Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique

La fugacidad de la existencia hace irrelevantes la riqueza o el poder, inútil la vanidad; pocos rasgos quedarán en la memoria de los vivos, mientras vivan.

Recuerde el alma dormida,
Avive el seso y despierte
Contemplando
Cómo se pasa la vida,
Cómo se viene la muerte
Tan callando…

Cada generación de lectores ha vibrado y se ha sentido identificada con los versos que integran las Coplas que escribió Jorge Manrique tras la muerte de su padre. Si bien datan del año de 1476, del “otoño de la Edad Media”, su aliento, su emoción, su espiritualidad y la manera de expresarlas siguen resultando profundamente vivas y actuales.

Octavio Paz se refirió a las Coplas como uno de esos ejemplos imperecederos en los que “en cada poema late toda la poesía”. Y añadió: “Sólo por un esfuerzo de comprensión adivinamos la función poética de las enumeraciones históricas en las Coplas de Manrique. Al mismo tiempo, nos conmueven, acaso más hondamente que a sus contemporáneos, las alusiones a su tiempo y a su pasado inmediato” (El arco y la lira, 1967).

En su espléndido volumen para la Historia de la literatura española (Ed. Crítica, 2012), María Jesús Lacarra y Juan Manuel Cacho Blecua, académicos de la Universidad de Zaragoza, se detienen en un análisis minucioso de estas coplas y de su contexto histórico y literario. Mencionan que Juan del Encina en su Arte de poesía castellana (1496) estableció la distinción entre dos tipos de versos o coplas: “el uno, cuando el pie consta de ocho sílabas o su equivalencia, que se llama arte real [hoy, arte menor]; y el otro, cuando se compone de doce, que se llama arte mayor”.

Y precisan: “En la poética del siglo XV la utilización de uno u otro metro venía condicionada por varios parámetros que irían desde el modelo seguido, los temas escogidos, la categoría del creador e incluso su edad. Los cultivadores del arte menor, ‘decidores’ o ‘trobadores’ en palabras de Santillana, se acogen en gran medida a las pautas de la escuela trovadoresca, mientras que quienes aspiraban a seguir el camino marcado por los clásicos o los grandes poetas italianos, Dante, Petrarca, Boccaccio, se inclinaban por el arte mayor y eran calificados con el prestigioso término de ‘poetas’… El uso del octosílabo parece ser adecuado para ‘cosas alegres e jocosas de la edad de juventud’… y es ‘más propio para cosas graves y arduas’ el arte mayor”.

Sin embargo, Lacarra y Blecua señalan que en la segunda mitad del siglo XV ya se percibía una evolución hacia una poesía más sencilla, que tendía a renunciar al arte mayor, a los artificios retóricos y a la latinización de la lengua poética.

“Pese a que predomine la poesía grave, moral, política o religiosa, no se abandona la estética cancioneril, volcada en formas cada vez más breves, como la canción de sólo tres estrofas o los motes glosados, y con un vocabulario cada vez más restringido y abstracto. La lengua poética se va desprendiendo de los adornos retóricos excesivos… La reivindicación de un estilo ‘baxo y humilde’, como lo califica Pero Guillén de Segovia, fue realizado no solo por Jorge Manrique sino por los poetas de su entorno, entre los cuales conviene destacar la figura de su tío, Gómez Manrique, cuyos versos resultan muchas veces un claro precedente de las famosas coplas manriqueñas”.

…Cuán presto se va el placer,
Cómo después de acordado
Da dolor,
Cómo a nuestro parescer
Cualquiera tiempo pasado
Fué mejor.
[…]
No se engañe nadie, no,
Pensando que ha de durar
Lo que espera
Más que duró lo que vió,
Porque todo ha de pasar
Por tal manera.
Nuestras vidas son los ríos
Que van a dar en la mar,
Que es el morir;
Allí van los señoríos
Derechos a se acabar
Y consumir…
[…]
Este mundo es el camino
Para el otro, qu’es morada
Sin pesar;
Mas cumple tener buen tino
Para andar esta jornada
Sin errar.
Partimos cuando nacemos,
Andamos mientras vivimos,
Y llegamos
Al tiempo que fenecemos;
Así que cuando morimos
Descansamos…

Lacarra y Blecua señalan que la ruptura con la retórica antigua para buscar la proximidad, la inmediatez, el recurso a imágenes conocidas, la seguirá Jorge Manrique en las Coplas.

“Sólo veintinueve meses separan la fecha de fallecimiento de don Rodrigo Manrique, el 11 de noviembre de 1476, y la de su hijo, el 24 de abril de 1479, herido en las últimas escaramuzas de la guerra de sucesión. En ese lapso de tiempo estuvo preso seis meses en Baeza durante la primavera de 1477, periodo de inactividad que pudo aprovechar para componer esta elegía, considerada como una de las obras maestras de la literatura española. Eran también malos momentos para las aspiraciones políticas de la familia, que veía frenado su poder por Isabel y Fernando, quienes trataban de imponer a la nobleza castellana la obediencia a la Corona. Es muy posible que todas estas circunstancias dictaran los versos de Manrique, en los que, al dolor por la muerte del padre, se suma el sentimiento de desengaño y la reivindicación de la figura de don Rodrigo”.

Lacarra y Blecua advierten que la sencillez y naturalidad de estas coplas es engañosa, pues encubre una cuidadosa composición. “Esta será una de las claves de su éxito, entre otras muchas, que podría resumirse en la feliz expresión de Pedro Salinas: ‘tradición y originalidad’. La acertada combinación de lugares comunes, estructuras métricas simples y aparente antirretoricismo, emparentado con la práctica sermonaria y con su propia experiencia poética, dan como resultado una obra conmovedora”.

Ved de cuán poco valor
Son las cosas tras que andamos
Y corremos;
Que, en este mundo traidor,
Aun primero que muramos
Las perdemos.
D’ellas deshace la edad,
D’ellas casos desastrados
Que acaescen,
D’ellas, por su calidad,
En los más altos estados
Desfallecen.
Decidme: la hermosura,
La gentil frescura y tez
De la cara,
La color y la blancura,
Cuando viene la vejez,
¿Cuál se para?
Las mañas y ligereza
Y la fuerza corporal
De juventud,
Todo se torna graveza
Cuando llega el arrabal
De senectud.
Pues la sangre de los godos,
El linaje y la nobleza
Tan crecida,
¡Por cuántas vías y modos
Se pierde su gran alteza
En esta vida!
Unos por poco valer,
Por cuán bajos y abatidos
Que los tienen;
Otros que, por no tener,
Con oficios no debidos
Se mantienen.
[…]
Por eso no nos engañen,
Pues se va la vida apriesa
Como sueño:
Y los deleites de acá
Son en que nos deleitamos
Temporales,
Y los tormentos de allá,
Que por ellos esperamos,
Eternales.
Los placeres y dulzores
D’esta vida trabajada
Que tenemos,
¿Qué son sino corredores,
Y la muerte la celada
en que caemos?
No mirando a nuestro daño,
Corremos a rienda suelta
Sin parar;
Desque vemos el engaño
Y queremos dar la vuelta
No hay lugar…

En vez de utilizar el arte mayor, “Jorge Manrique se sirve de la doble sextilla de pie quebrado, una forma métrica que alterna versos octasílabos con un tetrasílabo, y que él mismo había usado ya en cinco coplas amorosas. La simplicidad del esquema no impide descubrir su acertado manejo y la cuidada distribución del contenido de acuerdo con los ejes de simetría de los doce versos. En un principio cada una de las coplas tiene una unidad sintáctica y semántica, sin que dependa para su sentido de la estrofa anterior o posterior, pero esta norma también cuenta con sus excepciones”, explican Lacarra y Blecua.

Y añaden que Manrique aprovechó distintos recursos para dar cohesión al conjunto e imprimir un ritmo que se despliega a veces en movimientos ternarios o avanza y retrocede, evitando también así la monotonía.

“Entre ‘recuerdo’ y ‘memoria’ las cuarenta coplas siguen una clara progresión de lo general a lo particular, de los planteamientos más abstractos a una concreta biografía, y donde solo al final llega el elogio al maestre. Esta disposición inusual sugiere una composición de la obra en etapas, que pudiera haber iniciado con anterioridad a la muerte de don Rodrigo, lo que explicaría su tardía mención. Con independencia de cuál sea la causa, el resultado es de enorme efectividad, ya que la elegía queda así englobada en unas largas consideraciones sobre la vida, la muerte y el paso del tiempo que afectan a todos los oyentes y lectores. La figura del padre se eleva sobre este pedestal y su serenidad al afrontar la muerte se contrapone a la fugaz desaparición de quienes han sido mencionados en las coplas precedentes como ejemplificación de la muerte histórica”.

¿Qué se hizo el rey Don Juan?
Los Infantes de Aragón,
¿Qué se hicieron?
¿Qué fué de tanto galán,
Qué fué de tanta invención
Como trujeron?
Las justas y los torneos,
Paramentos, bordaduras
Y cimeras,
¿Fueron sino devaneos?
¿Qué fueron sino verduras
De las eras?
¿Qué se hicieron las damas,
Sus tocados, sus vestidos,
Sus olores?
¿Qué se hicieron las llamas
De los fuegos encendidos
De amadores?
¿Qué se hizo aquel trovar,
Las músicas acordadas
Que tañían?
¿Qué se hizo aquel danzar,
Aquellas ropas chapadas
Que traían?
Pues el otro su heredero,
Don Enrique, ¡qué poderes
Alcanzaba!
¡Cuán blando, cuán halagüeño,
El mundo con sus placeres
Se le daba!
Mas verás cuán enemigo,
Cuán contrario, cuán cruel
Se le mostró;
Habiéndole sido amigo,
¡Cuán poco duró con él
Lo que le dió!
Las dádivas desmedidas,
Los edificios reales
Llenos de oro,
Las vajillas tan fabridas,
Los enriques y reales
Del tesoro,
Los jaeces y caballos
De sus gentes y atavíos
Tan sobrados,
¿Dónde iremos a buscallos?
¿Qué fueron sino rocíos
De los prados?
[…]
Pues aquel gran Condestable,
Maestre que conocimos
Tan privado,
No cumple que d’él se hable,
Sino sólo que le vimos
Degollado.
Sus infinitos tesoros,
Sus villas y sus lugares,
Su mandar,
¿Qué le fueron sino lloros?
¿Qué fueron sino pesares
Al dejar?
[…]
Aquella prosperidad
Que tan alta fué subida
Y ensalzada;
¿Qué fué sino claridad
Que cuando más encendida
Fue amatada?
Tantos duques excelentes,
Tantos marqueses y condes
Y barones
Como vimos tan potentes,
Dí, Muerte, ¿dó los escondes
Y los pones?
Y sus muy claras hazañas
Que hicieron en las guerras
Y en las paces,
Cuando tú cruel te ensañas,
Con tu fuerza las atierras
Y deshaces.
Las huestes innumerables,
Los pendones, estandartes
Y banderas,
Los castillos impunables,
Los muros y baluartes
Y barreras,
La cava honda chapada,
O cualquier otro reparo,
¿Que aprovecha?
Cuando tú vienes airada,
Todo lo pasas de claro
Con tu flecha.

“El topos universal ¿dónde están? (¿ubi sunt?) subraya el carácter transitorio del hombre y de sus cosas, pero se había convertido en la pluma de los poetas del Cancionero de Baena en largos listados eruditos, que no despertaban la emoción de los oyentes”, señalan Lacarra y Blecua.

“Frente a la nobleza cortesana inmersa en lúdicas y sensoriales justas, torneos, músicas y bailes se alza a partir de la estrofa 25 la figura de quien ha cumplido con su deber, arriesgando tantas veces su vida en el campo de batalla… Su entereza ante la muerte, sigue las pautas de las Artes de bien morir frente a las violentas reacciones de los personajes de las Danzas de la muerte“.

Aquel de buenos abrigo,
Amado por virtuoso
De la gente,
El Maestre Don Rodrigo
Manrique, tan famoso
Y tan valiente;
Sus grandes hechos y claros
No cumple que los alabe,
Pues los vieron,
Ni los quiero hacer caros,
Pues el mundo todo sabe
Cuáles fueron.
¡Qué amigo de sus amigos!
¡Qué señor para criados
Y parientes!
¡Qué enemigo de enemigos!
¡Qué Maestre de esforzados
Y valientes!
¡Qué seso para discretos!
¡Qué gracia para donosos!
¡Qué razón!
¡Cuán benigno a los sujetos,
Y a los bravos y dañosos
Un león!
[…]
No dejó grandes tesoros,
Ni alcanzó muchas riquezas
Ni vajillas,
Mas hizo guerra a los moros,
Ganando sus fortalezas
Y sus villas;
Y en las lides que venció,
¡Cuántos moros y caballos
Se perdieron!,
Y en este oficio ganó
Las rentas y los vasallos
Que le dieron.
[…]
Después de puesta la vida
Tantas veces por su ley
Al tablero;
Después de tan bien servida
La corona de su Rey
Verdadero;
Después de tanta hazaña
A que no puede bastar
Cuenta cierta,
En la su villa de Ocaña
Vino la muerte a llamar
A su puerta.

(Habla la Muerte)
Diciendo: “Buen caballero,
Dejad el mundo engañoso
Y su halago;
Vuestro corazón de acero
Muestre su esfuerzo famoso
En este trago;
Y pues de vida y salud
Hiciste tan poca cuenta
Por la fama,
Esfuércese la virtud
Para sufrir esta afrenta
Que os llama.
“No se os haga tan amarga
La batalla temerosa
Que esperáis,
Pues otra vida más larga
De fama tan gloriosa
Acá dejáis;
Aunque esta vida de honor
Tampoco no es eternal
Ni verdadera,
Mas con todo es muy mejor
Que la otra temporal
Perecedera.
“El vivir que es perdurable
No se gana con estados
Mundanales,
Ni con vida deleitable
En que moran los pecados
Infernales;
Mas los buenos religiosos
Gánanlo con oraciones
Y con lloros;
Los caballeros famosos,
Con trabajos y aflicciones
Contra moros.
[…]

(Responde el maestre)
“No gastemos tiempo ya
En esta vida mezquina
Por tal modo,
Que mi voluntad está
Conforme con la divina
Para todo;
Y consiento en mi morir
Con voluntad placentera,
Clara, pura;
Que querer hombre vivir
Cuando Dios quiere que muera,
Es locura…”

Un factor crucial para una justa apreciación de obras antiguas es la visión histórica, capaz de diferenciar periodos, orígenes, posteriores adaptaciones y reediciones. Ese es el enfoque (y el mérito) de María Jesús Lacarra y Juan Manuel Cacho Blecua, quienes advierten que por varios siglos no hubo conciencia de la edad de los textos, todo se veía en un mismo plano dentro del cambiante sistema literario.

“Los escritores de los siglos XVI y XVII muestran un conocimiento muy parcial de los textos antiguos y unos juicios, a veces, poco entusiastas… De la literatura del siglo XV, se valora en especial la obra de los tres grandes poetas, Santillana, Mena y Manrique, citados en forma elogiosa por varios teóricos… Juan de Valdés se inclina por Manrique, cuyas coplas le resultan ‘muy dinas de ser leídas y estimadas, así por la sentencia como por el estilo’.”

Para Lacarra y Blecua, “el carácter medieval de las Coplas, y su defensa del feudalismo más tradicional, no ha impedido que se conviertan en una de las obras más influyentes en la literatura posterior. Admiradas por sus coetáneos, elogiadas en el siglo XVI, apreciadas por la corriente estoica del siglo XVII, elevadas al altar por Antonio Machado…”

DE PERFIL

Jorge Manrique nació alrededor de 1440 en una de las familias más antiguas de la nobleza de Castilla, la de Lara. Su padre fue Rodrigo Manrique, conde de Paredes de Nava, condestable de Castilla, maestre de Santiago y adalid en la guerra contra la ocupación árabe.

Sobrino del poeta y dramaturgo Gómez Manrique, Jorge escribió poemas amorosos donde se apreciaban diversas influencias, como los motivos petrarquescos:

Es amor fuerza tan fuerte / que fuerza toda razón, / una fuerza de tal suerte / que todo el seso convierte / en su fuerza y afición … Es placer en que hay dolores, /dolor en que hay alegría, / un pesar en que hay dulzores, / un esfuerzo en que hay temores, / temor en que hay osadía…

Algunos estudiosos cuestionan las “alambicadas sutilezas que retuercen innecesariamente los conceptos” en algunos de sus versos. En contraste, le reconocen canciones graciosamente resueltas como:

Quien no estuviere en presencia / no tenga fe en confianza / que son olvido y mudanza / las condiciones de ausencia…

Al igual que varios de sus ancestros, Jorge combinó la pluma y la espada. Participó en varias batallas en las que se involucró la nobleza castellana, como las guerras de sucesión por la Corona de Castilla que se libraron de 1475 a 1479.

Contendían los partidarios de Isabel, media hermana del difunto monarca Enrique IV, y los de Juana de Trastámara, hija de este último. Durante ese conflicto, los Manrique encontraron la muerte; primero don Rodrigo, por edad y enfermedad, y dos años después Jorge, herido durante el asalto al fuerte de Garcí Muñoz, el 24 de abril de 1479.

Pero no serían los hechos de armas los que mantendrían viva la memoria de Jorge Manrique sino las Coplas a la muerte de su padre, que gozaron de gran popularidad desde el primer momento y fueron incorporadas de inmediato a cancioneros y poemarios.

Cinco siglos después prevalecía un amplio reconocimiento a esa obra. Roberto Giusti, miembro de la Academia Argentina de Letras, escribió:

“Cuando leemos y gustamos las Coplas nos importa poco saber que toda esa materia filosófica y moral venía rodando a través de los siglos en los libros sagrados, en los autores clásicos, en los himnos de la Iglesia, en los poetas medievales, en las Danzas de la Muerte, en los antecesores inmediatos y en su propio tío Gómez Manrique; ni siquiera nos importa saber que no todas las imágenes le pertenecen: el poeta plasmó esa materia con tanta elocuencia y concisión en las estrofas más bellas de su elegía, aquellas en que se eleva a meditar sobre la vanidad y fugacidad de las cosas humanas, y la expresó con imágenes de tanta eficacia, que sus acentos siguen encontrando por encima de los siglos el camino de nuestro corazón y despertando en nuestra alma profundas resonancias” (Los clásicos: Antología de poetas líricos castellanos, Ed. Grolier-Jackson, 1963).

“Hay en ellas tanto espíritu, que forma, ritmo, sonido, producen la impresión de algo apenas material. Y a pesar de la música íntima, más que música llevan silencio. Tienen algo de sigiloso, de subrepticio, un tono más bajo que la media voz, una lentitud de corriente mansa, con cierto modo de hablar sin ganas de hablar”, escribió el poeta Carlos Alberto Neumann (citado por Giusti).

Por su parte, el filólogo Antonio Alatorre escribió:

“En la época de Jorge Manrique hay una tradición poética perfectamente configurada: la retórica. Los cancioneros del siglo XV contienen centenares de composiciones de distintos autores que parecen escritas por la misma mano: moldes idénticos, conceptos idénticos, idénticos juegos de palabras. Manrique no se distingue de sus contemporáneos. Hace exactamente lo mismo. Sin embargo, con él ocurre una prodigiosa revivificación operada por su genio personal y por la intensidad vital de su experiencia. Las Coplas nos conmueven porque el poeta estaba conmovido. La emoción del poeta concentró y catalizó la retórica tradicional. Y en virtud de esa concentración misteriosa, su sentir personal se universalizó” (Ensayos sobre crítica literaria, Ed. Conaculta, 1993).

Y Alatorre cita al filólogo e historiador Américo Castro: “Las melancólicas y entrecortadas cadencias de Jorge Manrique tocan, en efecto, a ‘nuestras vidas’, a lo que fue, es o podrá ser en ellas y de ellas. Y como cada quien echa de menos algo en su vivir -esperanzas fallidas- y cuenta con su morir -esperanza sin falla-, las Coplas sobre lo inmortal en lo mortal estarán siempre golpeándonos el alma con su compás alternado de abandonos y refranes”.

[ Gerardo Moncada ]

Otras obras del Medievo:

, ,

No comments yet.

Deja un comentario