Edipo Rey, Antígona, Electra y las otras tragedias de Sófocles

Cima de la tragedia griega, a Sófocles (496 a.C.-406 a.C.) se le atribuyen 123 piezas dramáticas, de las cuales sólo siete se conservan completas. En ellas, sorprende su vigencia literaria y filosófica.

Muchos misterios hay: de todos los misterios, el más grande es el hombre… Aunque el saber domina, aunque mil artes tiene, serpentea entre el bien y el mal; ya abraza uno, ya se entrega al otro… (Coro, en Antígona)

“El siglo V a.C., a veces llamado el siglo de Pericles, representa la cumbre de la civilización griega: Atenas transforma su economía urbana en una economía internacional y en lo político desarrolla, por primera vez en la historia, un sistema democrático; en lo cultural, florece la tragedia (Esquilo, Sófocles, Eurípides), la comedia (Aristófanes), la poesía (Píndaro), la arquitectura (el Partenón), la escultura (Fidias)”, refiere el filósofo Ramón Xirau.

Y algo fundamental, añade Xirau: el pensamiento, que se había centrado en el mundo y su significado, pasa en ese siglo a gravitar en torno al hombre y su destino. “En ninguna obra es tan clara la importancia que se da al individuo como en las tragedias de Sófocles y de Eurípides. En la Antígona de Sófocles aparece, radiante en su dignidad, la figura humana”.

Esto convirtió a la tragedia griega en un referente ineludible en el desarrollo de la cultura universal. Las alusiones han sido innumerables, desde San Clemente Romano y los primeros cristianos hasta Sigmund Freud, desde Aristóteles hasta Hegel.

Dos mil cuatrocientos años después de su surgimiento, Octavio Paz reflexionaba: “La tragedia griega es una pregunta sobre los fundamentos mismos del Ser: el Destino, la culpabilidad, la justicia. Estas interrogaciones no poseían un carácter retórico, pues se referían a los supuestos mismos de la sociedad griega y ponían en tela de juicio todo el sistema de valores” (El arco y la lira, Obras completas, FCE, 1993).

Hoy en día, filósofos, artistas y escritores siguen abrevando de ese prolífico manantial que crearon los poetas trágicos.

Dice el connotado helenista Werner Jaeger: “Si nos preguntamos cuáles son las creaciones de los trágicos griegos que aún ahora viven en la fantasía de los hombres, las de Sófocles ocupan el primer lugar… El efecto inextinguible de Sófocles sobre el hombre actual son sus caracteres. Con sabiduría sosegada, sencilla, natural, erigió aquellas figuras humanas de carne y hueso, henchidas de las pasiones más violentas y de los sentimientos más tiernos, de orgullosa y heroica grandeza y de verdadera humanidad, tan parecidas a nosotros y al mismo tiempo dotadas de tan alta nobleza. Nada en ellas es artificioso ni exorbitante” (Paideia, FCE, 1980).

LAS SIETE TRAGEDIAS

La siguiente selección intenta dar una idea de la riqueza en emociones e ideas contenida en estas obras; por supuesto, nada reemplazará la gozosa experiencia de su lectura íntegra.

EDIPO REY, aceptar el dolor

¡Ay, Zeus, qué has decretado hacer de mí?… ¡Ah nadie negar puede que un dios nefasto y adverso ha decretado contra este infeliz hombre este cúmulo de desgracias!…

Edipo rey es la búsqueda de la verdad y su aceptación, por cruda o cruel que resulte. Escrito en el año 430 a.C., es un poema espléndido que además incluye agudas reflexiones acerca del liderazgo y las formas de gobierno.

Sacerdote: Turbión de males pesa sobre esta ciudad. Está abrumada ya. Oleaje de sangre la sumerge. No puede alzar cabeza entre las turbulentas ondas. Los frutos de la tierra, en sus mismos tallos se angostan. Los rebaños que van por las praderas paciendo, caen yertos ante la muerte. Y lo más duro y cruel: el germen humano atormenta a las madres, pero no es fecundo. Contra la ciudad pugna un numen que arde en fuego. La destruye, la anonada… Rey Edipo, te juzgamos el primero de los hombres. El que conoce, como nadie, los alternantes cambios y mudanzas de la vida humana; el que sabe también de las misteriosas y secretas determinaciones de los dioses. Llegaste apenas a Cadmos y nos liberaste del tremendo tributo que a la horripilante encantadora dábamos. Nada sabías, no habías buscado informes, nada te habíamos dicho. Te guiaba un dios y nos salvaste la vida… Ahora a ti venimos, Edipo, suplicantes todos. ¡Esta ciudad restaura! La patria consolida…

Edipo: Vosotros, cada uno, su propio dolor saborea: el dolor propio solo. Pero en mi alma el dolor de todos se amadriga: el vuestro, el de la patria, el mío…

Además de la excelencia literaria de esta tragedia, su estructura narrativa es notable. La trama inicia con la exposición de una crisis; la búsqueda de alguna solución deriva en una intriga cuyo esclarecimiento obliga a desenterrar el pasado.

Coro: Mi mente hundida en espanto empuja a mi corazón. Oh dios de las horas negras, oh Delio de los cantares, ¿qué respuesta trae tu oráculo? Me estremezco de terror ante ti, dios de la salud. ¿Qué vas a imponer a nuestros hombres? ¿qué don nos vas a pedir? ¿Harás que lo ya olvidado, a vivir torne otra vez?

Creón: Nos impone Febo riguroso el mandamiento de que arrojemos de esta ciudad una mácula que la infesta. Que no dejemos que medre, porque terminará por ser incurable… Una sangre vertida es la fuente de todos estos males…

Tiresias: ¡Ya llegará la adversa suerte, sea que yo hable, sea que calle!… Esta tierra está manchada por la infamia de un culpable. Y el culpable eres tú, Edipo… Me siento libertado. La verdad nutro en mí y en ella fío… Ten por seguro que ningún hombre jamás será azotado por el Destino como lo serás tú…

Yocasta: ¿Adivinos? ¡Engaño! ¡No hay hombre que vaticinar pueda!… ¡Así de ciertos son los oráculos! Luego en nada los tengas, que cuando un dios necesita que algo se realice, él mismo lo revela sin tardanza… Así que desde ahora nada me importan los oráculos, y no deberé atender ni los primeros ni los últimos…

Edipo rey es tal vez la tragedia más conocida del teatro griego; para muchos, representa el más alto nivel al que llegó la poesía trágica. El erudito Ángel María Garibay señala: “Esta leyenda muy conocida, trivial, que corría en el vulgo, fue elevada a la categoría de la más bella creación de arte dramático por el genio del poeta. El mérito de Sófocles radica precisamente en haber aprovechado hasta el más leve pormenor de la leyenda y haberle dado tal vida y vigor dramático que parece una creación totalmente original… hace de sus personajes seres vivos, pasionales y apasionados, con toda la gama de sentimientos y reacciones de la mente y el corazón humanos. El que aparece aquí es el hombre perenne en los vuelcos de la fortuna y sometido al tremendo imperio del Destino”.

Creón: Injusto es lo mismo tener por malo al justo, que venerar como justo al malvado… A un rey se le obedece; no a un tirano…

Coro: ¡El orgullo excesivo alimenta al tirano! ¡El orgullo, si llega a desbordarse de infatuada grandeza y ya no atiende a lo útil y no cuida lo justo, sube y se encumbra a la altura más elevada, pero desde allí se despeña en un profundo y apretado abismo! ¡Haga un dios que la ciudad tenga luchas que elevan, combates que dan gloria y jamás de ellos esté falta!…

Edipo: ¡Riqueza, mando, ciencia de las ciencias! ¿de qué sirven? La vida nutre solamente la envidia. Todos atisban, todos están al acecho…

Coro: ¡Oh designios de los dioses! ¡Cuán ocultos sois!… Habitantes de mi patria Tebas, mirad a Edipo hoy. Fue el más perito en resolver enigmas, pudo llegar a ser el más alto de los hombres. El que lo miraba sentía envidia por su dicha y su altura. Y ved a qué abismos lo precipitó el ruedo del Destino. A quien no ha visto aún la luz del final día, jamás le llaméis dichoso. Dejad que vaya al seno de la muerte, sin haber gustado la amargura del dolor de la vida…

“Sófocles examina a la luz de la polis griega las raíces de lo humano, las que anteceden a la emergencia de toda sociedad, las que llegan hasta el acto fundador, el pacto con la naturaleza que bajo el imperio de una ley prehumana prohibió el incesto, los lazos de la sangre o la salvajería del deseo, esa que los griegos llamaron ley divina”, escribe el poeta Tomás Segovia (Poética y profética, 1985).

ANTÍGONA, rebelarse ante el deshonor

Antígona: ¡A mi hermano yo lo sepulto! ¿Y qué si por ello muero?… Bendita rebeldía: más largo tiempo tengo que complacer a los muertos antes que a los vivos, como que con aquellos habré de reposar en el más allá… Sea lo que fuere, y sufra lo que sufra, sucumbiré con gloria…

Antígona es la reivindicación de los lazos consanguíneos y la defensa del honor familiar; es el individuo ante la barbarie política. Obra escrita en el año 430 a.C., para muchos helenistas es la mejor tragedia de Sófocles. El poeta plantea debates imperecederos: el conflicto de la ley eterna ante la ley efímera, la libertad de la persona ante un Estado que pretende ser omnipotente, la cuestión de si el régimen de la familia ha de imponerse sobre el pensar y el querer de los hijos.

Creón: Y sabiéndolo [que prohibí que sepultaran a Polinice], ¿has tenido la osadía de transgredir las leyes?
Antígona: Sí. Porque esas leyes no las promulgó Zeus. Tampoco la Justicia que tiene su trono entre los dioses del Averno. Ellos no han impuesto leyes tales a los hombres. No podía yo pensar que tus normas fueran de tal calidad que yo por ellas dejara de cumplir otras leyes, fijas siempre, inmutables, divinas. No son leyes de hoy, son leyes eternas. ¿Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, fuera el que fuera?… Que iba yo a morir, bien lo sabía…

Coro: Tal padre, tal hija. Antígona no doblega su frente ante los infortunios…

Creón: Aquel a quien una ciudad ha elevado sobre sí misma y está en el poder, debe ser acatado en lo pequeño, en lo justo y aun en lo no justo… Un mal mayor que la anarquía no existe. Ella aniquila las ciudades. Ella los hogares derriba…

Coro: Esta es la ley que impera en el pasado, en el presente y en el futuro: nadie entre los mortales se encumbra hasta el exceso, sin que lleve ya en germen la negra maldición…

Hemón [a Creón, su padre]: Yo, hombre de la calle, puedo saber mejor que tú lo que piensan los del pueblo común. Tú, no. Tu sola presencia congela a las gentes. No pueden decir lo que sienten, por temor a herirte. Yo, recatado en la penumbra, oigo bien cuanto dicen. Toda la ciudad alza un lamento por esta joven. Ella, la que menos lo merece entre todas las mujeres, va a morir con muerte infame… No te aferres a tus opiniones. No tengas por verdad inapelable lo que tú piensas. No eres el dueño de la verdad…

Coro: La esperanza, undívaga y voluble, para muchos es venero de dichas, pero es para otros trampa de anhelos ilusorios…

Tiresias: ¡Ah Creón, medítalo! Común es a todos los hombres cometer errores. Pero cuando ha errado, no es un hombre sin voluntad, ni sin bríos, el que hace por corregir su error y no se obstina en él. La obstinación es otro nombre de la estupidez…

Antígona: Marcho ya por la senda que a mis ojos se abre, sin llanto, sin amigos, sin esposo, sin paz… Sola, voy a la caverna que habitan los muertos…

Coro: ¡Llena de gloria y de admiración bajas a la profunda morada de los muertos!… Viva y triunfante y libre, vas a bajar… Oh niña, oh niña, ella también era de augusta progenie… ¡Cuán duro y cuán secreto es el destino!

Mensajero: Creón inspiraba envidia. Él libertó la tierra de Cadmos de sus enemigos. Él levantó sobre ella el cetro de su mando. Él la regía feliz y era feliz circundado de sus hijos. Y hoy todo pasó. Pues un hombre que perdió las dichas ya no lo juzgo vivo: es un muerto que sigue respirando…

“Con profunda intuición vio Hegel en la Antígona el trágico conflicto entre dos principios morales: la ley del Estado y el derecho de la familia”, refiere Werner Jaeger.

ELECTRA, no tolerar la afrenta

Coro: Volcada como barca va en las olas de turbión violento, solitaria, olvidada, Electra. Siempre en endechas doloridas llora a su padre, émula del ruiseñor que vive en lamento perpetuo. Ni morir teme y siempre está abrumada por doble urgencia de venganza. ¿Hubo jamás hija tan amartelada de su padre?… Deja el llanto por fin. Arma tu brazo. Doble corona lograrás de triunfo: ser discreta en extremo y superar en el combate decisivo…

Electra es el repudio a la conformidad; aun en condiciones desventajosas, las afrentas deberán ser vengadas. Ángel María Garibay advierte que esta obra se presta a discusión en cuanto a su eficacia como poema dramático, “pero indudablemente, es de lo más bello que nos dejó el teatro griego”. Se estima que fue escrita entre los años 418 y 410 a.C.

Electra: Mientras mis ojos miren las estrellas rutilar por la noche, o los rayos del sol reverberar en el día, tal como el ruiseñor que perdió a sus polluelos, yo en las puertas del paterno palacio he de lanzar al mundo las cantigas de doloroso lamento… ¡dejad que me entregue al frenesí, dejad que me muestre enloquecida!…

Coro: ¿Dónde, dónde se ocultan los rayos de Zeus? ¿Dónde de Helios la llama? ¡Están mirando esto y callan y se quedan indiferentes!…

Electra [a su hermana Crisotemis]: ¿Qué provecho logro si dejo de llorar? ¡Vivo doliente en el infortunio, pero vivo! Dolorosa es mi vida. Mis lamentos son mi arma: con ellos torturo a éstos, para que el muerto logre alguna calma allá en su desconocida existencia… Ten muy presente que es una vergüenza haber nacido noble y vivir esclava… Pero yo, yo sola, llevaré a efecto lo que tengo en la mente bien tramado. Suceda lo que suceda, no voy a dejarlo…

Clitemnestra [a su hija, Electra]: ¡No tienes otra cantaleta: que tu padre fue muerto por mí! Pues sí, por mí fue muerto, ¿cómo habría de negarlo? Pero lo suprimió la Justicia, no yo sola. Tu padre –ese por quien siempre estás cantando endechas de dolor-, entre los helenos fue el único que tuvo la osadía de admitir que tu hermana fuera sacrificada a los dioses. Claro, él no sufrió para engendrarla…

Electra: Oh, jóvenes, pudor siento de que por mis lamentos interminables vayáis a creer que carezco de entereza…

Coro [a Electra]: Ten confianza: aún en el alto cielo impera Zeus el grande: todo lo mira él, todo lo rige. Ese encono que el alma te corroe, déjalo a él; tus odios adormece: te atormentan sin cesar pero que no te dominen: ni un exceso de odio, ni un exceso de olvido en tu alma abrigues…

Orestes: Acogedme, casa de mis ancestros, pues a ti vengo y a limpiar tus máculas por mandato de los dioses. Ah, que no me arrojéis de esta tierra sin honores, antes que yo me adueñe de mis bienes, que yo restaure en su grandeza mi nativo hogar…

Electra [a Orestes]: Ya estás aquí, ya tienes tus planes. Obra de acuerdo con tu pensamiento. ¡Ah, si yo estuviera sola no tendría más que dos caminos: o con gloria salvarme, o con gloria morir…

Coro: ¡Las maldiciones a sus fines llegan! ¡Los que yacían en tierra, ya sepultos, surgen vivientes! ¡Son los muertos de antaño que beben hoy la sangre de sus asesinos!…

Ayo: Todo iba en alza. Ah, pero los dioses… Cuando alguno de los dioses alza la mano para herir, no hay quien resista el golpe…

“La fuerza inventiva de Sófocles crea con osado artificio una serie de incidentes y retardos para hacer que Electra pase por toda la escala de los más íntimos matices sentimentales hasta llegar a la plenitud de la desesperación. Sin embargo, a pesar de las más violentas oscilaciones del péndulo, la totalidad se mantiene en equilibrio perfecto. Este arte alcanza su culminación en la escena del reconocimiento entre Electra y Orestes”, señala Werner Jaeger.

AYAX, cegarse por la soberbia

Ayax: Nautas, amigos míos… ved qué tremendo oleaje sobre mí se desborda. Me rodea, me agobia, me lanza a la desdicha… ¡Ah, me torné en risible, con qué afrentosa burla!… Hazañas similares a las de mi padre he llevado a término, y he de fenecer ahora sin honra, con ignominia entre los argivos…

Ayax es el arrebato ante la frustración; el rencor desbocado. De las obras que se conservan de Sófocles, esta es la más antigua: corresponde al año 442 (o 443) a.C. Es la tragedia de un líder guerrero, “de alma dura y corazón de fiera”, que pierde los estribos al sentirse menospreciado por sus aliados. “Abatido por locura insana que su mente extravía… alza hasta el cielo la llama de su cólera”. Sin embargo, los dioses lo ignoran pues antes, con altanería, los había insultado.

Ulises: Infeliz, ¡en qué infortunio está sumergido! Veo que somos todos los vivientes no otra cosa que fantástica ilusión y sombra pasajera que se esfuma…

Atenea: Si la fuerza te llena de vigor, si la riqueza se te acumula, no te enaltezcas engreído de ti mismo. Un día basta para abatir la humana grandeza y un día basta para elevarla. A los que obran con mesura los dioses los aman…

Coro: Ayax, el vencedor de mil combates, ahora cayó bajo la pesadumbre del destino… Los grandes hechos de su brazo antiguo brotados de valor, bellas hazañas a los ojos ingratos de los atridas nada son, ya no valen… ¡El momento en que brotaron esas desdichas fue el funesto día en que se pregonó la contienda para obtener las armas de Aquiles entre los valientes!

La honra y el decoro son valores altamente estimados, incluso por encima de la victoria en el combate.

Ayax: En nada estimo yo al mortal que fomenta y se nutre de vanas esperanzas. No: o vivir con honra, o con honra morir…

Teucro: ¡Ay, miseria! ¡Apenas muere el hombre, se desvanece la gratitud que le debían! Ayax, lo ves: este hombre hoy ya no te recuerda, hoy te baldona, y tú, cuántas veces la vida expusiste por él. Todo quedó olvidado. Todo se llevó el viento…

Como en otras tragedias, Sófocles toca el tema del gobierno y la importancia de acatar las reglas para garantizar la armonía entre los individuos.

Menelao: Es un pérfido aquel que, siendo súbdito, no quiere acatar al que tiene el poder. Nunca las leyes en una ciudad serían efectivas, si allí no reinara el temor… Temor y respeto de sí mismo juntamente son los que dan entera seguridad al hombre. Ten bien sabido que donde se tolera la petulante soberbia y se deja que cada uno haga su antojo, por próspera que sea, lentamente se habrá de hundir la nave de esa ciudad…

Esta tragedia también plantea la fragilidad de las alianzas y la necesidad de que los líderes sean compasivos, tolerantes con las fallas de sus aliados y reconozcan siempre sus méritos.

Ayax: ¡Para la inmensa mayoría de los mortales fue la amistad un puerto que defrauda!…

Ulises: Por los dioses te ruego, Agamenón: no dejes que ese hombre quede sin sepultura. No te venza la ira en su violencia, al grado de que llegues, por odio a tu enemigo, a pisotear la justicia misma… Injusto es a un héroe deshonrar, si yace muerto, por muy grande odio que se haya tenido… No te goces en triunfos deshonrosos… También fue mi enemigo en el ejército, ¡pero era un valiente!…

Ángel María Garibay escribe: “Al contemplar al hombre, Sófocles ve dos aspectos: la suma dignidad de la persona y la inane y frágil existencia de los hombres. Ayax, Edipo y Filoctetes son cada uno un ser de propia contextura y elevado sobre otros, en la hora de la mayor amargura; pero son polvo, miseria, nada ante el Destino incontrastable”.

FILOCTETES, resistirse al destino

Filoctetes: ¡Los malos no mueren! Los dioses, al parecer, cuidan de ellos y aun se regocijan con traer del fondo del Averno cuanto malo hay en él. Viciosos, ruines, malvados, echan acá; y en cambio, sumergen en sus sombras a cuanto hay de bueno y estimable. Y, ¿de esto qué decir? Y, ¿de esto qué pensar? ¿Alabaré a los dioses cuando miro que ellos son peores que los hombres?…

Filoctetes es el rechazo a un proceder deshonroso y el debate acerca de cuál conducta corresponde a ese proceder. En esta obra, del año 409 a.C., Sófocles refiere la convalecencia del líder guerrero, heredero del arco y las flechas de Heraclés (Hércules, entre los romanos), que tras ser mordido por una serpiente en el pie fue abandonado por sus aliados en la isla de Lemnos; años después, un oráculo advierte a los argivos que sólo podrán tomar Troya con las armas de Heraclés, lo que les obliga a volver.

Ulises [a Neoptolomeo]: La treta que hay que usar es esa y ver en qué forma mañosa te haces dueño de sus armas. Lo sé muy bien. De raza te viene no andar con lenguaje mendaz, ni andar con malas tretas. Pero, es muy dulce alcanzar la victoria. ¡Osadía, pues! Ya llegará la hora en que nos portemos como gente de honor. Hoy hay que ser sin honradez, al menos por unos momentos. Un día siquiera. Cuando esto pase, puedes darte al mundo como modelo de honestidad para cuanto vivas…
Neoptolomeo: No voy a traicionarte, príncipe Ulises, pero más me gustaría quedar mal y sin fruto que vencer con perfidia y mañas…

Coro: De mortal ninguno oí la desdicha de este que aquí ha penado. Filoctetes a nadie hizo injusticia, a nadie robó. Bueno fue para los buenos y sufre ahora estos infortunios… ¡Vida doliente y triste: hace diez años no gusta lo que es el sabor del vino!

Destacan dos elementos: el profundo conflicto moral que vive Neoptolomeo, hijo de Aquiles (“¡Oh Zeus!, ¿qué hago? ¡Criminal dos veces: lo soy si callo lo que no debiera; lo soy si mentirosamente hablo!”); y el planteamiento de que lo trágico deviene cuando los mortales –por rebeldía o ignorancia- contravienen los designios de los dioses, en vez de plegarse a ellos.

Coro: ¡Tú a ti mismo esto te has procurado, oh infortunado varón!… Podías haber sido más prudente: entre los dos extremos has preferido el inaceptable…. ¡Sufrir tanto y no sacar lecciones del dolor, es delito que nadie perdonar pudiera!

Filoctetes [a Neoptolomeo]: Sálvame tú, apiádate de mí. No olvides que para todos los mortales esta es la ley: todo va entre temores y peligros, y el que es feliz ahora, puede mañana ser un desdichado…

Ulises [a Filoctetes]: Zeus, para que lo sepas, Zeus señor de esta tierra ha fallado esto. Yo solamente sirvo de instrumento suyo…
Filoctetes: ¡Odioso ser: eso tú lo has forjado en tus mentiras! ¡Pones a los dioses por defensa y a los dioses conviertes en mendaces!…

Neoptolomeo [a Ulises]: Alcanzar la victoria a Filoctetes compete. Se lo anunció así un dios. ¿Qué ganaríamos, si nosotros la victoria intentáramos, con fraudes y engaños? ¡Gloria injusta es sin decoro y para nada sirve!…

Neoptolomeo [a Filoctetes]: Es forzoso soportar las vicisitudes de la suerte que a los hombres han sido fijadas por los dioses. Pero si un hombre es causa de sus propios males y en ellos halla placer, ya ni de compasión ni de indulgencia es digno. Tú te llenas de ira y no admites que nadie te aconseje…

Heraclés [a Filoctetes]: Te recuerdo mis aventuras impuestas por la suerte y como, tras sufrir tantas penas, alcancé la dignidad inmortal. Eso te está reservado a ti también. Tras tolerar estas penas tan duras, una vida divina… Mantened, sin embargo, esto en la mente: abatisteis la tierra; guardad la reverencia hacia los dioses. La piedad hacia los dioses no se extingue jamás…

“Para Sófocles, la tragedia es el órgano del más alto conocimiento: el autoconocimiento trágico del individuo hasta llegar a la intelección de la nadedad espectral de la fuerza humana y de la felicidad terrena. Este conocimiento abraza la conciencia indestructible e invencible de la grandeza del hombre doliente”, escribió Werner Jaeger.

TRAQUINIAS, precipitar la desgracia

Deyanira: No, no es a una niña la que a casa trajo Heraclés: es una esposa con todo rigor. Es para el barco de mi vida un peso de funestas consecuencias, una mercancía de malos resultados que ha de quebrar mi alma en el dolor… Ese es el pago que me da ese hombre, a mí la fiel y la constante, ese que llaman leal y bueno…

Traquinias es el daño irreparable causado por la incertidumbre amorosa. Obra escrita en el año 420 a.C., en ella la pasión humana intenta contravenir la voluntad de los dioses. De poco servirán las mejores intenciones ante la incapacidad de los mortales para descifrar el régimen divino.

Deyanira: Subí al lecho nupcial de Heraclés y mi vida se va de temor en temor… Hemos engendrado hijos. Pero él es cual labrador que apenas visita el campo arrendado. Para sembrar y para cosechar y nada más. Fugaz viene y fugaz se va…

Coro: Deyanira, la novia que fue premio de un combate, con alma desolada y dolorida vive, cual pajarillo que quedó olvidado… Siente la soledad de su conyugal lecho y vive en afán de un incierto futuro…

Deyanira [a Licas]: Por Zeus que en el monte de Eta reverbera en relámpagos la verdad dime. Hembra soy. Nada ruin en mi alma tiene abrigo. Sé lo que son los hombres. Nunca constantes son en lo que aman. Eros es un púgil que invita a batalla, ¿hay quien le resista? Eros manda, en los dioses y en los hombres. Él con capricho todo rige… La loca fuera yo, si me irritara, cuando sé que mi esposo cayó aprisionado por un amor extraño…

Coro: ¡Pero hay en el oculto dominio de la sombra, un actor que obra en silencio: la diosa de los amores, la Cipris que avasalla!…

Deyanira: Malas osadías perniciosas ni las sé ni quiero saberlas. Siento horror de quienes las ejercen. ¿Qué de malo tiene que con filtros haya de vencer el corazón de Heraclés y logre victoria contra esta niña?…

Heraclés: No lo pudo la lanza en la batalla, ni el ejército de gigantes que la tierra engendró, ni el poder de las fieras, ni la Hélade toda, ni el mundo de los bárbaros, ni el conjunto de tierra que yo recorrí errante en busca de los monstruos que las infestaban… ¡nada pudo en mí todo, pero sí una mujer, una hembra que ha logrado arruinarme, sin empuñar siquiera un puñal!…

Deyanira: ¡Ah, falaz y malvado… era un engaño, era un medio de seducirme incauta y de vengarse de Heraclés de la muerte que le había dado! ¡Y hasta ahora lo comprendo, cuando ya no hay remedio!… [el centauro Neso, moribundo, dijo a Deyanira que tomara su sangre, “será para ti un hechizo de amor con que domines la mente de Heraclés. Verá mujeres, pero ninguna ha de placerle si no eres tú”]

Heraclés: Zeus, mi padre, me predijo que mi muerte sería no por manos de un ser que aún viviera: me tendría que matar uno que ha tiempo fuera morador del Hades. Se cumplió el vaticinio…

Coro: Cual las estrellas que en torno de la Osa Mayor giran, así en la vida humana van en ronda incesante los afanes y las angustias, los gozos y las alegrías…

Heraclés: Se me dijo que llegaría un día en que yo quedaría liberado de trabajos que siempre me abrumaron. Necio de mí: pensaba que era la hora de la dicha al fin: y era la de la muerte: sólo los muertos ya no tienen penas…

Coro: Pero nada de esto ha sucedido sin intervenir Zeus…

Ángel María Garibay señala que aunque Sófocles respaldaba las ideas e instituciones de su pueblo, no era un conformista sin vigor. “Todo lo contrario. Bien ha podido llamársele el trágico de las rebeldías. Sus personajes son almas indómitas que se yerguen contra el destino, contra el Estado, contra la vida misma”.

EDIPO EN COLONO, sobrellevar la desdicha

Coro: ¡Ánimo, viajero; sin ventura y en tierra ajena!… ¡Hay que llevar a cuestas lo que marcó el Destino! ¿A qué airarse y arder en confusos dolores?…

Edipo en Colono es la defensa de la dignidad hasta el último aliento, soportando con entereza las peores desdichas. Esta tragedia fue dada a conocer en el año 401 a.C., cuando habían pasado cinco años de la muerte de Sófocles. Para los académicos, representa el legado de las ideas, los pensamientos y el arte dramático del poeta griego.

Edipo: ¡Euménides, hijas amables del vetusto Abismo de la sombra, y tú, Atenas, la ciudad más digna de honores, tened piedad de esta ambulante sombra de lo que fue Edipo: nada quedó de él!…

Polinice: ¡Mi padre, con sus harapos al viento, todo sucio y reseco por el sol y la inmundicia! ¡Y su cabeza, con los huecos vacíos de sus perdidos ojos, con la blanca cabellera desgreñada que agita el viento en su violento giro!…

Antígona: Mi padre es la víctima del Destino y cometió sus hechos sin quererlo… No hay hombre alguno que escape a su destino cuando es un dios quien lo persigue…

Teseo [A Edipo]: Yo, como tú, crecí en el destierro y en tierra de otros se acumularon sobre mí males sin medida. Eres un extranjero vagabundo. Lo fui yo también. ¿Cómo negarte ayuda, cómo negarte sostén? ¡Hombre soy y el mañana es tan incierto para mí como para ti!…

Ismene: Un dios maligno los ha empujado [a mis hermanos, Eteocles y Polinice]. Una torva ambición los avasalla. Locos están y ávidos de mando. Y están hoy en disputa de subir al trono…

Polinice: El Destino lo fija, ¿quién oponerse puede?…

Edipo [a Creón]: Hubo un día en que yo, abatido por mis infortunios, pedía a gritos que me expulsaran de la tierra. Y tú no lo quisiste. ¡Y cuando, acallada la tempestad de iras y amarguras, yo quería permanecer en el silencio, arrinconado en el hogar, tú me echaste a los inciertos caminos! ¡Nada fue para ti ni el lazo de familia, ni la piedad que te imponían mis desgracias!… Y ahora llegas con lengua fementida, bien aguzada para el engaño…

Teseo [a Creón]: ¡Pésimamente obraste! Has entrado a una ciudad que está regida por normas de justicia y donde no hay otro soberano que la ley. Has pisado con tus inmundos pies los más santos preceptos. Vienes haciendo violencia, entras como invasor y arrebatas lo que te place, sin perdonar a las personas. ¿Piensas tú que esta es una ciudad desamparada? ¿Piensas tú que no hay hombres? ¿Crees que este es un pueblo de esclavos?…

Edipo: El ojo de los dioses está siempre en guardia. No importa que tarden, ¡a su tiempo dan el castigo al impío!…

Antígona: ¡A todo bien supera el no haber nacido! Pero, si ya ha nacido, ¡el bien más rico es regresar de prisa por la misma senda por donde uno vino!…

Teseo: ¡Basta de lamentaciones! No hay que regar con llanto a los muertos, si en la muerte hallaron la dicha. Fuera ir contra lo impuesto…

“A pesar de la desventura y la vejez, la noble naturaleza de Edipo permanece inquebrantable… el dolor lo hace venerable”, afirma Werner Jaeger.

UN LEGADO VIVO

La excelencia en Sófocles

En su tratado Paideia, Werner Jaeger destaca que la obra de Sófocles lleva el poema trágico al más alto punto de desarrollo. “Sófocles puede ser denominado un ‘clásico’ por haber llevado a su perfección ese género literario”.

Una cualidad notable es la conformación de los caracteres: “Los personajes de Sófocles no tienen aquella solidez pétrea de las figuras de Esquilo, pero su movilidad no carece de peso, como las de algunas figuras de Eurípides… Los caracteres de Sófocles nacen de una necesidad que no es ni la generalidad vacía del tipo ni la simple determinación del carácter individual, sino lo esencial mismo… Es el hombre eterno, valiente y sereno ante el dolor y la muerte, revelando así su verdadera y auténtica conciencia religiosa”.

Otro punto culminante es el formativo. “La evolución de la poesía griega, considerada como el proceso de progresiva objetivación de la formación humana, culmina en Sófocles. Ahí, lo estético, lo ético y lo religioso se compenetran y se condicionan recíprocamente… Esto presupone la existencia de una sociedad para la cual la ‘educación’, la formación humana, se ha convertido en el ideal más alto, lo cual sólo es posible cuando lo humano como tal se coloca en el centro de la existencia. En ese sentido, Sófocles humanizó la tragedia y la convirtió en modelo imperecedero de la educación humana (entendida como la formación consciente de la persona)”.

Asimismo, el alma irrumpe como eje dramático. “Los personajes de Sófocles nacen de un sentimiento de la belleza cuya fuente es una animación hasta entonces desconocida. Si en ellos se manifiesta en nuevo ideal de excelencia, por primera vez el ‘alma’ (psyché) es objetivamente reconocida como el centro del hombre. De ella irradian todas sus acciones y su conducta entera… Esta inclinación antropocéntrica del espíritu ático es la que da lugar al nacimiento de la ‘humanidad’”.

Tecmestra: ¡Nadie reposar puede si se trata de salvar la vida de un hombre! (Ayax)

Otra novedad: la fuerza de los personajes femeninos. “Por primera vez aparece la mujer como representante de lo humano con idéntica dignidad al lado del hombre. Las numerosas figuras femeninas de Sófocles iluminan con la luz más clara la altura y la amplitud de la humanidad”.

El arte nutre la vida pública. “La tragedia griega alcanza fuerza normativa para el espíritu de los contemporáneos y para la posteridad. El arte, y en particular la poesía, se sitúa en el centro de la vida pública y se hace expresión del orden espiritual y estatal”.

Y el arte expresa el espíritu. “Lo trágico en Sófocles es la imposibilidad de evitar el dolor. Tal es la faz inevitable del destino desde el punto de vista humano: el dolor consciente se convierte en una forma de nobleza… El drama de Sófocles es el drama de los movimientos del alma. Toda acción dramática es simplemente el desenvolvimiento del hombre doliente. Con ello se cumple su destino y se realiza a sí mismo”, concluye Werner Jaeger.

ALGUNOS TEMAS: hablar, pero también actuar

De las tragedias de Sófocles se desprende una rica gama de temas específicos en ese vasto campo de la formación humana, señalado por Jeager. Uno de esos temas es la importancia de convertir las declaraciones en hechos. Así lo señala Electra, enfática: “Yo, yo sola, llevaré al efecto lo que tengo en la mente bien tramado. Suceda lo que suceda, no voy a dejarlo”. No solo es la determinación de la venganza sino un principio ético, como lo expresa con cautela su hermana Crisotemis: “Lo que es justo no da lugar a discusiones, sino que exige obrar”.

Los soldados de Ayax concuerdan: “En pie de marcha estoy, lo probarán mis hechos, no sólo mis palabras”. Y más adelante, en forma lastimera, lo refrendan: “Cuando miran los hechos, cuánto a los ojos de los hombres dicen”. El propio Ayax se reprende a sí mismo: “Inútiles son las lamentaciones. Pronto, hagamos la obra que intentamos”.

Cuando se asume que los hechos son el fiel de la balanza, éstos se tornan ineludibles, aunque resulten adversos. Así lo acepta Edipo como rey de Tebas y se lo confirma el oráculo: “Lo que se busca, se halla. Lo que se deja, perdido queda”.

Más aún, se considera deshonroso hablar mucho y obrar poco. Así lo infiere Filoctetes: “Los jefes de la armada, siendo cobardes y sin vigor para los hechos, son muy atrevidos en las palabras”.

De ahí la insistencia de Ulises en justificar su engaño a Filoctetes: “Al cabo de tantas experiencias he venido a comprender que no son las obras, sino la lengua, la que ejecuta todo”.

En contraste, Teseo adquiere estatura sobresaliente al declarar: “Y esto que mi boca profiere es lo que mi corazón piensa”. Más tarde, urge a su gente: “¡Basta de hablar! ¡Diligentes escapan los raptores y nosotros estamos mano sobre mano!”, para finalmente sentenciar: “No en palabras; en obras radica nuestra norma de conducta. Prometí y juré, y está hecho”.

No perder el tiempo

Cuatro siglos antes de que Horacio eternizara el carpe diem (atrapa el día, aprovecha el momento), los poetas griegos ya urgían a no dejar pasar el instante. Porque:

Nada perpetuo hay para el hombre: ni la noche de estrellas tachonada, ni la desgracia, ni la riqueza. Todo en un soplo de viento se nos huye… (coro de niñas a Deyanira, en Traquinias)

Ante la fugacidad de la vida, la nodriza de Deyanira exclama: “¿Qué loco habrá que pueda contar con dos días o más de vida? ¡No existe el mañana sino para aquel que ha pasado el día de hoy sin infortunio!”

Y es que el infortunio llega en cualquier momento y sin previo aviso: “¡Ay raza de mortales: nada en vosotros veo sino una nada que vive en un instante! ¿Hay algún hombre que acaso logre un grado de felicidad? ¡Todo es una apariencia: brilla, se alza, reluce y se abisma en las sombras para siempre!”, exclaman los ancianos ante Edipo.

Por lo anterior, hay que estar alertas. “¡Nada es mayor garantía para una victoria plena que una decisión tomada a buen tiempo!”, dicen los marinos de Neoptolomeo. Pero ante las dudas de éste y de Filoctetes, tendrá que ser Heraclés, ya en su calidad divina, quien acuda para apremiarlos: “No seais remisos desaprovechando el tiempo; ¡viento en popa: marchad, id a la próspera fortuna!”

Hasta el ayo de Orestes sabe que hay momentos definitivos: “Ya no es el tiempo de andar con tentativas lentas: tenemos que obrar ya”. Más tarde deberá insistir: “Entrad. En estos casos tardarse es una derrota. ¡Hay que acabar de un golpe!”

Por eso se jacta Ulises: “De los que pide el momento, de esos soy yo. Cuando un justo y un recto se requiere, nadie aventajarme puede”.

A los humanos toca aprovechar ese estrecho margen de maniobra que les concedieron los dioses. “¡Lo que ha de ser, será! ¡El deber nos empuja a obrar en el presente! ¡Lo que ha de ser, al porvenir le toca!”, exclama un criado ante el cuerpo de Eurídice.

El apremio tiene una razón fundamental: “El tiempo es un dios que todo aplaca”, como advierte el coro de doncellas a Electra.

Buscar la justicia

Para los griegos, la justicia había sido determinada por los dioses y la sociedad intentaba reproducir ese esquema divino, pero buscando su aceptación colectiva mediante un acuerdo social. Por eso Menelao dice: “No tengamos la falsa opinión de que, yendo en pos de nuestros caprichosos juicios, no hemos de recibir alguna vez el pago de dolientes amarguras”. El coro de ancianos pide armonizar la ley divina y la ley humana: “Si hay alguien que, engreído en su orgullo, en palabras o en obras vulnera a la Justicia, desdeña a las deidades en sus templos, ¡venga sobre él la Moira incontrastable que su soberbia abata! Él se lo ha merecido, que sólo ansía ganancias criminales, sin retroceder ante el crimen mismo y al sacrílego despojo de los dioses llega y tiende su mano a lo que es intocable. ¿Alguien habrá que pueda jactarse de que, bajo el peso de tales delitos, guardar puede su vida incólume al iracundo azote de los dioses?”.

Los mortales crean una estructura de gobierno que se encarga de impartir la justicia y con ella se excusa Neoptolomeo: “¡Tengo que obedecer a los que me mandan! Eso es tan justo como provechoso”. Pero cuando los responsables no imparten justicia, los ciudadanos actúan, como lo hace Orestes: “Es preciso que la pena se dé al descubrirse la culpa. A quien las leyes quebranta, muerte inmediata. ¡No abundaran tantos criminales!”.

De hecho, en esa época había poca diferencia entre justicia y venganza. Incluso el dulce coro de doncellas recita a Electra: “Se aproxima el anunciador de la venganza. Viene ya la justicia y en sus manos porta la justa paga contra el crimen”. De igual forma, Hilo lanza la sentencia contra su madre, Deyanira: “¡Caiga sobre ti el peso de la justicia vengadora, y te oprima el furor de las Erinas! Pisoteaste todo lo que es justo al matar felonamente al mejor de los hombres”.

La venganza buscaba restaurar el orden. Apelar a la justicia era un llamado a la equidad, como cuando Antígona suplica a su padre, Edipo: “Condesciende a nuestros ruegos. Insistir es el derecho de quien tiene justicia en lo que pide. Y es de justicia conceder favores cuando perpetuamente se están recibiendo de otros”. Un caso similar aunque extremo es el de Deyanira, tras provocar en forma imprudencial la muerte de Heraclés: “Si muere él, moriré yo también y del mismo modo. Intolerable es seguir viviendo con baldón de criminal, si aún se guarda un poco de estimación de sí mismo en la conciencia”.

Pero siempre quedará la brecha entre la justicia divina y lo que disponen los humanos: “¿Qué ley divina he violado? ¡Este es el pago que se da al cumplimiento de las normas de la eterna justicia!”, afirma con entereza Antígona al ser conducida a la muerte. Por su parte, Edipo descalifica el fervor de su hijo Polinice: “¡Tu oración nada importa: hay ley eterna que gobierna el mundo y en ella rige la Justicia!”. De ahí que se implore que descienda la justicia divina, como hace Electra: “Y ahora, Licio Apolo, a tus pies me postro y elevo mi plegaria para que protejas y ampares esos planes [de Orestes] y des a conocer a los mortales cómo los dioses la maldad castigan”.

Descubrir el designio divino

Coro de soldados: “¡Siempre hay un dios en nuestra risa y en nuestro dolor!” (Ayax).

Los seres humanos se afanan por vivir y prosperar con honor, pero así como hay una justicia divina también existe un destino predeterminado por los dioses, el cual es anunciado por diversas vías.

“¡Mira, tremendo y rudo, en serpenteo se lanza de Zeus el rayo! ¡Tiemblo y el pavor espeluza mis cabellos; frío glacial me penetra hasta los huesos! ¡Mira otro más: el relámpago iridiscente cruza y recruza el cielo! ¿Qué va a venir? ¿Qué suerte nos espera? ¡Nunca los rayos de Zeus fulgen en vano!”, exclama el coro de ancianos de Colono. Y los ancianos de Tebas apremian: “Lo que importa ahora es que se cumpla lo que el oráculo manda. El dios nos urge”.

Ante la adversidad, Creón se lamenta: “¡Ay de mí, la desdicha me hace aprender: un dios fue, un dios con peso enorme descargó sobre mí su azote y quebrantó mi cabeza! ¡Un dios me ha empujado por caminos de brutal crueldad!”. Y Tecmesa reprocha: “No hubiéramos llegado a esta situación si los dioses no hubieran intervenido… Como en todas las cosas, los dioses son los que traman todo en los mortales destinos”.

Como la anterior, abundan las expresiones de rebeldía humana. Ante el agonizante Heraclés, Hilo reclama: “¿No veis cómo los dioses se muestran impasibles? ¡Dicen que ellos engendran, los llaman padres, y ya veis cómo perciben el sufrimiento sin alterarse!”. Edipo se inconforma: “¡Ah, nadie puede negar que un dios nefasto y adverso ha decretado contra este infeliz hombre este cúmulo de desgracias!”. Y Neoptolomeo aconseja a Filoctetes que ya no se resista: “Es forzoso soportar las vicisitudes de la suerte que a los hombres han sido fijadas por los dioses… Ya todo sabes, ahora doblégate al destino”.

Ante lo infructuoso de tal rebeldía, Deyanira suplica: “¡Oh Zeus, Zeus que el triunfo distribuyes entre los hombres, nunca a mis hijos mire en situación como ésta! ¡Si el infortunio les está reservado, que no sea en mi vida!”. Otros personajes optan por la aceptación con serenidad, como Edipo: “Cierto es todo. Pero, ¿fui yo culpable?, ¿no era el fallo de los dioses? Ellos, con el rencor guardado por algún viejo crimen de nuestra raza, así lo dispusieron. Juguete fui del destino; de nada soy en persona culpable… Esa fue mi desgracia: no la busqué yo, me la impusieron los dioses”. Similares son las postreras palabras de Ayax: “Para el futuro, entonces, aprendamos a acatar a los dioses, y disciplinémonos para someternos a los jefes. Lo más tremendo, lo más poderoso a leyes se somete”.

En todas las épocas, la mayoría de los anhelos y sueños de los humanos han sucumbido ante la implacable realidad. Hoy, enlazando a Sófocles con Freud, a la tragedia griega con el psicoanálisis, podemos decir que el principio de realidad es el designio de los dioses.

Sófocles ahora

La interminable lista de adaptaciones, imitaciones e incluso plagios de los temas y personajes de Sófocles demuestra la permanente vigencia de este poeta trágico.

Sófocles es tan actual como el sentido esencial del mito, señalado por Jorge Luis Borges:

Cuadrúpedo en la aurora, alto en el día
y con tres pies errando en el vano
ámbito de la tarde, así veía
la eterna esfinge a su inconstante hermano,
el hombre…
Somos Edipo y de un eterno modo
la larga y triple bestia somos, todo
lo que seremos y lo que hemos sido.
Nos aniquilaría ver la ingente
forma de nuestro ser; piadosamente
Dios nos depara sucesión y olvido.

[ Gerardo Moncada ]

Otras obras de la antigua Grecia:
La Odisea, de Homero.
La Ilíada, de Homero.
Safo, la poetisa eterna.
Dafnis y Cloe, de Longo.

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