Soy leyenda, de Richard Matheson

Por varias décadas, todas las sagas de zombis y vampiros han abrevado en esta novela, que marcó nuevos derroteros en ese género al combinar con acierto el horror y la ciencia ficción.

Oyó una voz interior que susurraba: si despertase de esta pesadilla. Sacudió la cabeza. No, no había despertar posible…

Soy leyenda es la épica sombría del individuo solitario resistiendo contra una amenaza de grandes proporciones, luchando con las herramientas y los conocimientos a su alcance.

Es, asimismo, una lúcida metáfora de la vida social, donde lo “normal” es una convención establecida por un grupo dominante y respaldada por amplios sectores de la población; donde los defensores de la “normalidad” luchan contra lo “anormal”; y donde un buen día la minoría “anormal” crece y cobra fuerza, trastocando las fronteras de la normalidad.

Soy leyenda es además una estimulante renovación del mito de los vampiros, al sacarlo de la maldición sobrenatural y llevarlo a una mutación causada por una guerra bacteriológica; al dejar atrás el pavor religioso y adoptar un enfoque científico para explorar causas y consecuencias.

Nadie había creído en los vampiros, ¿y cómo luchar contra algo inverosímil? Así había sido. Algo oscuro y nocturno había asomado en las sombras medievales. Algo imposible e inconsistente, algo que sólo vivía en las páginas de la literatura fantástica… Y antes que la ciencia hubiese destruido la leyenda, la leyenda había devorado la ciencia y todo lo demás…

Es un futuro apocalíptico con una nueva guerra entre los humanos sobrevivientes y los infectados por la plaga bacteriológica. Cada bando hace lo posible por imponerse, en una confrontación cada vez más desigual.

No todo es fantasía

Con notable eficacia, Richard Matheson tiende puentes entre la realidad y la ficción, entre la ciencia y la fantasía, entre el presente y el futuro. Soy leyenda se apega a la mejor línea de la ciencia-ficción, esa que identifica algunas tendencias sociales y las proyecta hacia el futuro para reflexionar sobre sus potenciales consecuencias.

Y es que Matheson fue un escritor atento a los acontecimientos de su tiempo pero con la mirada puesta en el futuro. La pesadilla que vislumbra en Soy leyenda, publicada en 1954, no es del todo abstracta. Diversos hechos ocurridos entre 1952 y 1953 nutren la trama:

a) en la ciencia, avanza el conocimiento de los virus y del genoma humano (surge la vacuna contra la poliomielitis y se descubre la estructura helicoidal del ADN);

b) proliferan las pruebas nucleares en la desbocada escalada armamentista: en sólo dos años, Estados Unidos hace estallar 21 bombas atómicas (en varias de ellas obliga a miles de soldados a realizar entrenamientos durante las detonaciones con lo cual los expone a la radioactividad, en una prueba el viento lleva la radiación hasta un poblado de Utah); la Unión Soviética realiza cinco pruebas nucleares en Semipalatinsk, Kazajistán; Reino Unido detona su primera bomba atómica, en una isla al norte de Australia;

c) ocurren desastres inusitados: en islas del Océano Índico se registra la lluvia más abundante desde que se lleva registro científico; en Londres, una niebla de contaminación atmosférica cubre la ciudad y provoca la muerte de 12 mil personas;

d) la pugna ideológica se intensifica: una de las mayores corporaciones del mundo, la General Electric, decide despedir a todos los empleados que sean sospechosos de simpatizar con ideas izquierdistas.

En ese contexto de febril polarización, Matheson publica Soy leyenda. La trama se desarrolla en un futuro no tan lejano, cuando ha ocurrido una gran conflagración y el mundo se encuentra afectado por severos trastornos biológicos, mutaciones, alteración de los patrones meteorológicos y, sobre todo, el surgimiento de un contagio que transforma a las personas en vampiros. La propagación de esta plaga es tan veloz que pronto son mayoría los infectados. De hecho, Robert Neville cree que es el último superviviente “normal”.

El problema parecía insoluble. ¿Cómo podría curar a quienes todavía vivían? Nada sabía de bacterias… Bueno, ¡sabré!, gritó interiormente. Y se obligó a estudiar…

Sus pisadas resonaron huecamente en los escalones de mármol de la Biblioteca Pública de Los Ángeles… en este gigantesco edificio de piedra gris que alberga la literatura de un mundo muerto… Tantos libros, pensó; restos de la inteligencia de un planeta, migajas de mentes fútiles, popurrí de sistemas incapaces de impedir la muerte del hombre…

Al concluir la Primera Guerra Mundial, muchos escritores, artistas e intelectuales tuvieron la ilusión de que iniciaba una nueva era, más esperanzadora; esa ilusión se desvaneció en sólo 20 años. La Segunda Guerra Mundial, más devastadora y brutal, dejó entre los escritores una visión sombría del futuro, percepción que se profundizó con las tensiones de la posguerra.

Locura en la soledad

Los relatos de Matheson colocan a los personajes en condiciones extremas, en las que deben enfocar toda su atención y energía en simplemente sobrevivir, enfrentando por lo general trastornos incontrolables y catastróficos ocasionados por la barbarie, la codicia o la estupidez del ser humano.

Se sorprendió ante el sonido de su propia risa: un ronco ladrido en la mañana silenciosa. Dios mío, pensó, no me río desde hace tiempo. Ya me he olvidado. Parecía la tos de un perro enfermo. Bueno, eso soy ahora, al fin y al cabo. Un perro muy enfermo…

A esto, Matheson añade un ingrediente crucial: la soledad, ese factor que tiende a generar una progresiva descomposición anímica.

Se sentó y bebió. Gastemos el mellado filo de la sobriedad, pensó. Barramos la desmigajada visión de la realidad, pero de prisa…

En tales condiciones, los juegos de la mente suelen ser desquiciantes. Es el caso de los recuerdos de una vida que ha sido arrasada. Cada evocación es una punzante tortura.

El pasado traía, únicamente, el dolor del recuerdo. Cada palabra recordada era como un cuchillo en la carne; una vieja herida que se abría otra vez. Debía aceptar el presente, tal como era, olvidando todo el pasado. Pero sólo la bebida lograba, a veces, borrar aquella tristeza enervante…

Sobreponerse al desaliento

¿Era la vida algo más que palabras, una potencia tangible que gobernaba la conciencia? ¿Intentaba la naturaleza, de algún modo, sobrevivir en él?…

Los personajes de Matheson se oponen al infortunio, tengan o no razones para ello. Aun cuando sufran episodios de debilidad, de hartazgo, de desilusión, invariablemente mostrarán una resistencia tenaz.

Otra vez el impenetrable enigma de su deseo de vivir…. La vida era un camino estéril y sin sentido… no podía mejorar, ni siquiera cambiar… Sin embargo, seguía allí, ocho meses después de que la plaga hubiera atacado a su última víctima, nueve meses desde que había hablado por última vez con un ser humano, diez desde la muerte de Virginia… No se había resignado a nada, no había aceptado aquella vida…

Así ocurre con Robert Neville: va hacia adelante, de manera maquinal y pragmática. No por alguna fe específica sino obedeciendo a un impulso profundo de supervivencia, una fuerza desprovista incluso de cualquier esperanza.

Trató de pensar en otra cosa. Era peligroso alentar esperanzas…

Sentía que la esperanza no era la respuesta. Nunca la había sido. En aquel mundo de monótono horror no había salvación en los sueños…

Soy leyenda es una historia áspera, fría, desencantada, que sin embargo ofrece pasajes de una profunda emotividad.

Lo normal y lo insólito

El mundo ha enloquecido, pensó. Los muertos se pasean por las calles, y no me sorprende. El retorno de los cadáveres es hoy un asunto trivial. ¡Con qué rapidez acepta uno lo increíble, si lo ve a menudo!…

Soy leyenda exhibe lo endeble del concepto de “normalidad”, el cual fácilmente se derrumba cuando la vida cotidiana se fractura. Lo “normal” lo define un grupo que detenta el poder y lo impone a la sociedad, al tiempo que rechaza lo que es distinto y lo califica de “anormal”. En el ejercicio de su poder, buscará que lo distinto permanezca minoritario y acotado. Pero siempre existe la posibilidad de que eso cambie.

Un hombre puede acostumbrarse a cualquier cosa…

Una sutil línea argumental plantea un tema relevante: la resistencia del ser humano a los cambios profundos, el aferrarse a una forma de vida que agoniza y el rechazo a las condiciones emergentes.

El mundo ha caído en lo sobrenatural, es en verdad un mundo sobrenatural…

Novela intensa, envolvente, que fluye a gran velocidad. A pesar de sus múltiples adaptaciones y versiones, la lectura de Soy leyenda sigue sorprendiendo por la manera como expone los finos hilos de la condición humana. El desenlace, inesperado y brillante, trastoca nuestras habituales expectativas como lectores “normales”.

Un gran fabulador

El último hombre del mundo estaba irremediablemente encerrado en sus ilusiones…

El estadounidense Richard Burton Matheson nació en Nueva Jersey el 20 de febrero de 1926. Fue soldado de infantería durante la Segunda Guerra Mundial.

En 1949 se graduó en periodismo, pero sus intereses estaban en la literatura. Comenzó a publicar relatos en la incipiente The Magazine of Fantasy and Science Fiction (F&SF), publicación que pronto se convertiría en un referente.

Para fortuna de Matheson, su primer relato publicado en F&SF lo catapultó a la fama. Fue “Nacido de hombre y mujer” (1950). Su novela Soy leyenda (1954) se convirtió en un clásico del terror cuya influencia se mantiene hasta ahora. En 1956 publicó El hombre menguante, otro clásico. Estas obras fueron acompañadas por gran cantidad de relatos cortos en los que dio rienda suelta a su imaginación, partiendo de la premisa: “Qué pasaría si…”.

Pronto fue cooptado como guionista para participar en las célebres series televisivas The Twilight Zone (“La dimensión desconocida”), “Viaje a las estrellas”, “La hora de Alfred Hitchcock” y varias más.

En 1971 adaptó “Duelo”, otro de sus relatos, para un telefilme de bajo presupuesto que sería premiado por su sorprendente clima de tensión con pocos personajes. La película estuvo bajo la dirección de un joven que con este filme inició en forma exitosa su carrera cinematográfica, era el entonces desconocido Steven Spielberg.

Tras una prolífica trayectoria, Richard Matheson murió en California, el 23 de junio de 2013. Sobre su mesa de trabajo quedó un rótulo que decía: “Lo que piensas se convierte en tu mundo”.

Fue “uno de los escritores más importantes del siglo XX”, afirmó categórico Ray Bradbury.

Y no era un simple cumplido. Matheson ha sido inspiración para los amantes del suspenso, el terror, la ciencia ficción y la fantasía, y para escritores prolíficos como Brian Lumley, Dean Koontz, Dennis Etchison, Jack Ketchum y varios más.

El escritor Stephen King afirmó: “Matheson encendió la imaginación de tres generaciones de escritores. De no haber escrito Soy leyenda, es probable que no habría existido el filme La noche de los muertos vivientes, y sin esa película no habrían existido The Walking Dead, Exterminio y Guerra Mundial Z“.

A decir de King, en los géneros de horror y fantasía Matheson fue una figura seminal tan importante como Edgar Alan Poe y H. P. Lovecraft. “Sacó el horror de los castillos y escenarios tétricos y lo llevó a los espacios cotidianos de la vida americana. Él nos mostró cómo hacerlo”.

Acerca de Soy leyenda, Dean Koontz afirma: “es la más inteligente y fascinante novela de vampiros, desde Drácula”.

Entre otros premios, Matheson obtuvo el World Fantasy (1976, 1978, 1984, 1990), el Bram Stoker (1990, 1991), el International Horror Guild Award (2000), el Retro Hugo (2001), el Locus (1990), el Readercon (1990) y el British Fantasy (1996).

Gran variedad de programas televisivos y películas han hecho referencia a Richard Matheson (con personajes, nombres de calles y poblados), como un homenaje a su talento creativo y a la influencia que dejaron sus historias. Una influencia que aún palpita.

[ Gerardo Moncada ]

Obras relacionadas:
El hombre menguante, de Richard Matheson.
Fahrenheit 451, de Ray Bradbury.

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