Mentes flexibles, de Howard Gardner

Howard Gardner es uno de los pensadores más lúcidos y propositivos de estos tiempos. Su conceptualización de las “inteligencias múltiples” revolucionó los campos de la psicología y la pedagogía (aunque lamentablemente fue banalizado con fines comerciales bajo la etiqueta genérica de “inteligencia emocional”).

Mentes flexibles es una revisión analítica de las condiciones que permiten grandes transformaciones sociales (o adaptarse rápidamente a ellas), a partir de una cuestión fundamental: el cambio de mentalidad.

Es un libro provocador y sugerente para quienes buscan ideas innovadoras ante un siglo que ha iniciado con una agitada sucesión de profundos cambios tecnológicos, económicos, sociales, laborales, geopolíticos y en muchos otros terrenos.

Publicado en 2004, este ensayo estableció derroteros que en los siguientes años seguirían jóvenes pensadores como Thomas Bilyeu y Yuval Noah Harari, quienes en noviembre de 2018 plantearían:

“Ya no existe una opción segura de profesión para un futuro cercano, pues lo que hoy aprendemos podría dejar de ser relevante en 20 años. Por ello, la mejor inversión será en inteligencia, en equilibrio mental y en las habilidades para continuar cambiando y seguir aprendiendo; esto es, en la flexibilidad mental para seguir reinventándonos a lo largo de la vida”.

Veamos algunos de los planteamientos que desarrolla Gardner en Mentes flexibles:

Cambio de mentalidad

Los cambios de mentalidad ocurren cuando una persona o un grupo abandonan su manera habitual de concebir una cuestión significativa (conscientemente, no mediante manipulación sutil) y, en lo sucesivo, la conciben de otra manera.

Una de las claves para que eso ocurra es la modificación de las “representaciones mentales”, es decir, la manera concreta en que la persona percibe, codifica, retiene y recupera información.

Esa transformación no es una empresa imposible. De hecho, nuestras representaciones mentales cambian constantemente, aunque de una manera discreta y lenta. El ser humano crea constantemente nuevas representaciones mentales y, en consecuencia, el contenido de la mente es, por naturaleza, una categoría abierta e infinitamente expandible.

Por citar sólo un ejemplo, todos los niños de zonas lluviosas desarrollan teorías sobre las tormentas. Al principio pueden pensar que estos fenómenos atmosféricos representan el enfado de sus padres, la ira de los dioses o las maquinaciones de una bruja malvada. Más adelante, al observar el orden predecible de los sucesos, supondrán que el relámpago es la causa del trueno. En la mayoría de los casos, no descubrirán la explicación de las tormentas ni la relación entre el relámpago y el trueno a menos que estudien meteorología en la escuela y aprendan qué son las corrientes de aire, los cambios de temperatura, las cargas eléctricas y las distintas velocidades de la luz y del sonido.

Palancas del cambio

No se trata sólo de una cuestión individual. Existen casos elocuentes de cambios sociales que parecían imposibles. Por ejemplo, la independencia de la India por la vía pacífica, la desaparición sin violencia del Apartheid en Sudáfrica, o la conformación de la Unión Europea. Sus promotores sólo contaban con las armas de la persuasión. Desarrollaron un relato innovador -aunque cercano a valores vivos-, el cual incontables veces narraron y explicaron (ya que no era tan simple); retomaron lo que estaba ocurriendo en el mundo real e hicieron uso de todos los recursos que tuvieron a su alcance.

Ni Gandhi ni Mandela ni Monnet (impulsor de la Unión Europea) tenían asegurado de antemano un público entregado a su causa. Tuvieron que crear ese público desde cero, sin incentivos económicos ni armas políticas de coacción. Tuvieron que identificar y afrontar una oposición que ostentaba el poder… Tuvieron que dirigirse a una población y convencerla… Sólo tenían a su disposición las armas de la persuasión y la personificación. Tuvieron que narrar sus relatos una y otra vez, explicarlos bien y encarnarlos en actos adecuados y en elementos simbólicos evocadores. Tuvieron que desautorizar los correlatos dominantes… No se limitaron a contar con más eficacia un relato sencillo y familiar, sino que afrontaron una tarea de proporciones mucho mayores: desarrollar un relato nuevo, contarlo bien, encarnarlo en su propia vida y ayudar a los demás a comprender por qué debía triunfar sobre otros correlatos más simples…

A partir de estas experiencias, Gardner identifica siete factores o palancas del cambio:

la razón: enfocar algo de manera racional supone identificar los factores pertinentes, sopesarlos uno por uno y llegar a una conclusión general;

investigación: recopilación de datos pertinentes (no necesariamente formal o académica);

resonancia: se refiere al componente afectivo, emocional. Una opinión, una idea o una perspectiva “resuenan” en nosotros en la medida en que encaja en nuestra situación (o en nuestra historia personal); lo que resuena en nuestra psique es lo que más apreciamos y lo que es menos probable que abandonemos;

redescripciones representacionales: necesitamos que una propuesta de cambio tenga diversas representaciones (narrativa, cuantitativa, lógica, estética, práctica), en distintos formatos, y que estas formas se refuercen mutuamente;

recursos y recompensas: se premia de cierta manera a las personas que actúan y piensan de una forma novedosa (pero si las otras palancas no refuerzan este cambio es probable que la actitud no se mantenga al cesar los premios);

sucesos del mundo real: acontecimientos que afectan a muchas personas y refuerzan o impulsan a las otras palancas de cambio;

resistencias: conviene identificar los puntos de vista sólidos y resistentes al cambio que hemos desarrollado como individuos y como sociedad.

La conjunción de varias de estas palancas da un fuerte impulso al cambio mental cuando las resistencias son débiles o la realidad es abrumadora. Un ejemplo es el que ocurrió cuando se desató la epidemia del VIH, que derivó en la aceptación generalizada del uso del preservativo.

Estas palancas inciden sobre los contenidos de la mente, es decir, sobre conceptos, relatos, teorías y aptitudes. Se entiende por concepto la unidad más elemental, un término aglutinador que se refiere a cualquier conjunto de entidades estrechamente relacionadas entre sí. Un relato es una narración que describe sucesos que se extienden en el tiempo; como mínimo consta de un protagonista y una serie de actividades dirigidas a un objetivo (el ser humano gusta de oír relatos y también es un narrador por naturaleza). Las teorías son explicaciones relativamente formales de procesos del mundo; desde pequeños, los niños desarrollan teorías sobre el funcionamiento de las cosas. Las aptitudes o prácticas constan de procedimientos que las personas saben llevar a cabo independientemente de que elijan expresarlas en palabras. Estos contenidos de la mente son muy sólidos, pero también son susceptibles de transformarse.

Apelar a las inteligencias múltiples

Una inteligencia es un potencial biopsicológico para procesar de ciertas maneras unas formas concretas de información. El ser humano ha desarrollado diversas aptitudes para el tratamiento de información que le permiten resolver problemas y crear productos. Para que tales aptitudes sean consideradas “inteligentes”, los productos y las soluciones deben ser apreciados, como mínimo, por una cultura o comunidad. Por supuesto, los seres humanos valoran distintas aptitudes y capacidades en distintos momentos y en circunstancias diferentes.

Existen varias inteligencias y cada una tiene una forma distinta de representación mental.

Un factor clave (poderoso obstáculo para el cambio) es la solidez de las primeras teorías. Al principio de la vida, desarrollamos teorías muy sólidas sobre el mundo. Sin necesidad de una instrucción formal, creamos lo que podría llamarse teorías naturales o especulativas. Esto es resultado de nuestra necesidad de entender. Entender es un factor motivador muy importante para el ser humano, aunque no necesariamente esté en lo cierto.

Si esa búsqueda de certeza es una empresa autorreflexiva puede abrir la posibilidad del cambio mental. Esto ocurre cuando se busca una explicación sólida apoyada tanto en la acumulación de observaciones o datos como en un estudio cuidadoso que incluye explicaciones alternativas.

Sin embargo, dichas explicaciones no siempre tienen éxito pues las teorías de la infancia son resistentes, a pesar de ser superficiales y basarse principalmente en la experiencia de los sentidos.

Y pese a todo, no es imposible. Ahí está el ejemplo que nos dejó Charles Darwin. Creó una teoría revolucionaria que encontró sólidas resistencias: la comunidad científica la rechazó rotundamente, a la población que desconocía de métodos científicos le pareció absurda y a los creyentes religiosos les indignó. Esta misma situación enfrentaron en su tiempo Copérnico con su modelo del sistema solar, Einstein con su teoría de la relatividad, Heisenberg con la mecánica cuántica, Freud con su teoría del inconsciente y Wegener con la deriva de los continentes. Y todos ellos terminaron suscitando profundos cambios mentales en la sociedad.

Factores que estimulan el cambio mental

Los niños y los adolescentes cambian con frecuencia de mentalidad, no así los adultos.

En ocasiones, grupos poderosos intentan inducir una perspectiva distinta, misma que impulsan y sostienen con abundantes recursos y por diversas vías. No obstante, esa estrategia no siempre es exitosa y se queda en cambios parciales y superficiales, incluso cuando se recurre al premio y el castigo, pues esto tiene una eficacia limitada y fugaz.

En realidad, es difícil lograr cambios duraderos en la mentalidad de determinadas personas. No es un tema de publicidad o propaganda machacona, se trata de confrontar las representaciones mentales subyacentes en la sociedad con un concepto más poderoso, un relato más convincente, una teoría más sólida, una práctica más eficaz, elementos que conformarán una nueva representación mental. También inspira al cambio mental el enfrentar un entorno nuevo, vivir experiencias demoledoras o el encuentro con una personalidad inspiradora.

Las posibilidades de cambio son variadas y pueden representarse en una pirámide invertida:

Cambios a gran escala que afectan a la población heterogénea de una región o país
Cambios a gran escala que afectan a un grupo uniforme u homogéneo
Cambios provocados por obras artísticas o científicas
Cambios en contextos de enseñanza formal
Formas íntimas de cambio mental
Cambiar la propia mente

Promotores del cambio: relatos, teorías, datos…

Jay Winstein, profesor de la Escuela de Salud Pública de Harvard, impulsó con éxito campañas como la del conductor designado. Parte de su estrategia era que el mensaje, por un lado, promoviera cambios positivos y de interés social y, por otro lado, no fuera inoportuno, contara con representaciones convincentes de las conductas deseadas y éstas fueran asumidas por personajes populares que enfrentarían las resistencias sociales. Winstein partió del reconocimiento de que muchas personas no son conscientes de la existencia de un problema específico, por lo que esa conciencia debe ser fomentada. Es cuando la gente cobra conciencia, cuando acepta un nuevo enfoque del problema e identifica un camino para abordarlo con eficacia, ahí se abre la posibilidad de que decida cambiar de actitud. Pero Winstein reconocía que al asumir una conducta alternativa se requería amplio apoyo para mantener el cambio, por eso recurrió a los medios masivos, donde logró introducir sus campañas.

Los grandes promotores de cambios saben conjugar una serie de elementos que desde diversos ángulos fortalecen sus argumentos entre diversas audiencias. Estos elementos son los ya mencionados: razón, investigación, imagen, resonancia, redescripciones representacionales, recursos y recompensas, sucesos del mundo real e, incluso, resistencias al cambio.

Los grandes creadores van más allá de los relatos. Los científicos, por ejemplo, trabajan principalmente con teorías; los artistas, por su parte, introducen en sus obras nuevas ideas, nuevas prácticas, nuevas técnicas. Su ámbito de impacto puede ser un círculo reducido, o el campo entero de su disciplina, o incluso llegar a los públicos más heterogéneos.

Los grandes artistas amplían nuestra noción de lo que es posible, nos invitan a desarrollar un conjunto complementario de modos de percepción, abordan temas nuevos o poco considerados, y nos ayudan a comprender y definir el espíritu de una época. Como los otros líderes, deben vencer resistencias para ser aceptados y, en el proceso, sufrir múltiples fracasos.

En este sentido, vale la pena prestar atención a las ideas que han influido en muchas personas aunque para nosotros no tengan valor. Asimismo, tomar conciencia de las resistencias es valioso tanto para el creador de una nueva visión como para la persona que inicialmente se resiste a una propuesta extraña y exótica.

Las resistencias al cambio

En el individuo existen nociones arraigadas que operan como resistencias, y éstas se refuerzan en grupos homogéneos.

Todas las teorías de la infancia tienen una verosimilitud superficial. Se basan en el testimonio de los sentidos y, de vez en cuando, parecen validarse… En términos generales, hacemos todo lo posible para conciliar cualquier información (aparentemente discordante) con nuestras creencias más arraigadas. Así es como afrontamos la ‘disonancia cognitiva’, es decir, la aparente incoherencia entre lo que nos dicen nuestros padres (o nuestros libros de texto) y lo que creemos que es verdad… Las teorías son difíciles de cambiar y las teorías iniciales lo son mucho más… Quienes tienen una personalidad ‘autoritaria’ son especialmente propensos a aferrarse a sus creencias más antiguas…

No obstante, el cambio de mentalidad es posible, aunque no sea radical ni definitivo. Por lo general ocurren transiciones que combinan unos elementos de lo viejo con otros de lo nuevo. Para ello, es necesaria una mínima disposición colectiva de estar abiertos a la posibilidad de aprender continuamente y cambiar de mentalidad.

Tal apertura debería pasar -es lo ideal- por una revisión profunda y extensa de las nociones arraigadas: definirlas, comprender su procedencia, identificar su vigencia y sus deficiencias, así como someterlas a una crítica seria para reconocer sus limitaciones, e impulsar otras nociones más constructivas que también nos hagan resonancia.

En la introspección personal es deseable identificar nuestras características, inclinaciones, narrativas y representaciones mentales favoritas, es decir:

argumentos, hechos, retórica – cómo exponemos nuestros puntos, qué capta nuestra atención;

rutas centrales o periféricas – si nos gusta abordar el tema en forma directa o indirecta;

coherencia – si nos importa la coherencia, o preferimos las incoherencias;

postura ante el conflicto – si nos gusta la polémica aunque el tono suba o nos incomodan los debates;

terreno cargado emocionalmente – qué ideas y temas consideramos relevantes, si aceptamos abordarlos o los evitamos, qué nos atrae y qué detestamos;

guiones actuales (contenido) – cuáles son los guiones o representaciones mentales más arraigadas;

guiones actuales (forma) – qué formas de representación preferimos.

Algunos grupos han explorado otra clase de cambios, al margen de la conciencia o la voluntad de los individuos. En vez de promover una evolución intelectual han impulsado la obediencia política, o la búsqueda de popularidad ante los dictados de los medios masivos, o la necesidad de ser aceptados en una comunidad. Esto entraña un riesgo, incluso para algunos teólogos. “Un marco de referencia monolítico no genera una mente crítica. Donde sólo hay una verdad manifiesta, nada se pone en duda y nunca surge una chispa de creatividad”, dice filósofo David Hartman.

También es posible que una persona no sea del todo consciente pero haya experimentado un cambio mental que coincide con el de millones de sus conciudadanos y simplemente se funda en el espíritu de la época, el cual se encuentra siempre en constante evolución.

Los años por venir

En las próximas décadas el cambio mental se seguirá produciendo, seguramente de una manera acelerada. Creo que aparecerán nuevas formas de cambio mental en tres áreas a las que llamaré wetware, dryware y goodware.

Wetware tiene que ver directamente con el cerebro. “Si comprendemos lo que ocurre realmente en el cerebro, podremos especificar las estructuras que fallan, podremos reforzarlas o desarrollar otras vías”. Gardner prevé tres enfoques del cambio mental en este ámbito: entrenamiento conductual, intervención neural y manipulación genética (con el riesgo de que esta última entre en una escalada sin límites).

Dryware se refiere a los sistemas de información y de la inteligencia artificial. A pesar del escepticismo de algunos críticos, la inteligencia artificial llegará a estar mucho más entrelazada con nuestro wetware actual. “El universo entero se puede concebir como un sistema de información: la información genética y la información de un programa informático son dos casos del mismo género”. El abismo que separaba bits y molécula se ha reducido de manera sustancial.

Goodware tiene que ver con el buen trabajo pero también con los juicios de valor acerca del cambio de mentalidad. “Nos preguntamos si es posible suscitar el cambio mental de forma que la excelencia técnica y ética se conjuguen estrechamente…, pues existe una clara diferencia entre quienes se esfuerzan por ser responsables en la dimensión ética y quienes sólo se guían por el poder o por el éxito económico y material”. En una época en constante transformación, la sociedad necesita buenos trabajadores, convencidos de que realizar un buen trabajo es una parte importante de la vida, un fenómeno demasiado vital para quedar en manos de otros o del azar.

Perfil

Howard Gardner es un destacado especialista en psicología cognitiva. Nació en Scranton, Pensilvania, el 11 de julio de 1943 (su familia había huido de la persecución en la Alemania nazi).

Estudió en la universidad de Harvard, donde se especializó en psicología y neuropsicología. Sus investigaciones acerca de las capacidades cognitivas le llevaron a conceptualizar las “inteligencias múltiples” (Frames of mind, 1983), un enfoque innovador que revolucionó áreas de la psicología y la pedagogía.

Su planteamiento básico es: cada persona posee 9 capacidades cognoscitivas, que desarrolla en distinto grado. Son las inteligencias: a) lingüístico-verbal, b) lógico-matemática, c) visual y espacial, d) musical, e) corporal cinestésica, f) naturista, g) interpersonal, h) intrapersonal, y g) existencial.

En el otoño de 2001, la directora editorial de la Harvard Business School Press le dijo: “Estás interesado en la influencia que ejercen los líderes en los miembros de sus grupos, y también estás interesado en la educación y la dificultad de enseñar algo nuevo. ¿Cuál es la conexión? ¿Cuál es el hilo conductor?” A lo que Gardner respondió: “Lo que hoy por hoy me interesa es cómo podemos conseguir que la gente cambie de mentalidad en relación con cuestiones importantes”. De esa conversación surgió el libro Mentes flexibles.

Howard Gardner ha sido reconocido por más de 20 universidades que le han otorgado el grado de Doctor Honoris Causa. En 2011 recibió el Premio Príncipe de Asturias en Ciencias Sociales.

[ Gerardo Moncada ]

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