La carretera, de Cormac McCarthy

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El escritor estadounidense Cormac McCarthy nació el 20 de julio de 1933. Su novela La carretera ganó el Premio Pulitzer de ficción en 2006.

La carretera es un relato estremecedor, descarnado y al mismo tiempo profundamente emotivo por contraste, es decir, por la contención de las emociones. Se desarrolla en el escenario que nos negamos a siquiera vislumbrar: el apocalipsis ambiental, “una tierra destripada y erosionada y áspera” que tiene como consecuencia la extinción de toda forma de vida natural, de la civilización, de todo rastro de humanidad.

“Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo…”

En ese futuro cercano en que el ser humano finalmente ha destruido las condiciones que hacen habitable al planeta, un hombre y su hijo intentan recorrer el territorio estadounidense, siempre hacia el sur, para evadir las condiciones climáticas cada vez más adversas. Un andrajoso mapa de carreteras se ha convertido en su salvavidas, su Biblia, su ruta de escape en busca de una esperanza incierta.

La carretera es un relato que cala hasta los huesos. Tiene mucho de lamento, incluso de imprecación hacia la conducta humana, pero abre causes a la reflexión filosófica y tiene momentos de construcción poética.

McCarthy presenta un relato fracturado, casi telegráfico, a la manera de quien vive inmerso en sus  pensamientos. Breves pasajes. Ideas, recuerdos, sueños que se agolpan, torturantes. Diálogos sucintos. Los párrafos son cortos y doblemente espaciados, acentuando la desolación y la ansiedad, como si al narrador le faltara el aire. Algunas frases son minúsculas; otras se extienden como una ráfaga inesperada. Hay una suerte de minimalismo narrativo, una corriente continua que mezcla los escasos elementos que subsisten.

En el chico se encuentra el último aliento de la piedad, el destello de la conciencia. Él es capaz de enfrentar una tierra desolada pero se paraliza ante la involución humana, ante la inviabilidad de convivir con otros o la imposibilidad de asentarse en un sitio debido a los grupos de saqueadores que han encontrado en el canibalismo una opción a la falta de alimentos. Aun ante condiciones tan extremas, este chico se resistirá a seguir el camino de los adultos, porque la subsistencia no puede ser a cualquier costo.

El desenlace es estrujante, de gran nivel.

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Algunos pasajes:
“Se quedó escuchando el goteo del agua en el bosque. Lecho rocoso, este. El frío y el silencio. Las cenizas del mundo difunto trajinadas de acá para allá por los crudos y transitorios vientos en el vacío. Llevadas, esparcidas y llevadas de nuevo. Todo desencajado de su apuntalamiento. Sin soporte en el viento cinéreo. Sostenido por una respiración, temblorosa y breve. Ojalá mi corazón fuese de piedra”.

“Permaneció de hinojos en las cenizas. Levantó la cara al pálido día. ¿Estás ahí?, susurró. ¿Te veré por fin? ¿Tienes cuello por el que estrangularte? ¿Tienes corazón? ¿Tienes alma maldito seas eternamente? Oh, Dios, susurró. Oh, Dios”.

“Se arrimó al chico. Ten presente que las cosas que te metes en la cabeza están ahí para siempre, dijo. Quizá deberías pensar en eso.
Algunas cosas las olvidas, ¿no?
Sí. Olvidas las que quieres recordar y recuerdas lo que quieres olvidar”.

“Un incendio en el bosque se abría paso por los cerros de pura yesca, llameando y titilando como una aurora boreal contra el cielo nublado. El color de todo aquello removía en él algo olvidado hacía tiempo. Haz una lista. Recita una letanía. Recuerda”.

“Oscuridad de la luna invisible. Las noches ahora solo un poco menos negras. De día el sol proscrito circunda la tierra cual madre afligida con una lámpara”.

“Y ella llevaba razón. No había argumentos. Innumerables noches pasadas en vela debatiendo los pros y los contras de la autodestrucción con la seriedad de unos filósofos encadenados al muro de un manicomio”.

“Le había hecho una flauta al chico con un trozo de caña de la cuneta y se la sacó de la parka para dársela. El chico la cogió sin decir palabra. Al cabo de un rato se quedó un poco rezagado y minutos después el hombre escuchó que tocaba. Una música amorfa para la próxima era. O quizá la última música en la Tierra, surgida de las cenizas de su devastación. El hombre se volvió y le miró. Estaba sumamente concentrado. El hombre pensó que parecía un triste y solitario niño huérfano anunciando la llegada al condado de un espectáculo ambulante, un niño que no sabe que a su espalda los actores han sido devorados por lobos”.

“Intentó pensar en algo que decir pero no pudo. No era la primera vez que tenía esta sensación, más allá del entumecimiento y la sorda desesperación. Como si el mundo se encogiera en torno a un núcleo no procesado de entidades desglosables. Las cosas cayendo en el olvido y con ellas sus nombres. Los colores. Los nombres de los pájaros. Alimentos. Por último los nombres de cosas que uno creía verdaderas. Más frágiles de lo que él habría pensado. ¿Cuánto de ese mundo había desaparecido ya? El sagrado idioma desprovisto de sus referentes y por tanto de su realidad. Rebajado como algo que intenta preservar el calor. A tiempo para desaparecer para siempre en un abrir y cerrar de ojos”.

“Observó la cara del chico a la luz naranja de la lumbre. Sus mejillas hundidas y tiznadas de negro. Tuvo que contener la rabia. Era inútil. No creía que el chico pudiera continuar mucho más. Aunque dejara de nevar la carretera estaría impracticable. La nieve caía a susurros en medio de la quietud y las chispas crecieron y mermaron y se extinguieron en la negrura eterna”.

“Siguieron avanzando a marchas forzadas, esqueléticos e inmundos como adictos callejeros. Cubiertos con las mantas contra el frío y echando un aliento humoso, abriéndose paso por los negros y sedosos montones de nieve. Estaban atravesando la amplia llanura costera donde los vientos seculares los empujaban entre aullantes nubes de ceniza a buscar refugio donde pudieran. En casas o graneros o metidos en una zanja al borde de la carretera con las mantas por encima de la cabeza y el cielo a mediodía negro como las bodegas del infierno. Abrazó al chico contra su pecho, helado hasta los huesos. No te desanimes, dijo. Saldremos de esta”.

“El blando talco negro barría las calles cual tinta de calamar desparramándose por un lecho marino y el frío se pegaba al suelo y oscurecía temprano y los carroñeros al pasar con sus antorchas por los escarpados desfiladeros dejaban en la ceniza hoyos como de seda que se cerraban silenciosamente a su paso como ojos. En las carreteras los peregrinos se derrumbaban y caían y morían y la tierra yerma y amortajada iba rodando hasta el otro lado del sol y regresaba sin dejar huella y tan inadvertida como la trayectoria de cualquier mundo hermano sin nombre en las inmemoriales tinieblas de más allá”.

“Dijo lo que había dicho antes. Que la buena suerte podía no ser tal cosa. Pocas noches tumbado en la oscuridad no envidiaba a los muertos”.

Otros ángulos
Antonio Muñoz Molina escribió:
The Road, de Cormac McCarthy, me impresionó vivamente (…) Cormac McCarthy, que había cultivado hasta entonces con mucho empeño las densidades y las proliferaciones faulknerianas, saltó de la novela barroca a la fábula, de lo preciso y terrenal a lo abstracto, de la crónica a la alegoría. Los nombres propios de personas y lugares quedaban sustituidos por sustantivos genéricos, que dan enseguida un aire de profundidad, con o sin mayúsculas: El padre, el hijo, el camino, el mar. McCarthy cultivaba a conciencia la estética del desapego, que llevó a su extremo en No Country for Old Men: contar los hechos más atroces con perfecta frialdad, con una distancia clínica y cínica que es uno de esos rasgos que parecen máximamente originales a las personas entendidas a pesar de que llevan largos años repitiéndose en la literatura y en el cine. El desapego de McCarthy, inclinación nueva a lo visiblemente simbólico” (El País, 14 septiembre 2013).

Harold Bloom, autor de El Canon Occidental, declaró:
“Cormac McCarthy es uno de los cuatro mayores novelistas norteamericanos de su tiempo, junto a Thomas Pynchon, Don DeLillo y Philip Roth”.

Adam Mars-Jones escribió:
“La obra es, por turnos, sombría y estimulante. No es una fábula o una profecía. Es un experimento de pensamiento y sentimiento, triste, emocionante (de hecho, soportable) sólo por su integridad, su visión integral. El hombre empujando su carrito de compras hacia la ausencia de esperanza, peleando con la brújula de la desesperación, hace que la Madre Coraje de Brecht parezca francamente afortunada ante las decisiones que debe tomar.

“Hay una figura literaria que parece tener un derecho de autor en la desolación y la futilidad, que escribió acerca de las últimas cosas casi desde el principio: Samuel Beckett. Escatología era su leche materna. Si bien hay un episodio en La carretera (cuando el hombre y el niño se encuentran con un viejo que va golpeando el camino con un palo) que viene incómodamente cerca del estilo de Beckett, McCarthy sale de esa sombra y se atreve a anular las elecciones estéticas de Beckett, al invertir la parsimonia lingüística del maestro y llevar su recortado estilo tardío a un registro poético más cercano a Yeats.

“Aunque en la devastación ya existan más palabras que cosas, parte del logro de La carretera es su descripción poética de paisajes que no solo han perdido su capacidad para sustentar la vida sino que parecen haber sido despojados de cualquier posibilidad de poesía” (The Guardian, 26 nov 2006).

Janet Maslin escribió:
“La imagen es brutal, incluso para los altos estándares de desesperación de Cormac McCarthy. Esta parábola también es mordaz y aterradora, escrita con una urgencia desnuda y alimentado por la fuerza de una pesadilla universal. La carretera sería pura miseria si no fuera por su espectacular belleza salvaje.

“Este es un conjuro exquisitamente sombrío – azufre poético. McCarthy ha convocado a sus visiones más feroces para invocar la devastación. Da voz a lo indecible en un cuento con moraleja concisa que es demasiado potente para ser adormecedor, a pesar de los pasmosos estragos que describe. Con una furia casi bíblica, McCarthy da testimonio de imágenes que los humanos nunca tienen la intención de ver.

“La carretera no ofrece nada para el escape o la comodidad. Pero su sabiduría sin miedo es más indeleble de lo que alguna vez pudo ser la promesa de seguridad” (The New York Times, 25 septiembre 2006).

Rafael Lemus escribió:
“McCarthy es un narrador enorme, tocado por la gracia. Es una excepción, un fogonazo de genialidad en una noche casi unánime. La carretera es una novela mayor. Su narrativa es despojada y vertiginosa. En vez de estallar en una epifanía, se mantiene en un permanente estado de inminencia (…) Pensamos nosotros, los pesimistas, que si el fango mascullara lo haría a la manera, bestial pero radiante, de Cormac McCarthy (Letras libres, febrero 2008).

Con notable cercanía, como antecedente de La carretera, Octavio Paz escribió en 1944:
“sobrecogió a mi espíritu una lívida certidumbre:
había muerto el sol y una eterna noche amanecía,
más negra y más oscura que la otra,
y el mundo, los árboles, los hombres, todo, yo mismo,
sólo éramos los fantasmas de mi sueño,
un sueño eterno, ya sin día ni despertar posible,
un sueño al que ya no mojaría la callada espuma del alba,
un sueño para el que nunca sonarían las trompetas del Juicio Final.
Porque nada, ni siquiera la muerte, acabará con ese sueño”.
(Soliloquio de medianoche)

[ Gerardo Moncada ]

 

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