Esfuerzos superficiales por elevar los índices de lectura

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El 7 de marzo es el Día Mundial de la Lectura, el 23 de abril el Día Mundial del Libro y el 12 de noviembre, en México, el Día Nacional del Libro.

En el inicio del siglo 21, el gobierno mexicano descubrió un procedimiento sumamente eficaz para mejorar las estadísticas de lectura en México. El método consistía, simplemente, en realizar encuestas. Por ese camino, los indicadores mejoraron tan rápido que al cabo de varios sondeos los mexicanos ya nos ubicábamos entre los mayores lectores del planeta. Pero la ficción pronto se esfumó.

Durante décadas prevaleció el lastimoso promedio de medio libro leído al año, por persona. Ese indicador era corroborado por las ventas de la industria editorial. Aunque es de todos sabido que es más fácil comprar un libro que leerlo, de cualquier manera los índices de comercialización en México eran modestos.

Sin embargo, para 2006 la Encuesta Nacional de Lectura (ENL) reportó súbitamente un promedio en 2.6 libros al año, precisamente cuando terminaba el sexenio de Vicente Fox, famoso por sugerir públicamente no leer, “para ser felices”. Ese mismo sexenio, Carlos Abascal Carranza como secretario de Estado intentó purgar las lecturas obligatorias en educación básica y educación media, enfocando su batalla contra la novela Aura, de Carlos Fuentes. En ese entorno de descalificaciones, ataques e intentos de censura, la ENL reportó una lectura de 2.6 libros per cápita, cinco veces lo que era el tradicional promedio.

En la encuesta de 2012 prevalecían datos alarmantes: el 35% de los encuestados dijo que en toda su vida no había leído un solo libro no escolar; uno de cada tres jóvenes de 18 a 22 años admitía no tener gusto por la lectura; la mitad reconocía que nunca había acudido a una biblioteca. El entonces rector de la UNAM, José Narro Robles, comentó: “En esta materia hemos empeorado. El acceso a la cultura escrita está seriamente restringido para la mayoría de la población. Sin mayores niveles de educación, el objetivo de promover la lectura está condenado al fracaso”.

Para el año 2014, el promedio de lectura había subido tres décimas, para llegar a 2.94 libros al año. Al explicar esta última cifra, se reconoció que la lectura en México era una actividad eminentemente educativa (la gente deja de leer al abandonar la escuela). Otro dato inquietante: los lectores de libros representaban el 46%, es decir, menos de la mitad de la población mayor de 12 años.

Ya para entonces ocupaba la Presidencia del país Enrique Peña Nieto, un político identificado como “no lector”, recordado por el penoso episodio en que durante una feria editorial fue incapaz de mencionar tres libros que hubieran marcado su vida. Ese trance fue tan escandaloso que generó entre la ciudadanía la tendencia opuesta, afirmando que sí era lectora (para no ser colocada en el mismo estrato de ignorancia). Ahí se desató la ficción que de golpe presentó a México como un país de ávidos lectores.

De hecho, cuando se presentaron los resultados de esa encuesta, en abril de 2014, la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura cuestionó la nula continuidad en las campañas de promoción de lectura.

Esta dramática realidad tomó otra apariencia en octubre de 2015. Un reporte del Módulo de Lectura del Inegi estableció que los mexicanos ya leían casi cuatro libros al año. Es decir, en sólo un año aumentaba en un libro el promedio de lectura por persona, el triple de lo que supuestamente se había avanzado en ocho años.

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Este reporte incluyó otros datos peculiares. Por ejemplo, la mayoría de los encuestados afirmó leer en la sección de libros y revistas ¡de las tiendas departamentales! Otros dijeron leer en las librerías y otros más en puestos de libros y revistas usados. Si tal volumen de lectores fuera real, en esos sitios habría aglomeraciones similares a las del Metro en horas pico. Un detalle adicional fue la selección de la población consultada: 2,336 viviendas de 32 ciudades con más de 100 mil habitantes. Un sector de población más urbanizado y escolarizado que sin duda mejoraría la estadística.

Y por si no fuera suficiente, a fines de ese mismo año salieron los resultados de la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura 2015, efectuada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. En ella, el promedio de lectura nuevamente subía, ahora a 5.3 libros per cápita al año. Gracias a “una metodología diferente”, México saltó a ocupar la segunda posición de América Latina en hábitos lectores, sólo detrás de Chile.

De golpe, no solo desaparecieron los líderes de la región (Venezuela y Argentina) señalados en el estudio de la Unesco y la OCDE realizado en 2013, sino que nuevamente se incrementaba el promedio de lectura en más de un libro respecto al reporte del Inegi, de apenas el mes anterior.

Cada encuesta mostraba un salto, a veces extraordinario. La pregunta era inevitable: ¿realmente vivía México un furor por la lectura? ¿En verdad estábamos leyendo más los mexicanos, o sólo mentíamos mejor?

A principios de 2016, el director de la Cámara Nacional de la Industria Editorial, José Ignacio Echeverría, se declaró confundido pues mientras se estaban imprimiendo cada vez menos libros la Encuesta Nacional de Lectura afirmaba que en México se leía más. Era, por lo menos, una paradoja: “Consumimos más, pero producimos menos libros”, declaró.

Termina la ficción

Ya en abril de 2017 el Inegi daba un paso atrás, al reportar que ni siquiera la mitad de los mexicanos leía al menos un libro al año. En 2019 terminó de caer el balde de agua helada sobre los optimistas. En su encuesta del Módulo de Lectura, el Inegi señaló que, en promedio, los mexicanos leían 3.3 libros al año, con lo cual recortaba de manera sustancial los eufóricos indicadores oficiales (incluidos los del propio Instituto). Añadía que del conjunto de los mexicanos que sabían leer y escribir, más de la mitad no había leído ningún libro durante todo 2018. Los que había leído al menos uno era el 42.2% de los encuestados, 8% menos de lo registrado en 2015. El argumento más socorrido entre los encuestados para no leer era falta de tiempo o, francamente, desinterés.

Pero un factor clave podría explicar ese desinterés: los problemas de compresión de lectura. Según el reporte del Inegi, el 57.6% de los encuestados declaró que al leer comprendía “la mayor parte”, y sólo el 21.1% afirmó entender todo lo que leía.

Otro dato relevante es el lento desarrollo de los hábitos de lectura en México, lo cual se expresa en su asociación al grado escolar de la población: leen 24.7% de quienes sólo tiene estudios de educación básica y la proporción aumenta hasta el 64.8% entre quienes han realizado estudios universitarios. Y es que -según Inegi- sólo 33 de cada 100 personas fueron motivadas por sus padres o tutores para practicar la lectura, y sólo 27 de cada 100 acostumbraban ir a una biblioteca o librería en su infancia. Así, a lo largo de 2018 la gran mayoría de la población no acudió a ninguna biblioteca (89%), ni entró a una librería (80%), ni acudió a un puesto de libros usados (85%) y ni siquiera se detuvo en la sección de libros de una tienda departamental (74%).

Queda claro que mejorar los hábitos de lectura en México requiere mucho más que realizar esfuerzos demoscópicos.

[Gerardo Moncada]

 

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