Aura, de Carlos Fuentes

Carlos-Fuentes_Aura

Carlos Fuentes nació el 11 de noviembre de 1928 y murió el 15 de mayo de 2012. Lo recordamos regresando a la atmósfera fantástica de Aura.

Aura es una pieza literaria contundente, que corre en un solo aliento, no por ser una novela corta sino por su notable eficacia narrativa a partir de la premisa inicial.

“Lees ese anuncio: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie más […] Se solicita historiador joven. Ordenado. Escrupuloso. Conocedor de la lengua francesa […] Sólo falta tu nombre. Sólo falta que las letras más negras y llamativas del aviso informen: Felipe Montero. Se solicita a Felipe Montero”.

Desde su arranque, el relato fluye como un disparo, desdibujando las fronteras entre vigilia y sueño, entre pasado y presente, entre deseo y estupor. El entorno posee una intensa carga sensorial saturada de olores, temperaturas, humedades, texturas y penumbras que exaltan los sentidos del lector.

Un acierto del autor fue escribir la novela en la amenazante e imperativa segunda persona del singular y conjugarla en futuro, como una sentencia ineludible, como un encuentro inevitable con el destino.

Los tiempos en la novela juegan, se cruzan, se traslapan, hasta formar un nuevo tiempo sin tiempo.

Algunos pasajes

“Miras a un lado y la muchacha está allí, esa muchacha que no alcanzas a ver de cuerpo entero porque está tan cerca de ti y su aparición fue imprevista, sin ningún ruido –ni siquiera los ruidos que no se escuchan pero que son reales porque se recuerdan inmediatamente, porque a pesar de todo son más fuertes que el silencio que los acompañó”.

“Abre los ojos poco a poco, como si temiera los fulgores de la recámara. Al fin, podrás ver esos ojos de mar que fluyen, se hacen espuma, vuelven a la calma verde, vuelven a inflamarse como una ola: tú los ves y te repites que no es cierto, que son unos hermosos ojos verdes idénticos a todos los hermosos ojos verdes que has conocido o podrás conocer”.

“Caes en el lecho, te duermes pronto y por primera vez en muchos años sueñas, sueñas una sola cosa, sueñas esa mano descarnada que avanza hacia ti con la campana en la mano, gritando que te alejes, que se alejen todos, y cuando el rostro de ojos vaciados se acerca al tuyo, despiertas con un grito mudo, sudando, y sientes esas manos que acarician tu rostro y tu pelo, esos labios que murmuran con la voz más baja, te consuelan, te piden calma y cariño. Alargas tus propias manos para encontrar el otro cuerpo, desnudo, que entonces agitará levemente el llavín que tú reconoces, y con él a la mujer que se recuesta encima de ti, te besa, te recorre el cuerpo entero con besos. No puedes verla en la oscuridad de la noche sin estrellas, pero hueles en su pelo el perfume de las plantas del patio, sientes en sus brazos la piel más suave y ansiosa, tocas en sus senos la flor entrelazada de las venas sensibles, vuelves a besarla y no le pides palabras”.

“…esperando lo que ha de venir, lo que no podrás impedir. No volverás a mirar tu reloj, ese objeto inservible que mide falsamente un tiempo acordado a la vanidad humana, esas manecillas que marcan tediosamente las largas horas inventadas para engañar el verdadero tiempo, el tiempo que corre con la velocidad insultante, mortal, que ningún reloj puede medir. Una vida, un siglo, cincuenta años: ya te será posible imaginar esas medidas mentirosas, ya no te será posible tomar entre las manos ese polvo sin cuerpo”.

Carlos Fuentes, foto de Lola Álvarez Bravo

Otras voces:
Emmanuel Carballo escribió en Protagonistas de la literatura mexicana (1965, ampliada en 1986):
“Se ha dicho, y con razón, que Aura (1962) es una pequeña obra maestra de la narrativa mexicana. Obra maestra porque en ella no se distinguen, como unidades autónomas, la forma y el fondo, la intención y la realización, el sueño y la realidad. En ella todo es uno y lo mismo: es una obra de atmósfera, más que de personajes o de acción. Atmósfera construida con palabras, palabras que, extraño caso, solicitan y obtienen la comparecencia de la poesía. Y es ésta, la poesía, la que permite el desdoblamiento de los personajes, la fusión del pasado y del presente, la identificación del amor y del horror. Como cualquiera obra maestra, trasciende los casilleros: es una obra de amor y es también una obra histórica, es una obra imaginativa pero es asimismo una obra realista. Carlos fuentes alcanza con ella los mejores momentos de su estilo. El empleo de la segunda persona del singular para describir los sucesos es un obstáculo que el autor salva limpiamente”.

José Saramago escribió en sus Cuadernos de Lanzarote:
“Carlos Fuentes, el gran escritor mexicano, a quien admiro desde que, hace muchos años ya, leí ese libro fascinante que es Aura” (28 de agosto de 1997).
“Aunque no he vuelto a él, guardo desde aquel día (más de cuarenta años han pasado) la impresión de haber penetrado en un mundo diferente a todo lo que había conocido hasta entonces, una atmósfera compuesta de objetividad realista y de misteriosa magia, en que estos contrarios, en el fondo más aparentes que efectivos, se fundían para crear en el espíritu del lector una vibración singular en todos los aspectos. No han sido muchos los casos en que el encuentro con un libro haya dejado en mi memoria un tan intenso y perenne recuerdo” (14 de octubre de 2008).

José Donoso escribió en 1972 en Historia personal del boom, acerca de Fuentes:
“Había leído todas las novelas (…) y visto todos los cuadros, todas las películas en todas las capitales del mundo. No tenía la enojosa arrogancia de pretender ser un sencillo hijo del pueblo, como más o menos se usaba entre los intelectuales (…) de esos años, sino que asumía con desenfado su papel de individuo e intelectual, uniendo lo político con lo social y lo estético, y siendo además un elegante y un refinado que no temía parecerlo”.

Edmundo Paz Soldán escribió sobre Fuentes en El poder de la palabra:
“Escritor itinerante, hombre cosmopolita, capaz de aglutinar a los escritores de su generación en un movimiento literario a la manera de Rubén Darío con el modernismo a fines del siglo XIX (…)
Aura es una nouvelle gótica perfecta que gira en torno a los avatares del tiempo y del deseo” (Revista Poder y negocios, noviembre 2008).

[Gerardo Moncada]

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