Metamorfosis, de Ovidio

Del poeta Ovidio (20 marzo 43 a.C.-17 d.C.) y su obra Metamorfosis escribe para Otro Ángulo la doctora en Letras Yazmín Victoria Huerta Cabrera.

Publio Ovidio Nasón, “el maestro del Amor”, praeceptor amoris, como se nombró a sí mismo en su Arte de Amar, fue un escritor latino que vivió bajo el reinado del emperador Augusto en el siglo I d.C. Su fama trascendió a la literatura occidental por su obra amorosa, sobre todo el Arte de Amar, Amores, Remedios de amor, y en especial, por sus Metamorfosis, un poema compuesto en quince libros en ritmo dactílico, verso correspondiente a la épica, considerada desde la antigüedad como una de las composiciones más solemnes como género literario.

Las Metamorfosis fueron obra de madurez en la producción del escritor que lo consagraría en la posteridad como mitógrafo, por volverse la enciclopedia de mitología grecorromana más vasta de la antigüedad, de la cual el arte como la pintura, la escultura y la música, se inspirarían para recrear los mitos narrados por el escritor. Ovidio es uno de los autores clásicos predilectos por el público gracias a esta obra, ya que las transformaciones son, sin duda, el encanto de la historia, las cuales además están hilvanadas con el tema del amor y del desamor.

En cuanto a la técnica narrativa, Ovidio, engarzó un relato dentro de otro a manera de argolla, la conocida “ring composition”. La obra puede ser leída de corrido, de principio a fin, de manera lineal, o se puede leer cada mito independientemente. Por ello, y por otras razones de su composición, las Metamorfosis son consideradas en palabras de A. Alvar Ezquerra, en El significado de las Metamorfosis en la poesía del Siglo De Augusto, un “poema de singular originalidad”.

Las Metamorfosis es un poema que comienza con el recuento del origen del mundo (ab origine mundi), desde el caos. Es la Génesis latina, por decirlo así, donde el escritor le cuenta a sus lectores cómo surgió la vida, el hombre en la tierra y de qué manera con el transcurso del tiempo éste se fue envileciendo y degradando en su condición. Al leer los primeros versos, es inevitable relacionar el principio del poema ovidiano con aquel texto griego del siglo VIII a.C., la Teogonía (116-125 vv.) de Hesíodo, donde también trata de cómo surgió el mundo. En el texto de Ovidio lo leemos así:

“Antes que el mar, la tierra y el cielo, que lo cubre todo, en todo el universo aparecía un único aspecto de la naturaleza, al que llamaron caos, masa informe, confusa, un peso inerte en el que se encontraban los elementos de las cosas en discordante amalgama sin relajación alguna. Ningún Titán ofrecía todavía su luz al mundo, ni Febo renovaba sus cuerpos con el crescendo, ni la tierra, entregada a su propio peso, estaba suspendida en el aire dando vueltas, ni Anfritite había extendido sus brazos a lo largo de las riberas de la Tierra. Y tal como había tierra, mar y aire, así era inestable la tierra, inhábil el mar y el aire carente de luz; ningún elemento conservaba su forma y unos eran un obstáculo para los otros, porque en una sola amalgama se contraponían el frío y el calor, la humedad y la sequía, la sustancia muelle y la dura y la pesada y la ligera”.

Sin hacer un enfrentamiento entre estos dos autores clásicos, Ovidio y Hesíodo, y sin demeritar al segundo, el pasaje del autor latino es más filosófico que el del griego que intenta entender el orden cosmogónico a través del mito.

Ovidio fue heredero de la educación recibida por sus profesores, entre ellos, Arelio Fusco, pero más allá de esto estuvo dotado de un talento poético natural. Como él mismo declara: “Todo lo que intentaba escribir me salía en verso”. Por eso, en su composición podemos darnos cuenta de su habilidad para describir y transportarnos a lugares inimaginables con el objetivo de estimular la imaginación a través de la palabra. De la obra, hay varios pasajes que deleitan por volverse una especie de mini-relatos, paisajes tétricos, como la descripción de los Infiernos, así como lugares idílicos y encantadores, los llamados loci amoeni, como el valle del Tempe:

“Existe un camino en pendiente, ensombrecido por funestos tejos; conduce a las moradas infernales a través de un profundo silencio; la inerte Estigia exhala sus nubes de vapor y allá descienden las sombras recientes y los fantasmas que gozan de los honores sepulcrales. La Palidez y el Frío habitan en toda la extensión de estos lugares espinosos; los manes nuevos ignoran cuál es el camino que conduce a la ciudad de la Estigia, en donde se halla el temible palacio del negro Plutón. Mil pasadizos y puertas abiertas tiene por doquier la inmensa ciudad; y como el mar recibe los ríos de toda la tierra, así aquel lugar recibe todas las almas y no es pequeño para pueblo alguno y no se da cuenta jamás del aumento de multitud. Por todas partes van y vienen sombras exangües sin cuerpo y sin huesos; una parte frecuenta el foro, otras las salas interiores del rey; otros se entregan a trabajos que les recuerdan la antigua vida, otros sufren un castigo…”

“Existe en Hemonía un valle que por todas partes se halla rodeado por una selva abrupta llamado Tempe. A través de este, el Peneo, nacido al pie del Pindo, vierte sus espumosas aguas y en su majestuosa caída hacia el abismo levanta nubes de ligeros vapores, cayendo como una húmeda aspersión sobre las cimas del arbolado y cansando con su sonido a lugares incluso alejados”…

Es inabarcable trazar la repercusión de la obra ovidiana en varios ámbitos, pero de sus mitos han surgido términos que se usan en la psicología como el “narcisismo”, que evoca por su nombre la historia del joven Narciso, hijo del río Cefiso y la ninfa Liríope. Este joven fue objeto del deseo de jóvenes y de varias ninfas; una de ellas, llamada Eco, se enamoró de él tan apasionadamente que no soportó el rechazo de Narciso y desconsolada desapareció entre las montañas quedando solamente su voz como rastro. Los pretendientes que habían sido despreciados rogaron a la diosa Némesis que el joven se enamorara, pero que no gozara del amor correspondido. Un día, el joven Narciso agotado por el calor y la caza se acercó a un manantial para refrescarse y al ver el reflejo de su imagen quedó extasiado por la belleza que contemplaba. Narciso enloqueció por sentir amor a sí mismo y llegó a tal desesperación que se provocó la muerte con los golpes. Finalmente, de su sangre brotó como recuerdo un narciso.

La pintura del inglés John William Waterhouse titulada Echo and Narcissus datada en 1903 retoma justamente del mito ovidiano el momento en el que Narciso se contempla en el espejo de agua y se queda atónito, mientras la ninfa Eco lo mira con ternura y tristeza. En otra versión, Michelangelo Caravaggio en un lienzo Narcissus, datado entre 1597-1599, evoca la imagen de un joven que al mirarse en el agua descubre su apariencia, sin embargo el reflejo de la figura no es el mismo, sino es un rostro de un hombre de más edad, ya maduro. En un análisis pictórico, los críticos afirman que en este cuadro se representa “la fatuidad y lo superficial de la belleza física”, el Ego en contraposición del Yo. Cada uno le dará un significado a la pintura de acuerdo a su sensibilidad, pero es posible que en la óptica del pintor italiano el concepto de sí mismo esté deformado por lo que uno cree ver, a diferencia de lo que es en realidad. De Placido Costanzi, hay una obra del siglo XVIII, Narcissus and Echo, la cual reproduce a un maduro Narciso que acompañado de sus perros regresa de la caza y se detiene en un paraje para descansar. Detrás de un árbol se encuentra una mujer, posiblemente la ninfa Eco, que lo admira de lejos a escondidas mientras Narciso se contempla en el agua.

También, el mito de Narciso encontró su aceptación durante el siglo XVII en una de las escritoras mexicanas más destacadas, Sor Juana Inés de la Cruz, con el auto sacramental El divino Narciso, drama religioso que sirvió para hablar sobre la Encarnación. En este caso, Sor Juana simboliza a su Narciso con Cristo y a Eco con el demonio.

La trascendencia de Ovidio ha llegado hasta la medicina con la existencia de un término conocido como “hermafroditismo”, el cual tiene origen en el personaje mítico llamado Hermafrodito. Según la versión latina, era hijo de Hermes y Afrodita y fue criado por las ninfas en los montes del Ida. Cuando llegó a la adolescencia y cumplió quince años decidió abandonar el lugar que lo había visto nacer y viajó por otros parajes. Hermafrodito llegó a Caria y se detuvo en un estanque de agua cristalina dotado de un encanto singular. Allí habitaba una joven ninfa, Salmacis, quien a diferencia de sus hermanas no practicaba la caza y se la vivía en el ocio recogiendo flores y embelleciéndose. En el momento en que Salmacis vio a Hermafrodito se acercó a él y, asombrada por la hermosura del joven, le declaró su amor, pero éste no estaba interesado en la ninfa y le pidió que se retirara. Salmacis fingió alejarse y permaneció oculta en el bosque, entre tanto Hermafrodito decidió sumergirse en la laguna, la ninfa, al verlo desnudo, ardió en deseo y quiso unirse a él. Salmacis se lanzó al agua y aprisionó entre sus brazos a Hermafrodito al que le fue imposible soltarse, aunque se resistía. Salmacis entonces rogó así: “¡oh dioses!, que jamás llegue el día que se separe de mí y yo de él”. Esta súplica fue escuchada y a partir de aquel momento en un solo cuerpo se conformó una doble naturaleza: Hermafrodito no podía decirse ni mujer, ni hombre. En cambio, Hermafrodito pidió a sus padres que le concedieran que cualquier hombre que se bañara en esas aguas perdiera su virilidad. La escultura de mármol el Hermafrodito durmiente retoma el motivo del mito y reproduce la imagen feminizada con un rostro más de adolescente que reposa plácidamente boca abajo sobre un colchón confeccionado por Gian Lorenzo Bernini.

Los mitos en la versión latina se han vuelto famosos por las historias de amor que cuentan. Por ejemplo, el amor imposible del dios Apolo con Dafne, su primer amor. La joven ninfa no estaba interesada en los deberes conyugales y despreció a todos los pretendientes, incluso a Apolo, quien, al descubrirla por su hermosura, la persiguió y trató de convencerla con halagadoras palabras; en la huida Dafne suplicó a su padre, el río Peneo, que transformara su figura para escapar del dios. La joven ninfa fue convertida en un árbol de laurel y Apolo siguió amándola a tal punto que esta planta se convirtió en su predilecta:

“Ya que no puedes ser mi esposa, serás en verdad mi árbol: siempre mi cabellera, mis cítaras y mi carcaj se adornarán contigo”.

La obra escultórica de Gian Lorenzo Bernini, Apolo y Dafne, capta el momento de la metamorfosis de la ninfa: Apolo detiene por el talle a Dafne con su mano izquierda, mientras ella con su expresión de miedo y rechazo gira su cabeza para ver a Apolo de reojo a la altura de su hombro derecho. La obra de Bernini muestra las dos figuras en movimiento justo en el instante en que el brazo izquierdo de Dafne se vuelve una rama, así como sus piernas se vuelven raíces.

El amor ilícito está representado en la historia de Venus y Marte, dos amantes que fueron sorprendidos en flagrante adulterio y atrapados por una red confeccionada por Vulcano, el marido de Venus. Los amantes quedaron inmovilizados penosamente en el acto ilícito y el Sol los descubrió, exhibiéndolos. La pintura del pintor italiano Sandro Botticelli, Venus y Marte, expone gráficamente a los amantes después del acto amoroso, Marte se encuentra cansado y duerme exhausto mientras unos pequeños sátiros juguetean con las armas del dios de la guerra. En cambio, Venus, con su cabellera rizada, sin perder la compostura, ligeramente recostada de lado, está ataviada con un vestido elegante, blanco, de pliegues, y contempla a Marte.

La fidelidad del amor conyugal se encuentra presente en la historia de Ceix y Alcíone, dos jóvenes amantes que fueron separados solamente por la muerte y metamorfoseados en aves. Según la leyenda mítica de Ovidio, el joven Ceix, rey de Traquinia e hijo de un astro, decidió separarse de su esposa Alcíone, hija de Éolo, rey de los vientos, para consultar un oráculo. Ceix se embarcó con su tripulación y, a causa de una tormenta, naufragó y se ahogó. La joven esposa se enteró de la triste noticia a través de un mensaje que le envió Juno por medio de su mensajera Iris y el Sueño. El cuerpo de Ceix llegó flotando hasta la orilla y Alcíone lo reconoció. Luego de llorar sobre el cadáver, los dioses, compadeciéndose de su dolor, la convirtieron en un ave, al igual que a su difunto esposo. Esta tragedia amorosa inspiró con su argumento interpretaciones musicales como la ópera del autor francés Marin Marais, llamada Alcyone, obra en cinco actos, y pinturas como la de 1915 del inglés Herbert James Draper, donde aparece la joven Alcíone desesperada en la ribera buscando a su esposo.

Finalmente, el amor imposible se encuentra representado con Píramo y Tisbe, una joven pareja separada físicamente por la enemistad de los padres. Los jóvenes se hablaban a escondidas a través de una grieta en la pared por la que intercambiaban confidencias y palabras amorosas. El amor entre los jóvenes creció y decidieron fugarse en el silencio de la noche. Ambos quedaron de encontrarse en una tumba debajo de un árbol de morera. La primera en llegar a la cita y al lugar fue la joven Tisbe, la cual iba cubierta con un velo. Cerca del lugar, había un manantial al que llegó una leona para saciar la sed, luego de haber devorado unos bueyes. Tisbe, asustada, se aleja y se oculta perdiendo en la huida su velo, el cual la leona encontró y desgarró con sus fauces ensangrentadas. Píramo, que llegó más tarde al lugar, descubrió la prenda de su amada e imaginó que había sido presa de los animales feroces. La culpa no lo dejó por haber ocasionado que su amada muriera al llevarla a ese lugar, entonces se clavó en el costado la espada que llevaba en la cintura. Tisbe regresó al sitio y encontró el cuerpo ensangrentado de Píramo todavía palpitando. La joven, al darse cuenta de la confusión creada por el velo, quiso unirse al destino del amado clavando en el pecho la espada. Esta historia se hizo célebre entre varios autores sobre todo en Shakespeare con su trama Romeo y Julieta. En el arte se pueden encontrar pinturas como la de Lucas Cranach el Viejo y la de Abraham Hondius. En ambas representaciones, la acción dramática se concentra en Tisbe con la espada hundida en medio del pecho de donde brota la sangre.

En 2017, Ovidio cumplió 2 000 años de su muerte y se celebró internacionalmente a lo grande con obras teatrales de las Metamorfosis, con recreaciones plásticas de las historias míticas y muestras bibliográficas. Actualmente, ha sido llamado “el dios de los mitos”, “el dios de la literatura mitológica” y “el poeta del mito”, apelativos que denotan su trascendencia a través del tiempo como escritor. ¡Qué razón tenía cuando escribió como epitafio al final de las Metamorfosis: non omnis moriar! Y en verdad que no ha muerto porque su obra, catalogada como el “poema del cambio” por Antonio Alvar Ezquerra, sigue haciendo honor al nombre de la obra, es decir, continúa metamorfoseándose en las recreaciones plásticas de todo aquel que lea su obra. Por ello, Ovidio seguirá siendo un clásico, como decía Italo Calvino: “alguien que no termina de decir lo que tiene que decir”.

Otros mitos abordados por Ovidio

El diluvio

“Los ríos desbordados se lanzan por las llanuras descubiertas; con las cosechas arrastran árboles, ganados, hombres, casas, altares domésticos y objetos sagrados. Si alguna casa quedó y pudo resistir a tal desastre sin derrumbarse, no obstante desapareció bajo las aguas y sus torres oprimidas se ocultan en el abismo. Ya no había diferencia alguna entre el mar y la tierra; todo era océano; no tenía riberas el océano. Uno ocupa una colina; otro está sentado en una cóncava barca y pasea sus remos por allí en donde hacía poco que estaba arando. Este navega sobre sus mieses o sobre las techumbres de su quinta sumergida; aquél coge un pescado en lo alto de un olmo [..] Las Nereidas admiran bajo el agua bosques, ciudades y mansiones; los delfines ocupan los bosques, se lanzan contra las altas ramas y chocan contra los robles que se agitan. Nada el lobo entre los corderos, el agua arrastra rubios leones, el agua se lleva tigres; ni las fuerzas impetuosas aprovechan al jabalí, ni las ágiles patas al ciervo, que ha sido arrastrado, y el pájaro errante, de buscar durante tiempo una tierra en donde poder posarse cae al mar con sus alas agotadas de cansancio”. (Libr. I, vv. 285-296; 302-308)

Níobe

He aquí que llega Níobe con un numerosísimo cortejo, deslumbrante con sus vestidos de la Frigia recamados en oro; y, cuanto la cólera se lo permite, bella, agitando con un movimiento de su cabeza majestuosa sus cabellos extendidos sobre ambos hombros, se detiene; y cuando ya, altiva, hubo dirigido a su alrededor sus soberbios ojos, dijo: “¿Qué locura (es ésta de) anteponer los dioses de los que oís hablar a los que estáis viendo? ¿Por qué es venerada Latona en sus altares (mientras) todavía mi divinidad está sin (el honor del) incienso? Yo tuve por padre a Tántalo, al que solamente se le permitió sentarse a la mesa de los dioses; mi madre es hermana de las Pléyades; el inconmensurable Atlas es mi abuelo, el cual lleva sobre su cuello la bóveda del cielo; al otro abuelo, Júpiter, me glorio de tenerlo también por suegro. Los pueblos de la Frigia me temen, bajo mi señorío está el palacio real de Cadmo y esas murallas, levantadas al son de la lira de mi marido, con sus habitantes, están gobernadas por mí y por mi esposo.” (Libr. VI, vv.165-176)

Medusa

“Entonces uno de los nobles invitados tomó a su vez la palabra pidiéndole le dijera por qué solamente ella entre las hermanas lleva culebras entre sus cabellos. El huésped del rey contestó: “Porque lo que preguntas es digno de ser contestado, oye la respuesta a tu pregunta. Célebre por su belleza, Medusa fue esperanza celosa de muchos pretendientes que se la disputaban y en toda su persona no había nada más bello que sus cabellos”; yo he conocido a uno que contaba que la había visto. El soberano de los mares la poseyó, según se dice, en un templo de Minerva; la hija de Júpiter se volvió, cubrió con la égida su casto rostro y, para no dejar impune tal atentado, cambió los cabellos de la Gorgona en serpientes abominables. Hoy en día, para llenar a sus enemigos de terror y espanto, delante de su pecho lleva las serpientes que ella hizo nacer”. (Libr. IV, vv.790-803)

Traducciones recomendables

La traducción de los pasajes citados en este texto pertenece a Vicente López Soto (Ovidio, Las Metamorfosis, Barcelona, Bruguera, 1972). Otras versiones de interés son las de Rubén Bonifaz Nuño para la Bibliotheca Scriptorum et Graecorum Mexicana (Libros I-VII, UNAM, 1979 y Libros VIII-XV, UNAM, 1980), así como la de Ana Pérez Vega en la colección Clásicos de Grecia y Roma (Alianza Editorial, Madrid, 2008).

Otros ángulos de interés

  • Alvar Ezquerra, Antonio, “El significado de las Metamorfosis en la poesía del siglo de Augusto”, Cuadernos de Literatura Griega y Latina I, pp.109-124.
  • Calvino, Italo, Por qué leer a los clásicos, México, Tusquets, 1992.
  • Camacho Cuenca, Sandra, “Loci amoeni en la Metamorfosis de Ovidio: prototipicidad y función narrativa”, pp.95-107, en Dulces Camenae. Poética y Poesía Latinas. Jesús Luque, Ma. Dolores Rincón, Isabel Velázquez (eds.), Sociedad de Estudios Latinos, Jaén, Granada, 2010.
  • Grimal, Pierre, Diccionario de mitología griega y romana, Barcelona, Paidós, 2008.
  • Olivares Zorrilla, Rocío, “Apologética, mítica y mística en El Divino Narciso, de Sor Juana”, Espéculo, Revista de Estudios Literarios, 46, Universidad Complutense de Madrid, noviembre 2010-febrero 2011.

[ Yazmín Victoria Huerta Cabrera ]

Yazmín Victoria Huerta Cabrera es doctora en Letras Clásicas y catedrática de la UNAM.

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