Epigramas de Marcial, el maestro de la brevedad punzante

Poeta romano (1 marzo 40 – 104), admirado e imitado por lo agudo y profundo de sus sátiras plasmadas en el sucinto estilo epigramático.

Aquí está aquél a quien lees, a quien buscas,
el Marcial conocido en el mundo entero
por sus agudos libritos de epigramas…

Una de las cualidades de la literatura es que puede tomar inspiración de cualquier tema, desde el más pedestre hasta el más elevado, y esto no condicionará el resultado artístico final que llegue a nuestras manos. Podemos observar los más distintos ejemplos a lo largo de la historia: Chaucer expone en sus Cuentos de Canterbury historias que eran cotidianas en su tiempo pero que, en su exposición, fueron la piedra angular de la literatura inglesa e, incluso, de la lengua en general; vemos también cómo Marcel Proust, a inicios del siglo XX, escribió una monumental obra dividida en 7 tomos, En busca del tiempo perdido, donde tomaba conversaciones frívolas entre miembros de la decadente aristocracia francesa, nuevos ricos, artistas y aspirantes burgueses y los detalles expuestos crearon una de las obras más importantes de la historia de la literatura en Francia.

En el caso de Marco Valerio Marcial, poeta nacido en Hispania en los inicios del Imperio Romano pero que vivió el reinado de tres emperadores, Domiciano, Nerva y Trajano, las anécdotas y asuntos de la vida diaria romana son uno de los más importantes testimonios literarios que nos ayudan a elaborar no sólo una mejor idea de la sociedad imperial romana sino también a, metafóricamente, poner piezas arqueológicas faltantes en un panorama completo del imperio en sus inicios. Junto a esto, encontramos una de las plumas más concisas, mordaces y modernas de la antigüedad, la obra de un autor que en cuatro versos podría ensalzar magnánimamente a su destinatario o destruir por completo a su adversario.

Nuestro autor tuvo por padres a dos residentes de la ciudad de Bilbilis, en Hispania, que tomaron la ciudadanía romana y por lo cual le asignaron a su hijo al nacer el cognomen, lo que en tiempos modernos podríamos llamar apellido, Martialis (pertenecientes a Marte, dios de la guerra), por ser marzo su mes de nacimiento y estar consagrado a dicho dios. Marcial fue a vivir a Roma, capital del imperio, desde muy joven pero fue después de residir allí por más de 20 años cuando se consagró como escritor al publicar su obra más popular: los 12 libros de Epigramas, un género que cultivó y dominó como ningún otro poeta romano, construyendo pequeños poemas que tenían como intención exponer efectivos mensajes en unas cuantas palabras. El oficio de Marcial como epigramista fue especialmente apreciado por los emperadores; se sabe que muchos de sus epigramas circularon previo a su publicación oficial entre potenciales patrocinadores romanos y que su primer libro de epigramas fue compuesto en ocasión de la inauguración del Anfiteatro Flavio, mejor conocido en época actual como el coliseo romano:

No mencione la bárbara Menfis las maravillas de sus pirámides,
ni el trabajo asirio se jacte de Babilonia;
no se alaben los afeminados jonios con el templo de Diana,
que el ara abundante en cuernos deje olvidar a Delos,
y que los carios cesen de ensalzar con elogios inmoderados
hasta los mismos cielos el Mausoleo colgado en el aire vacío.
Toda obra humana debe ceder al anfiteatro del César,
la fama celebrará únicamente ésta por todas. (*)
(Marcial, Libro de los Espectáculos, 1)

Además de legarnos un homenaje al recinto que todavía en nuestra época es símbolo de Italia y que cada año invita a millones de visitantes de todas partes del mundo a Roma, el poeta hispano nos da en este libro de los espectáculos, que junto con los libros Xenia y Apoforeta forman las tres obras que son externas al conjunto de 12 libros que integran en conjunto el texto de los Epigramas, imágenes invaluables sobre lo que sucedía en la arena del Coliseo. Nos otorga un catálogo de los animales (insólitos para la época) que desfilaron por dicho escenario, como un rinoceronte, un león con su domador o un oso:

Exhibido el rinoceronte por toda la arena, te ofreció, César,
un espectáculo que no prometió.
¡Oh con qué bravura se enfureció incoerciblemente!
¡Qué grande era el toro, para quien un toro era un pelele!
(Marcial, Libro de los Espectáculos, 9)

Un león traicionero hirió con su boca desagradecida a su cuidador,
atreviéndose a lastimar las manos que le eran tan conocidas.
Pero ha recibido el castigo merecido por tan gran crimen,
y él, que no aguantó el látigo, ha sentido los venablos.
¡Qué costumbres habrán de practicar los humanos bajo este príncipe,
que desea que hasta las fieras amansen su furor natural!
(Marcial, Libro de los Espectáculos, 10)

Mientras un oso, cayendo de cabeza, rueda sobre sí
por la ensangrentada arena, no pudo huir
al ser atrapado por el vesque.
Cesen ya los relucientes venablos de hierro disimulado
y no se arroje la lanza balanceada por la sacudida del brazo.
Que el cazador atrape su presa en el vacío del aire,
si gusta cazar fieras con el arte del pajarero.
(Marcial, Libro de los Espectáculos, 11)

Dentro de estas escenas, una de las más estremecedoras es la que describe el poeta, que probablemente presenció el espectáculo con sus propios ojos, donde podemos sentir la impresión de observar a una cerdita preñada que aparece en medio de la arena:

Entre las crueles peripecias de la caza de fieras ofrecida por el César,
habiéndose clavado una ligera asta en una cerda preñada,
salió un cerdito por la herida de la desgraciada madre.
¡Oh feroz Lucina!, ¿fue eso un parto?
Ella hubiera querido morir herida por más dardos,
para que todos sus cachorrillos encontraran expedita una triste salida.
¿Quién puede negar que Baco nació por la muerte de su madre?
Creed que un dios nació así, porque también ha nacido un animalito.
(Marcial, Libro de los Espectáculos, 12)

El repertorio de temas se hará cada vez más amplio pero comenzaremos a notar que lo central en Marcial es la ambivalencia: se convirtió en uno de los autores, junto con Ovidio, más influyentes para la historia de la literatura occidental, especialmente para los autores del siglo de oro español donde se conocieron y se recrearon muchos de los tópicos que el autor expone en sus libros epigramáticos. Una de las razones que podemos aducir a esta popularidad es que en la obra del autor romano encontramos temas de los más variados. Los lectores podían encontrar reflexiones sobre crítica literaria, información sobre la forma en la que se creaban y comerciaban libros en el siglo I d.C. en Roma y otros lugares cercanos al imperio, juegos literarios donde la sátira y la burla mordaz en unas cuantas palabras ocupa el centro de la labor epigramática para un autor que debió ganarse en el poema corto y eficaz la buena venia de las clases más altas que al leerlo buscaban tener más de este joven poeta. Cuando Marcial ganó el reconocimiento, no dudó en presumirlo en sus libros:

Elogia, le gustan y canta mis libritos mi querida Roma
y a mí todos los bolsillos,
a mí todas las manos me tienen.
Pero mira, uno se pone colorado, palidece,
se queda pasmado, boquiabierto, siente odio.
Esto es lo que quiero:
ahora me gustan mis versos.
(Marcial, VI, 60)

Ni tampoco en presumir su fama desde el comienzo de su ciclo de 12 libros de epigramas:

Aquí está aquél a quien lees, a quien buscas,
el Marcial conocido en el mundo entero
por sus agudos libritos de epigramas;
a quien tú, lector aplicado,
le has dado en vida y en plena lucidez,
la gloria que raros poetas tienen después de incinerados.
(Marcial, I, 1)

El epigrama se convirtió en un vehículo a través del cual Marcial hacía referencia a sus contemporáneos pero también a aquellos grandes nombres que lo habían antecedido tan solo una o dos generaciones antes de su nacimiento, apelando a sus destinatarios para tener, por ejemplo, un patrocinador como Virgilio u Horacio lo tuvieron:

Me dices con frecuencia, mi querido Lucio Julio:
“Escribe algo grande, ¡eres un holgazán!”.
Dame sosiego –pero como el que antaño proporcionó Mecenas a Flaco
y a su querido Virgilio–, que yo intentaré componer una obra
destinada a sobrevivir a los siglos y arrebatar mi nombre a las llamas.
Los toros no quieren verse uncidos para arar campos estériles:
una tierra gruesa cansa, pero resulta gozosa la misma fatiga.
(Marcial, I, 107)

Además de la mención de los poetas augustos, Marcial también retoma uno de los temas más famosos de Horacio, el conocidísimo poema 1.11 de los Carmina conocido como carpe diem, que invita a sus lectores a aprovechar el día y no dar por descontado ninguno porque la vida no asegura vivir ni un segundo más que el que estamos pasando en este momento. El poeta hispano nos da su propia versión de esta idea epicureísta:

Dices que empezarás a vivir mañana, “mañana” dices, Póstumo, siempre.
Dime, ese “mañana”, Póstumo, ¿cuándo llega?
¡Qué lejos está ese mañana! ¿Dónde está?
¿Adónde hay que ir a buscarlo?
¿Se oculta quizás entre los partos y los armenios?
Ese “mañana” tiene ya los años de Príamo o de Néstor.
Ese “mañana”, ¿por cuánto, dime, se puede comprar? ¿Vivirás mañana?
Vivir hoy es ya ir con retraso.
Persona sensata es, Póstumo, quien vivió ayer.
(Marcial, V, 58)

El epigrama parece un perfecto medio conductor para cualquier tema que pueda describirse en unas cuantas líneas. A pesar de que poetas antes que él ya habían explorado las características epigramáticas en sus obras (en Catulo podemos encontrar poemas que tienen rostro de epigrama; en Horacio ya veíamos elementos epigramáticos utilizados como cierre en varios de sus libros de Odas), Marcial es el primero en consagrar toda su creación literaria al género y, por esa razón, los límites que explora son cada vez más amplios. Sin embargo, el poeta no olvida el origen de dicho género, primordialmente concebido como poesía inscrita sobre algún objeto y haciendo referencia al fallecimiento de alguna persona, de hecho podemos pensar en algunos epigramas como algo muy cercano a los epitafios funerarios en lápidas de nuestro tiempo. Marcial juega con esta noción originaria y expone en epigramas que podemos leer en un juego metafórico dentro del contexto de una inscripción funeraria que el lector pudo haber encontrado en su camino:

Unos mármoles ciertamente pequeños estás leyendo, viandante,
pero que no han de ceder
ante las piedras de Mausolo y de las Pirámides.
Dos veces fue examinada mi vida en el Tarento romano
y no perdió nada antes de su pira funeraria.
Juno me dio cinco hijos y otras tantas hijas:
todas sus manos cerraron mis ojos.
Me tocó también en suerte una rara gloria del tálamo
y hubo un solo pene conocido por mi pudor.
(Marcial, X, 63)

Nos encontramos con el epigrama funerario de una mujer que nos habla sobre una vida dentro de un matrimonio único y donde dejó muchos hijos tristes consagrados a ella y velando su partida. Después de aparentemente tener un epigrama donde se destaca lo piadoso de la mujer recién fallecida, que ha cumplido con su “labor” femenina habiendo tenido un gran cantidad de hijos, en la última línea vemos una afirmación prosaica y por demás burlona. Es evidente que jamás leeríamos, en la vida real, un epigrama de estas características en una estela sepulcral, pero Marcial juega con la costumbre de realzar las buenas costumbres del fallecido, una moral recta que siguiera el camino de lo que se intentaba reflejar como paradigma de comportamiento dentro de la sociedad romana, cuando es tan procaz en su lenguaje que hace contrastar las serias líneas iniciales del poema con el sorpresivo final que no puede evitarnos escapar una carcajada.

La sinceridad y ligereza es una característica constante en su poesía y, dentro de ella, Marcial nos es partícipe de sus problemas económicos al comienzo de su carrera literaria y justifica su falta de producción debido a ella pero, no sólo eso, también da un motivo, dentro de un juego literario para justificar el género al que se consagró, de su carrera como epigramista: al no tener un patrocinador seguro, sus poemas deben ser cortos pero, aún así, los escribe pensando en que su obra sobreviva por siglos al igual que las obras de los poetas anteriores a él. Marcial confía en la eternidad de cada epigrama integrando libros que serán considerados en conjunto, probablemente pensando también que su producción literaria no desmerecerá por el tamaño de los elementos que la integran. El poeta utiliza sus epigramas como un medio de respuesta a otros escritores o contemporáneos, como ya hemos mencionado, y a veces le bastan únicamente dos versos para ser contundente en la respuesta a algún adversario literario:

Dicen que Cinna escribe versos contra mí;
no escribe el poeta cuyos versos nadie lee.
(Marcial, III, 9)

Pero la crítica, por supuesto, no se limita a la defensa del poeta sino también al ataque:

Nadie se alegra al encontrarte,
a donde quiera que vas se hace el vacío
y la soledad en torno de ti, Ligurino,
¿quieres saber por qué?
Eres demasiado poeta.
Este vicio es muy peligroso.
Ni a una tigresa rabiosa por haberle robado sus cachorros,
ni a una víbora abrasada a pleno sol,
ni a un venenoso escorpión se les teme como a ti.
¿Quién, te pregunto, podrá soportar tamaños trabajos?
Me lees cuando me ves de pie y me lees cuando me encuentras sentado,
me lees cuando me pongo a correr y me lees cuando estoy cagando.
Huyo a las termas, resuenas a mi oído;
me dirijo a la piscina, no me dejas nadar;
voy deprisa a una cena, me detienes en el camino;
me acomodo a la mesa, me haces salir a medio comer;
me quedo dormido cansado, me haces levantar.
¿Quieres ver el mal tan inmenso que haces?
Siendo un hombre justo, honesto e inocente, eres temido.
(Marcial, III, 44)

El implacable crítico Ligurino es atacado por Marcial por jamás dejar espacio en sus críticas a la poesía que analiza. No deja los libros que critica, como lo dice el propio poeta de forma escatológica, ni para ir al baño, pero esto provoca obviamente que éste le sea totalmente odioso a cualquiera y solamente se gane el aislamiento y la soledad. Parte de lo visto aquí es un elemento que Marcial también explota constantemente, una postura específica ante la crítica literaria que se nota en sus declaraciones personales pero, también, en la forma en la que describe a los críticos de su obra. Ésta es una de las características que más inspiraron imitación de parte de los escritores españoles del Siglo de Oro, a Baltazar Gracián le parecía un ejemplo destacado de la agudeza y el ingenio para poder plasmar una crítica, es obvia también la presencia del poeta hispano en autores como Lope de Vega, Luis de Góngora o Francisco de Quevedo, quien se inspira en este epigrama, y en general en la forma rápida e incisiva de Marcial para atacar a sus contrincantes literarios, y para elaborar su conocidísimo soneto a la enorme nariz de Góngora:

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un pez espada muy barbado.
Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.
Érase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era.
Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.
(Francisco de Quevedo, soneto satírico, 1647)

Por más dotado de nariz que estés, aunque seas todo nariz,
tan grande que Atlante no habría querido llevarla a cuestas ni rogándoselo,
y aunque puedas tú burlarte del mismo Latino,
no puedes decir contra mis bagatelas más de lo que yo mismo he dicho.
¿Qué placer habrá en roer diente con diente?
Hace falta carne, si quiere uno quedar saciado.
No pierdas tu tiempo.
Guarda tu veneno para aquéllos que se admiran a sí mismos;
yo sé que esto mío no es nada.
Sin embargo no es excesivo este “nada”,
si cándido de oídos, si con cara no mañanera vienes a mí.
(Marcial, Xenia, 2)

Marcial refiere el tamaño de la nariz de su interlocutor como una burla de su “olfato” crítico, pero es evidente que Quevedo consideró tan útil esta parodia que pudo usarla para burlarse de la característica física más evidente de su contemporáneo Luis de Góngora. Marcial, sin embargo, nos dice de nuevo mucho sobre su postura con respecto a la creación poética: lo corto de sus poemas no desmerece la calidad de ellos. La actualidad de la sutileza pero al mismo tiempo profundidad de las críticas epigramáticas de Marcial han sido uno de los objetos literarios más reconocidos e imitados en la literatura española también porque, probablemente, su lugar de origen lo justifica como un baluarte cuyos herederos geográficos pueden sentir fascinación de encontrar un antecesor poético tan destacado como él.

Hay variados elementos que Marcial nos describe sobre los simposios romanos y los detalles que dentro de ellos se encontraban, como la comida y bebida que fluía en estos encuentros tan decadentes como hipnotizadores para sus lectores; pero incluso en ellos, cuando el anfitrión no cumplía con su cometido, el poeta no dudaba un segundo en usar su pluma como lanza:

Ayer, lo confieso, diste un perfume exquisito a tus convidados,
pero no trinchaste nada.
¡Es cosa curiosa oler bien y morirse de hambre!
El que no cena y lo perfuman, Fabulo,
creo en verdad que está muerto.
(Marcial, III, 12)

Marcial critica el convite donde el anfitrión llenó de perfumes y deliciosos aromas a sus invitados pero en el cual nunca llegó la cena, o por lo menos no en suficiente medida. Cuando menciona que el que no cena y perfuma cree que está muerto, hace un juego de palabras con la costumbre romana de mezclar pequeñas piedras de algún perfume, casi siempre nardo, en las piras funerarias que se encendían en honor a los fallecidos y, por esa razón, traer esos aromas sin haber comida parece que honra a los huéspedes “muertos de hambre” que se encuentran en la reunión. Podría pensarse que la forma de evitar las críticas de un huésped tan mordaz es simple, no invitarlo a ninguna fiesta. Pero no es tan fácil escapar de los versos viperinos del poeta:

Nunca me devuelves la invitación,
aunque acudes muchas veces a mis invitaciones.
Te perdono, Galo, con tal que no invites a nadie.
Invitas a otros: la falta es de los dos.
—¿Cómo?, preguntas.
—Yo no tengo cabeza y tú, Galo, no tienes vergüenza.
(Marcial, III, 27)

Y es que Marcial tenía toda la autoridad para hacer crítica de las fiestas ajenas, era un reconocido sibarita de la antigüedad, probablemente uno de los primeros personajes al que podríamos poner la etiqueta de sommelier en la historia occidental. Consagra dos de los libros que ya mencionamos, Xenia y Apoforeta, a la descripción de regalos y alimentos en los banquetes que se organizaban frecuentemente en la sociedad romana. En ellos, además de confirmar su papel como destacado conocedor de la comida y bebida romana, nos hace saber en el proceso mucho de lo que ahora conocemos sobre la sofisticación gastronómica de la sociedad imperial como los ingredientes (espárragos, pueros, higos, dátiles, pollos, panes o trufas), todos ellos con una dedicatoria en forma de un epigrama de uno o dos versos, en los vinos que consumían, nos habla sobre un vino falerno, setino, fundano, del Trifolio, en una clasificación que ya se acercaba a la denominación de origen actual en la que se clasifican los distintos tipos de vinos y uvas dependiendo de la región que los producen.

En resumen, es fácil entender -y compartir- la fascinación que Marcial ha causado a lo largo de ya dos milenios: un hombre que hizo de lo menor lo mayor, donde encontramos no sólo el germen de la creación artística de otros autores, también de elementos contemporáneos como el slogan publicitario (es quizá Marcial el primero que utilizó la información de un solo verso para describir un producto de forma eficaz); de lo simbólico, como los íconos de marcas (es probable que la famosa manzana de Apple o la F de facebook, reconocible por cualquiera, no existiría sin la comprensión sucinta y eficaz de la poesía de Marcial); los encabezados de periódicos… En fin, mientras más nos adentramos en el mundo de las cenas, los vinos, los gladiadores, la crítica literaria y la sátira del poeta, es más probable que nos identifiquemos con ella y veamos el mundo con anteojos marcialianos.

[ Néstor Manríquez Lozano ]

(*) Todas las traducciones a Marcial fueron tomadas del texto de José Guillén: Epigramas de Marco Valerio Marcial, Institución “Fernando el Católico”, Diputación de Zaragoza, 2004.

Néstor Manríquez es maestro en Letras Clásicas y académico en la UNAM.

Otras obras acerca de Roma:

La Eneida, de Virgilio.
Metamorfosis, de Ovidio.
Las Odas, de Horacio.
Elegías, de Sexto Propercio.
Catulo, el poeta transgresor que enlazó Grecia, Alejandría y Roma.
El Satiricón, de Cayo Petronio.
El Imperio Romano, de Isaac Asimov.

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