Mis tardes con Margueritte, de Jean Becker

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Mis tardes con Margueritte (2010), de Jean Becker, es una hermosa película francesa acerca de las relaciones humanas y sus hilos intangibles.

Una anciana culta se encuentra en un parque público con el que quizá sea el más bruto del pueblo, y una conversación casual deriva en una estrecha relación articulada por la literatura y sus múltiples posibilidades: generar inquietudes, suscitar emociones y provocar cambios en el lector.

No es una trama mecánica de causa-efecto (leer-cambiar), sino una tierna historia en la que la literatura es parte de la vida, pero una parte significativa. El título original del filme es contundente con el analfabeta funcional: La cabeza desperdiciada (La tete en friche), pero la historia va más a fondo porque plantea que el desperdicio no es solo del intelecto sino que incide también sobre el corazón y el alma.

El guión es ligero, coloquial y para evitar los extractos literarios grandilocuentes opta por citar fragmentos conmovedores que apuntan hacia las cuerdas más sensibles de la sensibilidad humana. La historia se basa en la novela homónima de Marie-Sabine Roger.

Las actuaciones son frescas, de gran naturalidad, con un notable desempeño de Gérard Depardieu y Giséle Casadesus. En buena medida, es una emotiva cinta de amor, porque “No siempre las historias de amor están hechas de amor. En ocasiones, el amor no se menciona, aunque siga siendo amor”.

Detrás de las cámaras

Jean Becker es un prestigiado director francés. Varios de sus filmes han tenido una entusiasta respuesta del público; algunos han logrado el premio César y uno de ellos (Verano asesino, 1983) fue candidato a la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Es hijo de un clásico de la filmografía francesa: Jacques Becker. Jean se dedica a la dirección, al guionismo y a la actuación, pero no es el único de la familia en el cine: su hermano Étienne Becker es director de fotografía y Louis Becker se dedica a la producción.

En esta entrevista relata diversos detalles de la filmación de Mis tardes con Margueritte y confiesa un anhelo profundo: que el espectador experimente un cambio después de haber visto la película (eso que quizá es el objetivo último de todo arte).

[ Gerardo Moncada ]

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