El Ramayana, del maharishi Valmiki

Magia, religión, historia y política son amalgamados por la creación literaria. Esta es una de las obras más importantes de la India antigua, relato que hoy sigue vivo.

Rama dijo: “Soy feliz; el cielo me favorece, puesto que mis buenas cualidades, unidas a las virtudes de mi esposa y de mi hermano, satisfacen al más eminente de los anacoretas. Mas indícame un lugar de ondas bellas, de sotos numerosos, donde pueda vivir feliz y contento, bajo el techo de una ermita que yo mismo construiré”.

Agastya reflexionó un instante, y le respondió: “A dos yodjanas de aquí hay un rincón de tierra llamado Panchavati, lugar afortunado, de límpidas aguas, abundante en dulces frutas y suculentas raíces. Ve allí, y construye una ermita y habítala en compañía de tu hermano, observando la palabra de tu padre tal y conforme él te la dijo”…

El Ramayana es un fascinante poema épico originalmente escrito en sánscrito. Refleja la complejidad de la vida, con pasajes que lo mismo exploran la ternura, la furia, la lealtad, la traición, la cobardía, el heroísmo. Es el relato del viaje del príncipe Rama, en un mundo dominado por reyes, dioses, guerreros, iluminados anacoretas, héroes y demonios.

Es, junto con el Mahabharata, uno de esos “dos grandes poemas épicos que produjo en el transcurso de los siglos la religión brahmánica”, como escribió Octavio Paz en Vislumbres de la India (FCE, 2013).

Las versiones que circulan actualmente (de 200 a 400 páginas), son una selección de los pasajes centrales de la obra original que en su conjunto consta de 24 mil versos agrupados en siete volúmenes. Fue escrita alrededor del siglo III a.C. por el maharishi (sabio antiguo) Valmiki, “el primer poeta”, a quien se dice que el dios Brahma le ordenó escribir esta obra y por ello le concedió el don del verso. Los expertos consideran que el mérito de Valmiki fue unificar, en tema y estilo, un amplio repertorio de relatos muy antiguos de la tradición oral india.

Más de dos milenios después, el poeta Rabindranath Tagore afirmaba que las épicas ancestrales de la India, como el Mahabharata y el Ramayana, recogían los valores y las emociones eternas de ese país mucho mejor que los libros formales de historia, pues mientras estos últimos han cambiado al paso del tiempo, permanecen las alegrías y los sufrimientos encarnados en estas épicas que nunca han perdido atractivo entre las sucesivas generaciones.

Rama, encarnación de Vishnú

En el origen, el nacimiento de Rama es un bello pasaje de esta epopeya:

Movido por el deseo inmenso de obtener progenie, el rey Dasarata respiró el humo de los tuétanos quemados, que el brasero consumía sobre el altar… De pronto apareció, saliendo del fuego sagrado, un gran ser, de un esplendor refulgente. La tez morena, envuelto en una piel negra por vestido, la barba verde, los cabellos atados a la djata, oblicuo el rabillo de sus ojos y enrojecidos éstos, como el loto. Diríase que su voz era como el sonido de un tambor o el ruido de una nube tempestuosa. Poseyendo todos los atributos de la felicidad, adornado de celestes prendas, alto como la cima de una montaña, tenía ojos y pecho de león. Apretaba entre sus brazos, lo mismo que se estrecha a una esposa querida, un vaso cerrado, de oro puro, que semejaba algo maravilloso, lleno de un licor celestial.

La resplandeciente emanación del dueño soberano de las criaturas dijo al hijo de Iksvaku: ¡Gran rey, te doy en este vaso la felicidad, que es el caro objeto de tu piadoso sacrificio! Tómalo, ¡hombre eminente entre los eminentes!, y haz beber a tus castas esposas este brebaje que los dioses han compuesto. Que saboreen este néctar que produce salud, riquezas e hijos a las mujeres que lo beben…

Kaosalya tuvo al primogénito Rama, el más virtuoso, fuerte y valeroso de los hermanos. Sumitra engendró a Laksmana y Satruña, fuertes y abnegados. Kekeyi parió a Barata, justo, magnánimo, vigoroso, quien tenía la energía de la verdad.

Por sus cualidades, Rama haría honor a su nombre: “hombre que se hace amar”.

A lo largo del relato, mediante una sucesión de dulces apelativos, Valmiki construye en el imaginario del lector el perfil de los distintos personajes.

Dasarata: magnánimo, de alma pura,
Kaosalya: la casta esposa,
Kekeyi: de alma corrompida y cruel,
Sita: la de ojos encantadores de gacela,
Laksmana: tigre de los hombres,
Barata: puro igual que el cielo,
Djatayu: el gran buitre; el de la fuerza desmedida,
Hanumat: hijo del viento; poseedor de la fuerza de este elemento,
Ravana: demonio de diez cabezas; azote del mundo,
Surpanaka: hada innoble,
Vibisana: el alma justa entre los raksasas,

y, sobre todo, Rama: el fiero elefante de los hombres; devoto de la verdad; valeroso vástago del antiguo Ragú; el más virtuoso de los hombres en observar el deber; el vigor sin medida; el primero de los hombres en practicar religiosamente sus deberes; príncipe anacoreta; héroe de largos brazos; el de las espaldas de león; el de los ojos parecidos al pétalo de loto; protector de todas las criaturas.

El destierro de Rama

A punto de ser nombrado príncipe sucesor, Rama es víctima de un ardid palaciego y se ve obligado a vivir 14 años en lo más inextricable de la selva. Su esposa, Sita, no acepta separarse de él.

Te seguiré a donde vayas. ¡Sin ti no quiero habitar ni el cielo, lo juro por tu amor y por tu vida, noble hijo de Ragú! Tú eres mi señor, mi gurú, mi estrella, mi divinidad; iré contigo, estoy resuelta. Habitaré el solitario bosque, dichosa de encontrar asilo a tus pies, y contenta de pasar allí mis días como en el palacio de Indra, feliz. Millares de años, allí, junto a ti, parecerán a mi alma lo mismo que un solo día. El paraíso sin ti me sería odioso, y el infierno contigo me parecerá el cielo…

Parten Rama, Sita y Laksmana. En su larga travesía, observan extasiados parajes de ensueño, como las inmediaciones del río Mandakini. “Río suave, surcado por grullas y cisnes, y cuyas orillas cubría la sombra de mil especies de árboles, ora de flores, ora de frutos, nacidos en sus riberas y surcado de admirables islas y resplandeciente por todas partes como el estanque de Kuvera, almáciga y plantel de nelumbos celestes”. Rama comenta: “Si es preciso que yo habite aquí más de un otoño contigo, mujer encantadora, y con Laksmana, el dolor será impotente para vencer mi ánimo, pues esta admirable meseta, poblada por infinitas variedades de pájaros, rica en toda diversidad de frutos y flores, colma plenamente mis deseos”.

En la “espantosa y terrible selva de Dandaka”, Rama aniquila a miles de crueles y feroces raksasas. La queja entre estos demonios será que Rama “ha devuelto la seguridad a los santos [anacoretas] y la felicidad en todos los lugares de esta selva”, que solía ser azotada por los raksasas.

El poder y el deber

No soy hombre que haga de las riquezas el principal fin de la vida; no ambiciono una corona… (Rama a Kekeyi)

Rama, al igual que sus hermanos, son respetuosos de lo que llaman “la ciencia del deber”, según la cual cada uno debe asumir lo que las circunstancias le obligan, sobre todo si son disposiciones de sus superiores, sean éstos sus padres, sus reyes o sus dioses. La ambición de poder o el deseo amoroso deberán supeditarse al cumplimiento del deber. Es el principio ético por excelencia.

Sin embargo, en caso de que sea necesario combatir, se requiere de un fundamento ético que justifique la pelea. Así queda demostrado cada vez que Rama empuña su arco. Incluso cuando ofrece al desterrado Sugriva ayudarle a recuperar el trono como rey de los monos a cambio de que éste luego le ayude a rescatar a Sita. Aunque es una alianza indispensable para ambos, Rama necesita que el combate tenga un motivo aceptable:

Primeramente, quiero conocer en toda su extensión la causa, el origen de tu infortunio, pues yo no puedo adoptar mis resoluciones si no conozco bien el origen de su enemistad [de Sugriva con su belicoso hermano Bali]…

Una vez que despeja sus dudas, Rama actúa en forma pronta y decidida. Esto llega a contrastar con sus aliados que, ya favorecidos, se abandonan al confort, al amor o a la molicie.

¡Oh rey, en tus manos está el realizar una gran acción: socorrer a tus amigos! ¡Que tu grandeza no olvide hacerlo! Desaprovechas la ocasión de resolver el asunto de tu amigo Rama, y olvidas que el momento de las pesquisas para buscar a la videana ha llegado ya. Sírvele antes de que él no te reclame el servicio que fue el primero en cumplir… (Hanumat a Sugriva)

De Rama se cuenta que “siguió el sendero del deber, como los grandes santos”. Y el más eminente de los Inmortales afirmará que Rama es “la columna más fuerte de las que sostienen el deber”.

Cuando Laksmana increpa a Sugriva por no cumplir su compromiso con Rama, le reprocha que se haya apartado del deber:

Un rey bien nacido, de gran corazón misericordioso, dotado de sentido en sus órganos, agradecido, veraz en sus palabras, es exaltado y alabado en toda la tierra. Pero, ¿hay nada más cruel en el mundo que un monarca esclavo de la injusticia, violador de las promesas hechas a los amigos, de los cuales recibió favores? El ingrato que, obligado a los amigos, no paga el favor recibido, merece que todos los seres preparen su muerte…

Incluso los demonios hacen referencias al honor y al deber. Vibisana se enfrenta a su hermano Ravana, rey de los raksasas, por su empecinamiento de mantener cautiva a la esposa de Rama:

Yo abandono a un rey esclavo del amor y que se olvida del deber… Al descubrir que tu espíritu es falso, cruel, infractor de la justicia, ¿qué puedo hacer sino abandonarte?…

Amor y deseo

El amor casto entre Rama y Sita contrasta con el deseo carnal de los demonios raksasas.

Cuando Surpanaka encuentra en la selva a Rama, se enamora al instante de él y le dice: “Tu sola presencia me ha turbado: ¡ámame como yo te amo!”

Al ser rechazada, Surpanaka pasa del deseo a la furia. “¡Estoy sedienta de beber la sangre de Rama en el mismo campo de batalla!”, exclama gozosa al convencer a sus hermanos de atacar con miles de raksasas a Rama. Tras resultar vencedor Rama, Surpanaka incrementa su cólera, por lo que exige a su otro hermano, Ravana, el rey de los raksasas, que rapte a Sita. “Sería la esposa que tú te mereces”, le incita.

Al conocer a la encantadora Sita, Ravana queda prendado de ella.

-Yo he derrotado a los hombres y a los Inmortales y al rey de los Inmortales. Sé la primera de mis esposas, augusta mitilana, la de más alto rango por su belleza”.

-¡Soy fiel a Rama, mi esposo, hijo heroico de rey, de inmenso vigor, glorioso entre todos los hombres, que ha vencido en sí mismo los órganos de los sentidos, y cuyo semblante se parece al disco lleno de las noches! ¡Pretender quitar por la fuerza su esposa a Rama es como si quisieras arrancar de la boca de un león la carne que devora furioso!

Así respondió esta mujer de alma pura al lenguaje impuro del demonio noctívago… “¡Mujer, si no me quieres por esposo en mi forma natural, emplearé la violencia para someterte a mi voluntad!”…

La condición femenina

En este relato, un aspecto polémico para la mirada contemporánea es la condición de la mujer, de la cual se espera sumisión y fidelidad. A manera de contraste aparecen los personajes de Sita y Surpanaka: la primera es hermosa, casta y abnegada; la segunda es insolente, libre, “cruel y horrorosa, que no tenía de mujer más que el nombre”.

Entre las esposas del rey Dasarata, también se establece la oposición entre Kaosalya (prudente y firme) y Kekeyi (influenciable y ambiciosa).

La subordinación al poder masculino se representa incluso en la madre de Ravana, que previendo la ruina de su hijo es incapaz de advertirle y pide que sea Vibisana quien alerte al rey de los raksasas.

Asimismo, mientras el rey Dasarata tenía permitido contar con 350 esposas, de éstas (como de cualquier otra mujer) se esperaba un comportamiento casto y fiel a su marido.

Finalmente, al vencer a Ravana y recuperar a Sita, Rama dice que lo hizo “por honor propio y por el de su familia”, pero sospecha que su esposa no conservó su castidad durante los meses de cautiverio y dictamina: “la duda ha empañado su alma”. Incluso permite que ella se inmole, en respuesta a la desconfianza de su marido. Serán los dioses los que deberán intervenir y llamarlo a la cordura:

El más eminente de los Inmortales, el santo creador de todo el universo, dijo al ragüida: “¿Cómo puedes ver con indiferencia lanzarse al fuego de la pira a Sita? ¿Cómo es que no te reconoces a ti mismo? ¡Oh, tú, el más grande de los dioses mayores! ¿Eres tú el que dudas de la videana, como un esposo vulgar?”

Una tradición milenaria

La literatura de los vedas fue conformada por seis grupos de escrituras consagradas, en las que se reunió el vasto conjunto de conocimientos en muy diversas disciplinas. Este compendio de conocimiento antiguo dio origen a su sistema educativo y a su sistema de valores. Una de esas seis categorías se denomina Ithihasam (“Así es como sucedió”). Son textos considerados históricos y del más alto nivel, al grado que han ejercido una fuerte influencia en el carácter de la población india desde tiempos inmemoriales. Existen dos ithihasam: el Ramayana y el Mahabharata.

Para el siglo III a.C., época en que se estima fue escrito el Ramayana, el dominio veda en la India se había fragmentado y debilitado, pero no la influencia de sus ideas religiosas, sociales y políticas.

¿Oiré yo la próxima noche la lectura de los Vedas, con dulce voz, y con el mismo deseo que tú, hijo mío, de aprender los dogmas santos?… (dice un anacoreta ciego)

De hecho, varias de las ideas y prácticas vedas se habían acentuado, como el respeto a la estructura del poder y el dominio patriarcal dentro de la familia, por un lado, y la vida monástica y la renuncia a la vida material, por otro lado.

No serían los sacerdotes sino los poetas quienes crearían las grandes epopeyas míticas del pasado. Es el caso de Valmiki con el Ramayana, donde el héroe es un semidios (aunque él mismo lo ignore) que venera y protege esa estructura política y social de la que forma parte.

De héroes, demonios, magos, dioses

El viaje de Rama es una aventura escénica, con parajes asombrosos; es el contraste (un tanto esquemático) entre los altos valores éticos y las bajas pasiones; es una fascinante convergencia de personajes con peculiares poderes en una batalla por restablecer el honor y la justicia (los aliados de Rama) o por mantener los deseos despóticos (Ravana y sus demonios).

La imaginación se desborda con el elenco de personajes: como Hanumat, el héroe de los simios que tiene el don de modificar a voluntad su tamaño y su forma; Indragit, el príncipe de los demonios raksasas que ataca en su veloz carro tirado por cuatro feroces leones y que entre sus poderosas flechas posee la de Brahma, capaz de atrapar a sus enemigos con un lazo irrompible; Surpanaka, que puede adoptar múltiples apariencias (se transforma en una mujer bellísima para intentar seducir a Rama); Kara, que además de poderoso arquero tenía una maza de oro que lanzaba envuelta en llamas, “como un gran meteoro de fuego”; Maricha, un anacoreta raksasa que se transforma en gacela de oro y plata para distraer a Rama y permitir que Ravana rapte a Sita; el coloso Kumbakarna, guerrero de terrible furor que devora a sus enemigos; Ravana, rey de los raksasas al que le crecen de inmediato cualquiera de sus diez cabezas en caso de que se la corten.

En el combate, los poderosos guerreros oscurecen el cielo al lanzar millares de flechas, pero Rama posee, para diversos fines, irresistibles dardos de oro en forma de garfios, flechas de hierro y de fuego, dardos de media luna, la flecha celeste de duración eterna y, sobre todo, la flecha de Brahma, el rey de los dioses.

La magia está presente en varios momentos de esta epopeya. Por ejemplo, cuando el santo anacoreta Baradvadja ofrece un banquete a la corte y al ejército de Barata, a los que hace experimentar toda clase de placeres y ensoñaciones:

Ahítos de todo cuanto puede desearse, adornados, embellecidos con sándalo rojo, bermejo, enajenados hasta el encantamiento por los enjambres de apsaras [hijas del placer], las gentes del ejército, los infantes, los caballeros, los asistentes, los guerreros de carro o de elefante pronunciaban clamorosos estas palabras: “¡No queremos volver a Ayodya! ¡No queremos ir a la selva de Dandaka! ¡Adiós Barata!… ¡Estamos en el paraíso!”…

Otro momento mágico se presenta al buscar las plantas de esplendor rosáceo que crecen en el Himalaya, las cuales tienen la propiedad de resucitar a los muertos.

El rey de los monos puso en los orificios de la nariz de Laksmana el perfume Extractor-de-flechas, que crece en el Himalaya. Apenas hubo respirado el perfume, cayeron al instante de su cuerpo todos los dardos, desaparecieron sus dolores y se le cicatrizaron las llagas…

Los dioses siguen con atención el desarrollo de los acontecimientos. Observan, juzgan y en cierta medida ayudan a sus elegidos, como Rama.

El carro descendió del cielo con su bandera de asta de oro. Matali, el cochero del Inmortal de mil ojos, dijo a Rama: “Mahendra, el dios de las mil miradas te envía, para la victoria, este afortunado carro, exterminio de enemigos, y este gran arco, construido con la mano de Indra y esta coraza igual al fuego, y estas flechas, iguales al sol, y estas lanzas de hierro, lucientes, aceradas. Sube, héroe, a este carro celeste e inflige, conducido por mí, la muerte a Ravana”…

Una obra viva

El Ramayana tuvo gran influencia en la literatura y el arte de Asia, con mayor fuerza en el sur de ese continente y en Indonesia. Sin embargo, al paso de los siglos también nutrió a la literatura universal.

Ya en el siglo XX, Octavio Paz destacó que en la literatura tradicional de la India convivían géneros tan diversos como el cuento de hadas y la novela picaresca, el didactismo y el libertinaje; rasgos que él identificaba en el carácter indio contemporáneo: “el realismo descarnado aliado a la fantasía delirante, la astucia refinada y la credulidad inocente. Parejas contradictorias y constantes en el alma india, como la sensualidad y el ascetismo, la avidez de bienes materiales y el culto al desinterés y a la pobreza” (Vislumbres de la India, Obras completas, FCE, 2013).

Para la población india, el Ramayana sigue siendo una experiencia viva.

El escritor V. S. Naipul contaba acerca de su infancia: “El Ramayana era el cuento hindú esencial. Era la más accesible de nuestras dos épicas, y vivía entre nosotros como viven las épicas. Tenía una narración fuerte, ágil, rica y, aun con la maquinaria divina, el asunto era muy humano. Los personajes y sus motivaciones siempre podían discutirse; la épica era como una educación moral para nosotros. Todos los que me rodeaban conocían la historia, por lo menos en resumen; alguna gente incluso se sabía unos versos. A mí no tuvieron que enseñármela: era como si siempre hubiese conocido la historia del injusto destierro al bosque peligroso. Estaba subyacente en la escritura que llegué a conocer después en la ciudad, en Andersen y Esopo que leería por mi cuenta, y en las cosas que mi padre me leería” (‘Leer y escribir’, revista Fractal número 21, 2001).

Por otro lado, para el lector contemporáneo del Ramayana es inevitable identificar la enorme contribución que esta antigua epopeya india ha ejercido sobre múltiples zagas de superhéroes en la literatura moderna, los cómics, el cine y las series televisivas. El desfile por las páginas del Ramayana de seres fantásticos, con fuerza sobrenatural y poderes mágicos, sin duda ha sido fuente de inspiración para la conformación de diversos personajes actuales, la asignación de atributos especiales e incluso en aspectos específicos de los combates en que participan.

Más allá de la imaginación literaria, ese pasado lejano y entrañable aún palpita. Hasta la fecha, el Ramayana sigue vivo en los espacios públicos de la India como parte de su identidad cultural y religiosa. El estudioso Serge Demetrian publicó en 2012 una versión de esta epopeya, tal y como la siguen relatando los narradores populares de ese país, sobre todo en los festejos de cada año en honor al poeta Valmiki.

[ Gerardo Moncada ]

Otros libros de Oriente:
La epopeya de Gilgamesh, el origen de la literatura universal.
El arte de la guerra, de Sun Tzu.
Calila y Dimna, versión de Abdalá Benalmocaffa.

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