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En busca del tiempo perdido. Introducción a la obra de Marcel Proust

“Mucho tiempo me he estado acostando temprano. A veces, apenas había apagado la lámpara, se cerraban mis ojos tan rápido que ni tiempo tenía para decirme: ‘Ya me duermo’. Y media hora después, me despertaba la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar de un soplo la luz.”
Líneas iniciales de la novela En busca del tiempo perdido.

La memoria, el olvido, el tiempo. Un trinomio que domina la existencia del ser humano. La ausencia de una es condición de la otra. La última, muchas veces, juega con las otras dos. Valentin Louis Georges Eugène Marcel Proust lo sabía y decidió plasmar la mayor cantidad de información de su vida en una monumental obra de 7 entregas que, hasta hoy, sigue siendo objeto de investigación y discusión para establecer una “versión final”.

Marcel Proust nació en 1871 y logró apenas llegar a las 5 décadas de vida. En ese tiempo, con una salud precaria y habiendo sufrido de asma desde la infancia, el autor tuvo contacto con la aristocracia parisina y con muchas de las celebridades de su época. Nos habría parecido un hombre superficial si lo hubiéramos encontrado en uno de tantos salones en los que solía reunirse con nuevos ricos que pretendían mostrar elegancia exquisita mientras certificaban su falta de gusto y clase invitando artistas, médicos o escritores a su círculo social carente de profundidad.

Imaginemos a un joven débil, pálido como una hoja de papel, con un gran bigote que ocupaba un lugar central en su pequeño rostro debajo de una gran nariz y unos profundos ojos marcados por unas muy oscuras y permanentes ojeras. Un joven abiertamente homosexual únicamente para las personas más cercanas a su círculo social, proveniente de una acaudalada familia judía por parte de su madre, con un padre médico y con un entorno que poca relación había tenido con la literatura. Ese joven sentado en un sillón, escuchando conversaciones sobre ópera, procedimientos médicos, conciertos de piano, exhibiciones de arte o el caso Dreyfus, punto central de las pláticas antisemitas (que denunciaría magistralmente el escritor Émile Zola en 1898 en su famosa carta J’Accuse…!, publicada en la primera plana de un periódico). Todo esto, casi siempre, en un profundo silencio y apenas emitiendo respuestas de una sola sílaba.

Proust observaba lo que sucedía a su alrededor mientras guardaba cada detalle en su memoria. Como si su voz lo apartara de algún momento, prefería guardar silencio para que los demás quedaran plasmados en su mente. Retenía palabras, expresiones que no quisiera dejar pasar para, por la noche, llegar a su casa y hacer frenéticas anotaciones de todo. Marcel inició a registrar sus días; primero, en hojas sueltas, posteriormente, en cuadernos: los ahora famosos 75 cahiers que la Biblioteca Nacional de Francia lleva editando y publicando desde 1914 y que, desafortunadamente, en nuestro tiempo de vida no veremos transcritos y publicados en su totalidad. Estos cuadernos son el alma de la obra proustiana, con los cuales plasmó la base de su monumental novela, En busca del tiempo perdido, compuesta de siete libros. Proust sólo alcanzó a ver publicados cuatro de los siete volúmenes; el resto fueron póstumos.

Los cahiers se convirtieron en álbumes de su vida que nunca fueron elementos estáticos. Proust volvía constantemente a ellos de forma obsesiva y eran objeto de constantes correcciones y añadidos. Una especie de cartografía de palabras a los que les fue añadiendo en muchos lugares pequeños o grandes paperoles, trozos de papel pegados que podían introducir algo tan pequeño como unas palabras o párrafos completos, agregados en el mapa de su vida que volvieron aún más compleja y profunda su obra.

Proust muere el 18 de noviembre de 1922 después de pasar meses encerrado, escribiendo desde la madrugada y durmiendo por la noche, con las paredes cubiertas de cartones de huevo para aislar su cuarto del más mínimo ruido exterior, dejando tras de sí un rompecabezas literario que nos ocupa hasta hoy en día.

Ese rompecabezas al comienzo fue un proyecto planteado de forma muy específica, mucho más breve y gozando de distintos nombres. Inicialmente, después de escribir su novela corta Los placeres y los días, Proust comenzó a dar forma a un conjunto de textos que ocuparía la mayor parte de su vida, y eventualmente se convertiría en En busca del tiempo perdido. Lo concibió como un proceso de tres partes, una sinfonía de tres movimientos conformada, primero, por El tiempo perdido y concluida por El tiempo recobrado; toda la parte central llevaría por título únicamente Las intermitencias del corazón. El autor buscaría enlazar la primera entrega con la última como una forma de exponer la memoria como solución a lo que ha quedado en el pasado, rescatando lo que ya no está y manifestándolo en el presente, volviendo una y otra vez para reconstruir un mundo que ya no existía pero que podía hacer latente de nuevo a través de su obra.

La parte central poco a poco fue, de forma natural, separándose en tomos relativamente independientes. El primero, El tiempo perdido, mostró la oportunidad a Marcel de incorporar una sección narrada en tercera persona, de la que hablaremos más adelante, y eso permitió que hubiera ecos de todo este libro en las entregas subsecuentes, es decir, como si el primer libro se hubiera planteado como un micro universo de lo que el lector podría encontrar después. Los 7 volúmenes terminaron por agruparse de la siguiente forma:

  • Por el camino de Swann
  • A la sombra de las muchachas en flor
  • El mundo de Guermantes
  • Sodoma y Gomorra
  • La prisionera
  • Albertine desaparecida
  • El tiempo recobrado

Como se aprecia, El tiempo perdido cambió de nombre y se llamó Por el camino de Swann refiriéndose al que, de cierto modo, es protagonista de gran parte de la primera entrega y que será, tanto él como su familia, un leitmotiv que aparecerá una y otra vez a lo largo de toda la obra.

El proyecto del primer libro estaba planteado, inicialmente, como un texto que estaría dividido en tres partes, con cada una de más o menos la misma extensión. Cuando Proust presentó este material a distintas editoriales, incluida Gallimard, éstas lo rechazaron arguyendo siempre lo mismo: es una novela demasiado larga que habla de muy poco. El autor decidió quitar la última parte, pero, al ver que el volumen parecía cerrar el libro por completo con la segunda sección y que no dejaba mucho suspenso al lector para continuar leyendo la siguiente entrega, decidió agregar de nuevo la última sección, pero mucho más reducida, razón por la cual se puede notar un desbalance en la extensión de las tres secciones del texto. Tras hacer esto, la presentó directamente a una editorial, Grasset, para publicar su libro de forma independiente, sin exponerse a más rechazos, en 1913.

Por el camino de Swann, título que finalmente tendría el primer volumen de la obra proustiana, debía concluir con una parte que presentara, primero, a los personajes que aparecerían en el resto de la obra, pero, también, con una razón que le permitiera al lector entender qué relación tenía el relato contado en la segunda parte con lo que vendría a continuación. Como programa poético, el elemento central de este libro y, por lo tanto, de los demás sería, por supuesto, la memoria, pero ésta se configuraría con dos elementos más: el deseo y la pérdida.

Para Proust, era esencial mostrar el marco temático de su obra desde el primer libro y marcar un camino, literal y textualmente, que el lector pudiera seguir. Podemos notar que el estilo proustiano es diferente al de otros autores. Hay mucho de monólogo interiorizado, pero no al estilo del Ulises de Joyce. El principio de la novela, que establece un regreso a la infancia y a los primeros momentos que la memoria de Marcel puede alcanzar, marca un discurso con el mismo estilo narrativo del resto de la novela. Cuando se vuelve un narrador en tercera persona en la segunda sección del primer volumen, ese estilo continúa siendo el mismo. Largo, complejo, con períodos oracionales que se extienden por varias páginas y que agrupan muchas ideas que a veces parecen inconexas. El lector poco experimentado podría incluso pensar que Proust a veces divaga y que la novela no va a ningún lado. No obstante, lo que esconde este tejido de detalles y momentos tiene tantas aristas y caras que, cuando empezamos a familiarizarnos con él, nos damos cuenta que ninguna idea queda sin resolverse, ningún cabo queda suelto, y cada digresión es tan importante como la idea principal que comenzó el párrafo o la página en cuestión; en otras palabras, como en el poema Camino a Ítaca de Constantinos Cavafis, el camino es tan importante como el lugar al que se busca llegar.

Este estilo, aunado al objetivo de la recuperación del tiempo y la memoria, la sinestesia y la manera de hacer una nueva forma novelística semi autobiográfica, permitió que muchos autores, desde críticos literarios hasta filósofos y dramaturgos, produjeran toneladas de libros que toman En busca del tiempo perdido como ejemplo e inspiración.

  1. RECEPCIÓN

Los ensayos derivados de la obra de Proust hicieron de En busca del tiempo perdido uno de los más prolíficos semilleros para la crítica literaria. Además de los problemas críticos y ecdóticos de la obra que llevaron a que fuera editada una y otra vez a lo largo de todo el siglo XX y lo que va del siglo XXI, los textos que emanaron de esta tarea fueron cuantiosos.

Dos de los principales especialistas de la obra proustiana, Jean-Yves Tadié y Bernard de Fallois, dedicaron gran parte de su labor académica a reconstruir fielmente el texto de En busca… y a rescatar elementos y materiales desconocidos de ella. Como producto secundario de esta tarea, ambos publicaron artículos académicos y libros que sirven como una muy útil introducción a la obra de Marcel Proust para todos los lectores que no saben por dónde empezar.

Hubo también personas ajenas a la literatura que dedicaron gran parte de su vida a Marcel Proust. Jacques Guérin fue un famoso perfumista y coleccionista de libros. Desde muy temprana edad, ambas facetas se convirtieron en una obsesión personal y provocado, probablemente, por la sinestésica naturaleza de la obra de Proust, Guérin se convirtió en uno de los coleccionistas más importantes de objetos proustianos. Desde el famoso abrigo que Marcel usó los últimos años de su vida y que fue restaurado y conservado por Guérin hasta varios de sus famosos cuadernos que ahora han sido comprado por el gobierno francés. Sobre el perfumista y coleccionador, hay una biografía en francés excelentemente escrita y con detalles sorprendentes sobre su vida llamada Les Plaisirs et les Jours de Jacques Guérin hecha por el biógrafo Carlo Jansiti.

Además de la faceta estrictamente académica o de coleccionismo, muchos escritores tomaron la novela de Proust como un ejemplo para desarrollar sus propias líneas de teoría y crítica literaria.

Samuel Beckett, el famoso dramaturgo irlandés y Premio Nobel de Literatura, hizo un ensayo en su juventud, cuando apenas contaba con 25 años y aún era un joven profesor sin nombramiento en la Escuela Normal Superior de París, que simplemente tituló Proust. En él, Beckett utiliza la forma y fondo de la obra de Marcel para hacer una reflexión personal que se acerca más a lo filosófico que a lo literario y donde destaca que uno de los elementos centrales de la obra, además del tiempo y la memoria, es la imposibilidad amorosa.

En pocas palabras, Beckett concluye que, en el universo literario proustiano, la sensación de ausencia amorosa hace mucho más notorio el amor que su presencia. Por ello, la pérdida y el miedo a la pérdida toma un lugar central en el desarrollo de toda la novela. El único antídoto al sufrimiento de la realidad es el hábito y la rutina. Nos protege de la vida y la vulnerabilidad y le da sentido a continuar en el mundo a pesar del sufrimiento y la constante negación del amor.

Esta misma idea es desarrollada décadas después por la escritora Anne Carson en la que inicialmente fue su tesis doctoral y, posteriormente, el título que la catapultó a la fama, Eros, el dulce amargo. La tesis de Carson se desarrolla a partir de distintos poemas líricos griegos arcaicos y se centra, especialmente, en la idea de que el amor, para existir, necesariamente comienza dulce y eventualmente se convierte en algo amargo. Si no hace esta transición, el amor desaparece. El sufrimiento parece una condición de posibilidad para el amor, pero Carson lo describe más como una sensación de siempre querer algo que no se tiene. El amor que busca lo que no tiene, pero también el que busca poseer más. El interés de Carson por el amor que huye o que no se cumple es probablemente el nexo y la raíz que encontró en la obra de Proust para hacer su propio análisis, compuesto por muchas anotaciones a la manera en la que Proust escribía en sus cuadernos, que trata sobre una de las protagonistas de En busca…, Albertine, y que Carson llamó Albertine workout.

El punto central del libro de Carson es hacer un ejercicio de exploración y plantearse preguntas sobre la verdadera identidad de Albertine. Carson cuenta 807 menciones de Albertine en la obra de Proust y, mientras piensa que debió haber sido un hombre y no una mujer, la autora reflexiona sobre el lesbianismo de Albertine como un espejo de la real homosexualidad de Proust mientras retoma el ensayo mismo de Beckett para agregar que el sufrimiento, el hábito, la memoria y la banalidad son dos elementos que conectan directamente la obra de Beckett con Proust, la única diferencia sustancial es, según Carson, que mientras Proust procesa esto en la cabeza, el alma o la boca, en la obra de Beckett desciende hacia el cuerpo y esto se somatiza.

También el famoso crítico francés, Roland Barthes, retoma a Proust en muchos de sus ensayos. Lo utiliza como referencia en su texto capital, El placer del texto, y afirma que Proust es el modelo absoluto del escritor moderno por varias razones: Barthes afirma que En busca… es una obra maestra de la fragmentación del deseo, la escritura del detalle, la erotización de la memoria y la transformación de lo cotidiano en lo simbólico. Para Barthes, esta novela es una máquina de signos que abre espacio a un tejido infinito de agregados e interpretaciones. En otras palabras, es el mejor ejemplo literario de qué es la vida misma.

Para Gilles Deleuze, los signos que menciona Barthes son el elemento más importante de esta novela. El crítico francés escribió Proust y los signos como un mecanismo de análisis, ya no de la memoria o del deseo sino de los signos que se muestran en ella para ordenarlos y categorizarlos. Deleuze indica que en la obra de Proust existen signos mundanos, amorosos, sensibles y artísticos, y el lector puede seguir al narrador que, poco a poco, aprende a leer el mundo a través de estas señales, estableciéndolas y organizándolas de modo que, al final de su obra, tenemos un sistema epistemológico categorizado en una altura casi metafísica de la forma de aprehender y entender el mundo.

Walter Benjamin, el gran pensador alemán del siglo XX toma un camino distinto en su aproximación a En busca…. Benjamin propone que Proust es el gran arqueólogo de la memoria, que establece una relación entre el recuerdo, la ruina y la recuperación de la memoria como un ejercicio arqueológico cercano a lo que puede establecerse en la modernidad en la fotografía, el coleccionismo o las formas de relación melancólica a través de la sinestesia. En este sentido, Benjamin se acerca mucho en su análisis a la razón de la obsesión de Guérin por Proust como autor y como persona.

Aunque existen infinidad de ejemplos sobre la posición primordial de Marcel Proust en las ideas de ensayos y análisis críticos del siglo XX, tomaría mucho más espacio hablar de todos ellos. Concluyamos únicamente con uno de los libros que nos parecen más destacables como ejemplo de literatura inspirada en literatura. El autor es Pietro Citati, conocido autor y ensayista italiano, que escribió todo un libro dedicado a Marcel Proust titulado La paloma apuñalada. Citati le da este nombre retomando un caligrama de Guillaume Apollinaire de nombre La paloma apuñalada y la fuente de agua. En este poema, Apollinaire hace con las palabras la forma de una paloma con una fuente debajo de ella que llora por el ave herida. El título de Citati ya nos sugiere su visión sobre Proust: el que está herido y que, por amor, causa las perpetuas lágrimas de quien lo observa.

En su libro, de forma honesta y empática, Citati parece dialogar directamente con Proust, más que analizar su obra. El escritor italiano se centra en la relación de Proust con su madre en una simbiosis que parecía hacer la mente de ambos una misma. De ahí el miedo a la separación, la tensa y ansiosa espera que describe en Por el camino de Swann de recibir diariamente el beso materno de buenas noches. La construcción del personaje de Marcel, que no es exactamente Proust por los cambios y adaptaciones que ya hemos mencionado, abreva directamente y en inicio, según Citati, de la relación del escritor con su madre y éste es un enfoque novedoso e interesante que abre nuevas líneas de lectura en la obra.

Se puede concluir que el laberinto literario de Proust sólo abrirá nuevos e infinitos caminos que hará imposible la tarea de concluirlo.

  1. TRADUCCIONES AL ESPAÑOL

Así como la crítica es un elemento esencial que ocupa un necesario espacio por sí mismo, la traducción al español de En busca del tiempo perdido tampoco desmerece un espacio de análisis.

La edición más importante en francés fue publicada por editorial Gallimard en 1954 por Pierre Clarac y fue la primera edición crítica y anotada de la obra de Marcel Proust. Se confrontaron pruebas corregidas en los manuscritos, así como notas y borradores que sentaron las bases para una nueva escuela de crítica textual en manuscritos modernos. Los siete libros fueron distribuidos al principio en tres tomos; después fueron cuatro tomos, bajo la dirección de Tadié; de nuevo tres tomos, en una edición especial conmemorativa del centenario de la muerte de Proust, con un tiraje limitado, en la reedición más reciente hecha en la colección la Pléiade de Gallimard.

Además de éstas, existen ediciones importantes de difusión para el público en general en la editorial Folio, con pasta blanda y formato de bolsillo; y en Flammarion, en siete tomos con el texto de Tadié, con introducciones críticas independientes y con un fin escolar.

La primera traducción al español, que también es la más conocida y difundida, es sin duda la realizada por Pedro Salinas, terminada por José María Quiroga Plá, y que se efectuó de 1920 a 1932 en España. La traducción es prematura porque se basa en el primer texto publicado de la obra, cuando Proust aún vivía y no habían sido publicados todos los tomos, y, por supuesto, sin contar como referencia con la edición crítica de Tadié. Se puede encontrar esta traducción en muchas formas, pero es especialmente famosa por ser la usada en Alianza Editorial.

Está también una traducción argentina hecha por la editorial Santiago Rueda entre 1945 y 1946 que fue la que, en realidad, publicó la obra completa de En busca… bajo la pluma de un mismo traductor, el también argentino Marcelo Menasché. Unas décadas después, apareció la traducción de Plaza & Janés efectuada por Fernardo Gutiérrez y Consuelo Berges y es la que, desde 1971, publica esa casa editorial.

El nuevo milenio trajo una cantidad enorme de nuevas versiones. Primero, una de las mejores, aunque difícil de conseguir es la del reconocido traductor del francés Mauro Armiño, que fue el primero en hacer una traducción total de la obra en España bajo el respaldo de la editorial Valdemar. Armiño tradujo el texto íntegro tomando como referencia la edición de Tadié; y no solo eso, hizo también un index locorum y un index nominum que usó como base para elaborar un enorme diccionario de personajes de la vida del autor y de la obra, como una forma de introducir a los lectores en la comparación entre ambos. Además, Armiño decidió cambiar el título de la obra en español: dejó de lado el tradicional En busca del tiempo perdido y optó por A la busca del tiempo perdido, con argumentos lingüísticos que no parecen muy convincentes y que hacen sonar la frase mucho más ajena de lo que es en francés para un francófono.

Finalmente, está lo realizado por otro gigante de la traducción, Carlos Manzano, que en 2009 publicó su trabajo en editorial Lumen, retomando el título original y con una traducción premiada (que, por cierto, complementó 15 años después con la traducción de la otra novela emblemática del siglo XX, Ulysses de James Joyce). La de Manzano es considerada una de las traducciones más rigurosas filológicamente. Queda mencionar lo hecho por Estela Canto y Graciela Isnardi en editorial Losada. Canto publicó los 6 primeros tomos de En busca… antes de morir y la tarea fue concluida por Isnardi con El tiempo recobrado, con lo que aportaron una traducción íntegra de la obra de Proust bajo la pluma femenina.

Vemos que el universo creado por Marcel Proust da para tanto como la longitud misma de su obra, tan solo describiendo lo que otros han aportado acerca de él. Impresiona pensar que un muchacho enfermizo pudo hacer una revolución tan grande en las letras universales a partir de un ejercicio de memoria desatado por una madalena mojada en té de limón. Esto nos deja algo importante en nuestra mente: la literatura es una de las armas de inmortalidad más poderosas con la que contamos los seres humanos. Nos permite, incluso, recobrar el tiempo que se había ido.

Néstor Manríquez Lozano ] Néstor Manríquez es doctor en Letras Clásicas y académico en la UNAM.

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