El mercado del arte en el cine: Tornatore, Ostlund, Gilroy, Banksy, Burton

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Es un mundo fascinante para unos, inquietante para otros, polémico (incluso fraudulento) para algunos más. Va de las subastas de piezas antiguas hasta el arte contemporáneo que exhiben galerías y museos, que alcanza precios estratosféricos en el mercado, que genera polémica en ferias como Art Basel, ArteFiera, Art Cologne, FIAC, ArcoMadrid, e incluso Bienal de Sao Paulo, ArtBo en Colombia o Zona MACO en México. Ese mundo ha sido retratado con diversos enfoques por el cine.

The Square (Ruben Ostlund, 2017).

En un museo se debate cuál es la mejor manera de promover una obra cuya inauguración se aproxima. Su título es The Square. Es en apariencia simplista, elemental: un cuadrado en el piso que se define como “un santuario de confianza y cuidado; en su interior todos compartimos iguales derechos y obligaciones”. Su sencillez física genera múltiples interpretaciones, y da pie a una serie de reflexiones acerca de lo que expresa de nuestra sociedad el arte contemporáneo. El personaje central de esta historia es el curador del museo, quien durante los días previos a la inauguración de la obra vive diversas circunstancias que parecen ejemplificar el sentido de esa pieza, situaciones que asimismo podrían entrar en las categorías de instalación artística o performance: un truco callejero para robar, una persona con síndrome de Tourette en una conferencia de arte, la búsqueda de un papel encima de un cerro de bolsas de basura y bajo la lluvia, o una discusión amorosa en la sala de una museo que exhibe sillas apiladas a punto de caer. Otro aspecto abordado es el intento de los museos por atraer al público generando controversia en las redes sociales, lo cual conlleva el riesgo de vanalizar en forma cínica el tema a difundir. En busca del espectáculo y el escándalo, se diluye el tema central: lo que el arte expresa de nuestra realidad social. En este caso, The Square plantea una propuesta que la sociedad sueca no logra cumplir en su vida diaria, salvo en contadas ocasiones y de manera fugaz. Y es que el arte contemporáneo tiene mucho de experimento social.

Velvet Buzzsaw (Dan Gilroy, 2019).

Cinta que corre en dos vías: por un lado, una muy afortunada crítica al mercado del arte contemporáneo; por otro, una inconsistente historia de horror relacionada con pinturas malditas. Aunque se pretende que ambas formen un solo relato, nunca logran integrarse en forma convincente. Todo lo relacionado con artistas, galeristas, críticos, museógrafos, coleccionistas y personal de apoyo en esos ámbitos es brillante en todos los sentidos: diálogos agudos, caracterizaciones impecables y una minuciosa descripción de las dinámicas de ese mundo (artimañas, engaños, ambición, entusiasmos de corto plazo). “No vendemos cosas duraderas”, dice una galerista, “somos mercaderes de percepción, tan delgada como una burbuja”. Ese esplendor temático se apaga en forma radical en los episodios terroríficos, que carecen de una relación coherente (hasta los maleficios siguen una lógica). Si bien hay un caso interesante, cuando la petulante asesora de un coleccionista muere por la noche en un museo y al día siguiente el público cree que su cadáver es parte de una obra en exhibición (incluso los niños juegan con la sangre), esa enorme posibilidad narrativa se diluye pues las demás muertes siguen distintos procedimientos (algunos de ellos sin sentido). Esto sorprende porque Dan Gilroy es un eficaz y reconocido guionista que sin duda exploró a fondo el mundo del arte contemporáneo, pero no con semejante rigor el relato de horror.

Al mejor postor (The best offer, Giuseppe Tornatore, 2013).

En un mundo que se moderniza a toda velocidad, donde los herederos de tesoros antiguos sólo buscan venderlos al mejor precio, una de las estrellas de las subastas de arte aprovecha su posición de poder y su erudición para conformar su colección particular, mediante diversas artimañas. Es un misántropo que rechaza cualquier acercamiento con otros, incluso el contacto físico. Su entorno es el arte y sólo el arte, hasta que se topa con una serie de circunstancias inesperadas (como los fragmentos de una pieza que considera invaluable), situaciones que van desactivando sus defensas y terminarán lanzándolo por el tobogán de la obsesión. La cinta ofrece una trama fascinante de misterio y ansiedad, codicia y seducción (con un toque Hitchcock incluso en la pista sonora de Ennio Morricone). A ello contribuye un guión sólido, sostenido por unos diálogos que alternan lo complejo con lo simple, la exploración analítica con las emociones. Está además la extraordinaria y camaleónica actuación de Geoffrey Rush. “Siempre hay algo auténtico oculto en toda falsificación”, dirá su personaje. En contraste con las frías disputas en las subastas, la película tiende puentes entre el pasado y el presente del arte, entre jóvenes y viejos, entre los amantes del arte y quienes sólo buscan tasarlo al mejor precio. Con eficacia narrativa, Tornatore, el eterno enamorado del amor, nos obsequia otro relato que explora las emociones humanas.

Salida por la tienda de regalos (Exit through the gift shop, Banksy, 2010).

Relato de un fallido documental, que paradójicamente permitió registrar una etapa clave del street art, cuando la intervención en los espacios públicos (con pegatinas, plantillas, pósters, esculturas) transitó de la categoría de vandalismo a la de arte, cuando saltó de la ilegalidad y lo underground directamente al voraz mercado del arte. “La película es la historia de lo que pasó cuando este tipo (Thiery Guetta) intentó hacer un documental sobre mí. Pero él era más interesante que yo. Así que la película es sobre él”, explica Banksy. Es la crónica de un compulsivo aficionado al video que un día se topó con un artista callejero y comenzó a seguirlo. Con el pretexto (falso) de estar filmando un documental se introdujo a fondo en ese entorno y pudo conocer y filmar a los principales representantes en Europa y EU de esta contracultura. La necesidad de un registro, tanto de las obras (en esencia efímeras) como de la reacción del público, convirtió a Guetta en un apoyo sustancial de este movimiento. Él acumulaba más y más cintas, sin orden pero con imágenes estupendas. En 2006 se dispara el mercado del street art y todo se convierte en lo nunca pretendió: mucho dinero. Banksy propone concluir el documental para explicar lo que realmente buscaban los artistas urbanos, pero Guetta no logra ofrecer un filme útil para este propósito. De hecho, él mismo termina por convertirse en un artista que capitaliza el naciente boom, profundizando los aspectos del marketing y el espectáculo. Será finalmente Banksy quien editará el valioso material de Guetta y lo complementará con breves entrevistas que consiguen dar unidad a la historia. Aunque transita del tono irónico hacia la amargura, el filme es fundamental para entender el arte urbano desde 1980 hasta nuestros días.

Ojos grandes (Big eyes, Tim Burton, 2015).

Historia que cuenta el chantaje emocional y la tiranía ocultos detrás de un estilo sumamente popular en las décadas de 1950 y 1960. Su creadora, Margaret Keane, debió permanecer en el anonimato mientras su marido Walter se hacía pasar como autor de los cuadros. Este relato tiene como escenario el mundo del arte de esos años, el cual vivía una profunda convulsión. Había conceptos, parámetros, reglas y criterios, pero también grandes vacíos ocupados por la ambigüedad, la experimentación, las sorpresas, las modas fugaces, el escándalo, el consumismo, la mercadotecnia y la masificación de las imágenes mediante la reproducción en serie. Todo cabía en el mercado del arte, todo, incluso la impostura y el fraude. En ese contexto difuso (como en Velvet Buzzsaw), los críticos reconocidos son los que dictan la última palabra.
-El arte no debe complacer, dice un crítico que descalifica las obras de Keane.
-Le desagrada mi arte porque es popular, responde Walter Keane.
-Eso no lo hace arte, refuta el crítico.
El tiempo daría la razón a ambos. El desarrollo ulterior de este mercado experimentó una dinámica de fusión y tensión de opuestos, de unión y lucha de contrarios: rigor y complacencia, originalidad y mercadotecnia, interés masivo y acceso reducido (por la vía de los precios exorbitantes), lo perecedero convive con lo efímero.

[ Gerardo Moncada ]

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