Sonetos, redondillas, romances, liras, endechas… la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz

A más de tres siglos de distancia, la poesía de Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana nos sigue deslumbrando por la soberbia conjunción de ingenio y ligereza, de gracia y sapiencia, a lo cual –por si no fuera suficiente- se suma una intensa pasión amorosa.

“Apenas había una fiesta en las iglesias y conventos de México, Puebla y Oaxaca, o en la Universidad; apenas se festejaban acontecimientos de la vieja o de la Nueva España; apenas se quería rendir homenaje a los príncipes de la Iglesia; apenas había una ordenación o toma de hábito, se solicitaba que sor Juana contribuyera con versos u obras dramáticas. Ella se expresaba siempre con bullente plenitud”, refiere Karl Vossler, autor de La décima musa de México (1934).

SONETOS

[Desmiente los elogios acerca de un retrato de la poetisa]
Éste que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentado los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
éste en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido:
es un vano artificio del cuidado;
es una flor al viento delicada;
es un resguardo inútil para el hado;
es una necia diligencia errada;
es un afán caduco, y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

[Quéjase de la suerte]
¿En perseguirme, mundo, qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas,
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas.
Yo no estimo hermosura que vencida
es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida,
teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

En sor Juana hubo una “profunda decisión de ser lo que quería ser, una búsqueda paciente y subterránea de autosuficiencia psíquica y moral que fuese el fundamento de su vida y su destino de poeta e intelectual. La obstinación con que se empeñó en ser ella misma, su habilidad y su tacto para sortear los obstáculos, su fidelidad a sus voces interiores, la secreta y orgullosa terquedad que la llevó a inclinarse pero no a quebrarse, todo esto no fue rebeldía –imposible en su tiempo y en su situación- pero sí fue (y es) un ejemplo del buen uso de la inteligencia y la voluntad al servicio de la libertad interior”, escribió Octavio Paz en Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe (Seix Barral, 1982).

[Fantasía contenta con amor decente]
Detente, sombra de mi bien esquivo
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

[Amar o aborrecer]
Que no me quiera Fabio al verse amado
es dolor sin igual, en mi sentido;
mas que me quiera Silvio aborrecido
es menor mal, mas no menor enfado.
¿Qué sufrimiento no estará cansado,
si siempre le resuenan al oído,
tras la vana arrogancia de un querido,
el cansado gemir de un desdeñado?
Si de Silvio me cansa el rendimiento,
a Fabio canso con estar rendida:
si de éste busco el agradecimiento,
a mí me busca el otro agradecida:
por activa y pasiva es mi tormento,
pues padezco en querer y ser querida.

[Que prevalezca la razón contra el gusto]
Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor hallo diamante;
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata
y mato a quien me quiere ver triunfante.
Si a éste pago, padece mi deseo:
si ruego a aquel, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo por mejor partido escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que de quien no me quiere, vil despojo.

El filólogo Antonio Alatorre, destacado sorjuanista, recomendaba detenerse en los tres sonetos que inician “Al que ingrato me deja busco amante”, “Que no me quiera Fabio al verse amado” y “Feliciano me adora y le aborrezco”. Con entusiasmo afirmaba: “Se trata de un tríptico, un joyel lingüístico hecho de tres sonetos como perlas: muy parecidos entre sí, pero cada uno con su brillo, su ‘oriente’ especial”. Asimismo, sugería observar otros poemas donde sor Juana emplea las “encontradas correspondencias”.

[Continúa el asunto]
Feliciano me adora y le aborrezco;
Lisardo me aborrece y yo le adoro;
por quien no me apetece ingrato, lloro,
y al que me llora tierno, no apetezco:
a quien más me desdora, el alma ofrezco;
a quien me ofrece víctimas, desdoro;
desprecio al que enriquece mi decoro
y al que le hace desprecios enriquezco;
si con mi ofensa al uno reconvengo,
me reconviene el otro a mí ofendido
y al padecer de todos modos vengo;
pues ambos atormentan mi sentido:
aqueste con pedir lo que no tengo
y aquél con no tener lo que le pido.

[Un solo empleo en amar es razón y conveniencia]
Fabio, en el ser de todos adoradas
son todas las beldades ambiciosas,
porque tienen las aras por ociosas
si no las ven de víctimas colmadas.
Y así, si de uno solo son amadas,
viven de la fortuna querellosas;
porque piensan que más que ser hermosas
constituyen deidad al ser rogadas […]

[A la esperanza]
Verde embeleso de la vida humana,
loca esperanza, frenesí dorado,
sueño de los despiertos intrincado,
como los sueños, de tesoros vana;
alma del mundo, senectud lozana,
decrépito verdor imaginado,
el hoy de los dichosos esperado
y de los desdichados el mañana:
sigan tu sombra en busca de tu día
los que, con verdes vidrios por anteojos,
todo lo ven pintado a su deseo:
que yo, más cuerda en la fortuna mía,
tengo en entrambas manos ambos ojos
y solamente lo que toco veo.

[Atribuido a Juana de Asbaje]
Cítara de carmín que amaneciste
trinando endechas a tu amada esposa
y, paciéndole el ámbar a la rosa,
el pico de oro, de coral teñiste;
dulce jilguero, pajarito triste,
que apenas el aurora viste hermosa
cuando el tono primero de una glosa
la muerte hallaste y el compás perdiste:
no hay en la vida, no, segura suerte;
tu misma voz al cazador convida
para que el golpe cuando tire acierte.
¡Oh fortuna buscada aunque temida!
¿Quién pensara que cómplice en tu muerte
fuera, por no callar, tu propia vida?

El célebre filólogo Marcelino Menéndez y Pelayo escribió: “Mujer hermosísima, fue además vehemente y apasionadísima en sus afectos, y difícil era que con tales condiciones dejase de amar y ser amada mientras vivió. Es cierto que no hay más indicio que sus propios versos, pero éstos hablan con tal elocuencia, y con voces tales de pasión sincera y mal correspondida o torpemente burlada, tanto más penetrante cuanto más se destacan del fondo de una poesía amanerada y viciosa, que sólo quien no está acostumbrado a distinguir el legítimo acento de la emoción lírica podrá creer que se escribieron por pasatiempo o para expresar afectos ajenos”.

REDONDILLAS

[Respuesta a quien dijo: la mujer se pone hermosa con querer bien]
…Mas si el amor hace hermosas,
pudiera excusar ufana
con merecer la manzana
la contienda de las diosas.
Belleza llego a tener
de mano tan generosa,
que dices que seré hermosa
solamente con querer.
Y así en lid contenciosa
fuera siempre la triunfante;
que, pues nadie es tan amante,
luego nadie tan hermosa.
Mas si de amor el primor
la belleza me asegura,
te deberé la hermosura,
pues me causas el amor.
Del amor tuyo confío
la beldad que me atribuyo
porque siendo obsequio tuyo
resulta en provecho mío.
Pero a todo satisfago
con ofrecerte de nuevo
la hermosura que te debo
y el amor con que te pago.

[Efectos irracionales del amor]
Este amoroso tormento
que en mi corazón se ve,
sé que lo siento, y no sé
la causa por que lo siento.
Siento una grave agonía
por lograr un devaneo
que empieza como deseo
y para en melancolía.
Y cuando con más terneza
mi infeliz estado lloro,
sé que estoy triste e ignoro
la causa de mi tristeza.
Siento un anhelo tirano
por la ocasión a que aspiro
y cuando cerca la miro
yo misma aparto la mano.
Porque si acaso se ofrece
después de tanto desvelo,
la desazona el recelo
o el susto la desvanece.
Y si alguna vez sin susto
consigo tal posesión,
cualquiera leve ocasión
me malogra todo el gusto.
Siento mal del mismo bien
con receloso temor,
y me obliga el mismo amor
tal vez a mostrar desdén […]
No huyo el mal ni busco el bien,
porque en mi confuso error
ni me asegura el amor
ni me despecha el desdén.
En mi ciego devaneo,
bien hallada con mi engaño,
solicito el desengaño
y no encontrarlo deseo.
Si alguno mis quejas oye,
más a decirlas me obliga,
porque me las contradiga,
que no porque las apoye.
Porque si con la pasión
algo contra mi amor digo,
es mi mayor enemigo
quien me concede razón […]
Nunca hallo gusto cumplido,
porque entre alivio y dolor
hallo culpa en el amor
y disculpa en el olvido.
Esto de mi pena dura
es algo del dolor fiero
y mucho más no refiero
porque pasa de locura.
Si acaso me contradigo
en este confuso error,
aquel que tuviese amor
entenderá lo que digo.

En 1910, el poeta Amado Nervo, cuando se desempeñaba en Madrid como secretario de la embajada mexicana, publicó “un estudio notable sobre Juana de Asbaje, en ocasión del centenario de la Independencia de México, y fue el primer estudio de revalorización de Sor Juana Inés de la Cruz”, señala José Luis Martínez (“México en busca de su expresión”, Historia General de México, 2009).

Y es que durante los siglos XVIII y XIX la obra de la poetisa fue objeto de un enorme desdén, al grado que pudo haber sido olvidada -estima Octavio Paz- de no ser por un solo poema, este que nunca se dejó de leer y de mencionar:

[Inconsecuencia del gusto y la censura de los hombres]
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.
Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no está claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?
Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y queja enhorabuena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
¿Pues para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar
y después con más razón
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

“La gran y verdadera novedad es que haya sido una mujer y no un hombre la autora de esas redondillas satíricas. El poema fue una ruptura histórica y un comienzo: por primera vez en la historia de nuestra literatura una mujer habla en nombre propio, defiende a su sexo y, con gracia e inteligencia, usando las mismas armas de sus detractores, acusa a los hombres por los vicios que ellos achacan a las mujeres. En esto sor Juana se adelanta a su tiempo: no hay nada parecido, en el siglo XVII, en la literatura femenina de Francia, Italia e Inglaterra. Por esto es más notable aún que esta sátira haya sido escrita en Nueva España, una sociedad cerrada, periférica y bajo la doble dominación de dos poderes celosos: la iglesia católica y la monarquía española”: Octavio Paz.

[Amor importuno]
Dos dudas en que escoger
tengo y no sé a cuál prefiera,
pues vos sentís que no quiera
y yo sintiera querer […]
Si daros gusto me ordena
la obligación, es injusto
que por daros a vos gusto
haya yo de tener pena.
Y no juzgo que habrá quien
apruebe sentencia tal
como que me trate mal
por trataros a vos bien.
Mas por otra parte siento
que es también mucho rigor
que lo que os debo en amor
pague en aborrecimiento […]
No sé cómo despacharos,
pues hallo al determinarme
que amaros es disgustarme
y no amaros disgustaros.
Pero dar un medio justo
en estas dudas pretendo,
pues no queriendo os ofendo
y queriéndoos me disgusto […]
Sólo este medio es bastante
a ajustarnos, si os contenta:
que vos me logréis atenta
sin que yo pase a lo amante.
Y así quedo, en mi entender,
esta vez bien con los dos:
con agradecer, con vos;
conmigo, con no querer […]

“Los versos de amor profano de sor Juana no eran vano ensueño de la mente, ni menos alegoría o sombra de otro amor más alto, son de los más suaves y delicados que han salido de pluma de mujer; todo o casi todo es espontáneo y salido del alma. Por eso acierta tantas veces con la expresión feliz, con la expresión única, que es la verdadera piedra de toque de la sinceridad de la poesía afectiva”: Marcelino Menéndez y Pelayo.

ROMANCES

[La obligación y el afecto]
…Manda la razón de estado
que, atendiendo a obligaciones,
las partes de Fabio olvide,
las prendas de Silvio adore.
O que al menos, si no puedo
vencer tan fuertes pasiones,
cenizas de disimulo
cubran amantes ardores.
¡Qué vano disfraz la juzgo!
Pues harán, cuando más obren,
que no se mire la llama
no que el ardor no se note.
¿Cómo podré yo mostrarme,
entre estas contradicciones,
a quien no quiero, de cera,
a quien adoro, de bronce?
¿Cómo el corazón podrá,
cómo sabrá el labio torpe
fingir halago, olvidando,
mentir, amando, rigores?
¿Cómo sufrir abatido,
entre tan bajas ficciones,
que lo desmienta la boca
podrá un corazón tan noble?
¿Y cómo podrá la boca
cuando el corazón se enoje,
fingir cariños, faltando
quien le ministre razones?
¿Podrá mi noble altivez
consentir que mis acciones
de nieve y de fuego sirvan
de ser fábula del orbe? […]
Quererle porque él me quiere
no es justo que amor se nombre:
que no ama quien para amar
el ser amado supone.
No es amor correspondencia:
causas tiene superiores,
que las concilian los astros
o la engendran perfecciones.
Quien ama porque es querida,
sin otro impulso más noble,
desprecia el amante y ama
sus propias adoraciones.
Del mundo del sacrificio
quiere los vanos honores,
sin mirar si al oferente
hay méritos que le adornen […]

“Su alegría clara, su zaherir verboso, pero sin malicia, desentraña en todas partes lo irracional, haciéndolo relucir… Su afectuosidad y su perspicacia conservan igual finura, ya trate de inclinaciones mundanas o eternas”: Karl Vossler.

[Mucha ciencia, inútil para saber, nociva para vivir]
Finjamos que soy feliz,
triste pensamiento, un rato;
quizá podréis persuadirme,
aunque yo sé lo contrario.
Que pues sólo en la aprehensión
dicen que estriban los daños,
si os imagináis dichoso
no seréis tan desdichado.
Sírvame el entendimiento
alguna vez de descanso
y no siempre esté el ingenio
con el provecho encontrado.
Todo el mundo es opiniones,
de pareceres tan varios,
que lo que el uno, que es negro,
el otro prueba que es blanco.
A uno sirve de atractivo
lo que otro concibe enfado,
y lo que éste por alivio
aquél tiene por trabajo.
El que está triste censura
al alegre de liviano
y el que está alegre se burla
de ver al triste pensando.
Los dos filósofos griegos
bien esta verdad probaron;
pues lo que en el uno risa,
causaba en el otro llanto […]
Si es mío mi entendimiento
¿por qué siempre he de encontrarlo
tan torpe para el alivio,
tan agudo para el daño?
El discurso es un acero
que sirve por ambos cabos:
de dar muerte por la punta;
por el pomo, de resguardo.
Si vos, sabiendo el peligro,
queréis por la punta usarlo,
¿qué culpa tiene el acero
del mal uso de la mano?
No es saber, saber hacer
discursos sutiles vanos;
que el saber consiste sólo
en elegir lo más sano.
Especular las desdichas
y examinar los presagios
sólo sirve de que el mal
crezca con anticiparlo […]
¿De qué sirve al ingenio
el producir muchos partos
si a la multitud se sigue
el malogro de abortarlos? […]
El ingenio es como el fuego,
que, con la materia ingrato,
tanto la consume más
cuando él se ostenta más claro.
Es de su propio señor
tan rebelado vasallo,
que convierte en sus ofensas
las armas de su resguardo.
Este pésimo ejercicio,
este duro afán pesado,
a los hijos de los hombres
dio Dios para ejercitarlos.
¿Qué loca ambición nos lleva,
de nosotros olvidados?
Si es que vivir tan poco,
¿de qué sirve saber tanto?
¡Oh, si como hay de saber
hubiera algún seminario
o escuela donde a ignorar
se enseñaran los trabajos!
¡Qué felizmente viviera
el que flojamente cauto
burlara las amenazas
del influjo de los astros!
Aprendamos a ignorar,
pensamiento, pues hallamos
que cuanto añado al discurso
tanto le usurpo a los años.

“Sus poemas de amor acerca de realidades imaginadas (que no son menos reales que las vividas) son asimismo poemas de soledad: nostalgia, deseo, desolación, amargura, arrepentimiento. Diálogos con sombras y reflejos… Una retórica plena y sutil, un poco rotunda pero capaz de exquisiteces, sol poniente de nuestro barroco; un sentimiento hondo y fluido hecho de ansiedad, deseo, melancolía; una mente lúcida, atenta, irónica. Dos palabras contradictorias definen, quizá, a estos poemas: ingenio y pasión… Como siempre, la pasión aviva su facultad inventiva y la hace encontrar imágenes y figuras sorprendentes”: Octavio Paz.

[Sobre la pasión de los celos]
Si es causa amor productivo
de diversidad de afectos,
que, con producirlos todos,
se perfecciona a sí mismo:
y si el uno de los más
naturales son los celos,
¿cómo sin tenerlos puede
el amor estar perfecto?
Son ellos de que hay amor
el signo más manifiesto:
como la humedad del agua
y como el humo del fuego.
No son (que dicen) de amor
bastardos hijos groseros;
sino legítimos, claros
sucesores de su imperio.
Son crédito y prueba suya,
pues sólo pueden dar ellos
auténticos testimonios
de que es amor verdadero […]
¿Cuántas veces hemos visto
disfrazada en rendimientos
a la propia conveniencia,
al tema o al empeño?
Sólo los celos ignoran
fábricas de fingimientos,
que, como son locos, tienen
propiedad de verdaderos.
Los gritos que ellos dan son,
sin dictamen de su dueño,
no ilaciones del discurso,
sino abortos del tormento […]
A Dido fingió el troyano,
mintió a Ariadna Teseo,
ofendió a Minos Pasife
y engañaba a Marte Venus.
Semíramis mató a Nino,
Elena deshonró al griego,
Jasón agravió a Medea
y dejó a Olimpia Vireno.
Betsabé engañaba a Urias,
Dalila al caudillo hebreo,
Jael a Sísara horrible,
Judit a Holofernes fiero:
Estos y otros, que mostraban
tener amor, sin tenerlo,
todos fingieron amor,
mas ninguno fingió celos […]
Ellos solos se van con él,
como la causa y efecto:
¿hay celos?, luego hay amor;
¿hay amor?, luego habrá celos.
De la fiebre ardiente suya
son el delirio más cierto;
que, como están sin sentido,
publican lo más secreto […]
Para tener celos basta
sólo el temor de tenerlos;
que ya está sintiendo el daño
quien está sintiendo el riesgo.
Temer yo que haya quien quiera
festejar a quien festejo,
aspirar a mi fortuna
y solicitar mi empleo,
no es ofender lo que adoro,
antes es un alto aprecio
de pensar que deben todos
adorar lo que yo quiero […]
Quien se alienta a competirme
aun en menores empeños,
es un dogal que compone
mis ahogos de su aliento.
¿Pues qué será el que pretende
excederme los afectos,
mejorarme las finezas
y aventajar los deseos?
¿Quién quiere usurpar mis dichas?
¿Quién quiere ganarme el premio?
¿Y quién en las galas del alma
quiere dejar más bien puesto?
¿Quién para su exaltación
procura mi abatimiento
y quiere comprar su gloria
a costa de mis desprecios? […]
El que es discreto, a quien ama
le ha de mostrar que el recelo
lo tiene en la voluntad
y no en el entendimiento.
Un desconfiar de sí
y un estar siempre temiendo
que podrá exceder al mío
cualquiera mérito ajeno:
un temer que la fortuna
podrá con airado ceño
despojarme por indigno
del favor que no merezco:
no sólo no ofende; antes
es el esmalte más bello
que a las joyas de lo fino
les puede dar lo discreto […]
De la triunfante hermosura
tiran el carro soberbio
el desdichado con quejas
y el celoso con despechos […]

“Lo mismo en los poemas de amor profano que en los de amistad amorosa, sor Juana sostiene que el amor más alto es aquel que no pide correspondencia. Esta idea la distingue de los que afirman que el amor perfecto es el correspondido e impone una exigencia heroica y propiamente sobrehumana: amar sin buscar reciprocidad es un heroísmo que no es humano sino divino… Aunque ella no lo dice con todas sus letras, insinúa en que hay un punto en el que el amor humanos y el divino se cruzan: el estado perfecto del que ama sin esperanza de correspondencia”: Octavio Paz.

[El dolor de una ausencia]
…Y aún ésta [mi pluma] te hablará torpe
con las lágrimas que vierto;
porque va borrando el agua
lo que va dictando el fuego.
Hablar me impiden mis ojos,
y es que se anticipan ellos,
viendo lo que he de decirte,
a decírtelo primero […]
Mira la fiera borrasca
que pasa en el mar del pecho,
donde zozobran turbados
mis confusos pensamientos.
Mira cómo ya el vivir
me sirve de afán grosero,
que se avergüenza la vida
de durarme tanto tiempo […]
Mira cómo el cuerpo amante,
rendido a tanto tormento,
siendo en lo demás cadáver,
sólo en el sentir es cuerpo […]
En fin, te vas: ¡ay de mí!,
dudosamente lo pienso;
pues si es verdad, no estoy viva,
y si viva, no lo creo [….]
¿Posible es que ha de llegar
el rigor a tan severo
que no ha de darle tu vista
a mis pesares aliento?
¿Qué no he de ver tu semblante?
¿Qué no he de escuchar tus ecos?
¿Qué no he de gozar tus brazos?
¿Ni me ha de animar tu aliento?
¡Ay, mi bien! ¡Ay, prenda mía!
¡Dulce fin de mis deseos!
¿Por qué me llevas el alma,
dejándome el sentimiento? […]

[Efectos del Amor Divino]
…Tan precisa es la apetencia
que a ser amados tenemos,
que aun sabiendo que no sirve
nunca dejarla sabemos […]
Bien ha visto quien penetra
lo interior de mis secretos
que yo misma estoy formando
los dolores que padezco.
Bien sabe que soy yo misma
verdugo de mis deseos,
pues muertos entre mis ansias
tienen sepulcro en mi pecho.
Muero (¿quién lo creerá?) a manos
de la cosa que más quiero,
y el motivo de matarme
es el amor que le tengo.
Así alimentando triste
la vida con el veneno,
la misma muerte que vivo
es la vida con que muero…

En el curso del siglo XVII, el imperio español comenzó a entumecerse. En contraste, “la poesía de sor Juana es el asombro del espíritu que despierta, hambriento, y se esfuerza en su ansia de saber. Ese afán no hubiera prosperado en las universidades pedantes y temerosamente dogmáticas de la vieja España”: Karl Vossler.

ENDECHAS

[Conceptos de afecto singular]
Sabrás, querido Fabio,
si ignoras que te quiero,
que ignorar lo dichoso
es muy de lo discreto;
que apenas fuiste blanco
en que el rapaz arquero
del tiro indefectible
logró el mejor acierto,
cuando en mi pecho amante
brotaron el incendio
de recíprocas llamas
conformes ardimientos.
¿No has visto, Fabio mío,
cuando el señor de Delas
hiere con armas de oro
la luna de un espejo,
que haciendo en el cristal
reflejo el rayo bello
hiere repercusivo
al más cercano objeto?
Pues así del amor
las flechas, que en mi pecho
tu resistente nieve
les dio mayor esfuerzo,
vueltas a mí las puntas,
dispuso amor soberbio,
sólo con un impulso,
dos alcanzar trofeos.
Díganlo las ruinas
de mi valor deshecho
que en contritas cenizas
predican escarmientos.
Mi corazón lo diga,
que en padrones eternos
inextinguibles guarda
testimonios del fuego.
Segunda Troya, el alma,
de ardientes Mongibelos
es pavesa a la saña
de más astuto griego.
De las sangrientas viras
los enervados hierros
por las venas difunden
el amable veneno.
Las cercenadas voces,
que en balbucientes ecos,
si el amor las impele,
las retiene el respeto.
Las niñas de mis ojos,
que con mirar travieso
sinceramente parlan
del alma los secretos.
El turbado semblante
y el impedido aliento
en cuya muda calma
da voces el afecto.
Aquel decirte más,
cuando me explico menos,
queriendo en negaciones
expresar los conceptos.
Y en fin, dígaslo tú,
que de mis pensamientos,
lince sutil, penetras
los más ocultos senos.
Si he dicho que te he visto,
mi amor está supuesto,
pues es correlativo
de tus merecimientos.
Si a ellos atiendes, Fabio,
con indicios más ciertos
verás de mis finezas
evidentes contextos.
Ellos a ti te basten,
que si prosigo, pienso
que con superfluas voces
su autoridad ofendo.

La figura de Sor Juana permanece y cobra fuerza en estos tiempos, a pesar del dictamen de Octavio Paz: “No hay que caer en la tentación de convertir a Sor Juana en un espíritu moderno: sor Juana no es nuestra contemporánea. Pero no es una persona simple y hecha de una pieza: es un ser complejo y dramático, en lucha con su mundo y con ella misma”.

Graffiti en la ciudad de Puebla.

[Sentir de ausente y desdeñado]
[…] No pierdo al partir sólo
los bienes que poseo,
si en Filis, que no es mía,
pierdo lo que no pierdo.
¡Ay de quien un desdén
lograba tan atento
que por no ser dolor
no se atrevió a ser premio!
Pues viendo en mi destino
preciso mi destierro,
me desdeñaba más
porque perdiera menos.
¡Ay! ¿Quién te enseñó, Filis,
tan primoroso medio:
vedar a los desdenes
el traje del afecto?
A vivir ignorado
de tus luces me ausento,
donde ni aun mi mal sirva
a tu desdén de obsequio.

[Consuelos en el desengaño]
Ya, desengaño mío,
llegasteis al extremo
que pudo en vuestro ser
verificar el serlo.
Todo lo habéis perdido:
mas no todo, pues creo
que aun a costa es de todo
barato el escarmiento.
No envidiaréis de amor
los gustos lisonjeros
que está un escarmentado
muy remoto del riesgo.
El no esperar alguno
me sirve de consuelo,
que también es alivio
el no buscar remedio.
En la pérdida misma
los alivios encuentro,
pues si perdí el tesoro,
también se perdió el miedo.
No tener qué perder
me sirve de sosiego,
que no teme ladrones
desnudo el pasajero.
Ni aun la libertad misma
tenerla por bien quiero,
que luego será daño
si por tal la poseo.
No quiero más cuidados
de bienes tan inciertos,
sino tener el alma
como que no la tengo.

[Fantasías en torno a un ausente]
Prolija memoria,
permite, siquiera,
que por un instante
sosieguen mis penas.
Afloja el cordel,
que (según aprietas)
temo que reviente
si das otra vuelta […]
Ni de mí presumas
que soy tan grosera
que la vida sólo
para vivir quiera.
Bien sabes, tú, como
quien está tan cerca,
que sólo la estimo
por sentir con ella,
y porque perdida,
perder era fuerza
un amor que pide
duración eterna:
por eso te pido
que tengas clemencia,
no porque yo viva,
sí porque él no muera […]
¿Para qué ventilas
la cuestión superflua
de si es la mudanza
hija de la ausencia?
Ya yo sé que es frágil
la naturaleza
y que su constancia
sola es no tenerla […]

“Lo que más sorprende en sor Juana es el rarísimo fenómeno psicológico que ofrece su persona… el ejemplo de curiosidad científica, universal y avasalladora que desde sus primeros años la dominó y la hizo atropellar y vencer hasta el fin de sus días cuantos obstáculos le puso por delante la preocupación o la costumbre, sin que la entibiaran ni ajenas reprensiones ni escrúpulos propios, ni fervores ascéticos, ni disciplinas y cilicios, ni el tumulto y pompa de la vida mundana que llevó en su juventud, ni la nube de esperanzas y deseos que arrastraba detrás de sí en la corte virreinal de México, ni el amor humano que tan hondamente parece haber sentido, porque hay acentos en sus versos que no pueden venir de imitación literaria”: Marcelino Menéndez y Pelayo.

LIRAS

[De una mujer a su marido muerto]
[…] No envidio dicha ajena,
que el mal eterno que en mi pecho lidia
hace incapaz mi pena
de que pueda tener tan alta envidia:
es tan mísero estado en el que peno,
que como dicha envidio el mal ajeno […]
Estense allá en su esfera
los dichosos, que es cosa en mi sentido
tan remota, tan fuera
de mi imaginación, que sólo mido,
entre lo que padecen los mortales,
lo que distan sus males de mis males […]
Sólo el cielo envidioso
mi esposo me quitó: la Parca dura,
con ceño riguroso,
fue sólo autor de tanta desventura.
¡Oh cielo riguroso! ¡Oh triste suerte,
que tantas muertes das con una muerte!
¡Ay, dulce esposo amado!
¿Para qué te vi yo? ¿Por qué te quise,
y por qué tu cuidado
me hizo con las venturas infeliz?
¡Oh dicha fementida y lisonjera,
quién tus amargos fines conociera!
¿Qué vida es esta mía,
que rebelde resiste a dolor tanto?
¿Por qué, necia, porfía
y en las amargas fuentes de mi llanto,
atenuada, no acaba de extinguirse,
si no puede en mi fuego consumirse?

“Su cultura teológica y literaria, su arte todo, pertenecen al barroco español y revelan lo afectado, el rasgo marchito de tiempos tardíos; no obstante, en su resuelto modo de vivir y en el afán infatigable de querer comunicarse se siente la frescura juvenil de la altiplanicie mexicana… La poesía de sor Juana no sufre los típicos excesos del estilo barroco. Se puede permitir, en los detalles, extravagancias, porque en el fondo es un temperamento sereno, equilibrado y noble”: Karl Vossler.

GLOSA

[La fragilidad de los bienes, lo efímero de la felicidad]
En vano tu canto suena
pues no advierte en su desdicha
que será el fin de tu dicha
el principio de tu pena.
El loco orgullo refrena,
de que tan ufano estás,
sin advertir, cuando des
cuenta al aire de tus bienes,
que si ahora dichas tienes
presto celos llorarás.
En lo dulce de tu canto,
el justo temor te avisa
que en un amante no hay risa
que no alterne con llanto.
No te desvanezca tanto
el favor, que te hallarás
burlado y conocerás
cuánto es necio un confiado;
que si hoy blasonas de amado
presto celos llorarás.
Advierte que el mismo estado
que al amante venturoso
le constituye dichoso,
le amenaza desdichado;
pues le da tan alto grado
por derribarle no más:
y así tú, que ahora estás
en tal altura, no ignores
que si hoy ostentas favores
presto celos llorarás.
La gloria más levantada
que amor a tu dicha ordena
contémplala como ajena
y tenla como prestada.
No tu ambición engañada
piense que eterno serás
en las dichas, pues verás
que hay áspid entre las flores
y que si hoy cantas favores
presto celos llorarás.

En 2007, Antonio Alatorre publicó en dos volúmenes el minucioso estudio Sor Juana a través de los siglos (1668-1910) donde da cuenta de la recepción, exaltación, crítica, mitologización, estudio, conocimiento, desconocimiento, devoción y desvarío que ha suscitado la obra de Sor Juana Inés de la Cruz dentro y fuera de México y a lo largo de los siglos. Esta revisión deja en claro que, aún entre sus detractores, la poetisa ha provocado magnetismo y seducción. A decir de Adolfo Castañón, este estudio muestra que “en medio de las críticas, los elogios expresivos, los ataques, los desdenes, la mitografía descabellada, el regateo y la exaltación, la monja poeta mexicana ha ocupado un lugar afectivo e intelectual en debate y en disputa en cada generación”.

El experto literario Harold Bloom descartó en El canon occidental (1995) a “muchos buenos escritores que no son lo suficientemente centrales”. Así, para la literatura en lengua española desde el siglo XIV hasta buena parte del XIX sólo consideró como fundamentales a once figuras de las letras, entre las cuales incluyó a Sor Juana Inés de la Cruz.

[ Gerardo Moncada ]

Otros textos de Sor Juana:
Primero sueño, la obra más personal de Sor Juana.
Respuesta a Sor Filotea de la Cruz.

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