Las aventuras de Pinocho, de Aldo Collodi

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El clásico infantil cobra vigencia ante varias circunstancias actuales, como la oleada neoliberal que pretende desmontar la educación pública.

-Pero, dime, ¿estás realmente seguro de que en ese país no hay escuelas?
-Ni rastro de ellas.
-¿Y tampoco maestros?
-Ni siquiera uno.
-¿Y no hay obligación de estudiar nunca?
-¡Nunca, nunca, nunca!
-¡Qué hermoso país! -dijo Pinocho, sintiendo que se le hacía la boca agua-. ¡Qué hermoso país! ¡No he estado nunca, pero me lo imagino!

Si bien Las Aventuras de Pinocho es un relato moralista acerca de la desobediencia infantil, posee otras características atractivas. En esta fábula, Collodi retrató una sociedad con fuertes contrastes y las expectativas de cambio social a fines del siglo XIX, cuando la confianza en el esfuerzo individual desplazaba rancios obstáculos, como la implacable sentencia de pertenecer a un estrato social y los otrora inamovibles privilegios de abolengo.

Era una época de imperios declinantes y de radicales cambios sociales acicateados por extensos grupos depauperados, donde el estudio y el trabajo adquirían relevancia como palancas para una movilidad social cada vez más tangible.

-¡Ha de saber que nunca he hecho el asno, que jamás he tirado de un carro!
-¡Mejor para ti! -respondió el carbonero-. Entonces, muchacho, cuando de verdad te mueras de hambre, cómete dos tajadas de tu soberbia; y ten cuidado, no vayas a coger una indigestión.

Bajo una mirada actual, esta novela corta podría ser leída como una crítica a la actual intención de los gobiernos neoliberales de desmontar la educación pública, al considerar que carece de sentido ofrecer una robusta formación académica a las masas cuando el proyecto económico persigue insertar en maquiladoras a regimientos de trabajadores con una mínima formación.

Asimismo, Las aventuras de Pinocho podría ser vista como una advertencia al sector cada vez más numeroso de jóvenes “ninis” (ni estudian ni trabajan).

-Y si no te agrada ir a la escuela, ¿por qué no aprendes, al menos, un oficio con el que ganarte honradamente un pedazo de pan?
-¿Quieres que te lo diga? -replicó Pinocho, que empezaba a perder la paciencia-. Entre todos los oficios del mundo sólo hay uno que me apetezca de verdad.
-¿Y qué oficio es?
-El de comer, beber, dormir, divertirme y llevar, de la mañana a la noche, la vida de vagabundo.

Más aún, resulta premonitorio que las andanzas de Pinocho lo lleven al País de los Juguetes, un sitio donde predomina la ausencia de escolaridad: “En todas las paredes de las casas se leían inscripciones al carbón de cosas tan pintorescas como éstas: ¡Vivan los jugetes! (en vez de juguetes), no queremos más hescuelas, abajo Larin Mética (en vez de la aritmética) y otras lindezas por el estilo”.

Si Collodi viera lo que hoy se escribe en las redes sociales descubriría que el País de los Juguetes no sólo es real sino que se ha globalizado.

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El primer Pinocho
Pinocho es quizá uno de los personajes literarios más conocidos en el mundo, no así el relato original de Collodi. El Pinocho de la novela carece de la ingenuidad almibarada y bobalicona que le confirió Walt Disney en la película animada. El Pinocho original habla, siente y comete travesuras desde que es un pedazo de madera. No tiene ningún sentimiento a priori hacia Geppetto, al que molesta desde el primer instante.

Cuando Geppetto hubo acabado de hacerle los pies, recibió un puntapié en la punta de la nariz.

El muñeco de Collodi es un pícaro, insolente y chantajista, que pretende una vida cómoda, alegre y sin esfuerzos, que busca siempre salirse con la suya al grado que en forma temprana y en un arrebato de furia mata a su conciencia (el grillo parlante); es indiferente a las consecuencias de sus actos y solamente cambia progresivamente de actitud a punta de infortunios.

-¡Cuántas desgracias me han sucedido!… Y me las merezco, porque soy un muñeco testarudo y quisquilloso… y siempre quiero hacer las cosas a mi manera, sin dar crédito a los que me quieren y tienen mil veces más juicio que yo…

En el fantasioso mundo de Disney, los conflictos de este relato son básicamente de conciencia y causados por los bribones con los que se topa el muñeco. El mundo de Collodi es mucho mas complejo: la sociedad que enfrenta Pinocho es de altos contrastes sociales, con miseria, delincuencia, crueldad y asesinatos.

“Collodi le toma el pelo al mundo, porque el mundo de Pinocho es más real que el mundo real”, escribió José Ortega y Gasset.

Novela por entregas
El título original fue Historia de una marioneta (Storia de un burattino) y fue publicada por entregas a partir del 7 de julio de 1881, durante dos años, en Giornale per i Bambini. Collodi entregó el inicio del relato al responsable de la revista, Guido Biagi, con la aclaración: “Te mando esta chiquillada; haz con ella lo que te parezca. Pero, si la publicas, págamela bien, para que me entren ganas de continuarla”.

Para octubre de 1981, Collodi decidió que unos asesinos ahorcaran a Pinocho y ahí terminara la historia. Sin embargo, los lectores protestaron y lo forzaron a mantener con vida a su personaje, que reapareció en febrero de 1882, en una segunda parte titulada Las aventuras de Pinocho.

Polémica por la metamorfosis redentora
“Érase una vez un pedazo de madera” es el inicio del relato que concluye con el premio a Pinocho al transformarlo en “un niño como es debido” (no sólo de carne y hueso sino también obediente, de buen corazón, etcétera. “Estoy encantado de haberme convertido en un buen chico”, dirá Pinocho ya transmutado).

Desde sus orígenes, esta metamorfosis final fue motivo de controversia.

Además se ha cuestionado que el muñeco abandone su naturaleza original, pues “el tronco en el que ha sido esculpido Pinocho es la humanidad”, dijo Benedetto Croce.

Para el escritor Rafael Sánchez Ferlosio, este desenlace es “la más burda de las sustituciones, el más chapucero de los escamoteos”, pues “la ley del arte prohíbe una metamorfosis de peor a mejor que no opere como retorno a la figura verdadera […] Pinocho nace muñeco de madera, esa es su prístina y, por lo tanto, auténtica figura”. Por lo tanto, es una impostura que al final Pinocho sea premiado con un cambio hacia algo que nunca había sido.

Para Ferlosio, se trata de una imposición con afanes pedagógicos que violenta el relato literario. “Pinocho sigue siendo aceptado, acogido, celebrado y amado entre nosotros, en toda su diferencia y su singularidad, en toda su auténtica identidad de verdadero niño de madera”.

De hecho, un cuestionamiento similar le fue hecho a Collodi en 1883, cuando fue publicada la primera edición de la novela. El padre Ermenegildo Pistelli consideraba el final un tanto falso. Collodi le respondió: “Será, pero no me acuerdo de haberla acabado de ese modo”.

A decir de la decana traductora María Esther Benítez Eiroa, las hipótesis señalan que ese final fue obra de Guido Biagi, el director de Giornale per i Bambini, y que en cierto sentido fue impuesto por el editor Felipe Paggi, “acostumbrado a publicar libros con moraleja final”.

Benítez deja de lado semejante final para destacar el carácter sinvergüenza de Pinocho, que introdujo una frescura satírica y un toque de realismo en la acartonada literatura infantil del siglo XIX.

La filóloga Soledad Porras Castro coincide y explica que, a diferencia de los afanes pedagógicos de la literatura infantil decimonónica, “Pinocho va a ser patrón de sus propias determinaciones y responsable en todo momento de sus acciones. Este niño-marioneta representa a la infancia. Con todo lo que ello supone de ingenuidad, cabezonería, curiosidad, bondad y lucha continua entre ‘querer y deber’ […] La visión de Collodi de la realidad nacional es más compleja y profunda […] Nuestro muñeco simboliza también al pueblo italiano que madura a través del dolor y la desgracia” (En el centenario de Carlo Collodi. Pinocho ayer y hoy, 1992).

Y añade Porras: “Italo Calvino afirmaba que no se podía concebir el mundo sin Pinocho, si bien confesaba que no era una fábula para los niños sino para los padres. Los que se entusiasman con la fábula son los padres, no los hijos, ya que en realidad es un cuento filosófico”.

Carlo Collodi, cuyo nombre real era Carlo Lorenzini, nació en Florencia, Italia, el 24 de noviembre de 1826 y murió en la misma ciudad el 26 de octubre de 1890. Su novela, Las aventuras de Pinocho comenzó a ser revalorada a partir de 1930.

[Gerardo Moncada]

 

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