Vida y cultura en la Edad Media, de Johannes Bühler

Johannes Bühler fue un historiador alemán, erudito acerca del Medievo y escrupuloso en la aplicación de la metodología de investigación. A estas dos cualidades sumó una tercera: escribir con enorme amenidad, virtud que provoca en el lector un creciente interés e incluso regocijo.

¿Cómo eran en el Medievo la religión cristiana, el celibato de los curas, el matrimonio, la monogamia, el baño, las festividades…? Eran muy diferentes de lo que suele creerse.

En general la gente se casaba muy joven (la mujer, a los 14 años). Las solemnidades y fiestas no estaban al alcance de todos. Ocurría con frecuencia que los cónyuges simplemente se unían con la intención manifiesta de crear un vínculo permanente. La inexistencia de una forma pública, religiosa o civil, como requisito indispensable para la validez del matrimonio abría la puerta a toda clase de abusos. Las ideas reinantes entre el pueblo en cuanto a la libertad de las uniones sexuales , tanto en lo referente al hombre como a la mujer, eran bastante relajadas, y durante toda la Edad Media hubo gran abundancia de hijos ilegítimos. Hasta el Concilio de Trento, posterior a la Edad Media, no se estableció como requisito para la validez del matrimonio su celebración ante un sacerdote y testigos…

Vida y cultura en la Edad Media es una espléndida aproximación a la cotidianidad de esa época, tanto en las altas esferas del poder como en el clero y entre los campesinos, los artesanos y los artistas. Con rigor metodológico, Bühler pondera las fuentes de información (crónicas, registros, anales, ordenanzas, disposiciones), valora sus cualidades y deficiencias, para extraer múltiples datos, referencias y anécdotas que le permiten recrear esta etapa de la historia, en especial el espíritu de la época. Así reconstruye un mundo asombroso hasta el delirio, donde la crueldad convive con la fiesta y la devoción con la magia.

La vida de la humanidad medieval estaba circundada de incontables peligros, plagada de dificultades de todas clases, llena de desengaños y amarguras. Se encontraba situada ante el torturante divorcio del anhelo y la realización, del ideal y la realidad. Lo que ante todo le permitía sobreponerse a las miserias de la vida cotidiana, al menos por poco tiempo, era su maravillosa capacidad para adornar festivamente su vida, en dinámicas colectivas verdaderamente intensas, lo mismo en la alegría que en el dolor, en el entusiasmo que en la ira…

Para Bühler es importante dar una justa dimensión a prejuicios y lugares comunes, como la falsa creencia de que la concepción católica del mundo dominó en toda la Edad Media. Advierte que esta afirmación, sostenida incluso por historiadores contemporáneos, equivale a hacer extensivo a todo el Medievo un fenómeno o una etapa del mismo. Para demostrar esta falasia, el autor abunda en las múltiples contradicciones que caracterizaron al cristianismo, una ideología entonces fragmentada y limitada, que se enfocaba más en establecer lineamientos a las conductas públicas que en fortalecer el trabajo espiritual, al grado que en términos de fe la gente creía más en el diablo que en Dios.

Había clases… y en qué forma

En el vestido, la gente de la Edad Media era aficionada sobre todo a la ostentación. El espectáculo ocurría los días de fiesta y las grandes solemnidades. Como siempre, eran las clases sociales de arriba las que daban el tono en las modas, siendo imitadas luego por las de abajo, adaptadas a las posibilidades y los gustos de los campesinos y la gente de las ciudades. Al afán de ganar prestigio por medio del vestido se unía el de hacer resaltar los encantos sexuales hasta niveles de una desvergüenza asombrosa. Las autoridades seculares y eclesiásticas creíanse obligadas a intervenir para poner coto a estos abusos, son sólo por prejuicios de clase y consideraciones de tipo económico, sino también por motivos de carácter moral…

En el Medievo, las condiciones sociales eran rígidas, inmutables. Los campesinos vivían subordinados política y económicamente a los señores, que ofrecían tutelaje y protección a cambio de tributos. Pero ese arreglo era constantemente vulnerado por frecuentes abusos, por una servidumbre degradante que condenaba a los labriegos a una vida de penuria y opresión. La justicia era lenta o inexistente. La nobleza tenía derecho sobre los bienes de los siervos, e incluso sobre sus vidas. Así, la conducta caballeresca de los nobles solía mezclarse con la crueldad y la injusticia, de la misma manera que lo religioso se fundía con lo mundano.

Fuera de la nobleza y el clero, el resto de la población era considerada una sola clase, la que estaba llamada “a servir”, obligada a la humildad, la laboriosidad y la obediencia. La verdadera y única “sociedad” era la conformada por la nobleza y sus equiparables.

No obstante, los artesanos también hacían escarnio de los campesinos, a los que consideraban inferiores. Si bien, ambos sectores ocupaban estratos bajos, los artesanos tuvieron mejores condiciones de vida conforme se organizaron en gremios para defender sus intereses. En la medida en que las ciudades crecieron, los artesanos conformaron una pujante burguesía, aunque nunca fue reconocida como clase durante el Medievo, ni ellos llegaron a cobrar conciencia de su propia fuerza.

Alejadas de los feudos, las ciudades medievales fueron un espacio de fortalecimiento político y económico de los reyes, un sitio de prosperidad para los artesanos y de redención para los campesinos que abandonaban la labranza (y la sujeción al señor feudal).

La nobleza mantenía una visión estática, basada en el dominio de la espada y las artes de guerra. El cristianismo y la iglesia introdujeron matices, lograron que los nobles atenuaran su soberbia, el uso de la violencia brutal, la arbitrariedad contra campesinos y artesanos, para adoptar en mayor o menor grado los ideales caballerescos de ética y honor.

La necesidad de funcionarios fieles, que no cayeran en la corrupción (ya generalizada), dio origen a otro estrato social y económico: la baja nobleza, conformada por escribanos, administradores, inspectores y otros integrantes de una burocracia directamente al servicio de los nobles.

La economía medieval

A medida que florecen las ciudades, van desarrollándose dentro de ellas las escuelas y la enseñanza escolar. En algunos países, la burguesía recibía generalmente, en los medios artesanos, una educación escolar mejor que la de la mayor parte de los hijos de la nobleza, lo que explica que en esos países, principalmente en Alemania, las ciudades se convirtiesen en el principal punto de apoyo del Humanismo y de la Reforma…

La agricultura era la actividad dominante en la economía, por su volumen y por el valor de la producción. La organización comunal era indispensable para los cultivos y el uso de bienes comunes, como los bosques. Esto propiciaba cohesión y autonomía, así como el mantenimiento de las condiciones de vida colectiva.

A diferencia de la riqueza territorial eclesiástica, las posesiones señoriales no eran manejadas en forma coherentes ni sistemática. La lógica de incremento de riqueza se basaba en ampliar las posesiones e incrementar el número de súbditos, para tener más arrendatarios y con ello mayor recaudación.

En las ciudades también recaudaban rentas, pero los impuestos iban diractamente al rey, por eso obtuvieron protección real. Esto les dio cierta autonomía y propició un tipo de desarrollo económico más abierto que el de la hacienda señorial o la economía doméstica campesina. lo que propició en la Alta Edad Media la proliferación de centros urbanos.

Hacia el año 900 existían en Alemania unas 40 ciudades, hacia el año 1200 había ya unas 250, en el siglo XIII fueron fundadas 800 y a fines de la Edad Media se contaban alrededor de 3 mil lugares con derechos de ciudad. En el sur de Europa no fueron tan numerosas las fundaciones de ciudades, porque se había conservado un mayor número de las de tiempos antiguos…

La mayoría de las ciudades tenían menos de 5 mil habitantes. Las de 20 mil a 30 habitantes eran las grandes ciudades de la época, como Estrasburgo o Colonia, y muy pocas eran como Londres, con 40 mil habitantes.

Se trata, por supuesto, de ciudades casi autárquicas, que operaban como sistemas semicerrados. Cada una contaba con su propia moneda. Esto generaba enormes complejidades. Por ejemplo, en Francia comenzaron existiendo 300 centros de acuñación de moneda (que con el tiempo se redujeron a 30). Ahí, en los siglos XIII y XIV, circulaban además de las monedas de cuño real y señorial monedas árabes, sicilianas, bizantinas y florentinas; en el sur de Francia, libras milanesas y ducados venecianos; en la Champaña, reales de Castilla, nobles borgoñeses e ingleses y coronas holandesas. Las posibilidades de fraude eran altísimas. Pese a todo, el comercio creció vertiginosamente y algunas ciudades se especializaron en la fabricación de determinadas mercancías…

En la última etapa de la Edad Media ya se comerciaban por toda Europa productos metalúrgicos elaborados en Nurenberg, hilados de seda italianos, textiles de algodón de Ulma y Ratisbona. A pesar de los límites que establecían las ordenanzas gremiales, muchos talleres fabricaban más de lo que podían absorber los mercados locales. En Brujas trabajaban en la producción textil de la lana mil 300 personas, lo que representaba el 68% de la población adulta masculina de esa ciudad.

La cultura, anclada en la tradición

El hombre medieval era aficionado a comer y beber bien y, sobre todo, a comer y beber mucho. En las famosas bodas de Jorge El Rico, duque de Wittelsbach, celebradas en Baviera en 1475, durante ocho días se dio de comer a nueve mil caballeros y a todos los vecinos de la ciudad. En 1496, durante las bodas de la hija de un maestro panadero de Augsburgo, fueron sacrificados para dar de comer a la concurrencia 20 bueyes, 49 cabritos, 500 aves de distintas clases, 1,006 gansos, 25 pavos reales, 46 terneras, 96 cerdos de ceba y 15 pavos. Estas comilonas resultaban ruinosas hasta para los burgueses y los campesinos más acomodados, y los príncipes y las autoridades urbanas no se cansaban de dictar normas para poner coto a estos catastróficos excesos, prescribiendo el número de comensales que podían ser invitados por una familia y la clase y cantidad de manjares que podían servirse en las fiestas. Había, a veces, platos reservados con carácter exclusivo a la nobleza; en Génova, por ejemplo, la carne de cordero sólo podía servirse en las mesas de los nobles…

Bühler advierte de entrada que el arte, la literatura y la ciencia no siempre expresan la vida cultural de una época de un modo tan puro y tan completo como, por lo común, se cree. Esa trinidad, dice, por muy importante que pueda considerarse, sólo es una parte de ese gran todo al que llamamos cultura.

La literatura medieval, por ejemplo, muestra una tendencia a la imitación y a la adaptación de relatos antiguos, de manera que la evocación de lo pasado destaca sobre la experiencia del presente. El arte plástico de la época también suele estar supeditado a la tradición. En ambas esferas, predomina lo eclesiástico, por ser el cliente más importante de los artistas. (Las numerosas corrientes ajenas u hostiles a la iglesia no tenían suficientes recursos para financiar a artistas.)

Si bien abundan los materiales sobre la teología, la filosofía y la jurisprudencia medievales, éstos se mantenían en limitados radios de discusión. En las ciencias seculares se dio una autoridad desmesurada a Aristóteles, de quien hasta el siglo XII sólo se conocieron los fragmentos traducidos por Boecio. Los árabes contribuyeron con un largo desarrollo de las ciencias exactas y el pensamiento especulativo, en tanto los judíos aportaron una rica literatura científica latina.

De las varias Sumas teológicas que surgen en esta época, como síntesis de todos los conocimientos eclesiásticos, no se impone la más original y más profunda de todas, la de Hugo de San Víctor, que creó un sistema basado en una unidad interna, sino una “obra mediocre” como Los cuatro libros de sentencias de Pedro Lombardo, base de la enseñanza teológica de los siglos siguientes…

Por otro lado, sorprende que donde quiera que existían condiciones políticas un poco seguras se erigían catedrales de tal grandeza que no correspondía con la sencillez reinante en todos los demás aspectos de la vida y con la escasa densidad poblacional de unos cuantos miles de habitantes.

Tradición y cambio

En la Alta Edad Media, las características fundamentales del arte fueron el estilo gótico, en la literatura la lírica y la épica mundanas, en la ciencia la construcción de nuevos sistemas filosóficos-teológicos.
Pero no todo era novedad propiamente. La estética del gótico, con altas construcciones ya no soportadas por muros sino por pilares, había sido descubierta cien años antes. El arco ojival se conocía en Europa desde hacía mucho tiempo, pues había llegado del oriente a través de Sicilia.

Los temas de la épica, transmitidos vía oral desde tiempos antiguos, comenzaron a ser modelados por artistas que los pusieron por escrito y los guardaron en bibliotecas. Antes se consideraban cosas de la gente inculta y fueron los juglares, que lo mismo actuaban en las fiestas de la corte que en las ferias de los pueblos, quienes guardaron, enriquecieron y transformaron el acervo de las canciones y leyendas populares.

La aristocracia que ceñía la espada comenzó a reparar en la poesía y a acoger la poética caballeresca. Estos géneros convivían con otros peculiares, como la literatura erótica latino-clerical, basada en tradiciones antiguas como la poesía de los goliardos.

Es un fenómeno enigmático el de estos clérigos y estudiantes de teología que se dedicaban a cantar, tan pronto con la delicadeza y elegancia verdaderamente poéticas como con la más chabacana obsenidad, al amor, el vino y el juego. Y no se crea que esta poesía se contentaba con citas de los autores de la Antigüedad y versos de su propia cosecha; no sentía tampoco reparos en mezclar en este gracioso, frívolo y a ratos desvergonzado pasatiempo las más sagradas frases […] Debemos considerarla como la expresión inequívoca de una alegría mundana muy extendida incluso en los círculos clericales de la época, y no cabe duda de que detrás de ella estaba la influencia de los averroístas instalados en la Universidad de París y, más aún, la de los movimientos heréticos que infunden a veces a esta poesía un carácter marcadamente hostil a la iglesia…

Aunque en los corazones y en las mentes de la alta Edad Media seguía presente con mucha fuerza la devoción y la fe, también es cierto que ya se entregaban con un entusiasmo incomparable y un brío juvenil a los goces del mundo, lo que hizo este periodo especialmente propicio para el desarrollo del arte.

Las artes plásticas adquirieron una orientación marcada hacia lo humano y hacia el mundo visible y tangible. Los personajes comenzaron a ser representados casi totalmente desnudos, en una exaltación de la inocente belleza del cuerpo humano.

Para el siglo XIV, la literatura medieval comenzaba a dar muestras de un naciente humanismo, de la misma manera que las artes plásticas exhibían indicios de un temprano Renacimiento.

Estampas del Medievo

El baño fue durante toda la Edad Media una práctica muy extendida, sobre todo desde la época de las Cruzadas. Veíase en él, especialmente en el baño caliente, que era el más gustado, tanto un motivo de placer como una práctica sanitaria e higiénica. A diferencia de las grandiosas termas romanas, en las “casas de baño” del Medievo casi no se veían más que grandes tinas en las que se metían juntos, no pocas veces, el hombre y la mujer; la gente jugaba en el baño, comía, bebía y cantaba. A fines de la era medieval había tomado gran incremento la institución del baño y los placeres con ella relacionados, hasta que, a consecuencia de la sífilis, que las casas de baño contribuyeron a propagar en grandes proporciones, y del excesivo consumo de leña que llevaban aparejado, sobrevino un súbito retroceso. Mucha gente intentó entonces llevar las prácticas de las casas de baño a los manantiales vivos, a los que se atribuían virtudes medicinales…

Bühler ofrece, en cada página, información relevante con la que va construyendo un exuberante mosaico, retrato de una época compleja, diversa, rica en contradicciones. El historiador aporta datos que son pinceladas magistrales para recrear ambientes, conductas, estratos. Y como colofón, nos brinda un compendio de joyas sueltas: una serie de estampas del medievo asombrosas y regocijantes.

[ Gerardo Moncada ]

 

Otras obras del Medievo:

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