¿Realmente leemos cada vez más en México? ¿O sólo mentimos mejor?

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El 7 de marzo es el Día Mundial de la Lectura y el 12 de noviembre, en México, el Día Nacional del Libro.

En la segunda década del siglo 21, el gobierno mexicano descubrió un procedimiento sumamente eficaz para mejorar las estadísticas de lectura en México. El método consiste, simplemente, en realizar encuestas. Por ese camino, los indicadores han mejorado tan rápido que al cabo de varios sondeos más los mexicanos seremos los mayores lectores del planeta.

Durante décadas prevaleció el lastimoso promedio de medio libro leído al año, por persona. Ese indicador era corroborado por las ventas de la industria editorial. Aunque es de todos sabido que es más fácil comprar un libro que leerlo, de cualquier manera los índices de comercialización en México eran modestos.

Ya era de llamar la atención que en 2006 la Encuesta Nacional de Lectura (ENL) reportara un promedio en 2.6 libros al año, precisamente cuando terminaba el sexenio de Vicente Fox, famoso por sugerir públicamente no leer, “para ser felices”. Ese mismo sexenio, Carlos Abascal Carranza como secretario de Estado intentó purgar las lecturas obligatorias en educación básica y media, enfocando su batalla contra la novela Aura, de Carlos Fuentes. A pesar de descalificaciones y ataques, la ENL reportó una lectura de 2.6 libros per cápita, cinco veces lo que era el tradicional promedio.

En la encuesta de 2012 prevalecían datos alarmantes: el 35% de los encuestados dijo que en toda su vida no había leído un solo libro no escolar; uno de cada tres jóvenes de 18 a 22 años no tenía gusto por la lectura; la mitad admitió que nunca había acudido a una biblioteca. El entonces rector de la UNAM, José Narro Robles, comentó: “En esta materia hemos empeorado. El acceso a la cultura escrita está seriamente restringido para la mayoría de la población. Sin mayores niveles de educación, el objetivo de promover la lectura está condenado al fracaso”.

Para el año 2014, el promedio de lectura había subido tres décimas, para llegar a 2.94 libros al año. Al explicar esta última cifra, se reconoció que la lectura en México era una actividad eminentemente educativa (la gente deja de leer al abandonar la escuela). Otro dato inquietante: los lectores de libros representaban el 46%, es decir, menos de la mitad de la población mayor de 12 años.

Ya para entonces ocupaba la Presidencia del país un político identificado como “no lector”, recordado por el penoso episodio en que fue incapaz de mencionar tres libros que hubieran marcado su vida.

Cuando se presentaron los resultados, en abril de 2014, la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura cuestionó la nula continuidad en las campañas de promoción de lectura.

Súbitamente, esta dramática realidad cambió en octubre de 2015. Un reporte del Módulo de Lectura del Inegi estableció que los mexicanos ya leen casi cuatro libros al año. Es decir, en sólo un año aumentaba en un libro el promedio de lectura por persona, el triple de lo que supuestamente había avanzado en ocho años.

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Este reporte incluyó otros datos peculiares. Por ejemplo, la mayoría de los encuestados afirmó leer en la sección de libros y revistas ¡de las tiendas departamentales! Otros dijeron leer en las librerías y otros más en puestos de libros y revistas usados. Si tal volumen de lectores fuera real, en esos sitios habría aglomeraciones similares a las del Metro en horas pico. Un detalle adicional fue la selección de la población consultada: 2,336 viviendas de 32 ciudades con más de 100 mil habitantes. Un sector de población más urbanizado y escolarizado que sin duda mejoraría la estadística.

Y por si no fuera suficiente, a fines de ese mismo año salieron los resultados de la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura 2015, efectuada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. En ella, el promedio de lectura nuevamente subía, ahora a 5.3 libros per cápita al año. Gracias a “una metodología diferente”, México saltó a ocupar la segunda posición de América Latina en hábitos lectores, sólo detrás de Chile.

De golpe, no solo desaparecieron los líderes de la región, Venezuela y Argentina, según el estudio de la Unesco y la OCDE realizado en 2013, sino que ahora el incremento en el promedio de lectura fue de más de un libro respecto al reporte del Inegi, de apenas el mes anterior.

Cada encuesta muestra un salto, a veces extraordinario. La pregunta es inevitable: ¿realmente vive México un furor por la lectura? ¿En verdad estamos leyendo más los mexicanos, o sólo mentimos mejor?

A principios de 2016, el director de la Cámara Nacional de la Industria Editorial, José Ignacio Echeverría, se declaró confundido pues mientras se estaban imprimiendo cada vez menos libros la Encuesta Nacional de Lectura afirmaba que en México se leía más. “Consumimos más, pero producimos menos libros”, declaró (La Jornada, 4 feb 2016).

Los datos no cuadran.

[Gerardo Moncada]

 

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