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La campana de cristal, de Sylvia Plath

Dying
Is an art, like everything else.
I do it exceptionally well.
Sylvia Plath, Lady Lazarus.

Cuando, en el invierno de 1959, Robert Lowell impartía su acostumbrado seminario de escritura creativa en la Universidad de Boston, muchas personas talentosas, como Anne Sexton y George Starbuck, se encontraron en la misma aula. Lowell se encargaba de transmitir su visión única sobre la forma de hacer literatura a través de una idea principal: la empatía y la honestidad son imprescindibles para escribir algo de valor. Como fundador e iniciador de la corriente que después fue conocida como poesía confesional, Lowell impresionó especialmente a una joven callada de 27 años que seguía con atención cada palabra. La muchacha se llamaba Sylvia Plath.

Apenas un año después de esto, Sylvia publicó su primer poemario exitoso con el nombre de El Coloso y otros poemas. El texto central era el poema que dio nombre al libro en el que Plath comparaba a su padre (un rígido y áspero alemán experto en entomología) con una escultura enorme de mármol, fría, inaccesible y en fragmentos, como una pieza rota creadora de ruidos e incapaz de prestar oído a cualquier palabra; Sylvia se describía como la persona que intentó reconstruirla, sin éxito, a lo largo de toda su vida.

La sinceridad y crudeza surgieron con facilidad en el poemario. Sylvia encontró en el curso de Lowell el punto que le faltaba para lograr soltar su pluma, aunque en casa ya tenía, también, una gran compañía literaria. Tres años antes, había contraído matrimonio con el ya famoso Ted Hughes, poeta inglés que para ese momento era ampliamente conocido y admirado en los círculos literarios mientras Sylvia fungía todavía como una escritora en ciernes y que, en un principio, parecía ser una simple seguidora de su esposo súper estrella.

No obstante, Sylvia y Ted se alimentaron e inspiraron académicamente. Su matrimonio, a pesar de tormentoso, fungió como un trampolín para que Sylvia decidiera comenzar a escribir de forma seria. Entre 1960 y 1963, Sylvia tendrá un aborto espontáneo, publicará El Coloso, se divorciará de Ted, escribirá y publicará en Inglaterra su primera novela nombrada The Bell Jar (La Campana de Cristal) y finalmente, después de tormentosos años personales y aprietos económicos, tomará la decisión de suicidarse en febrero de 1963.

La publicación de The Bell Jar se hizo bajo el pseudónimo de Victoria Lucas y tuvo una recepción no muy entusiasta del público inglés. En ella, Sylvia creó muchos de los personajes pensando en personas reales que había conocido a lo largo de su vida, cambiando sus nombres para no aludir u ofender directamente a ninguno y, probablemente, por esa misma razón publicó el título bajo otro nombre.

El galope de eventos trascendentes en la vida de Sylvia en tan poco tiempo nos pone, sin duda, ante la inevitable búsqueda de respuestas en la última obra que publicó en vida que, de muchas formas, cumple también con las características de la escuela de escritura aprendida durante su estancia en el curso de Robert Lowell. La campana de cristal no es una obra autobiográfica pero sí confesional. Sabemos que, en la construcción de una novela, los escritores deben recurrir a su propia experiencia para construir un mundo literario que haga eco en sus lectores, la honestidad es condición de posibilidad, pero no necesariamente lo es también la confesión y, sin dudas, esta obra está llena de confesiones de la vida de Sylvia expuestas hacia el lector.

Sylvia proyecta sus pensamientos, inseguridades, fijaciones y depresión de juventud en un personaje ficticio, Esther Greenwood, una joven becaria que pasará su verano en Nueva York en una revista de modas donde conocerá a otras muchachas de su edad. Pero éstas, a pesar de que inicialmente parecerán una oportunidad de socializar y abrir su mundo por completo, remarcarán en la protagonista una sensación de alienación y de no pertenecer que se intensificará conforme avanzamos en la lectura del libro.

Esther asiste, en el primer capítulo, a un banquete donde casi no podrá probar alimento por sentirse indispuesta del estómago. Eventualmente, al examinar a las personas que la rodean, comenzará a observar que todo en su vida, la gente, las oportunidades, las metas e, incluso, ella misma, se encuentran encerrados, como la comida, en una campana de cristal. Estaba atrapada en una ilusión, una burbuja enorme que deformaba todo y a todos:

Yo era una persona tremendamente desdichada. No sabía muy bien por qué. La mayoría de las veces me sentaba, sin leer ni pensar, bajo la enorme campana de cristal que me ahogaba, distorsionaba y asfixiaba. No podía moverme ni ver con claridad. No era que la campana me cubriera solo a mí. Todos los que había conocido, la gente en quien creía, estaban atrapados bajo su cúpula conmigo. Cuando me apoyaba en el cristal, la superficie curva deformaba sus caras, haciéndolos parecer idiotas o lunáticos. Me preguntaba: ‘¿Quién deforma a quién?’ Yo también debía de parecer una idiota o una lunática. Y cuando finalmente alguien ponía su boca contra el cristal y hablaba, sus palabras me llegaban distorsionadas y vacías, como las de un pez en una pecera…

Desde el comienzo del libro vemos guiños a la obsesión de Esther con la muerte. El sonado y famoso caso de los Rosenberg es la presentación de nuestra protagonista situándose en Nueva York y le parece especialmente traumático la forma en la que cumplieron su condena a muerte, la electrocución. En medio de la Guerra Fría, los Rosenberg fueron condenados por haber sido declarados espías rusos en territorio estadounidense. Sylvia no escribe esto como un mero dato inconexo y más adelante veremos por qué es importante para la trama.

Fue un verano extraño y bochornoso, el verano en que electrocutaron a los Rosenberg, y yo no sabía qué hacía en Nueva York. Las ejecuciones me desconciertan. La idea de morir electrocutado me enferma, y eso era todo lo que se podía leer en los periódicos —titulares desorbitados mirándome fijamente en cada esquina y en la boca mohosa y con olor a cacahuate de cada vagón del metro. No tenía nada que ver conmigo, pero no podía evitar preguntarme cómo sería que te quemaran vivo a lo largo de todos los nervios…

Sylvia describe en Esther de forma translúcida una inquietud que nos descoloca. No cabe duda de que un pensamiento de esa naturaleza, al comenzar lo que aparentemente sería un verano soñado para cualquier jovencita, es confesional de parte de la escritora. Seguir este camino a lo largo de todo el libro nos pondría en riesgo de intentar utilizar La campana de cristal como una guía que desentrañe la naturaleza depresiva y finalmente suicida de Sylvia Plath, lo cual restaría mucho de lo que convirtió a su novela en un clásico de la literatura cuando casi 10 años después de su muerte, en 1971, y gracias a la insistencia de Ted Hughes hacia la madre de Sylvia, La campana de cristal fue publicada en Estados Unidos convirtiéndose inmediatamente en un fenómeno de ventas que ha alcanzado hasta la fecha más de 2 millones de copias vendidas.

El texto despierta empatía, no sólo en la sensación de no pertenecer, experiencia tan común a todos los jóvenes, sino también en la simpleza con que pone atención al detalle de las descripciones de la cotidianidad, que pueden fácilmente resonar en cualquier lector y, especialmente, en una lectora. La vida de Sylvia resuena en la vida de Esther: la relación con su madre, la temprana muerte de su padre, la sensación de alienación en la vida universitaria, buscar pertenecer y, al mismo tiempo, rechazar todo lo que prefiere la mayoría de la gente que la rodea, cada detalle son pinceladas inspiradas en su propia experiencia. La cita más conocida de la novela es, sin duda, una de las que mejor resumen esto:

El árbol de la higuera era una metáfora perfecta de mi vida. Veía sus ramas como caminos distintos que se bifurcaban: en una estaba el marido y los hijos felices, en otra la poeta famosa, en otra la profesora brillante, en otra la aventurera… y yo quería agarrarlas todas, pero estaba paralizada. Mientras vacilaba, vi cómo los higos empezaban a arrugarse, a volverse negros, y a caer uno a uno al suelo, podridos. Temía que al final me quedara sin ninguna, que me quedara mirando el árbol desnudo y muerto, con las manos vacías y el remordimiento como único compañero…

Buscar comerse el mundo y quedarse ahí, observando cómo pasa la vida. En el tercer capítulo ya Esther lo decía con palabras más simples, «quiero empezar a estudiar alemán, llevo ya cinco años diciéndole lo mismo a todos». Querer tenerlo todo y no saber qué decidir. Como mujer, la situación es mucho más complicada. Buscar empatar la vida académica con la vida familiar parece un deseo imposible de cumplir y, aun cuando sea cumplido, siempre habrá recriminación. La incomprensión, pero apoyo, de la madre de Esther hacia ella refleja el papel de muchas mujeres de esa generación con sus hijas, no existía un empate entre los deseos de unas y otras. Las jóvenes buscaban tenerlo todo y eso las ponía en un camino de crítica a la faceta de madres y esposas que debían cumplir de manera perfecta. Tener una vida propia es egoísta, tener metas que no sean ajenas es egoísta, buscar mantener una vida más allá de su familia es egoísta; la mujer convertida en un animal de sacrificio que acepta de buena gana ser puesta en el altar de la monotonía y sumisión matrimonial y maternal.

Esther reflexiona sobre esto al recordar a su novio de la universidad, Buddy Willard, quien aparentaba ser el camino idóneo hacia la idílica vida familiar planteada como fin de cualquier mujer de la época. Durante los primeros 9 capítulos de los 20 que integran la obra, la actividad se desarrolla en Nueva York y alterna la narración de eventos de su vida cotidiana en este período con viajes en la memoria, como en el que nos aclara la razón por la que decidió terminar su relación con Buddy. Éste, un estudiante de medicina que le confiesa su infidelidad, rompe la burbuja de idealización sobre la vida marital y hace que Esther vea con ojos mucho más realistas las relaciones con los hombres. Más que su relación con otra mujer, el episodio traumático para Esther proviene de una invitación de Buddy a presenciar un parto, evento descrito a detalle en la novela:

La mujer en cuestión iba a tener a su bebé con un nuevo método llamado ‘parto natural’. Este método era tan natural, dijo Buddy, que el marido entraba en la sala de partos y cortaba el cordón umbilical. ‘¿Y si el marido se desmaya?’, pregunté, pero Buddy sólo se rió. Él creyó que yo intentaba ser graciosa. No era así. Lo primero que vi cuando Buddy corrió la pantalla fueron los estribos… La cabecera de la mesa estaba elevada como un sillón de dentista, y la mujer yacía allí, envuelta en paños estériles. Una gran esfera abultada de vientre se hinchaba bajo la holgada bata de hospital, y sus piernas estaban atadas a los estribos… ‘Lleva aquí dos horas’, susurró Buddy. ‘No pasa nada.’ …Entonces, justo cuando estaba a punto de abandonarlo todo y correr de vuelta por el pasillo, una enfermera entró y se llevó a la mujer en una camilla. ‘La llevan a la Sala de Partos’, dijo Buddy. ‘Vamos.’ …Vi nacer a un bebé. Pero lo que principalmente vi fue cómo salía. Salió de la misma manera que una rana sale de su huevo, o una mariposa de su crisálida. Era un proceso doloroso, desordenado e inhumano. Pensé: Así que esto es lo que Buddy considera tan maravilloso. Esto es sobre lo que trata la poesía…

La segunda mitad del libro está conducida por la depresión de Esther. Ésta acude con un psiquiatra a sugerencia de su madre y, tras esto, empeora su estado después de que el médico le sugiere utilizar electroshocks tras el intento fallido de suicidio de la joven. Podemos ver ecos del inicio de la novela justo al inicio de la segunda mitad: si Esther pensaba que la peor muerte que podía imaginar era a través de la electrocución, será ésta, la electricidad, la que se utilizará para cambiar sus pensamientos suicidas. Sylvia es muy inteligente al utilizar el miedo y la profecía cumplida de manera que pudiera resonar el fatídico destino casi como pasaba en las tragedias griegas. Este punto y la traición del hombre en el que confía, primero, Buddy, y luego el Dr. Gordon, su psiquiatra, harán también un hilo que nos hace entender el camino que toma Esther hacia la tristeza y decepción.

Miré a mi alrededor en aquella habitación llena de rostros felices y brillantes, y me pregunté cómo podían estar tan contentos. Era como si todos llevaran una máscara pegada a la piel, una máscara que sonreía y reía, mientras que por debajo no había nada, solo un vacío oscuro y silencioso. Yo también intentaba sonreír, pero sentía que mi máscara se resquebrajaba, y que en cualquier momento se desprendería y mostraría el vacío que había debajo. ¿Acaso no se daban cuenta? ¿O es que todos estábamos igual, fingiendo hasta que el fingimiento se convirtiera en realidad?…

La alienación del mundo, el no poder empatizar con una felicidad que le parece esquiva y la dificultad de actuar el rol que la sociedad le exige que cumpla son, probablemente, los causantes de su depresión que se ve agravada por tener el trabajo soñado, vivir en la ciudad idealizada y con la gente soñada alrededor de ella mientras nada de esto cumple sus expectativas.

La vida para los jóvenes parece una constante en la que no se logra encajar. Todos tienen un rol y una función clara mientras Esther intenta cumplir con todo, hacerlo todo, y no se decide por nada. La depresión es convincente y casi una invitación ante el realismo en la vista que pone en el mundo que gira alrededor de ella en una actuación de la que no puede formar parte.

A veces pensaba que el mundo se había dividido en dos tipos de personas: los que tenían un lugar en la vida y los que no. Los que tenían un lugar eran como piedras en un mosaico, cada una con su forma y su hueco específico, y encajaban perfectamente. Los que no tenían lugar éramos como piedras sueltas, rodando por ahí sin rumbo, molestando a todo el mundo, sin encajar en ningún sitio. Yo era una de esas piedras sueltas. Por mucho que intentara encajar en algún hueco, siempre sobraba un trozo o me faltaba otro, y al final terminaba fuera del mosaico, sola…

Los desencadenantes de las sensaciones de Esther son, entre otros, la memoria, la agresión física de un joven que conoce y con el que comienza a salir de nombre Marco y el rechazo de un curso de escritura del que quería formar parte. Primero Buddy, luego Marco, en medio, la figura del doctor Gordon y un conjunto de figuras masculinas que han tenido una total ausencia de empatía por ella o el mundo. Los hombres en la vida de Esther son figuras egoístas, machistas y agresivas de una u otra forma y, en el mejor de los casos, ausentes por completo. Su padre murió cuando tenía nueve años y confiesa que nunca había ido a su tumba y no había llorado por él, lo cual había causado que su muerte pareciera irreal. La ausencia de llanto encuentra raíz en su propia madre, contenida y esquiva ante sus sentimientos internos. Las mujeres en la vida de Esther parecen más cercanas, pero no encuentra tampoco muchos puntos en los que se pueda identificar con ellas. Su padre y su madre son los arquetipos que conducen su posterior relación con todas las personas de ambos géneros.

Conforme avanza el último cuarto del libro, vemos que Esther no solamente está deprimida por sus experiencias de vida, aparentemente también es aquejada por paranoia, esquizofrenia y otros males psicológicos que no son controlables con buena voluntad o esfuerzo personal. Este es un punto crucial que Plath pone sobre el tejido narrativo porque nos aproxima a ver que la depresión no será la única motivación hacia el intento de suicidio de Esther, hay situaciones internas que la orillan hasta esa decisión.

La idea de la muerte me resultaba extrañamente reconfortante. No como algo violento o doloroso, sino como un descanso profundo, como hundirse en un sueño del que nunca tuvieras que despertar. Imaginaba cómo sería dejar de existir, cómo sería que todo ese ruido en mi cabeza se apagara de repente, y solo quedara un silencio perfecto. No un silencio vacío, sino pleno, como el de una habitación después de que ha dejado de sonar una nota muy aguda. A veces, ese pensamiento era lo único que me calmaba…

Esther encontraba en la muerte una solución a la alienación. La ayuda psicológica que recibe inicialmente no le ayuda a cambiar su forma de pensar e, incluso, parece conducirla aún más en la espiral de autodestrucción y alejamiento de la realidad que comienza a sentir a partir del capítulo 9. Los hombres de su vida son una decepción y el Dr. Gordon se une a esa larga lista. En los últimos capítulos, después del explícito intento de suicidio que Esther describe en primera persona y que inicialmente nos hace dudar si es real o falso, finalmente recibe la atención humana que necesitaba de parte del Dr. Nolan. La ayuda psicológica y emocional van de la mano según nos lo hace ver Sylvia Plath. La memoria del intento de suicidio es retomada de su propia vida, en una ocasión, en la universidad, Sylvia intentó quitarse la vida con pastillas para dormir y afortunadamente fue encontrada a tiempo para ser llevada al hospital.

Esther recibe una segunda ronda de electroshocks que sí le resultan de ayuda al tener un acompañamiento empático del Dr. Nolan. Esto logra quitar la campana de cristal de todo y finalmente hacerla sentir que puede respirar. En el momento en el que Sylvia escribe su novela, expone al lector la esperanza de que, a pesar de los momentos complicados y difíciles, eventualmente hay una solución. Es interesante ver que, si nos apartamos de la lectura fatalista y de la descripción autobiográfica suicida que muchos lectores intentan encontrar, Sylvia Plath intentó mostrar que hay luz después de haber pasado por una experiencia así. Siguió escribiendo, logró casarse, tuvo dos hijos, jamás tuvo que dejar su profesión como poeta y tampoco dejar de lado sus ganas de cumplir con su rol como madre y cabeza de su hogar. En contra de la opinión común, considero que se percibe una fuerte esperanza en sus palabras finales.

No sé qué va a pasar mañana, o la semana que viene, o el año próximo. La idea del futuro sigue siendo como un mapa en blanco. Pero ya no le tengo tanto miedo al vacío. He aprendido, a un costo terrible, que incluso dentro de la campana se puede encontrar un pequeño espacio para respirar. Que la fragilidad no es lo opuesto a la fuerza, sino a veces su compañera. Me miran desde afuera y piensan que he ‘mejorado’. Yo no sé si he mejorado. Solo sé que he cambiado. La campana de cristal no se ha roto; sigue ahí, suspendida en el aire, lista para descender. Pero por ahora, yo también estoy aquí, fuera de ella, y mientras pueda sentir el sol en la piel y el viento en el pelo, eso será suficiente. O al menos, será un comienzo del que no huiré…

Abrazar la fragilidad y la incertidumbre ante un futuro que nunca puede ser totalmente claro. La campana no se va del todo, pero puede estar ahí, no cubriendo ni desapareciendo, pero permitiendo respirar. El aquí y ahora, pensar que la tristeza puede volver, como olas del mar que mojan una y otra vez nuestros pies en la arena, pero no se queda permanentemente.

Sylvia Plath no concluye su texto más conocido con un mensaje de depresión sino de esperanza. Sus palabras, aliento para el lector, eran aliento para ella misma. El mensaje debía replicarse y el error de dejar de pensarlo no intenta transmitir al lector un destino pesimista sino el convencimiento absoluto de que siempre hay forma de continuar y, en eso, podemos conocer a mayor profundidad a una autora cuya muerte no debe permear en su obra sino, más bien, la esperanza de que la vida siempre tiene algo más por ofrecer.

[ Néstor Manríquez Lozano ] Néstor Manríquez es doctor en Letras Clásicas y académico en la UNAM.

Traducciones al español:
Plath, S. (1971). La campana de cristal (Monserrat Ribera, Trad.). Ediciones Grijalbo.
Plath, S. (1998). La campana de cristal (Monserrat Ribera, Trad.). Ediciones Grijalbo.
Plath, S. (2016). La campana de cristal (Miriam Cano, Trad.). Editorial Tres Hermanas.
Plath, S. (2021). La campana de cristal (Isabel Ferrer Marrades, Trad.). Seix Barral.
Plath, S. (2023). La campana de cristal (Monserrat Ribera, Trad.). DeBolsillo.

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