sí mismo. Shakespeare no es solamente el padre de Hamlet, sino que es Hamlet, y en él se reflejan todas las figuras de su drama, como en un espejo donde el tiempo y la identidad se confunden.

Su explicación sobre la relación entre Hamlet y Shakespeare nos confirma que es la misma conexión y espejo que podemos establecer entre Dedalus y Joyce. La compleja relación de Joyce con su padre Stanislaus, donde la admiración y frustración interactuaban ante el carisma de un hombre que constantemente era opacado por su irresponsabilidad en las finanzas familiares y su alcoholismo, nos hace preguntarnos qué simboliza Leopold Bloom como un Odiseo, figura paterna suplente, en la vida de Dedalus. El padre simbólico ante la figura literaria de Joyce-Dedalus nos lleva a pensar que la incomprensión y la frustración con su padre logró transformarse a través de su trabajo como escritor, y este tópico continuará en los subsecuentes episodios.

Los siguientes capítulos siguen en experimentación narrativa, desde el montaje cinematográfico escrito hasta la parodia musical, épica y erótica. Finalmente, el capítulo 16, Eumeo, expone la última sección del libro, el Nóstos, o retorno de Odiseo a Ítaca. Después de que en este capítulo Leopold y Stephen descansan y el cansancio de su día se refleja en la prosa torpe y atropellada que leemos, el protagonista emprenderá el camino de regreso a casa después de un día lleno de encuentros, desencuentros, risas, humillaciones y cambios.

El capítulo 17, Ithaca, enmarca el final de la aventura de Leopold Bloom con un estilo que han descrito los críticos como de catecismo donde vemos una serie de preguntas y respuestas.

-¿Qué satisfacciones recíprocas experimentaron Bloom y Stephen?
– La percepción de una hospitalidad mutuamente ofrecida y aceptada; el reconocimiento de una afinidad, no de sangre sino de espíritu; la contemplación de la misma bóveda celeste, en la cual ambos, aunque por distintas vías, situaron sus pensamientos; la intuición de que el encuentro, fortuito en apariencia, respondía a una necesidad más profunda de compañía y comprensión.

El encuentro de Stephen con Leopold pone a ambos en armonía. Joyce, metafóricamente, encuentra en su propia faceta de escritor la comunión con su figura paterna, que es su propia obra. Odiseo como padre de Telémaco. Ulises como padre de Joyce. La conclusión de la monumental obra, con este capítulo, parecería perfecta, sin embargo, el regreso a casa no marca el final. El último capítulo rompe todos los esquemas y fue el objeto de mayor censura y dificultades para la publicación del libro.

…y entonces le pedí con los ojos que volviera a decírmelo sí y entonces me preguntó si quería sí decir sí mi flor de la montaña y primero lo abracé sí y lo atraje hacia mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón latía como loco y sí dije sí quiero Sí y entonces pensé en todo lo que había pasado y en Gibraltar y en el mar y en las flores y en aquel día que parecía no terminar nunca y cómo el sol caía despacio y nos envolvía a los dos y yo pensaba sí esto es lo que quiero y lo que siempre quise y todo lo demás no importa y sí dije sí quiero Sí.

Mientras Leopold Bloom recorría la ciudad, su esposa, Molly Bloom, aguardaba en casa. Si pensamos en la comparación de ésta con el nombre del capítulo final, Penélope, pensaríamos que la mujer que espera debería tener los mismos atributos de la esposa de Odiseo. Una heroína que es ejemplo de fidelidad, cuidado del hogar y abnegación. Pero conocemos a Joyce, sabemos que puede convertir la invocación de la divinidad en el poema épico en una burla con espuma de afeitar y, por ello, no nos sorprende ya que Molly Bloom sea una mujer infiel que concierta por la tarde una cita con su amante, Blazes Boylan, mientras Leopold está informado de que su esposa está con otro hombre cuando él está fuera de casa. La burla es soberbia. La conclusión de todo recae en la mente de la mujer, después de una larguísima lectura donde hemos estado en manos de dos hombres protagonizando el relato. El último capítulo se ubica fuera de tiempo, es un monólogo interior, pero, más que eso, en un flujo de la mente femenina que avanza sin orden y control, en un caos atemporal de todo y nada que permite al lector reconstruir sus sentimientos, sensaciones, saborear lo que la mujer experimenta en el amor roto por su esposo y la experiencia de goce sexual con su amante.

El tiempo interior del monólogo femenino es probablemente uno de los mayores logros de Ulises. No sólo permitirá enlazar, de nuevo, esta obra con la siguiente novela de Joyce, aún más experimental, Finnegans wake, donde la primera palabra mencionada, riverrun, nos lleva al río Liffey, el más importante de Dublín, que será personificado como una mujer de nombre Anna Livia Plurabelle. El tiempo interior femenino se vuelve un arquetipo del río que fluye. Joyce conecta todo en una continuación, como Dedalus fue también un enlace que permitió observar la transformación de la experiencia del escritor en formación en Retrato de un artista adolescente en su papel como profesor de literatura en la universidad y la consolidación de la mitificación de Dublín como una nueva ciudad homérica modernista.

Se puede decir que la obra de Joyce conecta y teje, desde Dublineses hasta Finnegans Wake, distintas voces, visiones y momentos creativos de James Joyce en un microcosmos irlandés que es, al mismo tiempo, un macrocosmos de la mente humana. Por ello, Ulises no es una lectura exacta o inexacta, es un mundo que abre sus páginas para dejarnos experimentar en él los sabores ácidos, amargos, dulces o picantes de la literatura como espejo de nuestra alma. Por ello, no es casualidad que veamos que un hombre que pasó poco tiempo de su vida habitando físicamente los espacios de Dublín ahora está presente en casi cada esquina. Joyce es ahora la figura paterna simbólica de su ciudad natal y nos ha hecho, a todos sus lectores, ciudadanos de Irlanda.

[ Néstor Manríquez Lozano ]

Néstor Manríquez es doctor en Letras Clásicas y académico en la UNAM.

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