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A la sombra de las muchachas en flor, de Marcel Proust

“La sabiduría no se recibe: hay que descubrirla uno mismo, después de un trayecto que nadie puede hacer por nosotros, que nadie puede ahorrarnos, porque es un punto de vista sobre las cosas”…

El 10 de diciembre de 1919, la Academia Goncourt provocó uno de los escándalos literarios más sonados del siglo. El favorito de aquel año era Les Croix de bois, de Roland Dorgelès, una novela sobre las trincheras escrita por un excombatiente, en un país que acababa de enterrar a un millón y medio de sus jóvenes. El premio, sin embargo, fue para un hombre de cuarenta y ocho años que no había pisado el frente, que vivía encerrado en un cuarto forrado de corcho y que había escrito un libro sobre vacaciones en la playa, muchachas en bicicleta y meriendas con pastelillos. La prensa se lanzó en su contra con un titular que hizo fortuna: “Paso a los viejos”. El libro premiado se llamaba A la sombra de las muchachas en flor y el tiempo, que suele ser el más lento pero el más justo de los jurados, terminó dándole la razón a la Academia: hoy nadie discute que aquel diciembre el Goncourt premió una de las cimas de la novela europea.

El volumen traía, además, otra historia de reivindicación. Después de que Gallimard rechazara Por el camino de Swann en 1912, con André Gide como lector principal, Proust lo había publicado por su cuenta en Grasset. Pero Gide leyó después el libro impreso, comprendió la magnitud de su error y escribió a Proust una carta que es un monumento del arrepentimiento editorial: el rechazo de aquel libro, confesó, quedaría como la falta más grave de la Nouvelle Revue Française. Gallimard recuperó a Proust, reeditó el primer volumen y publicó todos los siguientes, empezando por éste, en junio de 1919. El autor que nadie quería se convirtió, en cuestión de meses, en el centro de la literatura francesa.

¿Y de qué trata este libro que venció a las trincheras? De algo aparentemente mucho más modesto y, en el fondo, igual de universal: la adolescencia. Si Por el camino de Swann era el libro de la infancia y de la memoria, A la sombra de las muchachas en flor es el libro de la edad en que el deseo todavía no sabe su nombre y se equivoca de objeto una y otra vez. El volumen se divide en dos partes que son, en realidad, dos educaciones: la primera enseña a dejar de amar; la segunda, a empezar de nuevo.

DEJAR DE AMAR

La primera parte abre con una cena. El señor de Norpois, diplomático retirado, viejo colega del padre del narrador, es invitado a casa por primera vez

Cuando se planteó por primera vez invitar a cenar al señor de Norpois, mi madre lamentó que el profesor Cottard estuviera de viaje y que ella misma hubiera dejado por completo de frecuentar a Swann, pues uno y otro sin duda habrían interesado al antiguo embajador; mi padre respondió que un comensal eminente, un sabio ilustre como Cottard, nunca podía estar de más en una cena…

La visita del señor de Norpois produce dos efectos que cambiarán la vida del muchacho: convence al padre de que la literatura no es una carrera deshonrosa, y le concede al hijo el permiso largamente negado de ir al teatro a ver a la Berma, la actriz legendaria, en Fedra. Aquí Proust nos regala la primera gran lección del volumen y retoma un leitmotiv del volumen anterior: la decepción. El narrador, que ha imaginado durante años ese momento como una revelación casi religiosa, asiste a la función y no siente nada. Busca el genio de la Berma y encuentra a una señora declamando. Habrá que esperar hasta el tercer volumen para que entienda lo que pasó aquella tarde; por ahora, aprende algo que Proust repetirá de mil formas: la imaginación y la realidad nunca llegan a la misma hora a la misma cita.

La decepción tiene además una segunda entrega, todavía más cómica y más cruel. El narrador adora a Bergotte, el escritor cuyas páginas le enseñaron a mirar el mundo, y se ha formado de él una imagen a la medida de su prosa: un anciano dulce, un “cantor de cabellos blancos”. Un día, en un almuerzo en casa de los Swann, se lo presentan: es un hombre muy distinto al que imaginaba:

Vi ante mí a un hombre joven, tosco, bajo, robusto y miope, con la nariz roja en forma de caracol y una barbita negra. Me sentí mortalmente triste, porque lo que acababa de quedar reducido a polvo no era solamente el lánguido anciano, del que ya no quedaba nada: era también la belleza de una obra inmensa…

Toda la mitología personal del muchacho se derrumba en un segundo, y Proust extrae del derrumbe una idea que atraviesa la obra entera: el arte no vive en la persona del artista; los libros son de una patria distinta de la de quien los firma. Quien haya conocido en persona a un autor admirado sabrá exactamente de qué está hablando Proust.

Pero el corazón de esta primera parte es Gilberte. El narrador ha conseguido por fin entrar en la casa de los Swann, merendar con la hija, ser recibido por Odette, aquella Odette que en el volumen previo vimos torturar a Swann y que ahora reina, respetabilísima, sobre un salón burgués, y sin embargo el amor se descompone precisamente cuando parece cumplido. La idea ronda nuestra mente desde la antigüedad. El amor dulce-amargo que describe Safo, lo que describe Anne Carson como la única naturaleza que permite que el amor exista: el constante deseo de lo que no se tiene. Una tarde, una pequeña riña; después, la decisión orgullosa de no volver; y luego, la espera de una carta que no llega. Proust convierte esta ruptura minúscula en un tratado sobre el olvido: el narrador decide dejar de amar a Gilberte como quien se somete a un tratamiento largo, y descubre que el olvido no es un acto sino una duración, que se olvida en contra de uno mismo y por entregas. El tiempo del que disponemos cada día es elástico: las pasiones que sentimos lo dilatan, las que inspiramos lo encogen, y la costumbre lo llena.

El tiempo del que disponemos cada día es elástico: las pasiones que sentimos lo dilatan, las que inspiramos lo encogen, y la costumbre lo llena…

Pocas veces la literatura ha medido con tanta precisión cuánto pesa un día cuando se está dejando de querer a alguien.

AMAR DE NUEVO

Dos años después, curado ya de Gilberte, el narrador emprende por fin el viaje soñado desde la infancia: Balbec, el balneario normando cuyo nombre había sido, en el primer volumen, pura música gótica y tempestades. La segunda parte del libro retoma así, punto por punto, el programa que cerraba Por el camino de Swann para someterlo a la prueba de la realidad. Por supuesto, la realidad no cumplirá con las expectativas del deseo; de nuevo, el encuentro de la ensoñación con el personaje principal genera decepción. La iglesia “persa” de Balbec resulta estar en una plaza cualquiera, entre un café y una sucursal bancaria, y el nombre, al contacto, pierde todo su prestigio. Proust es el gran poeta de estas quiebras del deseo, pero nunca se queda en la queja: cada decepción es, en su sistema, una enseñanza sobre cómo funciona nuestra mente, que ama nombres, anticipaciones e imágenes bastante más de lo que ama realidades y personas; construye de manera anticipada recuerdos y memorias de lo que en realidad nunca existirá y nunca existió.

En Balbec, además, Proust escribe algunas de sus mejores páginas sobre un personaje al que pocos novelistas han tratado con tanta seriedad: la costumbre. La primera noche en el cuarto del Gran Hotel es una pequeña agonía, el techo demasiado alto, los muebles desconocidos, el reloj que habla solo. El narrador la sobrevive gracias a su abuela, que duerme en la habitación contigua y toca tres golpes en la pared para decirle que está ahí. Después, poco a poco, la costumbre, esa “acomodadora hábil pero lentísima”, vuelve habitable lo que era hostil.

¡La costumbre! Acomodadora hábil pero lentísima, que empieza por dejar sufrir a nuestro espíritu durante semanas en una instalación provisional; pero que, a pesar de todo, es una dicha encontrar, porque sin la costumbre, y reducido a sus simples medios, el espíritu sería incapaz de volvernos habitable morada alguna…

Retengamos la escena de los tres golpes en la pared: es uno de los momentos más tiernos de toda la obra y Proust la está sembrando aquí para cosecharla, de manera devastadora, dos volúmenes más adelante.

Pese al desencuentro, el balneario le regala al narrador sus primeras amistades de adulto. La marquesa de Villeparisis, vieja amiga de la abuela, le abre la puerta del mundo aristocrático; su sobrino Robert de Saint-Loup, joven oficial deslumbrante, se convierte en el gran amigo de su vida; y una tarde aparece, junto al casino, un señor de unos cuarenta años, alto y grueso, de bigotes muy negros, que golpea nerviosamente su pantalón con una varita y clava en el muchacho unos ojos dilatados por la atención.

Je vis un homme d’une quarantaine d’années, très grand et assez gros, avec des moustaches très noires, et qui, tout en frappant nerveusement son pantalon avec une badine, fixait sur moi des yeux dilatés par l’attention…

Es el barón de Charlus, tío de Saint-Loup, y esa mirada insolente, huidiza, incomprensible, que el narrador no sabe interpretar, es la primera pieza de un enigma cuya solución dará título y materia al cuarto volumen. Proust siembra a diez años de distancia. Construye un universo que se resolverá, literal y textualmente, años después. Ningún novelista antes que él había tenido nunca tanta paciencia. Lo más cercano en que podemos pensar es Virgilio construyendo metatextualmente respuestas a la Ilíada, la Odisea y su propia obra, en el conducir de toda la Eneida.

LAS MUCHACHAS EN FLOR

Y entonces, sobre el malecón de Balbec, aparecen ellas. Un grupo de muchachas en flor, tan distintas de todo lo que se veía en el balneario como lo sería una bandada de gaviotas.

En medio de toda aquella gente, vi avanzar a cinco o seis muchachas, tan distintas, por el aspecto y por los modos, de todas las personas a las que uno estaba acostumbrado en Balbec, como podría serlo, desembarcada de no se sabe dónde, una bandada de gaviotas que ejecuta con pasos contados, sobre la playa, un paseo cuyo fin parece tan oscuro a los bañistas —a quienes ellas no aparentan ver— como claramente determinado para su espíritu de pájaros…

La comparación es esencial para entender una sensación que nos parece casi cinematográfica. El narrador no se enamora de una muchacha, se enamora del grupo que representa un espíritu de juventud, ninfas aparentes en eterna plenitud, resplandecientes. Del conjunto en movimiento, con una belleza colectiva y todavía sin nombres propios, Proust captura algo que todos hemos vivido y casi nadie había escrito: en la adolescencia se ama primero al grupo, a la posibilidad, al ramo entero, y sólo después, con una punta de resignación, a una flor en particular. Los griegos en época helenística acuñaron el término “antología” que literalmente significa “conjunto de flores” para describir la forma en la que se integraba una colección poética. Flores hermosas dispuestas una junto a otra de manera que se hiciera una corona de flores poética homogénea. Las muchachas en flor son justamente esto para Marcel, una antología.

La flor elegida terminará siendo Albertine Simonet, la del atuendo negro y la bicicleta, y conviene subrayar desde ahora que ningún personaje de la literatura del siglo XX cargará sobre sus hombros tanto peso como esta muchacha de mejillas rosadas: será la protagonista del amor, de los celos, del encierro y de la fuga en los volúmenes quinto y sexto, y el objeto del célebre ejercicio de Anne Carson del que hablamos antes. Aquí, todavía, es apenas una promesa. Proust explica el mecanismo con una lucidez atemorizante: «creer que un ser participa de una vida desconocida a la que su amor nos haría entrar es, de todo lo que el amor exige para nacer, lo que más le importa».

Croire qu’un être participe à une vie inconnue où son amour nous ferait pénétrer, c’est, de tout ce qu’exige l’amour pour naître, ce à quoi il tient le plus, et qui lui fait faire bon marché du reste…

No amamos a la persona: amamos la vida desconocida que lleva dentro y que sospechamos que se nos niega. Por eso el episodio culminante de esta sección es un fracaso: la noche en que Albertine, hospedada en el hotel, invita al narrador a su cuarto, éste intenta besarla y ella tira del timbre con todas sus fuerzas. La vida desconocida, fiel a su definición, permanece desconocida. El deseo, intacto, queda listo para los siguientes cuatro volúmenes.

ELSTIR, O EL TALLER DONDE SE REHACE EL MUNDO

En medio de las muchachas, Proust coloca un taller de pintor, y no por casualidad: si el volumen entero trata de la distancia entre lo que imaginamos y lo que vemos, el pintor Elstir es el hombre que ha hecho de esa distancia un oficio. El narrador visita su estudio y descubre, ante una marina del puerto de Carquethuit, el secreto de su arte: Elstir pinta la ciudad sólo con términos marinos y el mar sólo con términos urbanos,

C’est par exemple à une métaphore de ce genre — dans un tableau représentant le port de Carquethuit, tableau qu’il avait terminé depuis peu de jours et que je regardai longuement — qu’Elstir avait préparé l’esprit du spectateur en n’employant pour la petite ville que des termes marins, et que des termes urbains pour la mer…

deshaciendo las fronteras que la inteligencia impone a las cosas para devolvernos la primera mirada, la de antes de los nombres. Es la magdalena convertida en método pictórico: así como la memoria involuntaria devuelve el pasado sin el filtro de la inteligencia, la pintura de Elstir devuelve el presente sin el filtro de los conceptos. Proust muestra que la sinestesia permite construir imágenes claras, la pintura es una faceta más de la añoranza y la reconstrucción de la memoria (igual que el olor y el sabor del té con la magdalena), y las largas frases ecfrásticas cobran realidad cuando las comparamos con la obra del pintor.

En el taller hay, además, una sorpresa de novelista puro: un retrato antiguo de una tal “Miss Sacripant” en la que el narrador, y el lector con él, reconoce de pronto a la joven Odette. Todos los caminos -ya lo sabíamos- comunican.

Pero Elstir entrega algo más valioso que una estética: entrega una ética. Cuando el narrador descubre que el pintor, de joven, frecuentó el ridículo salón de los Verdurin y fue un hombre frívolo, Elstir no se disculpa: no hay hombre, le dice, que no haya dicho palabras o llevado una vida que preferiría olvidar, pero nadie llega a la sabiduría sin pasar por eso.

No hay hombre, por sabio que sea, que en alguna época de su juventud no haya pronunciado palabras, o incluso llevado una vida, cuyo recuerdo le resulte desagradable y que quisiera abolido. Pero no debe lamentarlo del todo, porque no puede estar seguro de haber llegado a ser sabio, en la medida en que eso es posible, más que si ha pasado por todas las encarnaciones ridículas u odiosas que deben preceder a esa última encarnación…

Y remata con la frase que pusimos como epígrafe: la sabiduría se descubre al final de un trayecto que nadie puede hacer por nosotros.

La sabiduría no se recibe: hay que descubrirla uno mismo, después de un trayecto que nadie puede hacer por nosotros, que nadie puede ahorrarnos, porque es un punto de vista sobre las cosas. Las vidas que usted admira, las actitudes que le parecen nobles, no fueron dispuestas por el padre de familia ni por el preceptor: empezaron por comienzos muy distintos, influidas por el mal o la banalidad que reinaba a su alrededor. Representan un combate y una victoria…

En un libro sobre la adolescencia, no hay mejor regalo posible: la promesa de que los errores no son el desvío del camino, sino el camino. Y un dato más: cuando nos acercamos a la biografía de Proust vemos afinidades con muchas características juveniles de Elstir, como la constante frivolidad de compartir espacio con snobs y arribistas sociales.

CODA: CONCLUYE EL VERANO

El volumen se cierra como se cierran los veranos: sin una escena culminante o determinante, por evaporación. Las muchachas se dispersan, el hotel se vacía, Françoise descorre las cortinas de las mañanas que ya no volverán, y el narrador guarda de Balbec exactamente lo que nosotros guardamos de nuestra propia adolescencia: la luz del sol. Proust, que sabía cerrar sus libros como pocos, entendió que a la edad de las muchachas en flor no le corresponde un desenlace sino un desvanecimiento.

Para el lector en español, las opciones son las mismas que señalamos a propósito del primer volumen. Salinas (cuya versión de este tomo es especialmente feliz), Manzano, Armiño, todos concluyen con el mismo consejo: cualquiera de los caminos lleva a Balbec. Aquellos periodistas de 1919 que exigían el premio para las trincheras no entendieron que este libro también trataba de una generación perdida, sólo que en otro sentido: la que todos perdemos, sin excepción y sin guerra, cuando el verano se acaba y las muchachas, que eran una bandada, se convierten en personas. Su actualidad no se limitaba al momento histórico vivido en Francia sino a un fenómeno que se repite en todos los lectores que hemos pasado por la adolescencia, el enamoramiento y el sentimiento del desvanecimiento de la flor de la juventud en la eventual ausencia de lo que vemos de ella en los demás. De esa pérdida universal, Proust hizo un libro inmortal. La Academia Goncourt, por una vez, votó por el tiempo recobrado.

[ Néstor Manríquez Lozano ] Néstor Manríquez es doctor en Letras Clásicas y académico en la UNAM.

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