Libros

Por el camino de Swann, de Marcel Proust

El doctor en Letras Néstor Manrique nos conduce hacia el universo proustiano.

“Pero cuando de un pasado antiguo nada subsiste, tras la muerte de los seres, tras la destrucción de las cosas, solos, más frágiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles, el olor y el sabor permanecen todavía largo tiempo, como almas, recordando, esperando, aguardando, sobre la ruina de todo lo demás, sosteniendo sin doblegarse, sobre su gotita casi impalpable, el edificio inmenso del recuerdo…”

Hay libros que son puertas. No importa cuántas veces las crucemos, siempre parece que entramos por primera vez. Por el camino de Swann es un portón enorme de entrada a la monumental catedral de siete capillas que es En busca del tiempo perdido. Quien lee con atención este primer volumen ya ha leído, sin saberlo, los otros seis; sólo le falta enterarse, poco a poco y conforme sigue avanzando a lo largo de los restantes.

El deseo, la memoria, la pérdida. Este trinomio, que gobierna la obra entera de Marcel Proust, aparece en el primer volumen con la claridad de un programa. Proust necesitaba que su lector conociera desde el principio el mapa del territorio, y por eso construyó un libro en tres secciones que funcionan como tres maneras de plantear la misma pregunta: ¿qué hacemos con lo que perdimos? La primera, Combray, responde con la memoria; la segunda, Un amor de Swann, con el deseo; la tercera, Nombres de tierras: el nombre, con la imaginación. Tres respuestas provisionales que la obra tardará más de tres mil páginas en terminar de ampliar, redefinir y, asintóticamente, concluir.

Por el camino de Swann fue publicado en noviembre de 1913 por la editorial Grasset, a cuenta del propio autor, después de que Gallimard y otras casas lo rechazaran por ser, decían, una novela demasiado larga que hablaba de muy poco.

  1. COMBRAY

Todo comienza en una cama. Un hombre que no puede dormir recuerda todas las habitaciones en las que ha dormido a lo largo de su vida, y ese insomnio, que parece una anécdota mínima, es en realidad el mecanismo que pone en marcha la novela entera. El que no duerme recuerda; el que recuerda, narra. De todas esas habitaciones evocadas en la penumbra, una se impone sobre las demás: la del niño que fue en Combray, el pueblo donde la familia pasaba las vacaciones y, con ella, el episodio que Proust convierte en la escena primitiva de toda su obra: el drama del beso de buenas noches.

Imaginemos a ese niño nervioso, enfermizo, para quien el único momento verdaderamente importante del día es el instante en que su madre sube a besarlo antes de dormir.

Mi único consuelo, cuando subía a acostarme, era que mamá vendría a besarme cuando yo ya estuviera en la cama. Pero aquel beso de buenas noches duraba tan poco, ella volvía a bajar tan pronto, que el momento en que la oía subir, y luego pasar por el corredor de doble puerta el rumor ligero de su vestido de jardín de muselina azul, del que colgaban cordoncitos de paja trenzada, era para mí un momento doloroso.

Un beso que dura demasiado poco, que hay que racionar y prolongar, donde la expectativa de recibirlo o no se convierte en un leitmotiv que continuará a lo largo de toda la obra. La espera y la expectativa.

Una noche, la visita del señor Swann, vecino elegante, coleccionista de arte, amigo de la familia, cancela el ritual porque Marcel nos hace notar que cuando en su casa había invitados, muy probablemente no habría beso de buenas noches. El niño, desesperado, comete la peor de las transgresiones: espera despierto a su madre al pie de la escalera. Y entonces ocurre algo inesperado. El padre, en lugar de castigarlo, le dice a la madre: “Anda, acompáñalo, quédate a dormir en su cuarto”. El niño obtiene lo que quería y, en el mismo instante, comprende que ha perdido algo mucho más grande: sus padres han reconocido que su angustia es una enfermedad sin cura, y esa victoria es la primera marca de las ansiedades y derrotas ante la pérdida (o el miedo a ella) que la novela irá coleccionando. En el universo proustiano, conseguir lo que se desea es la forma más refinada de pérdida.

Vale la pena detenerse en un detalle que suele pasar inadvertido. El causante involuntario de este drama doméstico es Swann. El personaje que da título al volumen entra en la novela como el intruso cuya presencia hace que un niño pierda el beso de despedida de su madre. Proust, que no dejaba nada al azar, nos está diciendo desde la primera escena que Swann es la figura del deseo que interrumpe, del amor que llega de fuera y desordena la casa. Habrá que recordarlo cuando lleguemos a la segunda parte.

  1. LA MAGDALENA o la materialidad de la memoria

Después de este conflicto, aparentemente intrascendente pero que define de forma determinante el carácter de Marcel a lo largo de toda la obra, viene, naturalmente, la escena más citada de la literatura del siglo XX, tan famosa que corre el riesgo de que, en lugar de ser leída en el texto, únicamente sea citada fuera de contexto. El narrador adulto, un día cualquiera de invierno, acepta la taza de té que le ofrece su madre y moja en ella un trozo de esas “conchitas de repostería” llamadas magdalenas.

Mandó traer uno de esos pastelillos pequeños y regordetes llamados magdalenas, que parecen haber sido moldeados en el cuenco acanalado de una concha de una vieira. Y pronto, maquinalmente, abrumado por el día gris y la perspectiva de un mañana triste, me llevé a los labios una cucharada del té en el que había dejado ablandarse un trozo de magdalena.

Lo que sigue es un pequeño terremoto interior. Sin causa aparente, lo invade un gozo, una alegría que disipa cualquier inquietud.

Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin noción de su causa. Al instante me hizo indiferentes las vicisitudes de la vida, inofensivos sus desastres, ilusoria su brevedad, de la misma manera en que opera el amor, llenándome de una esencia preciosa: o más bien esa esencia no estaba en mí, era yo. Había dejado de sentirme mediocre, contingente, mortal.

El narrador no entiende de dónde viene esa felicidad, y Proust dedica páginas enteras a la investigación mientras bebe otra vez, se concentra, fracasa, y lo vuelve a intentar, hasta que el recuerdo aparece: es el sabor de la magdalena mojada en tila que su tía Léonie le daba los domingos en Combray. Y de esa taza de té, la memoria surge como un producto inesperado como el mismo Marcel lo dice.

Y como en ese juego en que los japoneses se entretienen mojando, en un cuenco de porcelana lleno de agua, pedacitos de papel hasta entonces indistintos que, apenas sumergidos, se estiran, se perfilan, se colorean, se diferencian, se vuelven flores, casas, personajes consistentes y reconocibles, así ahora […] todo Combray y sus alrededores, todo eso que va tomando forma y solidez, salió, ciudad y jardines, de mi taza de té.

Conviene decirlo con claridad, porque la fama de la escena ha terminado por deformarla, que la magdalena no es una postal nostálgica sino una tesis del autor. Proust distingue entre dos memorias: la voluntaria, la de la inteligencia, que cuando convocamos el pasado nos devuelve apenas un informe burocrático, fechas y datos sin vida; y la involuntaria, la que no obedece órdenes y sólo se presenta cuando quiere, disparada por un sabor, un olor, un tropiezo en el empedrado. Sólo esta segunda memoria devuelve el pasado completo, con su temperatura y su luz. Y también cabe aclarar que la distinción entre el autor y el personaje principal a veces se vuelve muy difícil de distinguir: ambos llamados Marcel, pero el autor con el apellido que conocemos y el personaje principal de la novela sin un apellido explícito. Uno habla por el otro. La memoria de uno sirve como pincel del otro y poco a poco se van fundiendo en una sola, aunque sabemos que mucho de lo escrito en los libros no es estrictamente biográfico. Mientras la inteligencia de Proust archivó todo a lo largo de su vida, la narración de Marcel resucita todo y lo expone para volverlo público.

Los lectores de los clásicos reconocerán aquí un gesto antiguo. En el canto octavo de la Odisea, Ulises, de incógnito en la corte de los feacios, escucha al aedo Demódoco cantar la guerra de Troya y rompe a llorar sin poder contenerse: el pasado que él mismo protagonizó le cae encima, entero, convocado por una voz ajena. Se llora por el pasado hecho presente. Proust, que quizá nunca pensó en Demódoco, escribió tres mil páginas sobre exactamente eso: la diferencia entre saber que algo ocurrió y volver a estar ahí.

  1. UN AMOR DE SWANN

La segunda sección del volumen es desconcertante y contrasta con la anterior. De pronto, el narrador en primera persona se retira y cede el lugar a un relato en tercera persona que cuenta hechos ocurridos antes de su nacimiento: la historia del amor de Charles Swann por Odette de Crécy. Un amor de Swann puede leerse, y de hecho suele publicarse y leerse así, como una novela independiente, y es, para muchos, la mejor puerta lateral de acceso a Proust para el lector que se intimida ante las siete entregas. Pero leída en su lugar, dentro del volumen, es una cosa distinta. Es el microuniverso donde Proust ensaya, con un personaje que no es él, todos los mecanismos que después aplicará a su narrador. Swann es el borrador de Marcel y su obsesivo amor por Odette es el borrador de todos los amores del libro.

La historia, de una crueldad admirable, es pintada poco a poco conforme avanza el relato. Swann, hombre de mundo, refinado, amigo de príncipes, se enamora de una mujer, Odette de Crécy, que al principio ni siquiera le gusta. El leitmotiv, la guía a lo largo de este pasaje, no es Odette sino una frase musical, la famosa sección de la sonata de Vinteuil que Swann escuchó una noche en una velada y que lo trastornó antes de saber siquiera quién era su autor.

El año anterior, en una velada, había escuchado una obra musical ejecutada al piano y al violín. Al principio sólo había saboreado la calidad material de los sonidos que segregaban los instrumentos. Y ya había sido un gran placer cuando, por debajo de la pequeña línea del violín, delgada, resistente, densa y directriz, había visto de pronto que buscaba elevarse, en un chapoteo líquido, la masa de la parte del piano.

La sonata es kinestésica para el lector. Nunca la escuchamos y no tenemos un referente auditivo para ella, pero todos nos imaginamos cómo es. Porque el enamoramiento de Swann nos hace eco a todos, como la sonata, y nos es familiar; aunque su sonido sea diferente a cada uno de los lectores.

Cuando Swann vuelve a oírla en el salón de los Verdurin, una familia acaudalada sin raíces aristocráticas que el propio Marcel describe constantemente como snob, encontrándose al lado de Odette, la frase se convierte en la banda sonora de su amor. Swann no se enamora de una mujer sino de una asociación, de un estado del alma que la música le reveló y que Odette ahora custodia sin merecerlo, como veremos más adelante. Después vienen los celos, que Proust disecciona con paciencia de relojero. Swann sufre por lo que Odette hace y él no se entera. Parece que, sin importar que tan malos fueran los actos de ésta, si Swann pudiera verificarlos, estaría tranquilo. Porque, para Proust, los celos son la forma más pura del deseo porque desean, precisamente, lo inverificable.

Samuel Beckett, en el ensayo que dedicó a Proust cuando tenía veinticinco años, resumió la lección de esta sección con una fórmula demoledora: en el universo proustiano, el amor sólo es visible en la ausencia; la posesión lo apaga. Por eso el final de Un amor de Swann es una de las últimas frases más brutales de la historia de la novela.

¡Pensar que eché a perder años de mi vida, que quise morirme, que tuve el amor más grande de mi vida, por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!

El lector cierra la sección con esa bofetada, con esa aparente absolución y superación del amor enfermizo y dañino, sólo para descubrir, unas decenas de páginas después, que Swann terminó casándose con Odette. Proust no explica el matrimonio y por supuesto que no hace falta. Todos reconocemos ese fraseo de la sonata del amor obstinado que no tiene ningún sentido, de ese que únicamente desea cumplirse, caer en la autofagia sin medir las consecuencias. Proust ya nos enseñó que el deseo no tiene nada que ver con la felicidad y el amor, como lo pensaba Safo de Lesbos, siempre entra por lo dulce y para continuar necesita llegar a lo amargo.

  1. LOS NOMBRES. EL NOMBRE

La tercera sección es la más breve y la más secretamente ambiciosa. Proust la añadió casi como una costura de urgencia, había cortado material para que Grasset aceptara el volumen y necesitaba un puente hacia la siguiente entrega. Sin embargo, en ella está formulada una de las ideas centrales de toda la obra: los nombres.

Las palabras nos presentan de las cosas una imagen pequeña, clara y usual, como las que se cuelgan en los muros de las escuelas para dar a los niños el ejemplo de lo que es un banco de carpintero, un pájaro, un hormiguero: cosas concebidas como iguales a todas las de su especie. Pero los nombres presentan de las personas —y de las ciudades, que nos acostumbran a creer individuales, únicas como personas— una imagen confusa que extrae de ellos, de su sonoridad brillante o sombría, el color con que está pintada uniformemente.

El niño que sueña con Balbec no desea exactamente un lugar real, más bien desea una palabra. Y toda la Recherche será, entre otras cosas, la crónica de la distancia entre los nombres y las cosas, es decir, la crónica de la decepción.

En esta sección aparece también Gilberte, la hija de Swann, con quien el narrador, siendo un niño, juega en los Campos Elíseos y de quien se enamora con la misma mecánica que ya vimos operar en Swann: amar lo que no se tiene, adorar el entorno de la amada, el nombre Swann, la casa Swann, los padres Swann, más que a la amada misma. El hijo hereda la enfermedad del vecino o, más bien, es el sonido de la sonata que hace sonar para todos los seres humanos. Proust cierra así el círculo del volumen: el señor que interrumpió el beso materno en la primera parte le entrega al narrador, en la tercera, el primer amor y la primera decepción. Por el camino de Swann vincula, en una composición en anillo, el dolor, la ausencia y la espera como un elemento que dará forma a todos los tomos de la novela. Proust parece decirnos que la pérdida es lo único que permanece constante a lo largo de la vida.

  1. LOS DOS CAMINOS

El título del volumen viene de la geografía de Combray. La familia tiene dos rutas de paseo: el camino de Méséglise, que pasa por la propiedad de Swann, y que por eso llaman “el camino de Swann”, y el camino de Guermantes, que lleva hacia las tierras de la familia aristocrática del mismo nombre. El niño cree que son direcciones incompatibles, mundos que jamás se tocarán. De un lado la burguesía: los lilos, los espinos blancos, el amor y sus turbulencias; del otro, la aristocracia: el río, los nenúfares, el prestigio inalcanzable de un apellido medieval. Buena parte de la obra consistirá en descubrir, con asombro y con melancolía, que los dos caminos se comunican y que se puede ir de uno a otro; que las geografías incompatibles de la infancia eran, como casi todo lo que la infancia decreta, una superstición. Pero esa revelación pertenece, y no queremos adelantarnos, al final de la historia. En este primer volumen, los dos caminos todavía son el mapa moral de un mundo intacto y totalmente ajeno.

Queda decir algo sobre el cierre, porque Proust, que meditaba las aperturas y los finales de sus libros como un arquitecto medita las fachadas, no terminó este volumen en Combray ni en el salón de los Verdurin, sino en el Bosque de Bologne, muchos años después. El narrador adulto vuelve al parque donde de niño esperaba ver pasar a la señora Swann, y encuentra automóviles donde había carruajes, sombreros insignificantes donde hubo monumentos de elegancia. La realidad que conoció ya no existe, y entonces escribe una de las frases más hermosas y desoladas del libro.

La realidad que yo había conocido ya no existía. […] El recuerdo de una imagen no es más que la nostalgia de un instante; y las casas, los caminos, las avenidas son fugitivos, ¡ay!, como los años.

Es un cierre que, en realidad, parece un final total porque parece la conclusión definitiva de la obra entera: todo se pierde, el tiempo gana, cuando en realidad es apenas su primer movimiento. Proust cierra el volumen con la derrota para que los seis libros siguientes puedan dedicarse a revertirla: si el tiempo se pierde, habrá que ir a buscarlo. El lector que se queda en la última página de Por el camino de Swann conoce el diagnóstico sin saber todavía cómo acceder al remedio pero eso crea un efecto formidable: si nos quedaban dudas de continuar la tarea de adentrarnos más en el universo proustiano, las ganas de encontrar un antídoto a la pérdida serán nuestra guía a lo largo de seis entregas más.

[ Néstor Manríquez Lozano ]

Néstor Manríquez es doctor en Letras Clásicas y académico en la UNAM.

Más de Marcel Proust:

En busca del tiempo perdido. Una introducción.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba