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Ensayos, de Michel de Montaigne (libro primero)

Humanista francés, uno de los principales pensadores del Renacimiento, creador del ensayo como género literario. Publicó en 1580 el primer volumen de esta obra.

”En este libro, quiero que se me vea en mi manera sencilla, natural y ordinaria, sin estudio ni artificio, porque sólo me pinto a mí mismo. Aquí se leerán a lo vivo mis defectos e imperfecciones y mi modo de ser, todo ello descrito con tanta sinceridad como el decoro público me lo ha permitido” (ensayo XXVII).

En el primer libro de los Ensayos encontramos 57 reflexiones eruditas desarrolladas con lucidez, amenidad y una pulida escritura; es una colección de exquisitas minucias que dan cuerpo al análisis del ser, del alma, de la propia condición y experiencia del autor, de las variaciones en las conductas y los valores éticos.

Michel Eyquem, señor de Montaigne, realiza una fina selección de ideas de todos los tiempos para conferirles renovado brillo y sentido bajo el tamiz del pensamiento renacentista.

Escojo al azar el primer argumento con que doy, porque todos los considero buenos por igual y nunca me propongo seguirlos enteros, ya que no veo el conjunto de nada. Entre las cien partes y caras de cada cosa, me atengo a una, ya para rozarla, ya para rascarla un tanto, ya para penetrarla hasta los huesos. No examino las cosas lo más amplia, sino lo más hondamente que yo sé; y con frecuencia suelo asirlas por algún aspecto inusitado… Varío cuando me place, entregándome a mis dudas e incertidumbres y a mi soberana maestra, que es la ignorancia… (ensayo L)

Con frecuencia, Montaigne evoca pasajes históricos que han generado polémica, y confiesa: “Siento una maravillosa debilidad por la misericordia y la mansedumbre. Tanto, que creo que preferiría la compasión a la estimación”.

A diferencia de quienes dictaminan cómo se debe proceder en determinada circunstancia, Montaigne examina la amplia gama de las conductas humanas y la diversidad de juicios posibles, con el propósito de que el lector elija el que le parezca mejor, o prefiera la duda como estímulo de una búsqueda más profunda. No persigue fines didácticos: “Aquí están mis humores y opiniones; los doy como creencia mía y no como cosa que se deba creer”. Con modestia, se considera lejos de los grandes maestros: “Mis conceptos y juicios sólo andan a tientas, titubeando, tropezando y tambaleándose”.

A lo largo de sus ensayos, Montaigne nos muestra la enorme riqueza del pensamiento desarrollado por los autores griegos y romanos, y al mostrar su vigencia le da pleno sentido a la palabra “renacimiento”, sello de los siglos XVI y XVII. Si bien elogia de manera específica a Plutarco y Séneca, abundan las citas espléndidas de muchos otros como Horacio, Lucrecio, Cicerón, Virgilio, Tito Livio, Lucano, Tíbulo, Terencio, San Agustín e incluso de sus contemporáneos, como el poeta Torquato Tasso.

Los Ensayos de Montaigne son de tal versatilidad que van de la sabia disertación a la divagación lúcida y exquisita. Aunque destaca el sentido de la concisión verbal y el enfoque de los temas a tratar, nos deslumbra su capacidad para asociar hechos e ideas. Sus meditaciones van de lo más elevado a lo más terrenal; lo mismo abordan aspectos éticos o espirituales que lo más básico del cuerpo: “¡Cuántas veces nuestro vientre, por negarle un solo pedo, nos pone al borde de un angustiosísimo fallecimiento!”

También cuestiona su presente. En el mercantilismo rapaz ve la destrucción de valores éticos. Bajo el frenesí comercial, “no ya la ejecución sino hasta la imaginación de la virtud es irrealizable”. Por ello insiste en conservar la devoción, la humildad, la paz y las demás clases de virtud.

Las cavilaciones de Montaigne incluyen un frecuente examen acerca de lo que hace al escribir: “El modo de hablar que me gusta es un hablar sencillo y sincero, tanto verbalmente como escrito; un hablar sabroso y nervioso, corto y apretado, vehemente y brusco”. Sin embargo, su prosa es tersa, elegante, fluida, amena e ilustrada, pero sin pedantería.

ACTITUDES PERSONALES

Bajo la óptica renacentista, Montaigne reflexiona acerca de las virtudes y las debilidades, como el valor, la cobardía, el engreimiento, las pasiones, la entereza, los apegos, la soledad, la prudencia, la pedantería, la templanza, la moderación, la frugalidad.

La constancia debe aplicarse principalmente a soportar con ánimo los inconvenientes irremediables… (Ensayo XII)

El autor señala que las pasiones suelen penetrar hasta el asiento de la razón, la infectan y la corrompen. Y recuerda que los estoicos no pretendían ser inmunes a las fantasías, visiones y pasiones que nos conducen al estrépito o al desastre. Lo que buscaban era que su juicio se mantuviera sano y entero, y que su discurso no fuera afectado ni mostrara el espanto y sufrimiento. “Si bien el sabio no está exento de conturbaciones, las modera”.

Como las otras virtudes, el valor tiene sus límites y el franquearlos hace incurrir en vicio y caer en temeridad, obstinación y locura… (Ensayo XIV)

Propone no confundir el valor con la altanería y el bárbaro autoritarismo; de igual manera, identificar las motivaciones detrás de los actos de cobardía.

Es justo hacer gran diferencia entre las faltas debidas a nuestra flaqueza y las motivadas por nuestra malicia… (Ensayo XV)

Acerca de los temores que nos asedian, sugiere mantener la entereza.

Quienes aconsejan a los príncipes desconfianza y vigilancia, les aconsejan su afrenta y su ruina, porque nada noble se hace sin exponerse. El temor y las sospechas atraen las ofensas… En la incertidumbre y perplejidad que nos acarrea la incapacidad de ver y elegir lo mejor, por las dificultades propias de cada circunstancia y accidente, opino que, cuando otra consideración no nos conviene más, hemos de inclinarnos al partido que más se ajuste a la honradez y la justicia…

La prudencia humana es tan vana y frívola que a través de todos nuestros proyectos, consejos y precauciones la fortuna se mantiene como dueña de los acontecimientos… Cuando las previsiones que cabe tomar están llenas de incertidumbre e inquietud, mejor es prepararse con magnánima seguridad a cuanto pueda ocurrir… (Ensayo XXIII)

Montaigne elogia el desarrollo de la virtud como fundamento de todo y repudia la pedantería ilustrada: sabemos citar a grandes pensadores, “pero, ¿qué decimos nosotros? ¿Qué juzgamos? ¿Qué hacemos? Lo otro podría exponerlo un loro”, advierte.

Habría que inquirir quién es mejor sabio y no quién es más sabio. Sólo nos esforzamos en llenar la memoria, dejando vacíos el entendimiento y la conciencia. Así como los pájaros van a veces en busca de granos que no comen, sino que los llevan en el pico a sus crías, así los pedantes recogen ciencia en los libros y, en vez de digerirla, llévanla en los labios para lanzarla al viento…

No hay que adscribir el alma al saber, sino incorporar el saber al alma… El saber es como una espada peligrosa, que estorba y ofende a su dueño si está en manos débiles… Toda ciencia es dañosa a quien no tiene bondad… (Ensayo XXIV)

Por otro lado, el engreimiento y la soberbia enturbian el entendimiento.

Cuanto más vacía y sin contrapeso está el alma, más fácilmente se inclina bajo la carga de la primera persuasión… Por otra parte, es necia presunción desdeñar y condenar por falso cuanto nos parece inverosímil, vicio ordinario de quienes piensan tener un entendimiento superior al común…

Aquellas cosas poco verosímiles, atestiguadas por personas fidedignas, ya que no las creemos, hemos de dejar nuestro juicio en suspenso, pues condenarlas por imposibles es tener la temeraria presunción de que sabemos hasta dónde llega la posibilidad, sin distinguir la diferencia que hay entre lo imposible y lo inusitado… (Ensayo XXVI)

Por ello sugiere actuar con moderación, inclusive en la virtud y en el conocimiento.

Podemos afincarnos en la virtud de tal modo que se torne viciosa, si la abrazamos de modo ávido y violento… La inmoderación, incluso en el bien, si no me ofende, me desconcierta…

La filosofía, tomada con moderación, es conveniente y agradable, mientras exagerar la filosofía hace al hombre salvaje y vicioso, desdeñador de las religiones y leyes comunes, adversario de la conversación civil, enemigo de las voluptuosidades humanas, incapaz de toda administración política, e inútil para socorrer a otros o socorrerse a sí mismo… (ensayo XXIX)

En ese sentido, elogia la frugalidad como forma de vida. Recuerda personajes antiguos que, pese al poder y la jerarquía que obtuvieron, siempre se orientaron a una vida moderada. Son los casos de Catón el Viejo, el general Atilio Régulo, Escipión Emiliano, Tiberio Graco y Zenón, entre otros.

Las fortunas nacen más del orden que de los ingresos… A mi juicio todo hombre opulento es avaro… La pobreza no es mala sino cuando nos lanza en brazos del hambre, la sed, el frío y las vejaciones que nos hace sufrir… Yo vivo al día y me contento con tener lo preciso para atender a las necesidades presentes y ordinarias, pues que las extraordinarias no sabrían cubrirlas todas las previsiones del mundo… (ensayo XL)

Al abordar la soledad, analiza al ser y sus apegos.

Nuestro mal está en el alma y no puede evadirse de ella… Por eso hemos de recogernos en nuestra alma; que tal es la verdadera soledad y la que cabe gozar incluso en medio de las ciudades, si bien en el aislamiento se goza mejor. Mas, si resolvemos vivir solos y sin compañía, hagamos que nuestro contento dependa de nosotros mismos… cuidando evitar atarearnos y ocuparnos más que lo preciso para mantenernos, y rechazando los inconvenientes que produce una ociosidad laxa y embotada… Tíbulo decía: “Sé en la soledad tu propio mundo”… (ensayo XXXVIII)

Montaigne sugiere disfrutar todo lo externo a nosotros mismos (incluida la pareja, los hijos y los bienes), pero sin convertirlo en nuestro principal fundamento, sin aficionarnos tanto a ello que la felicidad sólo de ello dependa. Esto incluye a los placeres que, “en su mayor parte, nos halagan y besan para estrangularnos”.

Se dijo a Sócrates que cierta persona no se había enmendado en un viaje que hiciera. “Lo creo –repuso el filósofo-. ¿Acaso no se había llevado a sí mismo consigo?”… Si primero no se descarga el alma del peso que la oprime, el traslado no hará más que empeorar las molestias. No basta alejarse de las gentes ni cambiar de lugar, sino que hay que quitarse las condiciones vulgares que tenemos en nosotros, para encontrarnos de nuevo… (ensayo XXXVIII)

Nuestro juicio revela nuestra idea del mundo y de la vida, la condición de nuestro espíritu. Y no engañaremos a los demás con un sólido discurso, pues “todo impulso nos descubre”.

Las cosas, de por sí, pueden tener su peso, medida y condición, pero el alma las forma a su albedrío. La muerte, espantosa para Cicerón, es deseable para Catón e indiferente para Sócrates…

No creo que haya en nosotros tanta desgracia como vanidad, ni tanta malicia como tontería. No estamos tan llenos de mal como de inanidad, ni somos tan miserables como viles… Nuestra condición es tan ridícula como risible… (ensayo L)

VANIDAD Y SOCIEDAD

De todas las fantasías del mundo la más admitida y universal es el cuidado de nuestra reputación y gloria, la cual de tal modo abrazamos que llegamos a abandonar las riquezas, el reposo, la salud, bienes efectivos y sustanciales, por seguir esa vana imagen y esa voz sin cuerpo… (ensayo XLI)

A este respecto, Montaigne cita un poema de su amigo Torquato Tasso:

“La fama, que cual dulce sueño embriaga
a los soberbios hombres, por lo hermosa,
eco y sueño es, sombra de sueño
que con todos los vientos se disipa”.

¡Cuán verdad es que estamos más sedientos de fama que de virtud!, afirmó Juvenal… Los blasones no ofrecen más garantía que los apellidos. Contentémonos con lo que somos; que ya es bastante si bien lo sabemos mantener… (ensayo XLVI).

Sin embargo, algunos prefieren dejarse arrastrar por la frivolidad.

Hay sutilezas vanas con las que los hombres buscan a veces gloria y alabanza… Maravilloso testimonio de la flaqueza de nuestro juicio es el que estimemos las cosas por su rareza y novedad, incluso por su dificultad, aunque no vayan unidas a ellas la utilidad y el valor… (ensayo LIV)

Montaigne delibera acerca de los afanes individuales por destacar y las condiciones que la organización colectiva impone al individuo. Esto se aprecia en prácticas tan básicas como el vestirse, que de necesidad elemental puede ser llevada al exceso.

Como quienes sustituyen con luz artificial la del día, así hemos extinguido nosotros nuestros propios medios para defendernos de las injurias de la intemperie a cambio de medios prestados. Fácil es ver que es sólo una costumbre, pues hay naciones que desconocen los vestidos y habitan aproximadamente bajo igual cielo que el nuestro, cuando no harto más inclemente… (ensayo XXXV)

Otro es el caso de los perfumes. Diversas culturas en distintas épocas han empleado aromas seductores para espolear la percepción.

El uso de inciensos en las iglesias tiende a estimular, alegrar y purificar nuestros sentidos, tornándonos más propicios a la contemplación… (ensayo LV)

Incluso se emplean “drogas odoríferas” en la preparación de algunos platillos. Montaigne refiere que en la visita del gobernador de Túnez al emperador Carlos, el cocinero tunecino preparó pavo y faisanes, y cuando aquellas aves fueron trinchadas “no sólo el comedor sino todo el palacio y las calles cercanas quedaron llenas de una suavísima emanación que tardó largo tiempo en desvanecerse”.

En el arreglo personal, “nadie está más interesado en los aromas que las mujeres. Las escitas, después de lavarse, se salpimentan y cubren todo el cuerpo con cierta droga odorífera que nace en su país, y luego se quitan esa capa y así llegan a los hombres pulidas y perfumadas”.

Así son las costumbres, esas reglas asimiladas por los grupos sociales.

Las leyes de la conciencia que decimos nacer de la naturaleza, nacen de la costumbre. Cada uno tiene en interna veneración las opiniones y costumbres aprobadas y aceptadas en torno suyo, y no puede desprenderse de ellas sin remordimiento ni ejecutarlas sin aplauso… Por ello, cuanto rebasa los linderos de la costumbre se juzga que rebasa los linderos de la razón…

Violenta y traidora maestra es la costumbre. Poco a poco y a hurtadillas establece su autoridad sobre nosotros y cuando, con dulces y humildes principios, y con ayuda del tiempo, la asegura y planta, pronto nos descubre un rostro furioso y tiránico… La costumbre nos priva de percibir la singularidad de lo que hacemos… El hábito adormece nuestro juicio… (ensayo XXII)

Ese excesivo apego a las costumbres nos impide valorar otras culturas.

Hay países donde el Sol, la Luna y la Tierra son las principales deidades; donde se jura tocando la tierra y mirando al sol… donde se tiene la rara e increíble opinión de la mortalidad de las almas… (ensayo XXII)

Montaigne se mofa de las reglas ceremoniosas en las cortes, algunas de las cuales han sido trasladadas a los hogares.

Por mi parte olvido a menudo esas vanas usanzas, lo mismo que suprimo en mi casa cuantas ceremonias puedo. Si alguien se ofende, ¿qué le voy a hacer? Mejor es ofenderle por una vez que no haber de vivir yo a diario en sujeción continua… (ensayo XIII)

Se ha visto que al conferir a un grupo privilegiado la exclusividad de elementos suntuarios sólo se despierta en el pueblo el deseo de usarlos. Muy diferente sería si los jerarcas engendraran en la gente el desprecio a tales artículos, por ser cosas hueras e inútiles.

Si empezaran los reyes a moderar sus gastos, en un mes los seguiríamos. Y una ley al respecto debiera decir que lo suntuario está prohibido a todos menos a los seres ruines y a las cortesanas… (ensayo XLIII)

Montaigne cuestiona la frivolidad con que se adoptan nuevas modas, aunque reconoce que el criterio humano suele contradecirse en lapsos de quince o veinte años; en contraste, señala antiguas costumbres que han prevalecido.

En el imperio romano, entre comida y comida tomaban colaciones. En verano había vendedores de nieve para refrescar el vino, y tampoco faltaban quienes en invierno echaban también nieve al vino, no hallándolo bastante frío. Los magnates tenían coperos y trinchadores, así como bufones para divertirles. En invierno las vituallas se conducían a la mesa en hornillos; y había, como yo lo he visto, cocinas portátiles, donde se llevaba todo el servicio… (ensayo XLIX)

El problema de la desigualdad inquieta a Montaigne.

Dice Plutarco que no encuentra tanta distancia de bestia a bestia como de hombre a hombre… Yo añadiría que hay más distancia de tal a tal hombre que de hombre a bestia… (ensayo XLII)

Montaigne cuestiona los prejuicios que imperan entre los humanos y la tendencia a juzgarnos por lo superficial.

No alabamos a un caballo por sus arneses, sino por su vigor y destreza. En el ave de cetrería son sus alas, no sus sonajas y cintas: ¿por qué, pues, no estimamos al hombre por lo que es suyo? Un gran séquito, un buen palacio, el prestigio y las rentas no son suyos, sino cosas que le rodean…

Si consideramos a un labriego y un rey, a un noble y un villano, a un magistrado y un particular, a un rico y un pobre, se presenta ante nuestros ojos una disparidad extrema, cuando de unos a otros no hay más diferencia que las calzas que llevan… (ensayo XLII)

Es el cultivo del alma lo que nos hace diferentes.

Nada es más empachoso que la abundancia… Los bienes de la fortuna, sean los que fueren, exigen un sentimiento capaz de saborearlos. Es gozarlos, y no poseerlos, lo que nos hace felices… (ensayo XLII)

MUERTE Y TRASCENDENCIA

Montaigne refiere que ante la muerte algunos adoptan una peculiar solemnidad, como el ateniense Demades que condenó a un comerciante de su ciudad por vender las cosas necesarias para los entierros, porque se beneficiaba con los fallecimientos. “Este juicio parece erróneo, porque no hay provecho que no redunde en daño ajeno; y a esa cuenta habrías que abolir todas las ganancias”. Además, “la naturaleza no se desdice en nada de su sistema general, ya que el nacimiento, nutrición y aumento de todas las cosas implica la alteración y corrupción de otras” (ensayo XXI).

Dice una antigua sentencia griega que a los hombres les atormenta la opinión que tienen de las cosas más que las cosas mismas… (ensayo XL)

En este caso, aunque mucha gente la asocia con el dolor y la aflicción, “la muerte sólo se siente mediante el discurso, porque es cosa de un instante”. Bien decía Ovidio: “Menos penas hay en la muerte que en esperarla”.

Fácil es ver que lo que agudiza en nosotros el dolor y la voluptuosidad es nuestro espíritu… Los dolores no ocupan más lugar que el que les hacemos… (ensayo XL)

Por ello, Montaigne sugiere mirar con optimismo hacia adelante y seguir abrevando en el infinito caudal del conocimiento, la meditación y la ponderación de los hechos, ya que esto amplía nuestra visión a futuro, incluso al identificar que “ciertas cosas muertas mantienen ocultas relaciones con la vida”.

Hay quienes censuran a los hombres el perseguir en demasía las cosas futuras y les exhortan a atenerse a los bienes presentes. Quienes así opinan dan en el más común de los humanos errores ya que la misma naturaleza nos encamina para servir a la continuación de nuestra obra; además, graban en nosotros una imaginación falsa, más ganosa de nuestra acción que de nuestro conocimiento… Nunca vivimos en nosotros mismos, sino siempre más allá. El temor, el deseo y la esperanza nos llevan hacia el porvenir y nos quitan el asentimiento y la consideración de lo que es, para hacernos gozar en lo que será, incluso cuando ya no existamos nosotros… (ensayo III)

En contraste, hay quienes mueren en vida. “Ora es el cuerpo el primero en rendirse a la vejez, ora el alma. He visto a muchos a quienes se les debilita el cerebro antes que las piernas y el estómago”.

Si llamamos natural a lo que es general, universal y común, morir de vejez constituye muerte excepcional, singular y extraordinaria y mucho menos natural que las otras… (ensayo LVII)

Por supuesto, hay casos en se renuncia a la existencia.

Las antiguas opiniones concuerdan en que es afortunado morir cuando en ello hay más bien que en vivir, y conservar la vida a costa de incomodidad y tormento es contrariar las mismas reglas de la naturaleza… (ensayo XXXII)

Pero, en general, la gente se resiste a la cercanía de la muerte; “no hay hombre que no crea tener otros veinte años en el cuerpo”. Sin embargo, el fin llega de una u otra forma: “Esquilo, que viéndose amenazado por el derrumbamiento de una casa andaba muy alerta, pereció por el golpe de una tortuga caída de las garras de un águila”.

Uno de los principales beneficios de la virtud es el desprecio de la muerte, lo que llena nuestra vida de una dulce tranquilidad y nos da ese gusto más puro y amable sin el que cualquier otra voluptuosidad no existe… (ensayo XIX)

Por ello es fundamental el aprender a bien morir.

Pues es incierto el lugar en que la muerte nos aguarda, esperémosla por doquier. Meditar en la muerte por adelantado es meditar por adelantado en la libertad, y quien aprende a morir ha desaprendido a servir…

Quien enseñe a los hombres a morir, les enseñará también a vivir…

La naturaleza nos fuerza diciendo: “Vuestra muerte es una las piezas del orden del universo; una pieza de la vida del mundo… La utilidad de vivir no consiste en el espacio, sino en el uso de la vida, y hay quien vive largo tiempo y ha vivido poco”… (ensayo XIX)

Solón y otros sabios han planteado que lo determinante en la vida es el postrer momento.

Por la incertidumbre y versatilidad de las cosas humanas, la felicidad de la vida, que depende de la tranquilidad y contento de un espíritu ecuánime y de la resolución y seguridad de un alma bien ordenada, no debe atribuirse al hombre hasta que se le vea desempeñar el último y más difícil acto de su comedia… (ensayo XVIII)

Algunos dejan para ese último momento lo que no se atreven a resolver en vida ya sean confesiones, arreglos, reposiciones y hasta venganzas.

He visto a varios contemporáneos que resuelven, en su testamento, satisfacer lo que deben después de morir. Pero no hacen justicia poniendo plazo a cosa tan urgente y queriendo enderezar un entuerto sin sufrirlo a sus expensas… Y aún obran peor quienes disponen contra el prójimo en su última voluntad alguna odiosa declaración que han callado durante su vida… Yo me guardaré, si puedo, de decir a la hora de mi muerte cosa que en vida no haya dicho ya y con franqueza… (ensayo VII)

LOS ESTADOS DE ÁNIMO

Montaigne desprecia la tristeza, que para los italianos era una condición nociva y loca; una cosa cobarde y baja, a decir de los estoicos. Aunque reconoce que la sobrecarga de aflicción pasma, como a Niobe que se transformó en piedra tras la muerte de sus hijos.

Esa lúgubre, muda y sorda estupefacción que nos abruma cuando sufrimos dolores excesivos. En verdad, si una angustia es extrema, anonada el alma y le impide su libertad de acción… (ensayo II)

Pero el talante triste no va con Montaigne: “Tengo la piel naturalmente dura y el razonamiento me la fortalece y hace más gruesa de día en día”.

Muy distinto es el miedo. Invade a toda clase de individuos, sean civiles o soldados; unas veces les paraliza; otras, les hace huir, y hasta les impele a un arrojo desmedido. Incluso algunas personas prefieren el suicidio y así “nos demuestran que el miedo es aún más insoportable que la muerte”.

No sé por qué resortes obra el miedo en nosotros; es singular pasión, la que más trastorna nuestro juicio, según los médicos. En efecto, he visto personas enloquecidas de miedo… (ensayo XVII)

Bien decía Quinto Curcio que “el pavor, hasta de lo que puede auxiliarnos se espanta”.

La cosa de que tengo más miedo es el miedo, porque supera en poder a todo lo demás… (ensayo XVII)

Es parte de nuestra naturaleza, compleja y contradictoria. “Sujeto maravillosamente vano, variable y fluctuante es el hombre, a quien cuesta trabajo formar juicio uniforme y constante”.

Así como se afirma que en nuestro cuerpo hay diversos humores, y uno de ellos es predominante según cada individual complexión, así en nuestras almas, combatidas por pasiones diferentes, debe de haber una que se sobreponga a las demás. Empero, su ventaja no es tan entera que, dada la volubilidad y flexibilidad de nuestra alma, no quepa que otras pasiones más débiles logren en ocasiones imperar por corto rato… (ensayo XXXVII)

DESVARÍOS EMOCIONALES

Dice Montaigne que la insatisfacción es inherente a nuestra naturaleza, por eso nunca terminará la disputa entre filósofos a propósito del modo de encontrar el soberano bien del hombre. Y es que “nuestro apetito es irresoluto e incierto, no sabiendo tener ni gozar nada convenientemente”.

Lo que viene a nuestro conocimiento y goce, sea lo que fuere, notamos que no nos satisface, y andamos anhelosos detrás de cosas venideras y desconocidas, sin que las presentes nos sacien. Y a mi juicio no es que no posean con qué saciarnos, sino que las tomamos de manera torpe y desarreglada… (ensayo LIII)

A la insatisfacción la acompañan las ansiedades. Por ello, cuando no es posible tener el bien anhelado, se inventa otro.

Dice Plutarco que la parte amorosa que hay en nuestra alma, a falta de legítimo prendamiento, se forja uno falso y frívolo por no hallarse vacía… Me parece que el alma excitada y conmovida se extravía en sí misma si no se le da a qué aferrarse, y por ello es menester proporcionarle objeto a que se prenda y por el que obre… (ensayo IV)

Ante la frustración, se busca causas y responsables ajenos a nuestra persona, incluidos Dios o la fortuna, “como si éstos tuviesen los oídos atentos a nuestras arrogancias”.

Nunca se vituperará lo suficiente el trastorno de nuestro espíritu… (ensayo IV)

Otra actividad inherente a la naturaleza humana es el dormir, tan necesario que nuestra vida depende de ello, según los médicos. “Sabido es que al rey Perseo de Macedonia, prisionero en Roma, se le quitó la vida impidiéndole dormir”.

Sin embargo, también es un recurso ante una ansiedad extrema. Montaigne revisa casos de personajes célebres que durmieron a pierna suelta bajo circunstancias insólitas, como haber tomado la resolución de suicidarse al día siguiente, o estar en la víspera de una batalla trascendental. Y no faltó quien cayera en sueño profundo en el curso mismo de la batalla.

DE LA REFLEXIÓN… A LA EXPRESIÓN

La exploración de Montaigne acerca de los individuos y su entorno, colocados en el cruce de caminos entre historia y cultura, adquiere un tono notable cuando el autor recapacita sobre el hecho mismo de reflexionar y escribir.

En estos Ensayos empleo el juicio en toda clase de ocasiones. Si trato de cosa que no entiendo, con más razón ensayo el juicio, sondeando el vado a prudente distancia, de modo que, si lo encuentro demasiado hondo para mi estatura, me quedo en la orilla… (ensayo L)

Enfocarse es un requisito. “Lo mismo que las tierras no cultivadas, los espíritus, si no son sometidos a cierto freno que los embride y constriña, se lanzan desgobernados, aquí y acullá, por el vago campo de las fantasías”.

En la ociosidad esperaba que mi espíritu se haría más firme y maduro. Mas hallé que caballo que escapa dase cien veces más carrera que sirviendo a otros. En efecto, tantas quimeras y fantásticos monstruos engendró mi ánimo, sin orden ni concierto… (ensayo VIII)

Reconocer los propios límites es fundamental. “Para aprender algo con el trato ajeno (que es una de las mejores escuelas), siempre sigo la costumbre de hablar con mis interlocutores de las cosas que mejor saben”.

Y admitir que se desconoce más de lo que se sabe: “Hay una ignorancia abecedaria que precede a la ciencia, y otra doctoral, que la sigue. La ciencia hace y engendra esta ignorancia, como destruye y deshace la primera” (ensayo LIV).

Por eso, Montaigne descree de quienes invaden ámbitos de conocimiento que les resultan ajenos: “Arquidamo reprochó a Periandro haber dejado la gloria de ser buen médico para alcanzar la de mal poeta”.

Respecto a la consulta de fuentes escritas, combina método con criterio.

Cuando leo historias suelo considerar quiénes son sus autores… Y si son cortesanos, les creo sobre todo en lo que nos cuentan de las costumbres y ceremonias; si son hombres de guerra, reparo en lo que les incumbe, principalmente en las hazañas donde estuvieron presentes; si embajadores, en las diligencias, inteligencias, gestiones y manera de conducirlas… (ensayo XVI)

Montaigne retoma a Cicerón para plantear que en la escritura lo fundamental son los hechos que la respaldan y la trascendencia de los mismos.

No obraría bien quien alabase a un rey tratándole de buen pintor. Tales encomios no honran a menos que se presenten después de los apropiados, esto es, la justicia y la ciencia de conducir al pueblo… He visto en mis tiempos personas que, habiendo adquirido títulos y vocación, desmentían su aprendizaje, corrompían su pluma y mostraban vulgar ignorancia… (ensayo XXXIX)

Otro aspecto relevante de lo escrito es la sabiduría que ofrece.

No importa tanto cuidar las palabras como expresar el sentido… y que las palabras estén llenas de sabiduría [de filosofía] y con un discurso que se impone, no por elocuente, mas sí por discreto, enseñando a obrar bien y no a hablar bien… (ensayo XXXIX)

Y siempre queda un margen para teorizar. “Dice Platón que razonamos arriesgada y temerariamente porque, como nosotros mismos, nuestros discursos participan en gran modo de las temeridades del azar” (ensayo XLVII).

Pero alerta sobre los riesgos de caer en un discurso retórico y vacuo.

Un retórico de antaño decía que su oficio consistía “en hacer parecer grandes las cosas pequeñas”. En Esparta le hubieran azotado por profesar arte tan falso… Los retóricos no sólo quieren engañar a nuestros ojos, sino a nuestro juicio, pretendiendo bastardear y corromper la esencia de las cosas… Aristón definía la retórica como “arte de embaucar y lisonjear”… (ensayo LI)

Y respecto a sus Ensayos, Montaigne señala:

Las historias que aquí cito las cargo a la conciencia de quienes las contaron. Los discursos, en cambio, son míos y se apoyan en la prueba de la razón… Los testimonios fabulosos, si son verosímiles, valen tanto como los verdaderos. Haya ocurrido o no la cosa, pasase en Roma o París, le aviniese a Juan o a Pedro, siempre será una muestra de las capacidades humanas. Veo el caso y lo aprovecho, y de los diversos datos que nos dan las historias tomo los más raros y memorables… (ensayo XX)

JUICIO, MENTIRA, IMAGINACIÓN

Es evidente que Montaigne era un notable memorioso, pero prefería ser considerado una persona con entendimiento, porque “la experiencia muestra que las excelentes memorias suelen unirse a flacos juicios”. Y a falta de buen juicio es posible caer en engaños.

Los gramáticos hacen diferencia entre mentira y mentir, afirmando que decir mentira es decir cosa falsa que se cree verdadera mientras mentir es ir contra la conciencia, pues quienes mienten disfrazan y alteran un fondo verdadero, o lo inventan… El embuste, al revés de la verdad, tiene cien mil figuras y un campo indefinido. Por eso los pitagóricos califican el bien de cierto y definido, y el mal de infinito e incierto… (ensayo IX)

Montaigne distingue entre mentira y fabulación.

Nada se cree con más firmeza que aquello de lo que menos se sabe, ni hay gentes tan seguras como las que nos cuentan fábulas… El auténtico campo y tema de la impostura son las cosas desconocidas, en primer lugar porque su misma rareza les da crédito, y en segundo porque, no estando sometidas a nuestros discursos ordinarios, nos quitan la manera de combatirlas… (ensayo XXXI)

Aunque, a veces, la fuerza de la imaginación trastorna el juicio.

Es verosímil que el crédito principal de las visiones, encantos y otras cosas extraordinarias haya de atribuirse a la potencia de la imaginación. La prueba es que obra más sobre las ánimas más blandas y que de tal modo se les imbuye la creencia de esos hechos que acaban imaginando que los ven. Me inclino a pensar que semejantes fantasías, que tanto estorban a nuestro mundo, son efectos de la aprensión y el temor… (ensayo XX)

Incluso personas con sólido juicio son afectadas por su imaginación.

Nada extraño encuentro en que la imaginación dé fiebres y aun la muerte a quienes la dejan hacer… Galo Vibio concentró tanto su alma en la tarea de comprender la esencia y actividades de la locura, que él mismo perdió el juicio al punto de no poderlo recobrar; y así se podía jactar de haber enloquecido en fuerza de cordura… (ensayo XX)

Pese a ello, la imaginación también permite vislumbrar el porvenir. El propio Montaigne imagina cosas que con el tiempo se volverían de uso común. Por ejemplo, dice que en las ciudades sería conveniente crear un registro para que los habitantes conocieran lo que cada cual necesita u ofrece y así dinamizar los intercambios.

SOBRE LA BATALLA

Como pensador de su tiempo, Montaigne no puede ser indiferente al tema de la guerra. Señala que en las batallas cada situación posee peculiaridades específicas que deberán ser ponderadas al instante, pues no hay fórmulas infalibles. Prueba de ello es que grandes personajes perdieron la guerra o la vida por no llevar su victoria hasta las últimas consecuencias; en tanto otros, intentando avanzar hasta el final, perdieron lo que ya habían ganado.

Mientras el enemigo esté en pie puede volver a comenzar. No hay victoria en tanto que no se establezca el fin de la guerra… Pero también cabe decir todo lo contrario. Pues hay espíritus insaciables que no saben poner fin a su codicia… (ensayo XLVII)

A unos ha convenido llevar la guerra fuera de su país, a otros ha resultado provechoso lo contrario; y los hay que han decidido ambas cosas: dejar a su nación en lucha mientras cruzan la frontera con su ejército. Es el resultado lo que da la razón a unos y recrimina a otros.

Bien decimos que los hechos y desenlaces dependen de la fortuna más que de cualquier otra cosa. Y la fortuna no acepta someterse a nuestro discurso o prudencia… (ensayo XLVII)

Asimismo, en el afán de presumir el triunfo han ocurrido casos deshonrosos, como ciudades que sufrieron saqueo luego de negociar una capitulación pacífica, o que fueron atacadas e invadidas mientras pactaban la rendición y el vencedor disfrazó la treta como victoria en batalla.

Dijo Alejandro el Grande: “No seré yo quien busque victorias robadas. Prefiero arrepentirme de la fortuna que ruborizarme de la victoria”… (ensayo VI)

Las artimañas son cada vez más usuales. Lejos ha quedado la virtud de ganar con buena fe y entera dignidad, como elogiaban los historiadores romanos.

Nosotros, menos escrupulosos, creemos que el honor de la guerra está en el provecho que de ella se saca… (ensayo V)

De ahí la desconfianza en tratos y pactos, pues abundan los ejemplos de traiciones y falsas promesas.

Nuestros usos se han alejado por entero de aquellas reglas y nadie debe fiar en los demás mientras las postreras obligaciones no se hayan sellado, y aun así es arriesgado fiarse… (ensayo VI)

Entre los recursos para la batalla destacaban los caballos. De ahí que en los territorios recién conquistados, los romanos solían decomisarlos, para refrenar cualquier rebelión.

Los mamelucos se jactan de tener los mejores caballos de guerra del mundo, que por naturaleza y costumbre saben distinguir al enemigo, sobre el que muy luego cargan con remos y dientes, según la voz o signo que se les haga, así como recogen con la boca las lanzas y dardos caídos, para ofrecerlos a sus jinetes… (ensayo XLVIII)

Montaigne sugiere evaluar una de las mayores sanciones en la guerra: la cobardía.

Es justo hacer gran diferencia entre las faltas debidas a nuestra flaqueza y las motivadas por nuestra malicia, porque en las últimas nos volvemos a sabiendas contra las reglas de la razón que la naturaleza nos ha impuesto, mientras que en las primeras podemos atribuir a la naturaleza misma el habernos dejado en tal debilidad e imperfección… (ensayo XV)

Con sutil humor, Montaigne refiere el asedio del emperador Conrado III a Güelfo, duque de Baviera. Se ofreció inmunidad a las damas nobles, quienes podrían abandonar el cerco pero deberían hacerlo a pie, sin otra cosa que lo pudieran llevar sobre ellas. Las mujeres acordaron cargar sobre sus hombros a sus maridos, hijos y hasta al duque. Esto conmovió al emperador.

Desdeñar lágrimas y llantos y conmoverse ante la santa imagen de la virtud, es propio de un alma fuerte e inflexible, poseedora, en materia de obras y honor, de un vigor varonil y tenaz… (ensayo I)

Se sabe que el combate exige arrojo, pero existe el riesgo de caer en el furor.

Como las otras virtudes, el valor tiene sus límites; franquearlos hace incurrir en vicio y caer en temeridad, obstinación y locura…

Hay quien tiene tan alta opinión de sí mismo y de sus recursos que, no pareciéndole razonable que nadie le afronte, pasa a cuchillo a cuantos le hacen resistencia como una forma de intimación y desafío, pero sólo revela fiereza, altanería y bárbaro autoritarismo… (ensayo XIV)

CIVILIZACIÓN Y BARBARIE

En el siglo XVI los europeos remontaron sus límites mentales y geográficos. Ante la incógnita que les provocaron las nuevas tierras y las costumbres de sus habitantes, Montaigne hizo un llamado a la razón advirtiendo: “los bárbaros somos nosotros”.

No tenemos otra medida de la verdad y la razón sino las opiniones y costumbres del país en que vivimos y donde siempre creemos que existe la religión perfecta, la política perfecta y el perfecto y cumplido manejo de todas las cosas… (ensayo XXX)

A propósito del horror que causó a los conquistadores muestras de canibalismo con motivo de las guerras entre comunidades prehispánicas, señala:

A mí me enoja el que juzgando tan bien las ajenas faltas, seamos tan ciegos a las nuestras. Hallo más barbarie en comer a un hombre vivo que en comerlo muerto. Y nosotros sabemos, no sólo por haberlo leído sino visto hace poco (y no entre enemigos antiguos, sino entre vecinos y conciudadanos y so pretexto, para colmo, de piedad y religión), que aquí se ha estado desgarrando a veces, con muchas torturas, un cuerpo lleno de vida, asándolo a fuego lento y entregándolo a los mordiscos y desgarros de canes y puercos. Esto es más bárbaro que asar y comer a un hombre ya difunto… Podemos, pues, llamar bárbaros a aquellos pueblos respecto a la razón, pero no respecto a nosotros, que los superamos en toda suerte de barbarie… (ensayo XXX)

De ahí el llamado a adoptar el modelo humanista por encima del mercantilista.

Ya no se reconocen acciones virtuosas, y las que lo parecen no lo son en esencia, pues lo que nos incitan a producirlas son el provecho, la gloria, el temor y otras causas a ella extrañas… La virtud no es tal si no se practica por sí misma… (ensayo XXXVI)

Y propone conformar una sociedad renacentista que acepte la diversidad.

No incurro yo en el error común de juzgar al prójimo por lo que soy… Al revés de lo corriente, antes acepto entre nosotros la diferencia que la semejanza. Eximo a los demás de mis condiciones y principios, y les considero simplemente en sí mismos, sin otra relación y según su propio modelo… (ensayo XXXVI)

AUGURIOS Y FORTUNA

Acerca de las profecías, Cicerón decía: “Nada se gana sabiendo lo que necesariamente debe ocurrir, porque es congojoso torturarse en vano”.

Aunque quedan entre nosotros algunos medios de adivinación por los astros, espíritus, figuras, sueños y demás, lo que da notable ejemplo de la inquieta curiosidad de nuestra naturaleza que se preocupa de las cosas futuras como si no le bastara comprender las presentes… Yo preferiría arreglar mis asuntos por una tirada de dados que por semejantes fantasías… (ensayo XI)

Ya Horacio advertía: “Cubren los dioses prudentes con densa noche los sucesos del porvenir, y se burlan del mortal que lleva sus inquietudes más allá de lo que debe. No se preocupa del porvenir el ánimo contento del presente”.

Montaigne descalifica a los adivinos, porque “nadie lleva cuenta de sus yerros, que son ordinarios e infinitos; en cambio, hace valer sus adivinaciones como prodigiosas e increíbles”.

En realidad, poco puede hacerse contra la veleidosa fortuna.

La inconstancia y diversidad de la fortuna hacen que nos presente diversos rostros… En ocasiones parece que la suerte se burla adrede de nosotros. En otras, parece obrar como un artista. A veces, le place a la fortuna hacer milagros. Otras veces corrige y mejora nuestras decisiones, confirmando el verso griego que dice: “Mejor juicio que el nuestro tiene el azar”… (ensayo XXXIII)

DIOS

Montaigne repudia el empleo pragmático de la fe.

Hallo mal eso que se ve al presente: tratar de afirmar y apoyar nuestra religión por el éxito de nuestras empresas… (ensayo XXXI)

Advierte que las decisiones divinas están por encima de la soberbia humana.

Dios procura enseñarnos que los buenos tienen más que esperar y los malos más que temer fuera de las fortunas e infortunios de este mundo, y por eso mueve y aplica las cosas según su disposición oculta, quitándonos el medio de tornar locamente la suerte en nuestro provecho… (ensayo XXXI)

En cuestiones religiosas, para Montaigne lo fundamental es la devoción profunda, sincera y congruente con los actos.

Un hombre que mezcla la devoción con una vida execrable me parece más condenable que quien, siguiendo su inclinación, es un acabado libertino… (ensayo LVI)

En su opinión, la pureza del alma es indispensable, o todo será una simulación.

El avaricioso ora por la vana y superflua conservación de sus tesoros; el ambicioso, por sus victorias y fortuna; el ladrón, por vencer las dificultades y azares que se oponen a la ejecución de sus malignas empresas, o por agradecer la ayuda que imagina haber recibido al degollar a un transeúnte. Hay malhechores que al pie de la casa que quieren asaltar elevan plegarias mientras su intención y esperanza rebosan crueldad, lujuria o avaricia… Una verdadera plegaria y una religiosa reconciliación con Dios no pueden partir de un alma impura… (ensayo LVI)

Como creyente cristiano, Montaigne intenta ser racional: “Dios es tan justo como bueno y poderoso, y por ello usa más a menudo de su justicia que de su poder, socorriéndonos según la razón de las cosas y no según nuestras peticiones”.

Y apoya la separación entre la fe y la vida pública: “He oído censuras a muchos escritos puramente humanistas y filosóficos, tachándoles de no tener teología. Más acertaría quien se quejara de lo contrario puesto que la doctrina divina se halla mejor en lugar separado”.

LA CRIANZA

Dice Montaigne: en la educación de los hijos la ciencia es indispensable, pero “más valen las buenas costumbres y el buen entendimiento”. Y recuerda las palabras de Epicarmo: El entendimiento es el que ve y oye, el que lo aprovecha todo, el que dispone todo, el que obra, domina y reina. “No hagamos, pues, al entendimiento servil y cobarde”.

No pida el profesor cuenta de las palabras de la lección, sino de su sentido y sustancia, y juzgue del provecho obtenido, no por el testimonio de la memoria del alumno sino por sus actos… Propóngale la diversidad de juicios y que el alumno elija, si puede, o quédese en duda si no…

Se le hará ser delicado en la elección de sus razonamientos, y harásele amar la pertinencia y por lo tanto la brevedad… Reluzcan la conciencia y la virtud del alumno en su hablar y sólo tengan la razón por guía… (ensayo XXV)

Y por supuesto, “nada es mejor que despertar apetito y afecto al estudio. Si no, sólo se hacen asnos cargados de libros”.

Montaigne propone abrir los ojos al vasto mundo.

El juicio humano gana una maravillosa claridad en la frecuentación del mundo, porque todos estamos como constreñidos y agazapados sobre nosotros mismos y no vemos más allá de nuestra nariz… Este vasto mundo es el espejo en que hemos de mirarnos para conocernos bien. Y ése quiero yo que sea el libro de mi escolar. Tantos humores, sectas, juicios, opiniones, leyes y costumbres nos enseñan a juzgar cuerdamente los nuestros y hacen que nuestro juicio reconozca su imperfección y su debilidad… (ensayo XXV)

Respecto a las lecturas, sugiere aquellas que instruyan acerca de la valentía, la templanza y la justicia.

No hay ciencia más alegre, regocijada y gallarda que la filosofía… El alma en que se aloja debe, con su propia salud, infundir salud al cuerpo, haciéndole mostrar, incluso en lo exterior, reposo y sosiego, dándole un talante activo y alegre… La filosofía será su lección principal como formadora de su juicio y costumbres… Y en sus actos se verá lo aprendido, si tiene prudencia en sus empresas; bondad y justicia en su comportamiento; juicio y gentileza en sus pláticas; vigor en sus dolencias; modestia en sus juegos; templanza en sus voluptuosidades; orden en su economía… (ensayo XXV)

LA AMISTAD

A partir de su cercanía con Esteban de La Boëtie, Montaigne establece:

El punto extremo de la perfección de una amistad consiste en que sea pura, porque las que forman la voluptuosidad, el provecho o la conveniencia pública o privada, son mucho menos generosas y bellas…

La amistad se nutre de comunicación… Los pensamientos, consejos y correcciones son uno de los primeros deberes de la amistad…

Lo que llamamos ordinariamente amistad no es más que un conocimiento y familiaridad establecidos por la ocasión o la conveniencia y merced a los cuales nuestras almas se comunican. En la amistad de que yo hablo, las almas se mezclan y confunden la una con la otra, de manera tan universal, que se borran y ya no hallan la juntura que las enlazó…

Estas cosas son inimaginables a quienes no las han probado… (ensayo XXVII)

UN RENACENTISTA

Hombre de su tiempo, Montaigne no niega ser un creyente católico y defensor del régimen monárquico. Como conservador, desprecia los cambios en las costumbres al tiempo que aboga por el respeto y la permanencia de las instituciones y las leyes.

Por ello, sus referencias al pueblo suelen ser negativas. “Cabe esperar cualquier cosa de ese monstruo que es la plebe agitada, pero no humanidad y dulzura” (ensayo XXIII). En su opinión, el vulgo es ignorante, por ello “conviene juzgar siempre según la voz de la razón y no según la voz común” (ensayo XXX), pues “entre la gente común reina la necedad” (ensayo LI).

Como aristócrata, no oculta su clasismo: “La turba estúpida, baja, servil, inestable, siempre flotando en la borrasca de las diversas pasiones” (ensayo XLII).

En cualquier caso, son alusiones aisladas y escasas. Destacan con mayor fuerza otras opiniones como su rechazo a los remanentes medievales que conferían credibilidad a hechizos, maleficios o pactos diabólicos, artes que a su entender manipulaban la capacidad de autosugestión de la gente.

Montaigne nos invita a la deliberación, al debate. Sus escritos son ante todo incitaciones lúcidas. Él mismo se consideraba en una región intermedia, “entre la ignorancia prístina y el conocimiento real”. Por ello, “en todo lo que puedo procuro atenerme al lugar de los ignorantes”.

Hasta nuestros días, estos Ensayos son una gozosa lectura en la que sostenemos con el autor una larga, ilustrada y amena conversación.

[ Gerardo Moncada ]

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