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Leyendas medievales en Alemania, recopilación de Hermann Hesse

Leyendas medievales es una compilación de relatos realizada por el escritor alemán Hermann Hesse (2 julio 1877 – 9 agosto 1962).

Entre los compendios de relatos del Medievo, cuyos propósitos eran ejemplarizantes para el público común o de instrucción para los jóvenes novicios, destacaron dos que fueron populares entre los pueblos germánicos que invadieron territorios romanos: los recogidos por Caesarius en el Dialogus miraculorum y los de las Gesta Romanorum. Son textos del siglo XIII, que reunió en un volumen el escritor Hermann Hesse, gran admirador de esta literatura que nos ayuda a entender el desarrollo cultural de Alemania.

En conjunto, reúnen historias frescas donde se mezcla lo pagano con lo cristiano, y con tan elevado candor que por momentos mueven a la risa al lector contemporáneo. No obstante, a pesar de la alta dosis de ingenuidad, estos relatos ofrecen un espléndido panorama de aspectos relevantes de la vida en el Medievo.
“En el Librum Miraculorum de Claraevallis leemos algo espantoso sobre dos jugadores. Como uno de ellos había perdido el juego y sintió envidia del otro, comenzó a blasfemar contra Dios Nuestro Señor para mostrar su ira. Mas su camarada, poseído por el mismo espíritu del mal, exclamó:
-¡Calla! ¡Tú ni siquiera sabes blasfemar bien! -tras lo cual comenzó a injuriar y a calumniar a Dios aún más terriblemente. Pero cuando prosiguió insultando y denostando a la Madre de Dios, sintióse una voz desde arriba:
-Que yo sea calumniado aún puedo consentirlo, pero que lo sea mi madre no lo puedo tolerar.
Pronto un invisible rayo horadó al hombre allí mismo, dejándole una herida visible; entre espumarajos el jugador entregó su alma a Dios”.
(Castigo de un jugador que blasfemó contra la Virgen,  Dialogus miraculorum)
En la temprana Edad Media, la concepción del universo estaba dada por las ideas cristianas, pero “sobre un vago y mortecino conjunto de nociones que, de algún modo, perduran y vibran en el alma del hombre. Ese conjunto de nociones provenía de dos fuentes: de la tradición pagana, no destruida totalmente, y de la tradición germánica, defendida por la victoria de sus portadores . Una y otra fuente coincidían en algunos aspectos que se contraponían al cristianismo, y aún cediendo finalmente ante él, dejarían sus huellas en ciertas deformaciones y resabios de innegable profundidad” (José Luis Romero, La Edad Media, FCE).
“El año pasado, el difunto abad Teobaldo de Eberbach nos narró lo siguiente: Un monje que estaba de viaje oyó cantar a un cucú. Contó veintidós voces. Lo interpretó como signo de que aún le quedaban otros tantos años de vida. ‘¡Ea -se dijo-, aún he de vivir veintidós años! ¿Tanto tiempo he de enterrarme en el convento? Volveré al mundo, me consagraré a la vida profana y gozaré sus placeres durante veinte años.  En los dos años que entonces me queden haré penitencia’. Pero Dios, que aborrece la interpretación de signos, dispuso sus designios de otro modo. Los dos años que aquél había destinado para el arrepentimiento se los dejó pasar en la vida profana, pero los veinte años que aquel había destinado para la vida profana se los restó (y lo hizo morir).
(Del interpretar signos,  Dialogus miraculorum)
Algunos de estos relatos tiene un fuerte ingrediente oriental, con personajes que viven aventuras como en las antiguas tragedias griegas, con engaños, venganzas, acertijos que determinan destinos y una sucesión de circunstancias azarosas, antes consideradas designios impuestos por los dioses del Olimpo y más tarde atribuidas a la voluntad del dios cristiano. Es el caso de los múltiples avatares de Apollonius, príncipe de Tiro, cuyas mayores cualidades eran el dominio de las artes y varios campos del conocimiento, así como de la navegación.
Apollonius se ve obligado a huir del tirano Antíoco, pierde su fortuna, la recupera, se casa, recibe noticias de que puede volver a su tierra donde le esperan riquezas acrecentadas.
Su esposa expresa festiva:
-Padre querido, alégrate con nosotros, pues el viejo rey Antíoco, junto con su hija, ha sido fulminado por el rayo, por justicia divina…
Luego cree perder a su mujer cuando ésta da a luz; más tarde también supone la muerte de su hija.
-¡Alabado sea el Supremo, que me ha devuelto a mi esposa y a mi hija!
Salvo contadas invocaciones, es un relato más parecido a la Odisea que una historia piadosa.
-¡Oh, Señor, misericordioso, que ves a través del cielo y de las profundidades y sacas a luz todos los secretos, santificado sea tu nombre!
(Apollonius, Gesta romanorum)
Cabe recordar que en los primeros años del siglo V los pueblos germánicos comenzaron a cruzar las fronteras de los ríos Rin y Danubio para ocupar -en forma avasalladora- territorios del agonizante Imperio Romano. Eran los grupos suevos, vándalos, godos, anglos, jutos, sajones, francos, burgundios, turingios, alamanes, lombardos, entre otros. Antes de que concluyera el siglo ya tenían el poder militar, el poder político y parte del poder económico (un tercio de las tierras).
“…Te juro por el Supremo y por su terrible juicio -dijo el demonio- que si te confías a mí te llevaré hasta allí y te devolveré aquí sano y salvo.
Por su hermano, el clérigo se sometió y montó en la nuca del diablo. Este lo llevó en poco tiempo hasta la puerta del infierno. El clérigo miró hacia dentro y vio lugares horrorosos y castigos de todo tipo, y también a un diablo de aspecto terrible, que estaba sentado sobre un agujero tapado. Al verlo, el clérigo tembló como un azogado. Este diablo le preguntó a aquel que llevaba al hombre:
-¿A quién llevas ahí en el cuello?
-Es un amigo nuestro -contestó-. Con tu alto poder le he prometido mostrarle el alma de su landgrave y retornarlo sano y salvo, para que proclame ante todos tu poder inconmensurable.
De inmediato, aquél quitó la tapa ardiente en la que había estado sentado, introdujo una trompeta de bronce en el agujero y la tocó con tanta fuerza que al clérigo le pareció que se estremecía todo el universo. Después de una larga hora que le pareció infinita, el abismo escupió llamas de azufre, y junto con las chispas se elevó el landgrave, de modo que el clérigo podía verlo hasta el cuello.
-Me envía vuestro hijo -dijo el clérigo- para que puedas informarle sobre vuestro estado; y debéis decirme si se os puede ayudar de algún modo.
-Mi estado ya lo ves. Pero has de saber: si mis hijos devolvieran y dieran en herencia tales y cuales propiedades, de las que me he apoderado injustamente, a tales y cuales iglesias -las citó por sus nombres-, mitigarían en mucho los tormentos de mi alma”…
(Visita al infierno, Dialogus miraculorum)

Para los pueblos germánicos resultaron inaceptables los postulados cristianos de renunciamiento y vida contemplativa. Ni siquiera el clero los pudo mantener, ya que de su estructura surgieron figuras activas: el catequista, el santo militante, el mártir, “el hombre capaz de poner en acción su vocación religiosa en beneficio de la propagación y la defensa de la fe. Por este camino, el hombre de religión llegó a impresionar al guerrero, que reconocía en él un compañero de lucha”, señala Romero. “Las minorías conquistadoras trajeron a los reinos de que se apoderaron la misma concepción heroica de la vida, el mismo naturalismo, la misma ingenua actitud frente a los problemas del espíritu y de la convivencia social…”

“-Escuchadme, queridos amigos. Este de aquí es vuestro emperador y señor; pero una vez se rebeló contra Dios y por eso Dios le castigó, y los hombres le desconocieron hasta que satisfizo a su Dios. Yo, en cambio, soy su ángel de la guarda y custodio de su alma, que he administrado su imperio mientras él estaba en penitencia; pero ahora su penitencia ha terminado, y ha reparado sus pecados; prestadle obediencia, y os encomendaré a Dios.
Con estas palabras pronto desapareció de su vista; el emperador dio las gracias a Dios y vivió toda su vida en paz y la consagró a Dios. Que Dios nos dé lo mismo”.
(De la soberbia excesiva, y de cómo los orgullosos llegan a menudo a la mayor humillación, Gesta romanorum)
Los germanos profesaban un vago naturalismo: “la naturaleza misteriosa, llena de secretos, pero sometida a un principio de regularidad que podía reducirse a un sistema de ideas capaz de explicar, al menos, sus apariencias. Ese vago naturalismo no se contradecía con el descubrimiento de innumerables prodigios. Lo desconocido revelábase bajo sus formas cambiantes y diversas”.
…Antes de que el imperio romano adoptara el cristianismo, Cristo se le apareció con la forma de un majestuoso ciervo a un caballero caritativo llamado Placidus, que era comandante del ejército. Le dijo que se hiciera bautizar, hecho lo cual cambió su nombre a Eustaquis. Cristo le dijo:
“Pronto tu fe saldrá a la luz pues el Diablo, al que has abandonado, rabiará contra ti y se está armando contra ti de múltiples maneras. Por tanto tendrás que sufrir mucho para lograr la corona de la victoria; tendrás que soportar muchas cosas, para que seas humillado por la alta vanidad del mundo y luego elevado con tesoros espirituales. No reniegues, pues, de mí, y no observes tu anterior esplendor, porque en las tentaciones te tendrás que mostrar como un segundo Job…”
Con su familia, Eustaquius se alejó del imperio y tuvo una vida de sufrimiento y penurias. Años después fue reconocido por los soldados y llevado con honores a Roma. En el camino se reencontró con los miembros de su familia, que creía muertos. Alegre por su retorno, el emperador Adriano lo convidó a rituales paganos, pero Eustaquius se negó a participar.
-Venero a mi Dios Jesucristo, y le sirvo y ofrendo sólo a Él.
La respuesta enfureció a Adriano, que ordenó la muerte de Eustaquius y toda su familia.
“Los cristianos se llevaron sus cuerpos y los guardaron en un lugar muy conocido, en el que construyeron una capilla. Aquellos habían muerto como mártires…”
(Eustaquius, Gesta Romanorum)
El caso anterior es una muestra de relatos en los que la intención de presentar historias ejemplares de renuncia y martirio alcanza niveles dramáticos para los personajes que adoptaban la fe cristiana.
“La Gracia le ayudó a que finalmente saliera vencedor [de la tentación]. La lucha contra el deseo fue, empero, tan dura, que quedó yaciendo bajo el manzano con el corazón palpitante y murió”.
(Del caballero y el manzano, Dialogus miraculorum)

De la fusión de culturas en el Medievo

La nueva minoría germana, dueña del poder y la riqueza, coexistió con la antigua aristocracia, llena de prestigio , poseedora de la experiencia política y depositaria de la tradición cultural de Roma que tanto admiraban los conquistadores. Esa coexistencia produjo al principio demarcación entre los campos de una y otra, pues la antigua minoría romana halló cabida en los cuadros administrativos  y judiciales de los nuevos reinos, y tuvo, sobre todo, tendencia a ingresar en la Iglesia, donde podía defender con más eficacia el tipo de vida a que aspiraba. Desde esos reductos operó sobre la minoría militar y política de origen germánico y poco a poco logró sobre ella cierto ascendente.
“-Buen padre: a causa de vuestra santa ingenuidad, que me ha movido a compasión, quiero devolver a vuestro convento lo que queda de aquel ganado, y también quiero reparar cuanto pueda mis injusticias para con vosotros, y no mortificaros nunca más a partir de hoy.
A partir de entonces vivieron en paz y aprendieron por ese ejemplo cuán grande es la virtud de la ingenuidad…”
(De un monje ingenuo que probó carne en un castillo, con lo cual recuperó todo el ganado para su convento, Dialogus miraculorum).
El historiador José Luis Romero refiere que la Iglesia, en su afán por atraer a su ámbito a los pueblos paganos, utilizó -fuera de la coacción, usada muchas veces- procedimientos catequísticos. Superpuso fiestas cristianas sobre antiguas y tradicionales fiestas paganas, asimiló los viejos prodigios como milagros cristianos, rebajó ciertas ideas abstractas inaccesibles hasta una explicación grosera, todo ello buscando acoplar la concepción naturalística con la concepción cristiana. En este sentido, hay un relato que sonará familiar a los pueblos latinoamericanos:
“Un clérigo tonto no sabía otra misa aparte de la de Nuestra Señora, y la celebraba todos los días. Por eso se presentó una queja ante el santo obispo, y por la honra del sacramento le prohibió al sacerdote que de allí en adelante dijera la misa. Ello motivó que el clérigo se empobreciera mucho; pero como invocaba apremiado a la Santa Virgen, ésta se le apareció y le dijo:
-Ve a ver al obispo y dile de mi parte que te devuelva tu ministerio.
El clérigo opinó:
-Señora, soy un hombre pobre y débil; no me escuchará; ni siquiera lograré que me reciba.
Ve tranquilo -le dijo la Virgen-, te allanaré el camino.
-Señora -replicó el clérigo-, el obispo no dará crédito a mis palabras.
La Virgen dijo:
-Le darás el siguiente indicio: una vez a tal y cual hora y en tal y cual lugar, remendó su cilicio, y yo le ayudé al sostenérselo de un costado. Entonces te creerá de inmediato.”
El clérigo lo hizo, dio los detalles al escéptico obispo y éste dijo asustado:
-Te devuelvo tu ministerio y te prescribo que no digas ni celebres sino la misa de Nuestra Señora; pero además reza por mi alma”.
(La Virgen María y el clérigo pobre, Dialogus miraculorum).
Uno de los elementos del cristianismo que mayor aceptación tuvo entre humildes y desamparados fue la idea de la vida eterna, el trasmundo, una vida mejor después de la muerte. Poco a poco, este concepto llegó a modificar la concepción de la vida, la interpretación de la realidad, las conductas. Los predicadores ponían especial énfasis en esta idea que fascinaba a sus oyentes.
“Puesto que tengo la culpa del hecho, ¿he de permitir, acaso, que mueran estos inocentes? No podrá suceder sino que Dios alguna vez se vengue de mí por esto; es mejor que sufra aquí un castigo breve, que tener que sufrir la condena eterna en el infierno”.
(De amor y fidelidad excesivos, Gesta romanorum)
“-Has actuado pérfidamente contra este santo abad; Dios nos castigará.
Atemorizado, el caballero se dirigió a Clairvaux, renunció a aquellas propiedades y le pidió perdón al abad por la injusticia cometida”.
(El abad Pedro de Clairvaux y el caballero, Dialogus miraculorum)
“-Señor, conservad vuestra casa; de ahora en adelante sólo pensaré en la salvación de mi alma.”
(Visita al infierno, Dialogus miraculorum)
“-Julianus, el Señor me envió hacia ti y me encomendó revelarte que ha aceptado tu penitencia y que pronto moriréis ambos en la gloria del Señor”.
(El guerrero Julianus, Gesta romanorum)
En el siglo IX se consolidó la vida feudal, con una estructura social basada en la desigualdad jurídica y en el reinado de la fuerza, con indiscutible preeminencia de las minorías guerreras. La espada fue el signo del caballero y el combate su única justificación. Honraba a Dios, pero exteriormente, porque vivía una existencia alejada de la moral cristiana. En realidad eran mitad guerreros y mitad salteadores.
«Un día llegó cabalgando a un castillo, cuyo señor se veía constantemente envuelto en luchas, de modo que con gusto se quedaba con gente que se atreviera a cabalgar con osadía y a batirse con variados enemigos. Allí se quedó el joven y pronto devino el más rápido de todos cuando había que robar; cuando los demás dejaban de coger algo, seguro que eso terminaba en su bolsa. Tosco o fino, derecho o torcido, nada le resultaba nimio para robarlo. Quitaba el caballo junto con la vaca, la loriga junto con la espada, el abrigo junto con la chaqueta, el macho cabrío junto con la cabra, la oveja junto con el carnero, de modo que a quien robaba no le quedaba ni el valor de una cuchara. A las mujeres les sacaba la piel, el abrigo, la falda y la blusa del cuerpo, y se henchía día a día de una vanidad cada vez mayor, pues en cada correría se quedaba con la mayor parte…
Un día regresa a casa de sus padres.
-Antaño los caballeros eran hermosos y estaban alegres y no conocían el engaño -dice el padre-. Viajaban como si hubieran enloquecido. Un grupo iba, el otro venía […] Los caballeros les gustaban a las mujeres y éstas a aquellos, y los jóvenes y las doncellas bailaban alegres rondas. Cuando se cansaban, venía uno y les leía el cuento del duque Ernst y ello deparábales un gran placer a todos. Uno practicaba el tiro al blanco con arco y flecha, un segundo cabalgaba a su gusto y un tercero salía a cazar. Era una vida dorada la de la Corte en aquella época.
-Ea -replicó el hijo-, hoy día hay que hablar de otro modo cuando quiere participarse de la vida de la Corte. Bebe, se dice ahora; si bebes esto, yo beberé aquello, y entonces nos irá bien. Tráenos vino hostelero, del mejor, que esa es nuestra preocupación de día y de noche. Dulce mesonera, así reza nuestra carta de amor, llénanos el jarro hasta el borde. Es un loco y un necio el que cambia el vino por las mujeres…
(Helmbrecht, antiguo poema alemán)
La expansión musulmana en Occidente fue el mejor argumento para el fortalecimiento del cristianismo. La Iglesia descubrió entonces la posibilidad de canalizar el ímpetu guerrero y heroico hacia la defensa de la fe. De ese modo empezó a perfilarse la idea del caballero cristiano que tanta importancia habría de adquirir. Allí estaba la raíz de una nueva concepción de la vida, de nuevas formas de convivencia y de nuevas creaciones artísticas. Allí germinaría la épica y la consolidación de la Iglesia.
“-No quiero seguir con vos y ordeno que volváis a Dios, dijo el ermitaño.
-Escuchadme -respondió el ángel- […] he estrangulado durante la noche al hijo de aquel guerrero que nos dio buena acogida. Pero has de saber que este guerrero, antes que naciera su hijo, era el mejor donador de limosnas y hacía muchas obras de caridad. Pero desde que nació su niño se ha vuelto ahorrativo y codicioso, y reúne todo lo posible para que el niño sea rico, de modo que ésta es la causa de la perdición de aquel, y por eso he asesinado al niño, y así ha vuelto a ser lo que había sido antes, a saber, un buen cristiano […] Sabe que nada en la tierra sucede sin motivo. En el futuro, por tanto, ponle riendas a tu boca, para que no vituperes a Dios, pues Él lo sabe todo”.
(De la perfidia del diablo, y de cómo están ocultos los juicios de Dios, Gesta romanorum)
Para fines del siglo XI, el papa Urbano II convocó a la guerra contra los infieles. Su prédica estaba dirigida a la nobleza, que se tomó su tiempo para reaccionar, pero las masas reaccionaron frenéticamente. Bajo la conducción de Pedro el Ermitaño y Gualterio sin Haber, marcharon en enloquecida peregrinación contra el excelente ejército de los seldyúcidas que arrasó con la improvisada y desorganizada tropa cristiana, en lo que se conoció como la Cruzada popular. Ahí se observó «la presencia de una extraña exaltación, de un vehemente deseo de morir por la fe, de un esperanzado apremio de llegar a un mundo de bienaventuranza que parecía ya al alcance de la mano».
«-Haz traer vino -exclamaron todos-, que queremos escuchar tu maravillosa propuesta.
-Es hora de que aquí nos juntemos -dijo el ciudadano- y que crucemos el mar para honrar a Dios.
-Bien dicho, vecino -exclamó uno de ellos que estaba sentado al lado del primero, y pronto otros tres o cuatro comenzaron a alabar las indulgencias que se consiguen allende el mar, y finalmente toda la compañía gritó atronadoramente:
-¡Adelante! Viajemos con un grupo grande por la misericordia de Dios.
[…] El vino les nublaba el cerebro, y fantasearon todo lo que habrían de llevar.
La marea del vino se henchía cada vez más alta: se hablaba, se charlaba, se ensalzaba el sacro viaje, se empinaba el codo hasta reventar, y pronto se tenía la sensación de navegar realmente por mar abierto…
(El viaje marítimo de Viena, basado en un antiguo poema alemán)
Conforme se consolidaba el poderío terrenal de la Iglesia, surgieron diversos movimientos místicos que se apartaban de la ortodoxia cristiana. Buscaban un retorno a la verdad simple y pura del Evangelio, al margen del aparato de poder que la Iglesia había construido y de las vastas argumentaciones teológicas desarrolladas por los escolásticos. Los disidentes buscaban acercarse a Dios simplemente con la fuerza de su fe y una conducta ejemplar, pero fueron condenados -y combatidos incluso con brutalidad por la Iglesia- bajo la acusación de herejía. Fue el caso del arrianismo, nestorianismo, pelagianismo, así como de los averroístas, los patarinos, los albigenses e incluso los franciscanos (éstos últimos fueron atraídos y encauzados a la ortodoxia), entre otros.
“-Te pido me des información sobre esos hombres y sobre su doctrina, y me digas en virtud de qué fuerza realizan semejantes milagros -preguntó el clérigo.
-Son míos y han sido enviados por mí -replicó el Diablo-, y yo les he puesto en la boca lo que predican.
El religioso preguntó:
-¿Cómo es que son invulnerables y que no los traga el agua ni los quema el fuego?
-Bajo las axilas, entre la piel y la carne -dijo el Diablo-, llevan cosido el contrato por el cual me han vendido su alma; debido a ello pueden hacer ahora tales cosas y son invulnerables.
[…] El pueblo se enteró del engaño y vio los papeles del Diablo. Lleno de ira, echó a los servidores del Diablo dentro de las llamas preparadas, para que recayeran en el Fuego Eterno igual que su amo.”
(De la fe verdadera y de la creencia en los milagros, Dialogus miraculorum)

Del entusiasmo de un escritor del siglo XX

El escritor alemán Herman Hesse, Premio Nobel de Literatura en 1946, se declaró entusiasta admirador de estos relatos, muy populares en los territorios germanos de la Edad Media. Él mismo tradujo el Dialogus miraculorum de Caesarius de Heisterbach, que consideraba “la obra más original y típica en el jardín de la literatura medieval”, “uno de los tesoros ocultos de nuestra literatura antigua”, un manual dogmático de milagros, uno de los libros de cuentos más bellos y coloridos del medievo alemán.

“En Caesarius hallamos esa mezcla de aspiraciones entrañablemente nobles con un salvaje abandono, de apareamiento de lo diabólico con lo celestial, de sentimientos nobles y santos con una moral escolástico-fanática desfigurada hasta la caricatura, mezcla ésta típica del espíritu medieval”.

El Dialogus tuvo su origen en la función de maestro de novicios que realizaba Caesarius en el convento de Heisterbach. De ahí que la intención de esta obra sea didáctica, al abordar temas como la conversión, contrición y confesión, los premios y castigos divinos.

“Es la obra de un narrador ameno, de un solitario fabulador, la creación de un poeta, el espejo de una época vivamente agitada y a la vez de un ser humano puro y bueno. Pues los capítulos no contienen dogmas y tesis, sino cada uno una historia pequeña y muy bien narrada , ya una farsesca, ya una seria y amarga, ya una conmovedora y fina […] Habla sobre la vida de los monjes, comerciantes y seglares, sobre guerras y cruzadas, sobre mercados y viajes en barco, sobre sabios y necios, sobre historias de amor, de crímenes, de latrocinios. Tampoco oculta la existencia de situaciones graves ni de nombres malos en la Iglesia y en los conventos”.

“La Iglesia ha llegado a tal punto que sólo merece ser gobernada por obispos réprobos -dijo el monje”.
(De la salvación del alma, Dialogus miraculorum)

En opinión de Hesse, Caesarius es un observador realista y sereno de la vida cotidiana, comparte la fe y la superstición de su época, no sólo conoce milagros, ángeles y apariciones, sino también sabe de nigromantes, adivinos, magos, demonios y artes diabólicas. No es casual que en esa misma región surgiera el tristemente célebre “martillo de las brujas”.

Sus textos están sentidos y pensados en latín, “por lo cual es claro y conciso; sobre todo, las construcciones son simples”. No obstante, “el discurso directo suele tener un sonido popular y vivo: oraciones breves, a menudo sin verbo, y a veces formulaciones jocosas”.

Respecto a las Gesta romanorum, Hesse comenta que se trata de una serie de historias con moraleja que gozaban de gran popularidad, sobre todo en Alemania. “Son una colección de narraciones, leyendas y anécdotas, acompañadas de conclusiones morales por clérigos; en la Baja Edad Media tuvieron gran difusión en toda Europa como lectura divertida e instructiva. Originariamente, todos estos cuentos deben haberse tomado de la historia y leyenda romana; con el tiempo se les fueron añadiendo una serie de posteriores anécdotas y leyendas de santos”.

El manuscrito más antiguo conservado de las Gesta es del año 1342 y es de origen inglés.

“Mi amor hacia este rico mundo medieval no se dirige de ningún modo a las tendencias eclesiástico-clericales, sino a sus temas, a su profunda fantasía y clara plasticidad, a su cálida y bella humanidad”, escribió Hesse.

[ Gerardo Moncada ]

 

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