Yayoi Kusama, un universo delirante

Yayoi-Kusama_Infinity-Mirror-Room

Hay una realidad alterna donde se funden lo concreto y lo onírico, donde lo material se torna volátil y lo efímero adquiere luces de eternidad. A ese universo delirante nos lleva la artista japonesa Yayoi Kusama en su exposición “Obsesión infinita” (Museo Rufino Tamayo, Ciudad de México).

Las piezas -que van desde su producción temprana en los años de 1950 hasta obras recientes- revelan una búsqueda siempre introspectiva y experimental, cada vez más audaz y más profunda, con una factura intensamente sensorial.

Su tránsito por la pintura, el performance, el cine, las instalaciones o los happenings son estaciones de un trayecto guiado por una intención: desdoblar la realidad inmediata, atisbar qué se esconde detrás de lo visible.

Desde la serie Infinity nets (1953) o piezas como Ocean (1959), donde predominan tonalidades sutiles y una aparente simplicidad de texturas, ya se adivina una cosmogonía personal constelada de misterios. Con los años, los formatos crecieron y las tonalidades adquirieron destellos vibrantes, explosivos.

Los juegos de repetición tan frecuentes en el arte moderno cobran en las instalaciones de Kusama un carácter orgánico, con la multiplicación de formas fálicas que invaden zapatos de mujeres o viajan en una barca (como naturaleza muerta en movimiento).

Yayoi-Kusama

El uso intensivo de puntos, como si intentara exponer la entraña celular, pasará de los lienzos a los objetos para derivar en un delirio fosforescente en la anodina sala clasemediera de Obliteration Room. Los objetos banales se tornan inmateriales, los muros desaparecen, se diluyen los planos, la habitación pierde fondo.

Si Jorge Luis Borges escribió que para algunos gnósticos el universo era una ilusión y para colmo los espejos lo multiplicaban (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius), Kusama se sirve de los espejos para mostrarnos nuevos universos. Así, los órganos punteados en rojo construyen una escena lúdica, primaveral y sensual en Phalli’s fields (1965).

La exposición incluye dos videos de Kusama: Self obliteration y Flower orgy, materiales que oscilan entre la hipnosis y el vértigo, desafiantes aun para los convulsionados años sesenta. En ellos, el guión es el azar, lo aleatorio ante la cámara.

A la mitad de la exposición ya domina el bullicio en el museo, los visitantes hablan en voz alta, ríen, algunos están eufóricos. La exposición es casi un happening multitudinario y festivo.

Tras una pausa de 30 años, Kusama regresó a la producción artística con renovado brío. Sus cuadros de poderoso colorido son como ventanas vibrantes hacia fantasías, anhelos, sueños. En estos lienzos hay mayor definición de rostros, de ojos, pero siguen albergando profundos secretos.

En sus obras, que podrían oscilar entre las categorías de lo abstracto, lo minimalista y lo conceptual, hay algo de pulsión natural, de inocencia originaria nunca contaminada por ideas.

Quizá por eso son plenamente accesibles, se dejan ver y disfrutar por espectadores de todas las edades, se prestan a múltiples lecturas y se abren a la exploración tan profunda como lo desee quien las observa.

A la entrada de Infinity Mirror Room (2013) unos niños llaman a gritos a su madre: “¡Apúrate, tienes que ver esto! ¡Es increíble!” Y en efecto lo es. Octavio Paz escribió que “el espejo es el instrumento filosófico por excelencia”, pero no imaginó cómo lo usaría Kusama en esta obra: para disolver la materialidad del espectador y hacerlo sentir sin cuerpo, en todas partes y en ninguna, sólo alma que vaga por el universo.

A principios de octubre, medio centenar de científicos se reunieron en Madrid para debatir la posible existencia de otros universos y si será posible observarlos. Yayoi Kusama da la respuesta con su asombrosa “Obsesión infinita”: sí existen otros universos y no sólo es posible mirarlos, podemos ser parte de ellos.

[GM]
-16 oct 2014-

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