Olga Costa, la fiesta del color y la sensualidad

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(28 agosto 1913, Leipzig, Alemania – 28 junio 1993, Guanajuato, México)

En septiembre de 1925, la niña Olga Kostakowsky Fabricant llegó con su familia al puerto de Veracruz. Dejaban atrás una Europa convulsionada e intolerante, llegaban en busca de una vida apasible (aunque no exenta de dificultades). La pequeña alemana no sólo tropicalizaría su nombre por el de Olga Costa, sino también su visión del mundo y de la vida.

Hoy, Olga Costa es un referente en la plástica mexicana del siglo XX. En su obra destaca la alegría y vitalidad en el uso del color, la sensualidad de los elementos que plasmó, la frecuente combinación de ingenuidad y un simbolismo críptico, características que le dieron un lugar destacado en el medio artístico.

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En la época de los grandes compromisos ideológicos, “no le interesó comprometer su obra, por lo que se mantuvo a distancia de los Grandes Temas y las Alegorías Emancipadoras, fiada en los poderes y en la falta de poderes del arte, en la aventura mínima y máxima de cada cuadro o dibujo. Creía en la coexistencia pacífica de estilo y concepciones pictóricas, y para probarlo mudaba continuamente de formas” (Carlos Monsiváis, 1993).

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Por necesidades económicas, en 1933 debió abandonar la Academia de San Carlos al poco tiempo de haber ingresado. En su breve estancia conoció a su futuro marido, el pintor José Chávez Morado, con quien contrajo matrimonio en 1935. En la vida conyugal encontró el ambiente propicio para desarrollar en forma autodidacta su carrera artística.

Así lo relataba ella, años después: “Al ver pintar a José y a sus amigos empezó mi aprendizaje. Un mediodía les pedí colores y de pronto me encontré pintando. Pintábamos por puro gusto, sin pretensión alguna. Para mí todo empezó como un juego” (entrevista con Javier Aranda Luna, 1989).

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Su gusto por la cultura popular se filtraba en sus cuadros, pero con un sello propio. “Mexicanidad, sí, y no remedo, ni caricatura. Pues lo ‘mexicano’, como categoría estética, como emoción, como forma de tomar el toro de la sensibilidad por los cuernos, no se refiere a simples nociones de nacionalidad o de origen” (José Revueltas, acerca de los cuadros de Olga costa, 1941).

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“Se entusiasma con los ámbitos cerrados: los bodegones, las naturalezas muertas, las ofrendas. Pasa largos años recreando esos mundos cerrados, concentrando sus energías para lanzarse más tarde al espacio” (Sergio Pitol, 1983).

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“Cuando pinta las típicas casas mexicanas, con sus vivos colores y sus ventanas de madera, las representa con la delicadeza de un bodegón” (María Teresa Suárez).

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“Olga no reproduce lo que ve sino lo que quiso ver. Sus paisajes nunca fueron pintados del natural. Al pasar por el bosque o el lomerío su memoria retuvo algo y esos sellos memoriosos de lo visto es lo que ha pintado. Lo mejor de su trabajo ha pasado por el tamiz de la interioridad” (Raquel Tibol, 1990).

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Olga “elige a la mujer como imagen perfecta. En su obra, las figuras femeninas fijan la utopía de las formas en libertad y en lo irrepetible, la sensualidad femenina es el equivalente a la creación” (Carlos Monsiváis, 1993).

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Olga Costa absorbió elementos de la Escuela Mexicana de la Pintura y los fusionó con múltiples tendencias y escuelas europeas (impresionismo, expresionismo, secesión de Viena) en una permanente experimentación de estilo.

“En su trabajo queda superada la añeja polémica entre realismos y formalismos, pues los elementos de la realidad mexicana por ella capturados han alimentado valores plásticos formales, válidos por sí mismos” (Raquel Tibol, 1993).

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Perfil

La de Olga Costa es una de esas vidas en las que la anécdota personal deviene en acontecimiento.

Nació en 1913 en la muy musical ciudad de Leipzig, Alemania, a donde sus padres había llegado tras abandonar Ucrania ante la persecución de judíos impulsada por el zarismo. Su padre era violinista, director de orquesta y compositor, que participaba activamente en la promoción de cambios políticos.

Instalados en la Ciudad de México, Olga alternaba la escuela con estudios de música y canto. Durante ensayos en el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria se deslumbró con el mural “Creación”, recientemente pintado por Diego Rivera. Ahí tomó la decisión de estudiar pintura.

Su maestra de música puso a Olga en contacto con el pintor Rufino Tamayo, quien le sugirió inscribirse en las Escuelas de Pintura al Aire Libre que estaban siendo creadas. Pero las escuelas tardaban en abrir y Olga decidió ingresar a la Academia de San Carlos, donde tuvo como maestro a Carlos Mérida. Al poco tiempo, los apremios financieros en su familia la obligaron a abandonar los estudios para trabajar. Pero no se distanció de Mérida, quien años después la llamaría “El ángel blanco de la pintura mexicana”. También mantuvo contacto con otros compañeros como José Chávez Morado, con quien se casaría en 1935.

Por esa vía regresó al ambiente de la plástica, del cual ya no se alejaría.

[Gerardo Moncada]

Las citas pertenecen al libro: “Olga Costa, un espíritu sensible”, de Lorena Zamora Betancourt, Conaculta, 1996.

 

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