La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades

Milagros y desventuras de la obra que inició la novela picaresca española.

Sepa vuestra merced que a mí me llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre…

La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, al referir los avatares que vive un sirviente con una serie de amos, ofrece un atractivo retrato de época al describir en forma cruda y a la vez jocosa la vida en los estratos bajos españoles durante la primera mitad del siglo XVI.

Los académicos elogian que esta obra abandonara los palacios para ubicarse en la calle, donde no sólo reconoció la lengua común y la cultura popular sino que les confirió categoría literaria. Fue el preámbulo de lo que harían más tarde escritores como Miguel de Cervantes Saavedra, Lope de Vega y Francisco de Quevedo. Del Lazarillo se conservan ejemplares de 1554, aunque se estima que hubo ediciones de uno y hasta dos años antes. Fue un éxito editorial (cuatro impresiones por año) y hay quien afirma que representó el nacimiento de la cultura de masas en España.

Sin embargo, muy pronto fue objeto de polémicas moralistas y religiosas en torno a “la malignidad de la literatura de entretenimiento”. Para 1559, la obra ya había sido prohibida; sólo se toleró una versión censurada, muy menor, que eliminaba pasajes críticos o irónicos, como los referentes al clero.

Astucia para sobrevivir

En Lazarillo destaca el relato en primera persona y desde una óptica infantil, con un niño que deberá abandonar pronto la inocencia para sobrevivir.

-Lázaro: llega el oído a este toro [de piedra] y oirás gran ruido dentro de él.
Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:
-Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.
Y rio mucho la burla.
Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño dormido, estaba. Dije entre mí: “Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer”…

En su Historia de la lengua y literatura castellana, el filólogo Julio Cejador y Frauca refiere acerca de Lazarillo: “Fue el libro de todos: de la gente letrada y de la gente lega, de eclesiásticos y de seglares, del pueblo bajo y de las personas de cuenta. Aventureros y marchantes llevábanlo sin falta en la faltriquera, como en la mochila trajineros y soldados. Veíase en el tinelo de pajes y criados, no menos que en la recámara de los señores, en el estrado de las damas, como en el bufete de los letrados”.

Suscitó un gran interés la vida y los milagros de Lázaro, quien a temprana edad debió aprender las artimañas, las tretas, los engaños indispensables para sobrevivir en los bajos fondos de la sociedad urbana española. Pese a los efímeros y ocasionales contactos con clases medias, esta historia se desarrolla en el terreno de la marginalidad, donde la miseria humana es una constante.

Escapé del trueno y di en el relámpago… No digo más que toda la laceria del mundo estaba encerrada en este clérigo… Con él me vi claramente ir a la sepultura, si Dios y mi saber no me remediaran…

Si antes La Celestina ya mencionaba lo mal que le iba a los sirvientes adultos, peor era la condición de los infantes al servicio de amos cuya vida rayaba en la indigencia.

-Yo oro ni plata no te lo puedo dar; mas avisos para vivir muchos te mostraré.
Y fue así: que después de Dios, éste me dio la vida y siendo ciego me alumbró y adiestró en la carrera de vivir…

Lázaro consigue caminar en el desfiladero sin caer al abismo, al servir sucesivamente a: un ciego astuto, mezquino, taimado y cruel; un clérigo “avariento”; un escudero fantasioso y en ruina; un fraile afecto a los negocios mundanos y a la vagancia; un buldero que vendía bulas falsas. Todos ellos perseguían el beneficio personal (a veces, simplemente salvar el pellejo); de todos, Lázaro recibe malos tratos y de cada uno aprende algo.

-Vivirás más y más sano –me dijo-. Porque no hay tal cosa en el mundo para vivir mucho que comer poco.
-Si es por esa vía –dije entre mí-, yo nunca moriré…

Así van pasando los años, entre precariedad e infortunios. Lázaro también trabaja como aguador con un capellán, como auxiliar de un alguacil, sorteando dificultades y riesgos.

…Mas cuando la desdicha ha de venir, por demás está la diligencia…

Así como Lázaro logra sobrevivir con ingenio, esta novela logró sortear los ataques de los cánones literarios, de los moralistas, de los dictados reales y del clero, para sobreponerse a todas las adversidades.

El final del Medievo

La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades inaugura la novela picaresca española, no sólo con ingenio y gracia sino lanzando afilados dardos hacia importantes estratos de la sociedad.

Para el filólogo Ángel Valbuena Prat, los tres primeros amos del muchacho representan una síntesis de la sociedad española de su tiempo: el hampa, la iglesia y la nobleza. “El ciego invencionero y cicatero, el cura avaro e ingenuo, y el escudero vano, y en el fondo amargamente trágico, son tres tipos eternos a fuerza de individuales”.

El académico Reyes Coll-Tellechea agrega: “El incipiente campo literario en el que se generó la picaresca se asemejaba a un avispero en plena ebullición en el que autores, libreros, censores, inspectores, secretarios, mecenas, impresores, inquisidores, moralistas, tasadores, consultores, transportistas, teólogos y hasta el mismo rey se afanaban en defenderse de aguijones ajenos”.

Era una época en que comenzaba a perfilarse una estructura de Estado, con instituciones civiles, y nadie quería ser exhibido como incompetente. Sin embargo, eso resultaba difícil dado que hacia fines del Medievo la literatura había sido prolífica en las críticas al desempeño de instituciones civiles y eclesiásticas, en particular por los hábitos mundanos de esta última.

-Mira, mozo: los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber, y por esto yo no me desmando como otros.
Mas el lacerado mentía falsamente porque en cofradías y mortuorios que rezamos, a costa ajena comía como lobo y bebía más que un saludador…

El Lazarillo retoma también otro aspecto frecuentemente cuestionado: la impostura en los actos religiosos. Es el caso de su amo ciego:

…Desde que Dios creó el mundo, a ninguno formó más astuto ni sagaz. En su oficio era un águila. Ciento y tantas oraciones sabía de coro, un tono bajo, reposado y muy sonable, que hacía resonar la iglesia donde rezaba; un rostro humilde y devoto, que con muy buen continente ponía cuando rezaba, sin hacer gestos, ni visajes con boca ni ojos, como otros suelen hacer… Decía saber oraciones para muchos y diversos efectos, para mujeres que no parían, para las que estaban de parto, para las que eran malcasadas, que sus maridos las quisiesen bien. Echaba pronóstico a las preñadas…

En posición similar se ubican los trucos del vendedor de falsas bulas para engatusar a los fieles y hacerlos pagar por los documentos apócrifos, cosa que lograba exaltando la buena voluntad de los creyentes o por asombro, miedo o torcido engaño, haciendo que desembolsaran al instante o a futuro. Para ello, el buldero habría de ponerse de acuerdo con autoridades eclesiásticas o civiles, para compartir con ellas la ganancia.

Confieso que también fui de ello espantado y creí que así era, como otros muchos; mas con ver después la risa y burla que mi amo y el alguacil llevaban y hacían del negocio, conocí cómo había sido industriado por el industrioso e inventivo de mi amo…
Decía mi amo al alguacil y al escribano:
-¿Qué os parece, cómo esos villanos, que con sólo decir cristianos viejos somos, sin hacer obras de caridad, se piensan salvar, sin poner nada de su hacienda?…
…Después que vi el milagro no cabía en mí por echarlo fuera. Sino que el temor de mi astuto amo no me lo dejaba comunicar con nadie, ni nunca de mí salió. Porque me tomó juramento que no descubriese el milagro, y ahí lo hice hasta ahora. Y aunque muchacho cayóme mucho en gracia, dije entre mí: “¡Cuántas de éstas deben hacer estos burladores entre la inocente gente!”

A la par que en el Medievo despuntaban diversos oficios, hubo sectores que declinaron, incluidos algunos nobles y escuderos, los cuales no se resignaban con su suerte.

…Quisiera yo que no tuviera tanta presunción; que bajara un poco su fantasía con lo mucho que subía su necesidad. Mas, según me parece, es regla ya entre ellos usada y guardada… El señor lo remedie, que ya con este mal han de morir…

Se advierte que incluso los “señores de título” ya no buscan tener a su servicio gente letrada, virtuosa, “antes la aborrecen”, pues prefieren a personas de negocios y gente maliciosa, mofadora, que les adule y mienta o les cuente lo que ocurre a otras personas.

Las ciudades y los oficios

Aunque las ciudades se convirtieron en una opción para quienes huían de las duras condiciones del vasallaje en el campo ante los tiránicos señores feudales, la vida urbana no estaba exenta de adversidades. Incorporarse a la servidumbre resultaba una alternativa incierta y poco rentable. La opción la enuncia expresamente Lázaro: adquirir un oficio, pues “no hay nadie que medre sino los que le tienen”.

Hoy tengo cargo de pregonar los vinos que en esta ciudad se venden, y en almonedas y cosas perdidas, acompañar a los que padecen persecuciones por justicia y declarar a voces sus delitos: soy pregonero, hablando en buen romance… Me ha sucedido tan bien, yo le he usado tan fácilmente, que casi todas las cosas que al oficio tocan se pasan por mi mano. Tanto que, en toda la ciudad, el que ha de echar vino a vender, o algo, si Lázaro de Tormes no entiende de ello, hace cuenta de no sacar provecho…

El Lazarillo es una historia circular que inicia con el personaje ya adulto, como pregonero municipal, atendiendo una petición de que “relate el caso muy por extenso”, ante lo cual él decide ir hasta el origen de su vida: “parecióme no tomarle por el medio, sino del principio, porque se tenga entera noticia de mi persona”.

Con ello deja en claro que su oficio de pregonero es resultado de un arduo aprendizaje que implicó abrir los ojos a la vida, pelear tenaz e ingeniosamente para no morir de hambre, conocer la compasión e, incluso, aprender a callar. Esa fue su escuela durante sus años de infancia y juventud, cuando harapiento y con hambre solía exclamar:

¡Oh Señor mío! ¡A cuánta miseria y fortuna y desastres estamos puestos los nacidos y cuán poco duran los placeres de esta nuestra trabajosa vida!

Inicio de altos vuelos

Uno de los temas más debatidos a lo largo de los siglos ha sido la autoría de La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades. Se ha intentado adjudicar a diversos escritores del siglo XVI por asociación de temas o de estilo, pero no se ha logrado una conclusión categórica. Y es que al parecer el propio autor prefirió no ser identificado debido al tono de la obra, el riesgo de la censura y las posibles consecuencias sociales e incluso legales.

Y no era para menos, pues debieron pasar tres siglos para que la obra fuera públicamente revalorada.

Esta novela corta se publicó en una época en que se escribían, publicaban y circulaban libros de caballerías (los más influyentes por su idealismo amoroso y su exaltación del espíritu aventurero), así como obras pastoriles, bizantinas, moriscas y celestinescas. Para el filólogo Valbuena Prat, se trataba principalmente de literatura idealista. De ahí el impacto de Lazarillo, que irrumpe “con su realismo penetrante, con su sencilla y familiar expresión, con su paródica concepción primaria de la vida, marcando un derrotero distinto, una agudísima lección de sinceridad y verdad en el arte”. Eso explica su éxito rotundo.

Y añade Valbuena: si bien temas como el del escudero pobre o el del ciego y su ayudante habían sido recurrentes en la tradición oral y en libros del siglo XIV y XV, en el Lazarillo adquieren profunda originalidad. Y al tiempo que esta obra inaugura un tipo de novela del dolor y del hambre, del asco y el desenfado, Lazarillo sorprende por su narración sobria y su elegancia instintiva. “Es una obra fresca, exclusivamente popular. El protagonista es ya una creación feliz que se lleva toda nuestra simpatía. La forma autobiográfica queda marcada con toda sencillez, sin la erudición ni el intelectualismo, y menos la voz sobrepuesta, que encontraremos después en otras novelas picarescas”.

En efecto, difícilmente podría decirse que Lazarillo es una obra didáctica o moralizante. A lo sumo, el personaje advierte con insistencia que debió recurrir a su astucia para no morir de hambre y que permaneció en estado de alerta para aprender de todo lo que vivía. Estas condiciones serían las que, al llegar a adulto, le harían apto para aprender un oficio y vivir de él en mejores condiciones.

En el siglo XIX, Lazarillo fue ampliamente revalorada. Para el impulsor de la historia de la literatura española, Marcelino Menéndez Pelayo, no había duda de su trascendencia: “Galería de caricaturas trazadas con singular gracia y despejo, cuadro acabado de costumbres truhanescas, espejo y luz de lengua castellana, fácil, rápida y nerviosa… Príncipe y cabeza de la novela picaresca”. Por su parte, Ramón Menéndez Pidal afirmaba que Lazarillo aportó a la literatura universal “el primer modelo de la novela moderna de costumbres”.

Para el siglo 21, los académicos Eugenia Fosalba, Jorge García López y Gonzalo Pontón concordaron al señalar que Lazarillo fue una de las obras que a mediados del siglo XVI abrió nuevos derroteros a la literatura. “Es una estupenda narración en la línea de un humanismo ya asentado y nutrido de referencias clásicas y romances” (Historia de la Literatura Española, tomo 2, Ed. Crítica, 2013). Algunos especialistas han puesto en duda que Lazarillo influyera en el desarrollo de la novela picaresca española (que proliferó en el siglo XVII), dado que esta obra fue prohibida por la Inquisición desde 1559. No es ese el caso de Fosalba, García López y Pontón, quienes la consideran piedra angular de ese nuevo género literario. Para ellos, la censura no opacó las virtudes de esta novela que, “con una andadura estilística cuasi oral, resulta un prodigio de jugueteo literario, de despliegue de resonancias irónicas y de maestría en el diseño de un trazado ágil y sugerente”.

Aún en estos tiempos, el lector común se regocija y conmueve con las peripecias de Lazarillo, una novela que sigue viva.

[ Gerardo Moncada ]

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