50 aniversario del MAM

Con claroscuros, el Museo de Arte Moderno celebra medio siglo de existencia. Entre problemas financieros y un inquietante bajo perfil, ha organizado varias actividades cuyo platillo “fuerte” es la exposición “50 años/50 obras”, integrada con medio centenar de piezas de su vasta colección.

 

Se esperaba un despliegue mayor para “uno de los fondos institucionales más exhaustivos del siglo XX”, como afirma el propio MAM. Con un acervo de 2 mil 668 piezas -muy probablemente la colección mexicana más importante de arte moderno y contemporáneo-, podría haber realizado una auténtica fiesta expositiva en sus salas (seis), jardines y pasillos, con cruces temáticos y la relectura de obras y épocas, en vez de sólo elegir algunas joyas de la corona producidas antes de 1964, año en que el museo abrió sus puertas.

 

No hay duda de que las obras seleccionadas son íconos artísticos por su valor estético, por las corrientes artísticas que representan, por el contexto social, político y cultural que expresan, y por la revaloración que adquirieron con el paso del tiempo. Están Las dos Fridas, de Frida Kahlo; Músicas dormidas, de Rufino Tamayo; El diablo en la iglesia, de David Alfaro Siqueiros; Apolo y las musas, de Juan Soriano; La resurrección de Lázaro, de José Clemente Orozco; Muchacha sentada, de Manuel Rodríguez Lozano; Retablo, de Carlos Mérida; En la escuela, de Agustín Lazo; La huida, de Remedios Varo; El retrato de Lupe Marín, de Diego Rivera; La Ciudad de México (desde el monumento a la Revolución), de Juan O’Gorman; La vendedora de frutas, de Olga Costa; Las futbolistas, de Ángel Zárraga; La nube, de Luis Ortiz Monasterio; El bohío maya, de Julio Castellanos; Desnudo de Pita Amor y La espina, de Raúl Anguiano; el autorretrato de Roberto Montenegro; Terrible sucedido, de Gabriel Fernández Ledesma; La madre tierra, de Jesús Guerrero Galván; Paisaje con piña, de María Izquierdo.

 

También incluye obras de Abraham Ángel, Luis Arenal, Balthus, Angelina Beloff, Leonora Carrington, Jean Charlot, Germán Cueto, Francisco Goitia, Xavier Guerrero, Fernando Leal, Mardonio Magaña, Guillermo Meza, Henry Moore, Gerardo Murillo (Dr. Atl), Carlos Orozco Romero, Alice Rahon y Alfredo Zalce.

 

Destaca una instalación al centro de la sala, al estilo de teatro griego, donde las gradas son ocupadas por cientos de retratos de artistas y empleados del MAM que miran hacia el espacio que correspondería al escenario, el cual es ocupado por el visitante. Es un juego de espejos: vienes a vernos y nosotros te vemos, o más aún: el escenario es tuyo, tú eres (tu ojo es) el artista. El público como elemento indispensable para que el arte exista.

 

En opinión de Teresa del Conde, directora del MAM por una década, la exposición reúne obras que “han quedado a través de décadas como  piezas maestras en el imaginario colectivo”. Y refiere casos de viajeros que han llegado a México con el único objetivo de ver algunas de estas obras, como Las dos Fridas, Músicas dormidas o El diablo en la iglesia.

 

DE VANGUARDIAS Y RETAGUARDIAS

“50 años/50 obras” reúne un elenco arrollador, sin duda. Pero eso tiene algo de cuestionable por la decisión de no correr riesgos, de ir a lo seguro (o quizá se decidió no competir con la exposición “Octavio Paz en el arte” que se presenta en el Palacio de Bellas Artes). No hay indicios del presente inestable ni del futuro incierto que vivía el arte en 1964, sólo existe un pasado confiable. Si con esta exposición hubiera sido inaugurado el MAM se habría dicho, con el lenguaje de hace medio siglo, que la “momiza” se imponía a la “chaviza”.

 

Cabe recordar que, al abrir sus puertas el 20 de septiembre de 1964, el MAM anunciaba que uno de sus objetivos sería mostrar “el trabajo promisorio y maduro de las nuevas generaciones de pintores y escultores que está transformando a México en uno de los grandes centros artísticos del mundo”.

 

Con audacia, el MAM respaldó a una pujante generación de jóvenes artistas que estaba dinamitando todos los parámetros estéticos que habían imperado en México.

 

Una de las exposiciones inaugurales estuvo dedicada a los artistas que más tarde serían catalogados como de “ruptura”: Manuel Felguérez, Fernando García Ponce, Gunther Gerzso, José Luis Cuevas y otros. Esa línea se mantendría en su primera década, al impulsar a los artistas que se alejaban de los cánones de la Escuela Mexicana de Pintura para seguir caminos como el de la abstracción (http://www.bellasartes.gob.mx/index.php/2014-01-10-22-09-57/septiembre-2014/7384-1387-el-museo-de-arte-moderno-50-anos-de-historia).

 

Pionero en el impulso a nuevas formas artísticas, el MAM promovió el polémico Salón ESSO (1965) que al premiar obras abstractas desató airadas protestas entre los seguidores de la escuela nacionalista. El día mismo de la premiación, el debate se tornó efervescente para terminar con sano espíritu deportivo, a empujones y trancazos.

 

A la luz de ese pasado exaltado e intrépido, hoy todo parece demasiado sobrio, anticlimático. Las bienales, los salones, las polémicas han quedado atrás, muy atrás.

 

No es simple anecdotario. Fue una época desafiante que exigió complejas decisiones. Cuatro años después, en el convulsionado 1968: el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, diseñador del MAM, se había convertido en el embajador cultural del presidente Gustavo Díaz Ordaz y viajaba por el mundo en su representación, mientras en la Ciudad de México se presentaba el libro “Nueve pintores mexicanos”, de Juan García Ponce, dedicado a esa generación de ruptura. El día de la presentación, la policía tomó el control de la galería Juan Martín, apostando patrullas en la entrada y cateando a los asistentes. Adentro había agentes que aparentaban ser parte del público, escuchando las conversaciones. “Nos veían con sospecha por ser una generación”, recordaría años después Roger Von Gunten.

 

Y para este festejo del MAM, con o sin sospecha, ni se les ve ni se les oye.

 

CRISIS EN EL MUSEO

Al anunciar las actividades del cincuentenario, en conferencia de prensa, las autoridades culturales dijeron estar preparando un diagnóstico para atender las necesidades materiales del museo. Se sabía que venían arrastrando fallas en el sistema de aire acondicionado, obras inconclusas en la bodega construida en 2006, ausencia de soportes metálicos y montacargas, falta de elevadores en el museo, la necesidad de una entrada peatonal por avenida Reforma…

 

El titular del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Rafael Tovar y de Teresa, hizo una promesa abarcadora: “Hemos iniciado un programa de mantenimiento, restauración, reacondicionamiento y modernización de este museo, desde la digitalización de su acervo documental, pasando por las instalaciones museográficas, como la climatización, la iluminación, los servicios al público [baños] y lo que haga más comprensible y transitable la visita”.

 

Añadió la publicación de un par de libros conmemorativos. También se habló de crear un centro de documentación para los visitantes.

 

Esas fueron las intenciones; quedaba por ver si lograrían atravesar el pantanoso campo de la burocracia. Por lo pronto, al cumplirse el 50 aniversario, la meta de restaurar todas las esculturas ubicadas en los jardines apenas alcanzó un 5% (de 80 piezas, cuatro estaban listas y 20 en proceso). Tampoco llegaron los libros conmemorativos: varias semanas después de abierta la exposición “50 años/50 obras” solamente estaban disponibles, como material de consulta, las publicaciones correspondientes al aniversario número 40.

 

Para estas fechas ya no se habla de un elemento crítico mencionado en 2013: la disminución de recursos debido al retiro de donantes o “patronos” (tal vez atraídos por el surgimiento de varios museos de arte contemporáneo en las principales ciudades del país).

 

NUESTRA MODERNIDAD EN EL ARTE

A lo largo de los años, creo haber visitado el MAM unas cincuenta veces (muy pocas para las 2 mil 703 exposiciones que ha montado). Siempre ha sido una vivencia reconfortante, estimulante y  a veces desconcertante. No recuerdo haber salido alguna vez indiferente. En ese sentido, conmigo el MAM ha cumplido su misión de ofrecer experiencias artísticas.

 

Aunque no recuerdo que se haya preocupado por dar elementos formativos a los visitantes que carecen de información básica (condición por la que hemos pasado todos los mexicanos, dadas las deficiencias del sistema educativo). El resultado de esta insuficiencia informativa se manifiesta en errores de apreciación como los de algunas notas periodísticas alusivas al cincuentenario del MAM: “50 años de arte moderno” (como si dicho arte hubiera iniciado cuando fue inaugurado el museo) o “La década de los años 60 significó para México el paso a la modernidad”.

 

A estas alturas, y a pesar de las severas críticas al conductismo en los museos, pienso que a mí y a mucha gente nos habría sido de gran utilidad que el MAM nos refiriera parámetros del “arte moderno” al menos en términos cronológicos (de finales del siglo XIX a mediados del siglo XX) y conceptuales, para profundizar en el entendimiento de las obras (impresionista, simbolista, cubista, expresionista, fauvista, surrealista, Bauhaus, existencialista, del realismo social –en el que suele inscribirse el muralismo mexicano-, expresionista abstracta, etc).

 

Ya entrados en gastos, y a pesar de la complejidad que entraña, en alguna de mis visitas me habría gustado enterarme de que las tendencias artísticas constantemente son revaloradas, que periódicamente surgen nuevos enfoques, de manera que nunca está dicha la última palabra.

 

Ese reconocimiento permite justipreciar los diversos análisis y darle un sitio a Justino Fernández, a Juan García Ponce o al trabajo coordinado por Esther Acevedo: “Hacia otra historia del arte en México” (cuatro volúmenes editados en 2001 por Conaculta y Curare AC).

 

Asumir y compartir esa complejidad es quizá el mayor reto de las actuales y futuras autoridades del MAM. Un reto que va mucho más allá de custodiar un invaluable tesoro artístico y alinearse a lo que más le gusta al público.

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