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La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca

Ingeniosa obra teatral estrenada en 1635, uno de los grandes referentes del Siglo de Oro español.

«Puedo determinar, aunque lejos, / una prisión oscura / que es de un vivo cadáver sepultura; / y porque más me asombre, / en el traje de fiera yace un hombre / de prisiones cargado / y sólo de la luz acompañado…»

La vida es sueño es un juego de engaños y disimulos; es el temor a los designios astrales; es la ancestral pregunta acerca de dónde termina lo real y comienza la ficción; es el resentimiento alimentado por una vida de esclavitud; es la revelación de la posibilidad (frágil, pero posibilidad al fin) de elegir entre la venganza y el perdón.

La esposa del rey Basilio, embarazada, refiere a su marido un sueño en el que un monstruo con forma de hombre rompía sus entrañas y le provocaba la muerte. El sueño se cumple: la reina muere al dar a luz. Al consultar los astros, el rey vislumbra que su hijo Segismundo le asesinará, se convertirá en un tirano y acabará con el reino.

REY BASILIO. Esos círculos de nieve, / esos doseles de vidrio / que el sol ilumina a rayos, / que parte la luna a giros; / esos orbes de diamantes, / esos globos cristalinos / que las estrellas adornan / y que campean los signos, / son el estudio mayor / de mis años, son los libros / donde en papel de diamante, / en cuadernos de zafiros, / escribe con líneas de oro, / en caracteres distintos, / el cielo nuestros sucesos / ya adversos o ya benignos…

…nació en horóscopo tal, / que el sol, en su sangre tinto, / entraba sañudamente / con la luna en desafío; / y siendo valla la tierra, / los dos faroles divinos / a la luz entera luchaban, / ya que no a brazo partido…

Yo, acudiendo a mis estudios, / en ellos y en todo miro / que Segismundo sería / el hombre más atrevido, / el príncipe más cruel / y el monarca más impío, / por quien su reino vendría / a ser parcial y diviso, / escuela de las traiciones / y academia de los vicios; / y él, de su furor llevado, / entre asombros y delitos, / había de poner en mí / las plantas, y yo rendido / a sus pies me había de ver…

…determiné de encerrar / la fiera que había nacido, / por ver si el sabio tenía / en las estrellas dominio…

El monarca decide mantener a su hijo en cautiverio desde el nacimiento mismo, encadenado en una torre. Al paso de los años Segismundo, ya adulto, se pregunta la razón de su vida humillante; dolido, intuye que quizá su grave delito es haber nacido y seguir vivo.

SEGISMUNDO. ¡Ay mísero de mí, y ay infelice! / Apurar, cielos, pretendo, / ya que me tratáis así, / qué delito cometí / contra vosotros naciendo…

¿No nacieron los demás? /Pues si los demás nacieron, / ¿Qué privilegios tuvieron / que yo no gocé jamás? / Nace el ave, y, con las galas / que le dan belleza suma, / apenas es flor de pluma, / o ramillete con alas, / cuando las etéreas salas / corta con velocidad / negándose a la piedad / del nido que deja en calma; / ¿y teniendo yo más alma, / tengo menos libertad?

Nace el bruto leopardo, y, con la piel / que dibujan manchas bellas, / apenas signo es de estrellas / -gracias al docto pincel-, / cuando atrevido y cruel, / la humana necesidad / le enseña a tener crueldad, / monstruo de su laberinto; / ¿y yo, con mejor instinto, tengo menos libertad?

Nace el pez, que no respira, / aborto de ovas y lamas, / y apenas bajel de escamas / sobre las ondas se mira, / cuando a todas partes gira, / midiendo la inmensidad / de tanta capacidad / como le da el centro frío; / ¿y yo, con más albedrío, / tengo menos libertad?

Nace el arroyo, culebra / que entre flores se desata, / y apenas, sierpe de plata, / entre las flores se quiebra, / cuando músico celebra / de las flores la piedad / que le dan la majestad / del campo abierto a su huida; / ¿y teniendo yo más vida, / tengo menos libertad?

En llegando a esta pasión, / un volcán, un Etna hecho, / quisiera sacar del pecho / pedazos del corazón. / ¿Qué ley, justicia o razón / negar a los hombres sabe / privilegio tan suave, / excepción tan principal, / que Dios le ha dado a un cristal, / a un pez, a un bruto y a un ave?…

En un momento dado, el rey decide dar una oportunidad a su hijo, para evaluar si el vaticinio era real o el destino puede ser modificado.

BASILIO. Aunque su inclinación / le dicte sus precipicios, / quizá no le vencerán, / porque el hado más esquivo, / la inclinación más violenta, / el planeta más impío, / sólo el albedrío inclinan, / no fuerzan el albedrío…

Quiero examinar si el cielo / -que no es posible que mienta, / y más habiéndonos dado / de su rigor tantas muestras, / en su cruel condición- / o se mitiga o se templa / por lo menos, y, vencido, / con valor y con prudencia / se desdice; porque el hombre / predomina en las estrellas. / Esto quiero examinar, / trayéndole donde sepa / que es mi hijo, y donde haga / de su talento la prueba. / Si magnánimo se vence, / reinará; pero si muestra / el ser cruel y tirano, / le volveré a su cadena… He querido dejar / abierta al daño esta puerta / del decir que fue soñado / cuanto vio… / pues, aunque ahora se vea / obedecido, y después / a sus prisiones se vuelva, / podrá entender que soñó, / y hará bien cuando lo entienda; / porque en el mundo, Clotaldo, / todos los que viven sueñan…

LA OBRA EN SU TIEMPO

La vida es sueño desempeñó un papel estelar en una época de consolidación del idioma castellano. El filólogo Martín Alonso refiere que en 1492 Antonio de Nebrija había publicado su Gramática castellana, primera obra que se dedicaba al estudio de esta lengua y sus reglas. Con ella el autor pretendía “reducir en artificio este nuestro lenguaje”.

Alonso explica: “En el siglo XVI se llega al momento del primer esplendor. El castellano se desviste del peso medieval fonético y sintáctico. Caminamos hacia la perfección, elegancia y naturalidad de la prosa”. En ese siglo y el XVII, “el lenguaje se perfecciona tanto que al final de su recorrido cae en la exuberancia artificiosa y barroca. En casi todo el siglo XVI domina el criterio de la naturalidad. La literatura del siglo XVII se basa en el ornato y artificio. El Renacimiento, prosopopéyico y abultado en su verbosidad, da paso al periodo clásico de perfeccionamiento lingüístico”.

Esto se aprecia en los diálogos de La vida es sueño, donde llama la atención que todos los personajes se expresan con depurada construcción verbal y alta capacidad analítica, desde el rey hasta el semibárbaro Segismundo.

CLARÍN. No acabes de despertar, / Segismundo, para verte / perder, trocada la suerte, / siendo tu gloria fingida, / una sombra de la vida / y una llama de la muerte…

La trama está apuntalada con prolijas disertaciones poetizadas, con largos parlamentos rimados donde domina un énfasis declamatorio. Sin embargo, la exuberancia lingüística mantiene un exquisito grado de refinamiento que no empalaga.

SEGISMUNDO (a Rosaura). Con cada vez que te veo / nueva admiración me das, / y cuando te miro más, / aún más mirarte deseo. / Ojos hidrópicos creo / que mis ojos deben ser; / pues cuando es muerte el beber, / beben más, y de esta suerte, / viendo que el ver me da muerte, / estoy muriendo por ver. / Pero véate yo y muera; / que no sé, rendido ya, / si el verte muerte me da / el no verte qué me diera. / Fuera más que muerte fiera / ira, rabia y dolor fuerte…

El proceso de perfección lingüística ocurría mientras se desarrollaba un intenso enfrentamiento en el terreno de la creación literaria y dramatúrgica de España, entre los defensores de los clásicos grecolatinos y los innovadores.

El filólogo Gonzalo Pontón Gijón documenta ese debate, que se agudizó cuando los innovadores crearon la tragicomedia, fusión que sería aplaudida por el pueblo pero reprobada por los ortodoxos que la calificaron de un “hermafrodito”, un “monstruo de la poesía”. No obstante, la modernidad iría ganando terreno y en 1649 el Discurso apologético en aprobación de la comedia se pronunciaría a favor de las nuevas obras teatrales por ser “palestra de buenas letras” donde “se avivan los ingenios y se ilustra a la nación”, al tiempo que sirven a la lengua castellana y resultan de utilidad como forma de exposición de los usos sociales.

Pontón señala: “Los textos posteriores a la muerte de Lope de Vega (1635) adaptan los ejemplos y las valoraciones a las nuevas formas del teatro, dominado por un Pedro Calderón de la Barca maestro del enredo y de la reflexión metafísica, que además incorporó a las tablas, en la medida de lo posible, la lengua poética del gongorismo” (Historia de la literatura española, tomo 8, Ed. Crítica, 2011).

Hacia finales del siglo XVII ya se habla de Calderón como “quien dio decoro a las tablas y puso norma a la comedia de España, así en lo airoso de sus personajes como en lo compuesto de sus argumentos, en lo ingenioso de su contextura y fábrica y en la pureza de su estilo”.

UN TEATRO NACIONAL

En su obra La literatura española (FCE, 1955), Julio Torri destaca: “El periodo más brillante de las letras españolas comprende los últimos treinta años del siglo XVI y los primeros treinta del siguiente, periodo en que conviven las generaciones representadas por Cervantes, Lope de Vega y Quevedo. La vida literaria es un fenómeno verdaderamente colectivo, en el que participa la mayoría de la nación”.

Torri precisa: “Gran número de países han tenido ilustres dramaturgos, pero pocos poseen un teatro nacional. Éste requiere una forma dramática exclusiva que emplean varios escritores. Sólo tuvieron teatro nacional, en la antigüedad, los griegos; y en la edad moderna, Inglaterra, en el periodo isabelino; España, con Lope de Vega, Tirso de Molina, Alarcón, Calderón de la Barca y otros; y Francia, con Corneille y Racine en la tragedia, y con Moliere en la comedia”.

En particular, en la producción teatral de obras simbólicas, alejadas de lo real y humano, Torri destaca La vida es sueño. “Es una de las producciones más importantes del teatro universal. Dramatiza el punto de alto valor filosófico en que dudamos de la realidad de la vigilia… Los dos soliloquios del príncipe son admirables aun con su ornamentación barroca”.

En efecto, la médula de la trama es el debate en torno al libre albedrío, tema arraigado en el teatro español del Siglo de Oro que marcaría el abandono del intimidante dogma medieval para dar paso a la reflexión renacentista y la discusión en torno a los alcances de la voluntad humana frente al azar o ante el designio astral.

SEGISMUNDO. ¿Otra vez queréis que sueñe grandezas / que ha de deshacer el tiempo?… / Pues no ha de ser, no ha de ser; / miradme otra vez sujeto / a mi fortuna; y pues sé / que toda esta vida es sueño, / idos, sombras que fingís / hoy a mis sentidos muertos / cuerpo y voz, siendo verdad / que ni tenéis voz ni cuerpo; / que no quiero majestades / fingidas, pompas no quiero, / fantásticas ilusiones / que al soplo menos ligero / del aura han de deshacerse, / bien como el florido almendro, / que por madrugar sus flores, / sin aviso y sin consejo, / al primer soplo se apagan, / marchitando y desluciendo / de sus rosados capullos / belleza, luz y ornamento…

Pues que la vida es tan corta, / soñemos, alma, soñemos / otra vez; pero ha de ser / con atención y consejo / de que hemos de despertar / de este gusto al mejor tiempo; / que llevándolo sabido, / será el desengaño menos; / que es hacer burla del daño / adelantarle el consejo. / Y con esta prevención, / de que, cuando fuese cierto, / es todo el poder prestado / y ha de volverse a su dueño, / atrevámonos a todo…

Los personajes de esta obra viven inmersos en sus pesares, dudas y rencores:

ASTOLFO. ¡Qué pocas veces el hado / que dice desdichas miente, / pues es tan cierto en los males / cuanto dudoso en los bienes! / ¡Qué buen astrólogo fuera, / si siempre casos crueles / anunciara; pues no hay duda / que ellos fueran verdad siempre! / Conocerse esta experiencia / en mí y Segismundo puede, / pues en los dos / hizo muestras diferentes. / En él previno rigores, / soberbias, desdichas, muertes, / y en todo dijo verdad, / porque todo, al fin, sucede…

ROSAURA. ¿Habrá persona en el mundo / a quien el cielo inclemente / con más desdichas combata / y con más pesares cerque? / ¿Qué haré en tantas confusiones, / donde imposible parece / que halle razón que me alivie, / ni alivio que me consuele? / Desde la primer desdicha / no hay suceso ni accidente / que otra desdicha no sea; / que unas a otras suceden, / herederas de sí mismas…

A diferencia de las obras grecolatinas, aquí el sueño ya no es visto como hermano de la muerte, sino como la continuación de la vida, complemento engañoso y ambiguo de la realidad.

SEGISMUNDO. No. / Ni aun ahora he despertado; / que según entiendo, / todavía estoy durmiendo, / y no estoy muy engañado; / porque si ha sido soñado / lo que vi palpable y cierto, / lo que veo será incierto; / y no es mucho que, rendido, / pues veo estando dormido, / que sueñe estando despierto…

Reprimamos esta fiera condición, / esta furia, esta ambición, / por si alguna vez soñamos; / y sí haremos pues estamos / en mundo tan singular, / que el vivir sólo es soñar; / y la experiencia me enseña / que el hombre que vive sueña / lo que es hasta despertar… Sueña el rico en su riqueza, / que más cuidados le ofrece; / sueña el pobre que padece / su miseria y su pobreza; / sueña el que a medrar empieza, / sueña el que afana y pretende, / sueña el que agravia y ofende, / y en el mundo, en conclusión, / todos sueñan lo que son, / aunque ninguno lo entiende. / Yo sueño que estoy aquí / de estas prisiones cargado, / y soñé que en otro estado / más lisonjero me vi. / ¿Qué es la vida?, un frenesí; / ¿qué es la vida?, una ilusión, / una sombra, una ficción, / y el mayor bien es pequeño; / que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son…

Entre el aplauso generalizado a finales del siglo XVII y el reconocimiento consolidado en el siglo XX a la obra de Calderón de la Barca, se vivió un agitado proceso de altibajos acorde con la vida política de España.

UNA AZAROSA TRAVESÍA

La filóloga Rosa María Aradra Sánchez ha documentado que, durante el siglo XVIII, el género teatral fue uno de los más discutidos y polémicos, por la influencia que adquirió en la transformación de las mentalidades. De ahí que las facciones políticas buscaron convertirlo en instrumento de sus propósitos en las pugnas de poder.

La crítica ilustrada, por ejemplo, se hizo portavoz de las clases sociales dominantes (nobleza y burguesía) y efectuó una revisión crítica de las comedias del Siglo de Oro a las que acusó de degradar la vida social, “autorizando con sus ejemplos mil máximas contrarias a la moral o a la buena política”. Acusó al teatro español de influir negativamente en las costumbres públicas, generando una multitud pervertida e ignorante.

En esa línea, varios críticos llegaron a afirmar: “Sólo el mal gusto de la plebe elogia las aberraciones monstruosas de las obras de Calderón de la Barca”.

La disparidad y ambigüedad en los juicios propició que varios académicos desarrollaran criterios de análisis con mayor rigor cultural dando espacio, de manera acotada, a lo social e histórico. Así surgieron, a principios del siglo XIX, parámetros que llevaron esta discusión a otro nivel. La investigadora y académica Celia Fernández Prieto destaca la aparición del Curso de literatura dramática, de August W. Schlegel, que tuvo gran influencia en los países europeos.

Al analizar el teatro español de los siglos XVI y XVII, Schlegel reconoce las obras de Cervantes, Lope de Vega y sobre todo de Calderón de la Barca, “al que el drama romántico español debe su más alto grado de perfección”. Al respecto, explica: “Iluminado por la luz religiosa, penetra todos los misterios del destino humano; ni siquiera el sentido del dolor es un enigma para él, y cada lágrima del infortunio le parece igual al rocío de las flores, cuya menor gota refleja el cielo. Sea cual sea el tema, su poesía es un himno de gozo ante la belleza de la creación, y celebra, con una alegría siempre renovada, las maravillas de la naturaleza y las del arte, como si le hubiesen aparecido de repente, en su primitiva juventud, y en su más resplandeciente esplendor”.

Si bien en España la contienda política durante el siglo XIX siguió invadiendo el terreno cultural, los argumentos viscerales perdieron influjo. En el choque político entre monárquicos y republicanos, los primeros se aliaron con los clasicistas que exaltaban a Calderón de la Barca como modelo perenne, mientras los segundos se identificaban con los modernizadores que -sin descalificar a Calderón- alentaban la innovación, ya fuera a través del romanticismo, el costumbrismo, el realismo, el simbolismo o alguna otra corriente novedosa.

El catedrático Cecilio Alonso apunta: “La desavenencia fundamental entre clasicistas y románticos consistía en que los primeros imponían lo antiguo, mientras que los segundos proponían imitarlos más filosóficamente sirviéndose de los elementos poéticos de las imágenes ‘análogas a los tiempos en que escriben’ porque de otro modo la poesía pierde autenticidad. Con este planteamiento tanto los grandes escritores clásicos de la antigüedad –Homero, Píndaro, Virgilio- como los modernos –Dante, Camoens, Shakespeare, Calderón, Schiller o Byron- cumplieron el principio estético de dejar en sus obras el color de las épocas que vivieron”.

La confrontación continuó, pero uno de los escasos puntos de coincidencia fue el reconocimiento de la obra de Calderón de la Barca, dramaturgo que llegaría al siglo XX como un ícono cultural.

CINCO SIGLOS DESPUÉS

La obra de Calderón de la Barca logró resistir al paso del tiempo y sus piezas más relevantes (La vida es sueño y El alcalde de Zalamea) hoy son consideradas obras maestras del teatro español del Siglo de Oro y del teatro occidental de todos los tiempos, por ofrecer un relato vivo, fresco, lleno de incitaciones, pleno de significados y sentidos, atractivo para el individuo de cualquier época o cultura.

SEGISMUNDO. Pues si es así, y ha de verse / desvanecida entre las sombras / la grandeza y el poder, / la majestad y la pompa, / sepamos aprovechar / este rato que nos toca, / pues sólo se goza en ella / lo que entre sueños se goza…

¿Qué pasado bien no es sueño? / ¿Quién tuvo dichas heroicas / que entre sí no diga, cuando / las revuelve en su memoria: / sin duda que fue soñado / cuanto vi?…

La obra de Calderón de la Barca es hoy reconocida en todo el mundo. El especialista Harold Bloom advierte una influencia imperecedera de este autor: “Los dramas filosóficos abundan, y Samuel Beckett (en Esperando a Godot) vuelve la mirada hacia La vida es sueño”.

Bloom recuerda que, en La filosofía de las bellas artes, Friedrich Hegel intentaba establecer las diferencias entre el tipo de personajes de Shakespeare, Sófocles, Racine, Lope de Vega y Calderón de la Barca. “Hegel sitúa a Lope de Vega y a Calderón en un nivel superior, y aunque ve en ellos un trazado de personajes bastante abstracto, reconoce en éstos solidez y una sensación de personalidad, aun cuando resulten un tanto rígidos”.

Añade Bloom que “Goethe se volvió hacia el drama barroco del Siglo de Oro español, hacia Calderón de la Barca en particular, al buscar un modelo que le sirviera de rival. En las grandes obras de Calderón los protagonistas se mueven y tienen existencia en un indeterminado ámbito entre el personaje y la idea; son metáforas sostenidas de un complejo de preocupaciones temáticas. Esto funciona maravillosamente en los casos de Calderón y Lope de Vega”.

[ Gerardo Moncada ]

 

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